Doña Rosalía

 

CAPÍTULO 2

Cuando terminó su jornada laboral, Juan cogió su coche y se dirigió a la casa de Rosalía. Le habían dado la dirección, que correspondía a una lujosa urbanización situada en el norte de la ciudad. Tuvo que preguntar un par de veces hasta que por fin dió con el lugar. Se encontraba ante una elevada muralla en la cual había una puerta cerrada. Una cámara de televisión, sin duda conectada con un puesto de seguridad, servía para controlar el acceso a la propiedad.

 

Se bajó del coche y se dirigió a la puerta, pulsó un botón y esperó. Al poco una voz preguntó:

 

"¿Que desea?".

 

"Mi nombre es Juan. Doña Rosalía me ha citado aqui".

 

Transcurrieron unos segundos, y la misma voz contestó:

 

"De acuerdo. Puede pasar".

 

Subió otra vez al coche, mientras la puerta se abría accionada por algún mecanismo oculto. Puso en marcha el coche y entró. El camino serpenteaba a través de un jardín en el que trabajaban algunos hombres semidesnudos. Al fondo se veían unos cuantos edificios. La mansión era una construcción grande de piedra, con enormes ventanales. A la derecha había otro edificio, más pequeño, que parecía ser un establo.

 

Más a la derecha aún, se levantaba una especie de cobertizo bastante más descuidado. Juan supuso que se trataba de algún almacén.

 

Antes de llegar a la casa, un hombre le hizo señas de que aparcara. El hombre iba completamente desnudo, excepto por un collar de cuero, y un extraño dispositivo metálico en forma de ocho, que le ceñía la base del pene y los testículos. Todo aquello era bastante infrecuente, aunque conociendo a Rosalía no le sorprendió. Dejó su coche bajo un grupo de árboles, y se acercó a aquel individuo.

 

"Buenos días. Doña Rosalía me ha citado" dijo.

 

"El Ama le espera en la piscina. Venga conmigo" contestó aquel hombre.

 

Aquellas palabras le hicieron pensar que sin duda, todos los hombres que había visto eran esclavos de Rosalía. Se preguntó cuantos más tendría aquella soberbia mujer, y que puesto le tendría reservado a él.

 

Comenzó a andar detrás de aquel hombre, y entonces se fijó en una serie de cicatrices que tenía en la espalda. Eran unas cicatrices finas y largas, como las que produciría un látigo. Aquello hizo que empezara a preocuparse, y se preguntó si no habría cometido un error al someterse a los caprichos de Rosalía. Tal vez lo mejor fuera darse la vuelta y salir de allí, aunque eso significase perder su empleo.

 

Sin embargo, siguió andando tras aquel hombre, y decidió resignarse a su destino. En realidad estaba deseando volver a ver a Rosalía, y sabía que haría cualquier cosa por estar cerca de ella, sin importar lo que fuera. Aquella mujer le había cautivado de tal manera que, a pesar del temor que sentía, no podía apartarse de ella.

 

Mientras Juan pensaba, rodearon la mansión, siguieron por un camino de grava, y llegaron a una explanada.

 

Allí había una gran piscina de aguas transparentes. En la orilla bajo un gran toldo, había un lujoso diván cubierto de suaves cojines de terciopelo y seda. En aquel momento Rosalía estaba saliendo de la piscina, vistiendo un minúsculo bikini plateado que dejaba al descubierto su espectacular cuerpo bronceado.

 

Apenas puso el pie en la orilla un esclavo se acercó con un albornoz y envolvió con él el cuerpo de Rosalía.

 

Mientras tanto ella se quitó el bikini que de inmediato fue recogido por uno de sus esclavos.

 

Otro esclavo se arrodilló y calzó sus pies con una chinelas de tacón. Rosalía se acercó al diván y se tendió languidamente sobre los mullidos almohadones. Inmediatamente los esclavos que había alrededor se pusieron en marcha, como si supieran exactamente lo que tenían que hacer. Uno de ellos se arrodilló a espaldas de Rosalía, deshizo el moño que llevaba y comenzó a cepillar delicadamente su largo cabello.

