Doña Rosalía

 

CAPÍTULO 4

 

 

Juan cogió el coche y se dirigió al Aeropuerto. Aparcó en el parking y fue al terminal internacional.

 Por el camino se preguntaba como se las iba a arreglar para reconocer a la hermana de Rosalía. Su Ama había dicho que en seguida se daría cuenta de quien era ella, pero Juan no lo tenía tan claro. Sin embargo se había acostumbrado a no discutir las palabras su Ama, y a aceptar sus órdenes sin pestañear. Más aún después de la espectacular demostración de supremo poder y refinada crueldad, que Rosalía había realizado aquella mañana con los personajes más importantes de la empresa.

 

El Aeropuerto estaba lleno de gente aquel día. Juan recorrió con la mirada el terminal, fijándose bien en todas las mujeres que veía, tratando de encontrar algún detalle que le permitiera reconocer, entre todas ellas, a la hermana de Rosalía. Empezaba a estar preocupado cuando de repente la vió. Se acercó algo más para verla mejor, y estuvo seguro de que tenía que ser ella. Se trataba de una mujer muy joven, de apenas veinte años, muy guapa y atractiva. Vestía un ajustado top de cuero con adornos dorados, y una minifalda también de cuero, ceñida a su esbelta cintura con un ancho cinturon con hebilla dorada. Calzaba unas botas negras, que le llegaban hasta la mitad del muslo, con altos tacones y afiladas punteras. Su cabello pelirrojo caía en cascada hasta la mitad de la espalda, enmarcando un rostro ovalado dónde destacaban sus inmensos ojos verdes.

 

Tenía una nariz preciosa, y una boca de labios gruesos que le daban un aspecto muy sensual. Llevaba pendientes, pulseras y anillos, que en conjunto debían de costar una fortuna. A Juan le llamó especialmente la atención un piercing con un diamante, que adornaba su ombligo. Su cuerpo estaba muy bien proporcionado; pechos ni muy grandes ni muy pequeños, vientre liso y firme, piernas larguísimas, y brazos elegantes. Se notaba que estaba habituada a acudir al gimnasio para mantenerse de aquella manera. Sus manos eran hermosísimas, con dedos largos y finos, rematados por unas afiladas uñas pintadas de rojo. Su porte era altivo, autoritario y soberbio; y eso junto con su forma de vestir era lo que le había dado a Juan la clave para reconocerla.

 

Además, vista de cerca tenía un ligero parecido con su hermana, aunque no era tan alta y sus facciones eran más dulces que las de Rosalía.

Juan se acercó y le dijo:

 

"Tu debes ser Patricia. Tu hermana me ha enviado a buscarte". Y le tendió la mano para saludarla.

 

Patricia hizo caso omiso de sus palabras y de su mano tendida, y contestó:

 

"Ya era hora, estaba cansada de esperarte. Coge mi equipaje, y vámonos. Y no se te ocurra volver a tutearme, no eres quien para eso".

 

Juan se quedó de piedra por aquellas palabras, dichas con un tono de voz propio de niña mimada, acostumbrada a que todo el mundo se doblegara a sus caprichos. Pensó, que él era un esclavo de Rosalía, pero que no tenía porque soportar que aquella chiquilla le diera órdenes, y menos aún con esa falta de educación que había demostrado. Miró al equipaje de Patricia, formado por dos grandes maletas y varias bolsas de viaje; y pensó quedificilmente podría él solo con todo. En cualquier caso, Patricia le había irritado y no estaba por la labor de facilitarle las cosas.

 

"Como quiera. Pero tendrá que ayudarme con las maletas, yo solo no voy a llevar todo" dijo Juan.

 

Patricia visiblemente molesta contestó:

 

"¿Estas loco?. Crees que voy a estropearme las manos cargando con todo ese peso. ¡Ni lo sueñes!".

 

Juan se limitó a mirarla fijamente, sin hacer el más mínimo ademán de coger el equipaje.

 

"Aclararemos esto en seguida" dijo Patricia. Sacó su teléfono móvil y marcó el número de Rosalía.

"¿Rosalía?. Soy yo, Patricia. Tengo problemas con el cretino que has enviado para recogerme".

"Se niega a llevarme el equipaje, y en todo momento ha sido descortés e irrespetuoso".

En ese momento Patricia le tendió el teléfono a Juan diciendo:

"Ponte, mi hermana quiere hablar contigo".

Juan cogió el teléfono y dijo:

"¿Señora?, soy Juan".

"Si, Señora".

"Por supuesto, Señora".

"Lo que usted ordene, Señora".

"Hasta luego, Señora".

 

Juan devolvió el teléfono a Patricia, y sin decir nada se dispuso a coger las maletas. Pero antes de que pudiera hacerlo, la voz de Patricia le detuvo en seco:

 

"¡Espera!. ¿No se te olvida algo?".

"No comprendo, Señora" respondió Juan con tono humilde.

 

Patricia sonrió satisfecha ante el brusco cambio de actitud de Juan.

 

"Aún no me has pedido perdón por tu intolerable comportamiento anterior" dijo Patricia sonriendo arrogantemente.

 

Después de haber hablado con Rosalía, Juan sabía que debía someterse y obedecer.

 

"Señora, estoy profundamente arrepentido por mi inexcusable comportamiento. Le pido perdón humildemente, y le suplico que tenga la bondad de perdonarme" dijo Juan con la cabeza ligeramente inclinada.

 

"Mírame", ordenó Patricia.

 

Juan levantó la vista hacia ella, y entonces Patricia levantó su mano derecha y abofeteó con fuerza la mejilla izquierda de Juan. Después con el dorso de la mano repitió el golpe, esta vez sobre la mejilla izquierda.

