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Los adoradores de Venus (2) Nota para mentes calenturientas: Esta serie de relatos son pura ficcion literaria, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, o no...quién sabe.
Ella me ordena entrar a la habitación. Entro desnudo, como Ella desea que lo haga, y a cuatro patas me acerco hasta el sofá donde está sentada. En la boca llevo los folios. Me quedo ante ella, rozando con mi cabeza sus rodillas, la mirada baja, fija en sus pies. Se que está sonriendo. Conozco su respiración. Está satisfecha de su poder, sabe que la pertenezco. Me acaricia el cabello y me siento aún más un perro de su propiedad. “Dame los papeles”, me dice, con esa voz suave y sugerente que cuando escuchas por primera vez parece pertenecer a la mujer más dulce del mundo y que usa sobre todo, sin embargo, cuando humilla a sus sumisos. Le entrego los papeles. No me atrevo a alzar la vista y cruzar mi mirada con la suya. Veo de reojo que su dedo índice de la mano derecha señala el suelo, a sus pies. -Túmbate boca arriba. Obedezco. Paralelo al sofá me tumbo de la forma que me ha enseñado. Mi rostro queda justo a sus pies y ella los coloca, descalzos, sobre mi cara. Luego, comienza a leer lo que la he entregado. Lo hace de forma parsimoniosa, como saboreando cada sílaba que he escrito. “He llegado al apartamento de mi Ama a las tres en punto de la tarde. Siguiendo las instrucciones recibidas de ella, me he desnudado por completo y luego me he colocado el delantal de doncella que ella me tiene asignado. He empezado por barrer todo el suelo y después recoger la pelusa y el polvo de debajo de la cama de mi Dueña y señora. Luego, he procedido a fregar el recibidor y el pasillo, procurando no dejar un solo rincón sin atender. La cocina estaba intocada y perfectamente en orden, por lo que supongo que el sumiso número uno estuvo ayer aquí procediendo a su limpieza. He fregado el baño, he dejado la bañera reluciente, como a ella le gusta. Luego, el lavabo, el bidé y el inodoro. Después el salón. Todavía no hay muchos libros en las estanterías, el apartamento es muy nuevo, y no hay excesivo polvo. Por último, he entrado en la habitación de la Señora, he hecho la cama, he recogido la ropa del suelo y he apartado la que llevo llevarme a casa para lavarla a mano. He colgado sus vestidos y he dejado todo en orden. Después, de rodillas, como ella desea, he limpiado todos sus zapatos, uno por uno. Cada vez que acababa con un par, besaba su parte interior con devoción y colocaba el calzado en su lugar. Cuando he acabado todo, he vuelto a la cocina. Allí, al entrar, había dejado las bolsas con la compra del día. He colocado todo distribuyéndolo entre la nevera y las alacenas, según el caso. Todo en los lugares que se que se coloca y que el sumiso número tres se sabe de memoria, pues él es quien cocina para nuestra Dueña. Después, he vuelto al salón, me he quitado el delantal y me he arrodillado de cara a la pared, con la mirada baja, tal y como mi Ama me enseñó. A las seis menos cinco, he mirado mi reloj de pulsera, he oído las llaves en la puerta. Luego, el taconeo inconfundible de ella por el corto pasillo. Después, silencio. Se que está detrás de mi y que sus bellos ojos no han perdido detalle de la limpieza desde que abrió la puerta. Espero conteniendo la respiración. Rezo interiormente para que todo esté conforme a sus deseos. Al cabo de unos segundos que se me hacen eternos, sin saber si voy a recibir algún golpe de fusta en mi espalda o no, por fin oigo su voz. -Hola, esclavo. Es la señal convenida. Me vuelvo, siempre de rodillas, y agacho mi cabeza para besar sus zapatos, primero uno y luego el otro. Después quedo de rodillas con la frente apoyada en el suelo, entre las dos punteras de sus zapatos. Ella se va hacia la habitación. Yo la sigo a cuatro patas. Sentada en la cama, la descalzo y la doy un pequeño masaje para que se le relajen los pies. Ha caminado y se nota, tiene los pies sudorosos, pero se que está satisfecha conmigo. -Luego me retocarás las uñas. -Sí, mi Ama. Cuando acabo el masaje, espero sus órdenes. -Prepárame el baño.
Mientras me baño, escribe todo lo que has hecho hoy por mi desde que has
entrado en mi apartamento. Luego, me lo llevas al salón. Estaré en el sofá.
Si me gusta lo que lea, dormirás a mis pies, pero sin que te ate. Ha acabado de leer. Tengo las plantas de sus pies sobre mi cara. El maravilloso olor de mi Ama me embriaga. De pronto, restriega levemente una de sus plantas por mis labios. -Bésame los pies, esclavo... te has portado bien. Mientras me entrego por completo, una vez más, pienso, contento, que esa noche estaré otra vez a sus pies mientras ella duerme. Y que en esta ocasión, no tendré que aguantar las ataduras. Pero lo que más me gusta, es que se que ella ha quedado satisfecha conmigo.
Autor: Martín Novoroscha
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