 

Otro se postró ante ella, la descalzó y acomodó sus elegantes pies en un grueso almohadón. Un tercero, de rodillas en el suelo secaba las piernas de su Ama con una suave toalla. Por último otro esclavo, se arrodilló con una bandeja ofreciendo a Rosalía una bebida fría.

 

Todos los esclavos llevaban el mismo collar, y el dispositivo metálico en sus partes nobles.

Juan apenas daba crédito a lo que veía. Era como si hubiera retrocedido en el tiempo, y se encontrara en la corte de alguna Reina oriental. Siguió andando sin poder apartar la mirada de la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los divinos pies de Rosalía atrajeron especialmente su atención. Estaban apoyados confortablemente en un cojín, y su espectacular belleza se realzaba con un bonito anillo y una fina tobillera de oro. Cuando llegaron ante el diván, el esclavo que acompañaba a Juan, se arrodilló e inclinó su cabeza hasta el suelo. Desde esa posición habló:

 

"Ama, ha llegado la persona que estaba esperando".

 

Rosalía apenas le hizo caso, levantó su mirada hacia Juan y sonrió.

 

"Estás ante tu Ama. ¡Imbécil!. ¿Esa es la forma que tienes de saludarme?" dijo Rosalía.

 

Fue entonces cuando Juan se dió cuenta de que todos excepto él estaban de rodillas. Inmediatamente se postró de rodillas e inclinó su cabeza hasta el suelo.

 

"Le suplico que me perdone, Señora. Tal como me ordenó he venido a ponerme a sus pies" dijo con voz temblorosa.

 

"Te falta mucho por aprender para ser un buen esclavo. Pero no importa, cuando haya acabado de entrenarte

 

serás tan bueno como cualquiera de estos" dijo Rosalía mientras daba una patada en la cara al esclavo que  estaba masajeando sus pies, haciéndole caer al suelo.

 

El esclavo se levantó, recuperó su posición de rodillas ante Rosalía, y siguió masajeando sus fascinantes pies con toda la suavidad del mundo.

 

Entonces Rosalía se quitó el albornoz que la cubría, y mostró ante sus esclavos su impresionante cuerpo desnudo. Juan no pudo evitar mirarla y empezó a notar como se excitaba. El resto de esclavos sin embargo, siguió con sus ocupaciones como si nada hubiera pasado. Lo que Juan no sabía era que una de las funciones del dispositivo que llevaban en la entrepierna era, precisamente, impedir su excitación. Además el severo entrenamiento a que habían sido sometidos por Rosalía, les había enseñado a contener sus instintos. Por ese motivo el Ama se desnudaba tranquilamente ante ellos, como si sus esclavos fueran parte del mobiliario, incapaces de pensar o sentir por sí mismos.

 

Rosalía sonrió, notando la excitación de Juan, y continuó hablando:

 

"Naturalmente será un camino largo en el que experimentaras placer y dolor como nunca has sentido. Pero cuando lo hayas recorrido me darás las gracias por haberte enseñado el verdadero sentido de tu vida, y descubrirás que ser el esclavo de una mujer como yo es lo que siempre habías deseado".

 

Tras estas palabras, Rosalía rió con una cruel carcajada. Después alargó una mano con la palma hacia abajo, y un esclavo se arrodilló ante ella con un estuche y empezó a hacerle la manicura. Agitó los dedos de sus preciosos pies, y otro esclavo se arrodilló y comenzó a hacerle la pedicura. Estiró su otra mano con los dedos índice y corazón alargados, y otro esclavo puso en ellos un cigarrillo y le dió fuego.

 

Después dijo que tenía calor, y de inmediato dos esclavos llevando grandes abanicos de arrodillaron a su lado y empezaron a abanicarla suavemente. A continuación pidió un cenicero y un esclavo se arrodilló a su lado con la cabeza hacia arriba y la boca abierta. Rosalía dejó caer la ceniza de su cigarrillo en la boca del esclavo, indiferente al dolor que causaban en él las brasas aún ardientes.