 

"Esto es como anticipo del castigo que recibirás cuando lleguemos a casa. Ahora vámonos, ya me has hecho perder mucho tiempo".

 

Mientras cogía las maletas de Patricia, Juan vió las risas de algunas personas que habían sido testigos de como Patricia le había humillado. Hizo lo posible por ignorarlas, y cargado con todo el equipaje empezó a andar en dirección al parking. Patricia caminaba a su lado sin hacerle el menor caso, fumando tranquilamente un cigarrillo colocado sobre una elegante boquilla de oro. De vez en cuando se detenía a mirar los escaparates de las tiendas del Aeropuerto, sin importarle lo más mínimo que Juan tuviera que esperarla cargado con todo el peso de su equipaje. Por fin llegaron al parking, y se dirigieron a donde estaba aparcado el Mercedes.

 

Cuando llegaron, Juan que estaba agotado, dejo caer las maletas al suelo.

 

"¡Ten más cuidado idiota! ¡Esas maletas valen más dinero del que verás en tu miserable vida!" dijo Patricia con evidentes muestras de enfado. Y tras esas palabras abofeteó dos veces la cara de Juan, que encajó los golpes sin pestañear, y se quedó mirádola fijamente.

 

"¡Baja la mirada, perro! No se te ocurra volver a mirarme a los ojos a menos que te lo ordene, o si no voy a hacer que me lamas las botas aqui mismo, para que te vean todos los que pasen" dijo Patricia.

 

Juan obedeció de inmediato, bajó la vista al suelo y balbuceó:

"Perdón Señora, no he pretendido ofenderla".

"Esta bien, ábreme la puerta del coche", ordenó Patricia, acompañando su orden con otras dos sonoras bofetadas.

 

Estaba claro que Patricia iba a hacerle pagar, por no haberse plegado a sus exigencias desde el principio.

 

Juan con las mejillas ardiendo como consecuencia de las bofetadas que había recibido, y las lágrimas a punto de saltarsele, abrió la puerta trasera del coche para que Patricia se sentase. Antes de entrar al coche, Patricia se detuvo ante Juan y le dijo con voz burlona, mientras le acariciaba una mejilla con una mano suave como la seda:

 

"Pobrecito, estás a punto de llorar. Pero si esto no es nada. Te castigaré como es debido cuando lleguemos a casa de mi hermana. Ya verás como nunca más volverás a pensar siquiera, en no obedecer incluso el menor de mis caprichos". Y con una cruel carcajada subió al coche.

 

Juan cerró la puerta, puso el equipaje en el maletero, y se puso al volante.

 

Patricia se había tendido cómodamente en el asiento trasero, con las piernas ligeramente dobladas por las rodillas, y los pies cruzados a la altura de los tobillos. Tenía el aire de una Princesa oriental. Había cogido una botella de champagne del mueble bar, y se había servido una copa. Mientras bebía hizo un gesto con la mano para indicar que podían irse.

 

El coche se puso en marcha, y Patricia dijo:

 

"¿Sabes una cosa? No recuerdo cuando fue la última vez que un hombre me desobedeció. No estoy acostumbrada a que mis deseos, por insignificantes que sean, no se vean complacidos inmediatamente. Pero en el fondo me alegro, porque así voy a tener ocasión de castigarte a mi antojo. Le pediré a mi hermana que seas mi esclavo personal, mientras esté en su casa. De todos modos iba a necesitar uno, asi que he decidido que seas tu".

 

Un sudor frío recorrió la espalda de Juan. Sabía que aquella mujer no bromeaba, ya le había demostrado que tenía un carácter despótico y cruel. Él, había tenido la desgracia de incurrir en su cólera, y ella se lo iba a hacer pagar sin ahorrarle ningún sufrimiento ni humillación. Se maldijo por no haberla obedecido desde el principio. Decidió que trataría de suavizar su ira, comportándose a partir de ese momento de la forma más sumisa y humilde posible.

 

Durante el camino, Patricia no paró de hablar un solo momento. Su tema favorito de conversación era ella y sólo ella. Le contó que había estado recorriendo el mundo, haciendo pases de modelo, y sesiones fotográficas para las principales revistas internacionales de moda, en cuyas portadas aparecía frecuentemente. Dijo que aunque en España no era conocida, en el extranjero era la modelo más cotizada del momento. Todas las agencias de moda se la disputaban, porque su imagen significaba un éxito de ventas seguro. Incluso, había hecho algunas apariciones en cine y televisión; y tenía muchas ofertas para trabajar con los mejores directores del mundo.

 

En poco tiempo se había convertido en una mujer muy rica, de hecho era multimillonaria; además había sabido invertir su fortuna con el asesoramiento de su hermana, con lo que su fortuna crecía de día en día.

 

Aunque Patricia no lo dijo expresamente, Juan supuso acertadamente que su éxito se le había subido a la cabeza, y la había convertido en la caprichosa y soberbia mujer que era. Se había acostumbrado a las atenciones y los mimos de agentes, modistos, ejecutivos de televisión y productores de cine; que literalmente se agolpaban ante su puerta suplicando que trabajara con ellos. Ella aprovechaba aquello para multiplicar sus exigencias y caprichos, y como siempre se le concedían se convenció de que era un ser superior a los demás, cuyos antojos no podían ser discutidos.

 

Patricia siguió hablando. Dijo que sabía que todo el mundo en el negocio de la moda, y el cine la odiaba intensamente; pero a ella eso no le importaba ni lo más mínimo. La odiasen o no, no les quedaba más remedio que complacerla en todo si querían que trabajase para ellos. No había nada que le gustase más que ver a los peluqueros, maquilladores, modistos, agentes y productores; pendientes de sus extravagantes caprichos, apresurándose a satisfacer todos y cada uno de sus deseos. Le bastaba con hacer un leve gesto, para que una multitud de personas se desvivieran para complacerla.

 

Saber que todas esas personas a las que caprichosamente tiranizaba, en el fondo la odiaban, pero que aún así se veían obligadas a tragarse su orgullo, y a soportar calladamente una tras otra las humillaciones a las que les sometía; porque de su antojadiza voluntad dependían sus trabajos y, por tanto, el bienestar de sus familias; le producía un placer indescriptible como nunca habíaexperimentado.

 

Entre risas le contó un par de historias que ponían de manifiesto el carácter de Patricia.

 

La primera tuvo lugar un día en que se encontraba haciendo un reportaje fotográfico, para una casa de trajes de baño. La sesión iba a tener lugar en una playa del Caribe. Por la mañana del día elegido para hacer las fotografías, Patricia se había puesto en manos de los peluqueros, maquilladores, y se había hecho dar manicura y pedicura. Su aspecto después de todos esos cuidados era deslumbrante. Cuando llegó el momento de empezar con las fotos, y todo estaba preparado; de repente ella se negó a posar. Cuando le preguntaron, que era lo que pasaba, dijo que el color de las uñas de sus pies no hacía juego con los bañadores que debía lucir, y por tanto exigía que se las volvieran a pintar de otro color. Eso era un problema porque la pedicura había hecho su trabajo aquella mañana, y se había ido a trabajar a otro sitio, y no había tiempo para buscar otra.

 

Todos trataron de convencerla alabando la perfección de sus pies, elogiando hasta la saciedad la belleza de sus empeines y de sus dedos, deshaciéndose en halagos hacia lo hermosos que estaban con aquellas uñas tan bien cuidadas y pintadas de rojo; y suplicádole que por favor accediera a posar. Pero todo fue en vano. El propio Director de la Agencia que la había contratado le rogó una y otra vez, ofreciéndole pagarle el doble de lo que habían acordado, ya que no podía permitirse el lujo de quedarse sin el reportaje; y a esas alturas encontrar otra modelo supondría unos retrasos que desembocarían en unas enormes pérdidas; eso sin contar que no había ninguna modelo en el mundo que pudiera compararse con Patricia. Patricia, por supuesto, aceptó cobrar el doble; pero aún así exigió que su anterior demanda fuera atendida. Acusó al Director de ser el culpable de lo que estaba pasando, por no haber contratado a la pedicura durante todo el día para ahorrarse unos pocos dólares. Por lo que le exigió que fuera él mismo quien se las pintase. El pobre hombre no tuvo más remedio que aceptar, ya había tratado con Patricia otras veces y sabía que sólo si se cumplian todos sus caprichos, accedería a continuar con la sesión. El Director de la Agencia era un hombre mayor, con algo más de sesenta años, y muy querido por todo el mundo a causa de su amabilidad y buen carácter; por todo ello uno de los fotógrafos se ofreció a ser él quien pintase las uñas de los pies de Patricia, de modo que el Director no tuviera que pasar por esa humillación. Pero Patricia se negó en redondo, había dicho que el Director pintaría las uñas de sus pies, y asi sería. Sin embargo, le dijo al fotógrafo que puesto que quería colaborar, se encargaría de darle sombra con una sombrilla. Asi, se dirigió a una tumbona que había en la playa y se tendió cómodamente en ella, el fotógrafo se puso a su lado con una sombrilla, y el Director se arrodilló a sus pies.

 

Entonces Patricia le dijo al fotógrafo que ya que había querido sustituir al Director, lo menos que podía hacer era compartir su suerte, y que por tanto debería de ponerse, también, de rodillas. El fotógrafo que no quería que por su culpa pudieran surgir nuevos problemas se arrodilló sin decir una palabra.

 

Mientras Patricia bebía tranquilamente una copa de su champagne favorito, el Director de la Agencia limpiaba de pintura las uñas de los pies de Patricia, y las iba pintando una a una del color que ella había elegido.

 

Pasado un momento, Patricia miró al resto del equipo que estaba a su alrededor contemplando la escena y dijo que puesto que todo un Director, estaba arrodillado a sus pies, no veía ningún motivo para que ellos estuvieran de pie, y que lo consideraba una falta de respeto hacia ella. El Director de la Agencia que estaba deseando acabar con todo aquello, les dirigió una mirada suplicante para que accedieran a los deseos de Patricia y asi poder concluir el reportaje. A regañadientes, aceptaron y se postraron de rodillas en el suelo ante Patricia.

 

En ese momento, Patricia se relajó completamente y disfrutó como nunca viendo a todos aquellos hombres arrodillados ante ella, completamente humillados bajo el sol abrasador, y sometidos a sus caprichos.

 

Una vez terminada la pedicura, Patricia contempló sus preciosos pies, y se sintió satisfecha del aspecto que presentaban. Entonces dijo que ya sólo faltaba que el Director le pidiera perdón, por las molestias que le había causado, y que le besara los pies en prueba de arrepentimiento. El Director hizo lo que se le exigía; suplicó el perdón de Patricia en los términos más humildes que pudo, y después cubrió de besos serviles aquellos embrujadores pies ante los que estaba humillado. Cuando Patricia consideró que el Director ya se había humillado bastante, le apartó con una patada. Después Patricia se levantó como si nada hubiera pasado y se dispuso a hacer su trabajo. Como siempre, el reportaje fue todo un éxito.