 

Juan veía todo eso desde el suelo, y se maravillaba por la prontitud y precisión con que eran cumplidos los deseos de Rosalía. Aquellos esclavos estaban realmente bien entrenados, y parecían saber en todo momento que es lo que tenían que hacer para satisfacer los caprichos del Ama. En cierto modo les envidiaba porque con su servicio traían felicidad a aquella Diosa, haciendo su vida más fácil y más cómoda. Deseó que algún día también él pudiera ser de utilidad a su Ama. Haría lo necesario y sufriría lo que fuera preciso para tener el honor de poder servirla como ella se merecía.

 

Una vez que los esclavos terminaron con la manicura y la pedicura, las manos y sobre todo los pies de Rosalía lucían en todo su esplendor. Entonces el Ama chasqueó los dedos y se sentó en el diván. Un esclavo le puso una túnica de seda transparente. Otro se arrodilló y puso un cojín en el suelo, para que Rosalía pudiera apoyar sus encantadores pies desnudos.  Después, se los calzó delicadamente con unas chinelas transparentes de tacón alto, que permitían admirar los bellos pies de su Ama. Cuando estuvo vestida, se acercaron cuatro esclavos llevando una silla de manos y la depositaron al lado del diván. Rosalía se levantó y se sentó cómodamente en la silla. A un gesto del Ama, los esclavos levantaron la silla y comenzaron a andar en dirección a la mansión.

 

Rosalía se dirigió a Juan y le dijo:

 

"Sígueme".

 

Juan se levantó del suelo y comenzó a andar al lado de la silla de Rosalía.

 

Ella encendió otro cigarrillo, y siguió hablando:

 

"Veo que estás sorprendido. Es normal, os pasa a todos. No estaís acostumbrados al estilo de vida que llevo.

 

Pero no te preocupes, muy pronto esto te resultará natural; y tu también serás capaz de interpretar mis  deseos antes de que los manifieste. La misión de un esclavo es servir a su Ama en todo lo que necesite, sin causarle ninguna incomodidad. Por eso, un esclavo al que continuamente haya que darle órdenes y decirle lo que tiene que hacer, no tiene utilidad. Mis esclavos deben adelantarse a mis deseos, y cumplirlos de inmediato, sin que yo tenga que decirles nada. Como mucho, deben ser suficientes un gesto o un chasquido de los dedos. El Ama tiene siempre cosas muy importantes en las que pensar, por eso necesita que sus esclavos la atiendan, y la mimen sin necesidad de una orden directa. Esa es la misión de un esclavo hacer fácil y agradable la vida de su Señora, y no importunarla con quejas o preguntas. Cuando haya terminado tu entrenamiento, habrás aprendido a servirme de acuerdo a mis exigencias. Ahora te parecerá imposible llegar a ese nivel, pero te sorprenderá lo fácil que es. Basta con utilizar una combinación adecuada de dolor físico, control mental y abstinencia sexual".

 

Mientras Rosalía hablaba llegaron a la mansión donde fue recibida por cuatro esclavos arrodillados. Los esclavos que la transportaban dejaron la silla en el suelo. Un esclavo se tendió ante la silla, y Rosalía lo utilizó como peldaño para bajar de la silla. Juan notó como el Ama clavaba el fino talón de su chinela en la espalda de aquel hombre, y se detenía más tiempo del necesario para bajar. El esclavo gimió de dolor pero no hizo un solo movimiento, para no hacer caer al Ama, lo que le hubiera ocasionado un cruel castigo.

 

Juan se dió cuenta de que Rosalía era una sádica y disfrutaba humillando e infligiendo dolor a sus esclavos.

 

Una vez más se preguntó si no estaría cometiendo un error al entregarse a aquella soberbia mujer. Pero no podía hacer otra cosa, ya no tenía voluntad propia, estaba tan sometido a Rosalía como cualquiera de los esclavos que había visto. A pesar del temor que sentía, no podía evitar obedecerla; y es más, deseaba obedecerla, satisfacer sus menores caprichos, y sufrir por ella si ese era el deseo de Rosalía.