 

La segunda historia que contó Patricia sucedió durante el rodaje de su última película. Era una película histórica, en la que Patricia hacia el papel de una Reina de un país remoto y exótico, que se enfrentaba a los romanos y les derrotaba. En la película había varias escenas en las que la Reina hacía gala de un poder absoluto sobre sus súbditos, azotaba sin compasión a esclavos que la encolerizaban, obligaba a arrodillarse a sus pies a un grupo de prisioneros, se hacía transportar en una suntuosa litera a hombros de dieciseis esclavos; y en suma hacía todo aquello que se supone que hacía una despótica Reina oriental.

 

Al segundo día de rodaje, habló con el productor. Le dijo que para hacer mejor su papel había estado pensando en una manera de poder "meterse" en el personaje de la Reina, y había llegado a la conclusión de que la mejor manera era que mientras durase el rodaje; todo el mundo, desde el Director hasta el último de los técnicos debería tratarla como si en realidad fuera una Reina. Eso significaba que se deberían de cumplir todas sus órdenes, que se dirigirían a ella con el tratamiento de Majestad, y que en su presencia deberían arrodillarse y besar sus pies. El productor trató de convencerla alegando que aquello no tenía sentido, y dando otra serie de razones, que por supuesto no la convencieron. Amenazó con coger el primer avión e irse, dejando a la película sin su protagonista. Aquello hubiera sido un serio trastorno, porque ya se había contratado a los otros actores, a los especialistas, a los distintos técnicos, e incluso se había empezado a hacer el

lanzamiento publicitario de la película utilizando la imagen de Patricia, en fotografías y carteles. Si en ese momento Patricia abandonaba el rodaje, habría unos retrasos tales que llevarían aparejados unos gastos enormes.

 

Asi pues, el productor le prometió que hablaría con todo el equipo para ver si estaban de acuerdo con sus exigencias. Cuando habló con ellos, todos se negaron categóricamente a someterse a los caprichos de Patricia, pero el productor que pensaba en que si Patricia no hacía la película sería su ruina, les suplicó que hicieran lo que les pedía. Para convencerles, les ofreció mejores salarios, contratos para futuras películas e incluso les amenazó con que no volverían a trabajar en el negocio del cine, si no hacían eso por él. Al final aceptaron, pensando que como el rodaje iba a ser corto, no sería la cosa tan terrible. Pronto saldrían de su error. El productor fue al camerino de Patricia para decirle que todo se haría según sus deseos, y para pedirle por favor que siguiera con el rodaje.

 

 Llamó a la puerta, y al cabo de un rato Patricia le dió permiso para entrar. Entró, y vió a Patricia vestida con uno de los trajes que usaba en la película. El traje consistía en un sujetador de transparente seda roja, adornado con diamantes; y una falda larga hecha a base de finas tiras también de seda roja, ceñidas a su cintura con una cadena de oro. Sus encantadores pies calzaban unas lujosas sandalias doradas de tacón alto, diseñadas exclusivamente para ella, que realzaban aún más la espectacular belleza natural de sus perfectos pies. Patricia se encontraba lánguidamente tendida en un enorme diván, con su cuerpo y su cabeza cómodamente recostados sobre suaves almohadones de plumas. A través de las tiras de su falda se podían ver sus preciosas piernas, largas y bien formadas, que terminaban en sus cautivadores pies, apoyados confortablemente en otro mullido cojín de terciopelo. Su porte era el de una auténtica Reina. El productor quedó impresionado por tanta belleza como se ofrecía a sus ojos, y a duras penas pudo tartamudear que las exigencias de Patricia habían sido aceptadas. Patricia, sonrió complacida, y con su enjoyada mano derecha apuntó al suelo ante ella, y ordenó al productor que se pusiera de rodillas. Este lo hizo asi sin vacilar un instante, e inclinó su cabeza hasta tocar el suelo con la frente. Patricia, con un movimiento elegante y lleno de gracia, se sentó en el diván y utilizó el cuerpo del productor como reposapies. Apoyó su pie izquierdo en

la cabeza y el derecho en la espalda del productor, aprovechando la circunstancia para clavarle los tacones de sus sandalias por puro placer. Después, a una orden de Patricia, salieron del camerino y se dirigieron al estudio donde estaba todo el equipo. Patricia les miro de forma desdeñosa, y se encaminó a su Trono. Se sentó cómodamente, y apoyó delicadamente sus brazos en los reposabrazos del Trono, y sus embrujadores pies en un maravilloso escabel tallado en ébano, y rematado por un mullido almohadón de seda y plumas, bordado en oro.

 

Las miradas de todos los presentes estaban pendientes de Patricia, cuyo bellísimo rostro resplandecía iluminado por una maravillosa sonrisa. Sin necesidad de que Patricia dijera una sola palabra, todos los presentes uno tras otro se fueron arrodillando, subyugados por el enorme poder que emanaba de la divina mujer que ocupaba aquel Trono. Después Patricia les dijo que a partir de ese momento ella era la Reina, y ellos sus esclavos. Que

ellos estaban allí para obedecerla en todo, y que el que no lo hiciera sería castigado sin compasión. A continuación ordenó que todos ellos uno por uno se arrastrasen hasta su Trono, y le besasen los pies como señal de que reconocían y aceptaban su autoridad suprema. Y asi durante más de dos horas, Patricia estuvo recibiendo el homenaje que rendían a sus divinos pies, más de doscientos hombres y mujeres a los que había reducido a la condición de esclavos. Después de aquello el rodaje continuó, pero las cosas ya no eran iguales que antes. Ahora, Patricia se había acostumbrado a ser obedecida sin rechistar, y eso se tradujo en que era ella, y no el director, quien decidía que y como se rodaría. Como consecuencia el papel que ella representaba fue adquiriendo más y más protagonismo, a costa del resto de actores que veían como los suyos se reducían al de meros comparsas, que se limitaban a acompañar a la única y verdadera estrella: Patricia. Algunos que tuvieron la osadía de protestar, fueron azotados por orden de Patricia hasta que se doblegaron, y aceptaron someterse a lo que Patricia decidiera. Acabó por ser ella misma quien dirigió la película, lo cual hacía desde su Trono mientras utilizaba al director como reposapies, o hacía que le limpiara las sandalias con la lengua. Humillándolo de aquella manera dejaba claro, que mientras durase el rodaje, ella era la única que daba órdenes y decidía como se hacían las cosas. Para dar un mayor realismo a las escenas, exigió que cuando tenía que azotar o torturar a un esclavo, no se utilizara ningún truco. Con lo que los infelices que hacían papeles de esclavo, se tuvieron que resignar a sufrir en sus carnes latigazos y quemaduras, totalmente reales; que Patricia infligía con gran placer y entusiasmo. Decidida a que todo saliera a la perfección, hacía que se repitieran las tomas una y otra vez hasta quedar totalmente satisfecha. Algunos de los actores quedaron tan maltrechos por sus torturas que tuvieron que ser sustituidos por otros.

 

Como era una perfeccionista, Patricia exigió recibir clases de manejo del látigo. Para ello se contrató a un artista de circo, que era experto en la materia. Patricia se dedicó mucho interés, y constantemente practicaba lo que había aprendido utilizando para ello las espaldas de los actores, del director, del productor o de cualquier otro de sus esclavos. En poco tiempo se convirtió en una auténtica maestra, capaz de matar una mosca en vuelo con un solo golpe de látigo.

 

Tanta habilidad adquirió que superó a su profesor; y para demostrarlo, una tarde le desafió a una lucha a latigazos. Todo el equipo de rodaje estaba espectante por lo que pudiera pasar, pero Patricia no dejó lugar a dudas. Con un gesto imperceptible de la muñeca su látigo golpeó la mano de su profesor haciendo caer el látigo que llevaba. A partir de ese momento, los latigazos fueron cayendo en rápida sucesión sobre aquel infeliz que trataba en vano de esconderse. Llegó un momento en que sus piernas ya no eran capaces de soportar su peso, y cayó de rodillas. Entonces Patricia, viendo que lo tenía a su merced, encendió con calma un cigarrillo, y empezó a azotar más despacio y más fuerte, eligiendo muy bien las zonas en las que golpeaba con el fin de causar el máximo dolor. Al poco el hombre cayó al suelo cuan largo era, totalmente roto, ensangrentado y cubierto de cicatrices. Desde que habían empezado el rodaje Patricia había hecho azotar, o había azotado personalmente a todo el equipo. Nadie había podido librarse de su crueldad. Pero nunca había aplicado un castigo tan brutal como aquel. Cuando le preguntaron por que lo había hecho, hizo un gracioso mohín, y dijo con su voz de niña mimada que para demostrarse a si misma lo hábil que era manejando el látigo.

 

El rodaje terminó al fin, lo cual supuso un gran alivio para todo el equipo que, tras muchas semanas recibiendo castigos y humillaciones, estaba al límite de su resistencia. No obstante lo cual todos acabaron reconociendo, incluido el director, que desde que Patricia se había hecho cargo de la dirección, cada uno había dado lo mejor de si mismo, y como consecuencia la película había mejorado muchísimo. El último día, después de rodar la escena final, Patricia se sentó en su Trono y exigió que uno por uno, los miembros del equipo se arrastrasen ante ella y le besasen los pies; mientras le daban las gracias por haberles dirigido, y le suplicaban perdón por los muchos errores que habían cometido.

 

Todos ellos lo hicieron sin la menor vacilación, y además añadieron que les encantaría volver a trabajar para ella en el futuro. Cuando se disponía a levantarse del Trono para dirigirse a la limusina que la esperaba para llevarla al Aeropuerto, el equipo en pleno decidió tributarle un último homenaje, se tumbaron en el suelo unos al lado de otros y ofrecieron sus cuerpos como alfombra para los pies de Patricia. Ella sonrió complacida y orgullosa de ser objeto de aquella indudable muestra de sumisión, y sin el menor reparo empezó a caminar con paso altanero sobre los cuerpos de los que eran, sin lugar a dudas, sus rendidos esclavos.

 

El agudo dolor causado por los afilados tacones de las sandalias de Patricia, fue el último recuerdo que les quedó de ella. La película se estrenó y fue un éxito absoluto de crítica y público. Todo el mundo elogió en los términos más apasionados la magnifica interpretación de Patricia, y su gran trabajo como directora. En consecuencia las ofertas para hacer más películas se le acumulaban, llegándole a ofrecer cheques en blanco para convencerla. Algunos productores, que habían oido lo que había pasado en su primer rodaje, prometieron a Patricia que si aceptaba sus ofertas, tendría a su disposición durante el rodaje un séquito de esclavos a los que podría tratar como quisiera; y como ella seguía sin decidirse, se arrojaban a sus pies y le suplicaban.

 

En el mundo del cine se la empezó a conocer como Su Majestad la Reina Patricia.

 

Cuando Patricia terminó de contar sus historias, Juan estaba absolutamente aterrado. Se preguntaba como había podido ser tan tonto. Había ofendido a Patricia, y ahora que sabía la clase de mujer que era, estaba convencido de que iba a sufrir lo indecible, por no haberla obedecido como ella se merecía y estaba acostumbrada.

 

La miró a través del espejo retrovisor, tendida cómodamente en el confortable asiento trasero del Mercedes, fumando y bebiendo champagne. Su belleza era indescriptible. Sus gestos y su forma de hablar y de comportarse, ponían de manifiesto un control absoluto sobre todo, y sobre todos los que la rodeaban. Se dirigió a Juan, y este no pudo evitar estremecerse al oir su voz:

 

"¿Que te parece lo que te he contado?".