 

Rosalía entró en la mansión seguida de su cortejo de esclavos, y de Juan que seguía sin recuperarse de la impresión que le había causado lo que había visto hasta entonces. Atravesaron un pasillo y llegaron a un gran salón. Jamás había visto Juan tanto lujo como en aquella mansión. Había mármol, seda y oro por todas partes. Los muebles estaban construidos con las más exóticas maderas, y cuadros de famosos pintores colgaban de las paredes. El salón en que estaban combinaba el lujo del Salón del Trono de una Reina oriental, con la más moderna tecnología. En el centro había un gran sillón de alto respaldo cubierto por mullidos cojines de seda, con un lujoso escabel rematado por un suave almohadón de terciopelo bordado. Alrededor

había teléfonos, faxes, ordenadores conectados a Internet, y todo lo necesario para comunicarse con cualquier lugar del mundo. Desde allí era desde donde Rosalía controlaba su negocio, cuando no le apetecía desplazarse a la empresa; y desde allí era también desde donde gobernaba su mansión, y a los que en ella estaban con mano de hierro.

 

Rosalía se dirigió a su Trono con paso altivo y se sentó cómodamente, se reclinó suavemente sobre los cojines del respaldo y apoyó delicadamente sus brazos en los reposabrazos. Después con un elegante movimiento reposó sus bellísimos pies en el confortable escabel. Un esclavo se postró ante ella, y con toda delicadeza le quitó las elegantes sandalias. Los preciosos pies de Rosalía se apoyaron en la suave seda del

cojín. El resto de los presentes se arrodillaron de inmediato, y al verlos, Juan se arrodilló también.

 

Dos esclavos se arrodillaron a los lados del Trono y comenzaron a abanicar suavemente a su Ama con unos grandes abanicos de plumas.

 

"Has tardado demasiado en arrodillarte" dijo Rosalía dirigiéndose a Juan, "por esta vez te perdono, pero tendremos que corregir ese comportamiento". "Debes saber que cuando estoy en este salón; nadie, absolutamente nadie, puede tener su cabeza más alta que la mía. Fijate que no hay ninguna silla, ni nada donde sentarse. Por eso todos deben postrarse a mis pies".

 

Después se dirigió a uno de sus servidores y le dijo:

 

"Traedme a mi nuevo esclavo".

 

El siervo salió del salón y se apresuró a cumplir las órdenes del Ama.

 

Entonces Rosalía se dirigió a Juan:

 

"Ahora vas a ver a uno de mis nuevos esclavos. Hasta hace poco era el dueño de una empresa de la competencia. Un día que teníamos una reunión, tuvo el atrevimiento de no levantarse de donde estaba sentado cuando yo entré en la habitación. Naturalmente, decidí que le haría pagar por esa ofensa, y que le haría suplicarme piedad arrodillado a mis pies. Poco a poco le he ido dejando sin clientes y su empresa quebró. Ahora está en la ruina, y tiene tantas deudas que podría acabar en la cárcel. Yo me ofrecí a ayudarle, pero a cambio el debería convertirse en mi esclavo. Al principio no quería, pero poco a poco se ha ido dado cuenta de que no le quedaba otro remedio. Hace una semana le dije que viniera a visitarme aquí, e hice que mis esclavos le encerrasen en una de mis mazmorras. Desde entonces le he estado torturando a diario, y ha pasado bastante hambre y sed, con lo que ahora mismo su voluntad está prácticamente anulada. Sólo falta por darle el golpe de gracia para convertirle en otro de mis esclavos. Y eso es lo que voy a hacer ahora mismo. Fijate bien en lo que vas a ver, ya que pronto te tocará a ti estar en su lugar".

 

La puerta del salón se abrió y entraron cuatro esclavos forcejeando con un hombre, al que arrojaron al suelo ante el Trono de Rosalía. Se trataba de un hombre de unos treintaitantos años, alto y muy fuerte. Estaba completamente desnudo, a excepción de aquel artilugio mecánico que ceñia su pene y sus testículos, y que todos los esclavos de Rosalía llevaban. En su espalda y en su rostro se veían las huellas del castigo al que había sido sometido.