 

"Majestad, creo que sois digna de los mayores honores, y creo también que teneis derecho a ser obedecida y mimada como el Ser Superior que sois, por último creo que mereceis el privilegio de castigar como os plazca, a aquellos que no se sometan a vuestros caprichos. Por tanto, me parece que lo que me habeís contado es algo que a cualquiera le debería parecer lógico y natural. Yo por mi parte estoy deseando poder serviros de la manera que ordeneis" dijo Juan con el tono más humilde que fue capaz de encontrar.

 

Se había dirigido a ella llamándola Majestad, porque tras lo que había oido dedujo que ese tratamiento la complacía. Asimismo había tratado de ser todo lo obsequioso y servil que pudo, esperando que se aplacase su ira contra él. Pero Patricia pronto le hizo perder toda esperanza.

 

"Bien, esclavo. Empiezas a comportarte como es debido. Quiza esperes que asi se me pasará el enfado y suavizaré tu castigo. ¡Que poco me conoces! En realidad no estoy enfadada. Sin embargo no te has comportado como es debido, y por eso serás castigado como mereces. No importa lo que hagas a partir de ahora".

 

Hubo un silencio tras el cual Patricia preguntó:

 

"¿Falta mucho para llegar, esclavo?".

 

"No, Majestad. Ya estamos muy cerca".

 

"Bien, estoy deseando quitarme las botas y darme un baño. Mis pies son muy sensibles y están un poco incómodos después de tanto tiempo sobre estos tacones" dijo Patricia.

 

"Majestad, si lo desea sería para mi un honor poder ocuparme de sus divinos pies, en cuanto lleguemos. Tengo bastante experiencia en masajes y pedicuras, porque he hecho muchas para su hermana" ofreció Juan.

 

"Vaya, vaya. Con que quieres ocuparte de mis pies. No eres tan estúpido como pareces. Tu aún no has tenido la suerte de verlos, pero la verdad es que tengo unos pies preciosos. Son absolutamente perfectos y adorables. Desde que era muy pequeña, mis pies no han dejado de recibir mimos y cuidados. Y eso unido a su asombrosa belleza natural, ha hecho de mis pies algo tan extraordinariamente hermoso que ni siquiera puedes imaginarlo. Son tan increiblemente suaves que parece que nunca los hubiera usado para caminar. ¿Te has fijado en los pies de mi hermana?" preguntó Patricia.

 

"Muchas veces Majestad, y debo decir que en mi opinión son bellísimos" contestó Juan.

 

"Por supuesto esclavo. Rosalía tiene unos pies encantadores, pero no se pueden comparar con los mios. No es falta de modestia si digo que la hermosura de mis pies no tiene rival en el mundo. Es difícil describirlos de manera que se haga justicia a su extraordinaria perfección. Los adjetivos se acaban, y cualquier superlativo se queda corto cuando se refiere a mis embrujadores pies, pero cuando los veas te darás cuenta de lo que digo.

 

He posado infinidad de veces como modelo de pies para los mejores fabricantes de zapatos, que literalmente me suplican que calce sus diseños. De hecho todos los zapatos que tengo están hechos especialmente para mí, no son modelos que salgan a la venta" dijo Patricia orgullosamente.

 

"Majestad, estoy seguro de que es como decís. Estoy deseando ser vuestro escabel, vuestro esclavo lamepies, lo que Su Majestad desee" dijo Juan con voz entrecortada por la emoción.

 

"Tranquilo esclavo" dijo Patricia riendo alegremente, "servir a mis pies es un privilegio que sólo unos pocos afortunados llegan a merecer. Ya veremos si tu eres uno de ellos".

 

Por fin llegaron a la casa. Se abrió la verja y pasaron. Todos los esclavos que servían en la mansión estaban esperando, arrodillados al sol, para recibir a Patricia. Rosalía esperaba tendida tranquilamente en una lujosalitera, en la que se había hecho transportar. La litera estaba apoyada sobre los hombros de veinte esclavos semidesnudos, con sus cuerpos sudorosos a causa del calor, y del esfuerzo de casi una hora de estar de pie sin moverse, soportanto el peso de la litera y el de su Ama. Rosalía perfectamente relajada, y controlando la situación, estaba protegida del sol gracias a un gran dosel de seda que cubría la litera. Además un grupo de cuatro esclavos se dedicaba a abanicarla suavemente con unos grandes abanicos de plumas.

 

Juan bajó del coche, abrió la puerta trasera y se tendió boca abajo en el suelo. Patricia salió lentamente del coche, quedando de pie sobre la espalda de Juan, clavando sin miramiento los tacones de sus botas. Saludó con la mano a Rosalía, e hizo con sus sensuales labios el gesto de dar un beso en dirección a su hermana. Los esclavos que la esperaban, incapaces de soportar tanta belleza, inclinaron su cabeza al suelo en abyecto homenaje. Unos pocos que la conocían de anteriores visitas, se arrastraron hasta donde ella estaba, y lamieron sus botas con adoración. Sin prestarles mucha atención, Patricia se dirigió a la litera de su hermana. Rosalía dió una palmada y los esclavos depositaron la pesada litera en el suelo. Patricia subió a la litera, se tendió sobre los almohadones, y se fundió en un largo abrazo con su hermana. Se abrazaron, se besaron tiernamente en la boca y se acariciaron durante un buen rato. Más parecían amantes que hermanas.

 

Los esclavos que las contemplaban, estaban sobrecogidos por la sensualidad que emanaba de aquellas dos hermosísimas y poderosas mujeres, que gozaban de sus cuerpos sin pudor alguno. Al cabo de un rato Rosalía dió una palmada, y los esclavos se alzaron cargando la litera sobre sus hombros y se dirigieron a la mansión. Mientras los esclavos las llevaban a la mansión, ellas charlaban despreocupadamente.

 

"Bienvenida, Patricia. Estoy muy contenta de verte".

"Lo mismo digo, Rosalía. Me encanta estar aqui otra vez".

"Estas preciosa Patricia, no me extraña que tengas tanto éxito" dijo Rosalía con admiración.

"Es verdad, para que negarlo. Pero tu también estas increible" contestó Patricia.

"Bueno, trato de cuidarme".

"Ya lo veo" dijo Patricia mirando a los esclavos que rodeaban la litera ofreciéndoles champagne y cigarrillos.

 

Mientras bebían y fumaban siguieron hablando.

 

"Ya sabes que pienso que unas mujeres como nosotras, deben llevar una vida acorde a su condición; y para ello necesitan esclavos que las atiendan y las mimen en todo momento. Además, hay tantos hombres dispuestos a servirnos en todos nuestros caprichos que sería una tontería no aprovecharse" dijo Rosalía riendo encantadoramente.

"Tienes razón. Por eso me gusta tanto venir a tu casa. Aqui una mujer puede sentirse como una Reina".

"Asi es. Aunque he oido que tu estás acostumbrada a eso. Creo que incluso, la mayoría de tus conocidos te llaman Majestad".

"Si. Todo fue a partir de una sesión de fotos donde unos pocos imbéciles fueron un tanto insolentes, e hice  que me pidieran perdón de rodillas. Desde entonces medio en serio, medio en broma algunos empezaron a referirse a mi como Su Majestad. Me gustó, y ahora todos los que tratan conmigo me llaman asi, y te aseguro que ninguno lo hace en broma" dijo Patricia con una alegre carcajada.

 

A continuación las hermanas cogieron otra copa de champagne, y se dedicaron a disfrutar del paseo hasta que Patricia dijo:

 

"Desde que he llegado me he estado fijando en tus pies, llevas una pedicura preciosa. Me encanta la forma y el color de las uñas de tus pies".

 

Rosalía asintió mientras miraba detenidamente sus lindísimos pies, cómodamente apoyados en un grueso cojín de seda, y cruzados seductoramente por los tobillos. Aquella mañana Rosalía había adornado sus elegantísimos y esbeltos tobillos con sendas ajorcas de las más puras perlas. En los fascinantes dedos de sus pies llevaba preciosos anillos de oro y diamantes, y lucía una hermosísima pedicura francesa. Las uñas que tanto habían gustado a Patricia, estaban pintadas de un suave color rosa anaranjado. En conjunto, los pies de Rosalía eran muy sensuales y sofisticados, propios de una mujer como ella.

 

"Hago que me los cuiden con frecuencia para mantenerlos atractivos. Creo que una Dama que se precie de serlo debe tener sus pies con el mejor aspecto posible" respondió Rosalía.

 

"¿Atractivos?, vamos Rosalía, no seas modesta. Tienes unos pies divinos. No me extraña que tengas tantísimos esclavos".

 

Rosalía exhibió una bonita sonrisa, que hizo que sus labios paracieran aún más bellos, y dijo:

"Gracias hermana. Me halaga que digas eso. Es verdad que mis pies son preciosos, espectaculares incluso, pero en comparación con los tuyos, son casi vulgares".

 

Patricia hizo un graciosísimo mohín con sus sensuales labios y contestó:

 

"Bueno, ya sabes que he sido bendecida con una deslumbrante belleza, totalmente fuera de lo común. Y eso incluye, por supuesto, a mis pies, hermosos hasta la perfección; pero los tuyos no están nada mal. De hecho, después de los mios son los más bonitos que he visto. A cambio tienes otras virtudes que yo no tengo".

 

"Digamos que tu eres extraordinariamente bella y muy inteligente, y yo soy muy bella y extraordinariamente inteligente".

 

"Entonces, hacemos una buena pareja" dijo Patricia con su risa suave y cristalina.

 

Y siguieron besándose y abrazándose dulcemente mientras eran transportadas por sus esclavos. Por fin llegaron a la mansión y la litera se detuvo. Ellas siguieron entregadas a sus placeres, indiferentes a todo lo que las rodeaba. Los esclavos esperaron en silencio, y sin hacer ningún movimiento que pudiera perturbar el goce de sus Señoras. La sensualidad que emanaba de aquellas dos bellísimas criaturas era tal que todos ellos estaban enormemente excitados, y solo el dispositivo fijado a su entrepierna les impedía eyacular en ese mismo momento.

 

Pasados unos minutos Rosalía dió una palmada, y los esclavos porteadores depositaron suavemente la litera en el suelo. Inmediatamente dos esclavos se tendieron uno a cada lado de la litera, ofreciendo su pecho como peldaño para facilitar el descenso de las Señoras. Patricia descendió primero, y sin bajar del pecho de aquel esclavo se estiró lánguidamente. Rosalía esperó hasta que un esclavo se arrodilló ante ella, y calzó con suma delicadeza sus adorables pies con unas sofisticadas chinelas transparentes de tacón alto.

 

Bajó de la litera apoyandose firmemente en el pecho de su esclavo, y ambas hermanas se dirigieron a la casa, caminando lentamente entre dos filas de esclavos postrados a sus pies.

 

Una vez en la casa Rosalía le dijo a Patricia:

 

"Supongo que querrás descansar y tomar un baño. Los esclavos se encargarán de todo. Volveremos a vernos a la hora de la cena".

"Esta bien Rosalía", contestó Patricia.