 

El hombre miró a Rosalía con ojos de odio y le gritó:

 

"Maldita bruja. Te mataré por lo que me has hecho".

 

A continuación se incorporó para arrojarse sobre Rosalía con intención de cumplir su amenaza. Por un momento Juan temió por la vida del Ama. Pero antes de que pudiera reaccionar vió a Rosalía, sonriendo con calma, llevarse el dedo pulgar de su mano izquierda a un anillo que tenía en el dedo índice. Al momento aquel hombre cayó al suelo retorciéndose de dolor, y agarrándose sus testículos con ambas manos.

Juan supo después que es lo que había pasado. Se trataba del artilugio que llevaban en sus testículos los esclavos de Rosalía. Una de sus misiones era impedirles eyacular, con lo que se encontraban siempre en tal estado de excitación que Rosalía no tenía más que emplear su extraordinaria belleza para someterlos a sus pies sin ningún esfuerzo. Su otra misión era como elemento de castigo para esclavos que irritaban al Ama, para aquellos que aún no estaban del todo sometidos, o para que Rosalía se divirtiera haciendoles sufrir cuando le venía en gana.

 

Para castigar a un esclavo Rosalía no tenía más que rozar con su dedo pulgar el anillo que siempre llevaba en la mano izquierda, mientras apuntaba al esclavo en cuestión. En ese momento se mandaba una señal al dispositivo, que hacía dos cosas: por un lado se encogía sobre sí mismo apretando fuertemente el pene y los testículos, por otro daba una intensa sacudida eléctrica. La combinación de ambas era capaz de derribar entre espasmos de dolor a cualquier hombre, y dejarlo totalmente indefenso.

Eso era precisamente lo que acababa de pasar ante los atónitos ojos de Juan.

 

Rosalía rió cruelmente mirando a aquel hombre caido a sus pies, con el cuerpo contraido por el dolor.

 

"¡Imbécil! ¿creías que podías tan siquiera tocarme?" le dijo "me basta con mover ligeramente uno de mis dedos para causarte un dolor insoportable, y derribarte a mis pies suplicando compasión".

 

Y como si quisiera demostrar la verdad de lo que decía, repitió aquel ligero gesto de su pulgar otra vez, y otra y otra. En cada ocasión el cuerpo de aquel infortunado se estremecía con el dolor, mientras que sus gritos resonaban en toda la sala, y por la comisura de los labios se deslizaba un hilo de saliva.

 

Rosalía seguía riendo, disfrutando de su poder. Del poder de infligir a otros un terrible sufrimiento con

 

sólo mover un dedo. Se reclinó cómodamente sobre los cojines del Trono, y frotó las suavísimas plantas de sus pies contra la seda del almohadón en el que descansaban. Eso le produjo un placentero cosquilleo que recorrió su cuerpo, y que se unió a la maravillosa sensación de poder absoluto que estaba experimentando.

 

Cuando los espasmos del hombre cesaron, quedó quieto en el suelo incapaz de moverse y temeroso de hacerlo.

 

Rosalía pidió un cigarrillo, se lo encendieron, cruzó seductoramente sus hermosísimas piernas y comenzó a balancear lentamente su encantador pie. Mientras fumaba tranquilamente, se dirigió a los esclavos que habían traido a aquel hombre, y les dijo con voz suave:

 

"¿Por qué no le habeís traido atado?", "¿acaso pretendiais que me atacara?".

 

Los esclavos se arrojaron al suelo, suplicando perdón, pero Rosalía no destacaba por su piedad. Su bonito pulgar se puso en movimiento, y uno tras otro los cuatro esclavos empezaron a gritar incapaces de soportar el agudo dolor que recorría su cuerpo. La risa de Rosalía se escuchó en todo el salón.

 

"Espero que esto os sirva de lección" dijo Rosalía sacudiendo la ceniza de su cigarrillo en la boca de un esclavo que le servía de cenicero. Siguió fumando con calma contemplando a los que la rodeaban como si fueran gusanos. Cuando terminó de fumar apagó el cigarrillo en la mano de su esclavo cenicero, que apenas se estremeció acostumbrado como estaba a soportar aquello.

 

A continuación Rosalía ordenó:

 

"Traedme mis sandalias de castigo".

 

Un esclavo se acercó trayendo dos preciosas sandalias de finísimas tiras, con un alto y afilado tacón acabado en una punta metálica. Se arrodilló y calzó con ellas los hermosos pies del Ama. Rosalía se levantó y con paso altivo se acerco al hombre que había tratado de agredirla y que estaba empezando a recuperarse del castigo que acababa de sufrir.

 

Se plantó delante de él con las piernas ligeramente abiertas y las manos en las caderas. El hombre fijó su vista en los pies de Rosalía situados a escasos centímetros de sus ojos. No pudo evitar reparar en la sublime belleza de aquellos pies. Desde los elegantes dedos con las uñas pintadas de rojo, pasando por los preciosos empeines y los talones redondeados y suaves, hasta las exquisitas plantas que se adivinaban ligeramente, y los esbeltos tobillos; los fascinantes pies de Rosalía esclavizaron a aquel hombre. A pesar suyo sintió que se excitaba, tal era la hermosura de aquellos pies, pero el artilugio que llevaba en su  entrepierna le impedía cualquier tipo de alivio, con lo cual su voluntad ya casi anulada se debilitaba más y más.

 

Rosalía notó inmediatamente lo que pasaba. Estaba acostumbrado al efecto que sus divinos pies tenían en los hombres, y ella sabía perfectamente como utilizarlos para convertirlos en sus fieles esclavos.

 

Rosalía bajó la mirada hacía el hombre que yacía ante ella y le dijo:

 

"Bien, ahora vas a saber lo que es sufrir. Cuando haya terminado contigo serás uno más de mis esclavos".

 

Levantó su pie derecho y descargó un fuerte golpe sobre la cabeza de aquel hombre, tras ese golpe le dió otro y otro más. Una lluvía de patadas caía sobre la cara, el cuerpo y los testículos de aquel desgraciado.

 

Rosalía golpeaba con fuerza y sin compasión, los afilados tacones de sus sandalias se clavaban como afileres en el cuerpo del hombre. Pronto su rostro empezó a sangrar abundantemente, pero eso no detuvo a aquella implacable mujer, siguió golpeando, pisando y clavando sin compasión, llenando de heridas el cuerpo de aquel hombre. Este tendido en el suelo, era incapaz de defenderse, y Rosalía lo sabía perfectamente. Por un lado el hombre temía aquel diabólico anillo que Rosalía lucía en su mano izquierda, por otro lado la visión de los embrujadores pies del Ama había anulado su voluntad, y ahora ya sólo quería servirla en todos sus caprichos. Tras unos minutos más de cruel castigo, el hombre estaba totalmente entregado a los pies de Rosalía, ya ni siquiera gritaba, aceptando estoicamente cada nuevo golpe que caía sobre él. Para entonces su cuerpo estaba cubierto de sangre, pero su vida no corría peligro. Rosalía era una experta torturadora y sabía perfectamente como causar un intenso dolor, sin causar ningún daño permanente.

 

Por fin el Ama detuvo el castigo, consciente de que había conseguido su objetivo. Encendió un cigarrillo, y miró sonriendo al hombre al que acababa de torturar tan cruelmente, pensando en lo sencillo que le había resultado reducirle a la condición de esclavo. Hace pocas semanas era un hombre rico y admirado, y ahora se arrastraba ante ella ensangrentado, torturado, humillado y lamía el suelo ante sus pies. Ante los pies que tan cruelmente le habían castigado. Y todo por un capricho del Ama.

 

Rosalía rió encantada, le gustaba el poder que tenía, le gustaba ejercerlo y le gustaba abusar de él.

 

¿Que sentido tiene tener poder si no abusas de él? pensaba. Le gustaba torturar y humillar a los hombres y no se privaba de hacerlo día tras día. Rosalía era feliz así.      

 

CONTINUARÁ

 Autor: pierre fermat

 

 

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