"¡Ah! se me olvidaba, déjame tu mano" dijo Rosalía mientras sujetaba entre sus dedos pulgar e índice un anillo de oro y diamantes.

 

Patricia le ofreció su su mano izquierda, y Rosalía deslizó el anillo en su dedo índice.

 

Patricia miró a Rosalía con una encantadora sonrisa y le dijo:

 

"Muchas gracias Rosalía. Es precioso, pero no te tenías que haber molestado".

"Hermanita, lo que acabo de darte es más que un simple anillo. Es algo que te ayudará a controlar, y castigar sin esfuerzo a cualquiera de nuestros esclavos" contestó Rosalía.

"No entiendo lo que quieres decir, Rosalía".

"Es muy sencillo. Como puedes ver todos los esclavos de esta casa llevan un dispositivo en su entrepierna".

"Si, me he fijado" interrumpió Patricia.

"Bien. El anillo es como un mando a distancia. Cuando roces con tu pulgar cualquiera de sus diamantes, se manda una señal al dispositivo del esclavo al que estés apuntando. Entonces, el dispositivo se encoge sobre sí mismo, oprimiendo con gran fuerza los testículos y el pene del esclavo. Además, da una fuerte sacudida eléctrica al esclavo. Te aseguro que ningún hombre es capaz de soportar el intenso dolor que esto supone. El desgraciado que reciba este castigo caera a tus pies totalmente indefenso, y durante unos minutos apenas podrá moverse".

 

El hermoso rostro de Patricia se iluminó con una malvada sonrisa:

 

"¡Hmmm! Rosalía eso es maravilloso" dijo Patricia, y apuntando al esclavo que tenía más cerca, rozó levemente su pulgar contra el anillo. Al momento el esclavo cayó al suelo gritando de dolor, mientras agarraba sus testículos con las manos. El cuerpo del esclavo se convulsionaba con sacudidas cada vez más fuertes, y por las comisuras de su boca empezaron a caer unos hilillos de saliva y sangre.

 

Rosalía cogió la mano izquierda de Patricia y mientras se la besaba, le dijo:

"Tranquila hermanita. Si no quitas tu pulgar del anillo, el dispositivo sigue funcionando y podrías llegar a matar al esclavo".

 

Patricia retiró el pulgar mientras decía entre risas:

 

"Perdona Rosalía, aún no manejo bien este anillo".

"No te preocupes cariño, no hay ningún problema. Anda ¿por que no pruebas otra vez?" propuso Rosalía con una dulce sonrisa en los labios.

 

Patricia miró uno por uno a los esclavos postrados ante ella, eligió a uno de ellos, e hizo un movimiento de pulgar casi imperceptible. El esclavo cayó fulminado ante ella dominado por un insoportable dolor.

 

Rosalía aplaudió alegremente:

 

"Muy bien hermanita. Veo que aprendes rápido".

 

Patricia estaba entusiasmada:

 

"Rosalía, este anillo es maravilloso. Me encanta".

 

Y con un movimiento rapidísimo, dirigió su anillo contra todos los esclavos que rodeaban a los dos hermanas, mientras apoyaba su pulgar en uno de los diamantes. Uno tras otro los diez esclavos fueron cayendo al suelo, lanzando agudos alaridos.

 

Rosalía tiró cariñosamente de uno de los rizos de Patricia:

 

"Hermanita, no seas tan traviesa".

"No he podido evitarlo Rosalía. De verdad que no lo volveré a hacer" contestó Patricia haciendo un graciosísimo mohín con sus sensuales labios.

"No importa cariño. Es lógico que te apetezca probarlo, no es algo que se vea todos los días" dijo Rosalía besando suavemente los labios de su hermana.

"Desde luego que no. Me parece un invento magnífico. Fíjate. Doce hombres altos y fuertes sollozando de dolor a mis lindos pies. ¡Y sólo he tenido que mover ligeramente un dedo!".

"Hermanita, con ese anillo puedes hacer caer a tus pies a todos los esclavos de esta casa, en apenas unos segundos, y sin el menor esfuerzo por tu parte".

 

Patricia besó dulcemente los labios de Rosalía, dándole las gracias por su obsequio. Después se despidieron dejando a aquellos esclavos recuperándose poco a poco del terrible dolor, que habían tenido que padecer como consecuencia del capricho de Patricia.

Patricia se dirigió a sus aposentos, donde fue recibida por los esclavos que se encargarían de su servicio personal, mientras estuviera en la mansión.

 

Nada más entrar, se dejó caer descuidadamente en un enorme sillón cubierto con suaves y mullidos cojines. De inmediato dos esclavos se arrodillaron a sus pies, y con mucha delicadeza le quitaron las botas. Los pies descalzos de Patricia resplandecían con toda su impresionante belleza. Mientras, un tercer esclavo se arrodillaba entre los otros dos, y ponía en el suelo un grueso almohadón de terciopelo blanco, bordado en oro y relleno de plumas de cisne. Los esclavos que habían descalzado a Patricia depositaron suavemente sus hermosísimos pies en el lujoso almohadón. Los divinos pies de Patricia se hundieron ligeramente en el mullido almohadón, el cual los envolvió en una acariciadora sensación de comodidad. De los labios de Patricia salieron unos gemidos de placer, mientras frotaba las exquisitas y delicadas plantas de sus perfectos pies, contra el suave terciopelo del almohadón, en un gesto lleno de refinada sensualidad. Los esclavos postrados ante ella, no podían apartar la mirada de los bellísimos pies de Patricia. La bronceada y suave piel de sus pies, y las cuidadas y elegantes uñas pintadas de rojo; contrastaban con el blanco luminoso del terciopelo, produciendo una imagen de una cautivadora belleza, como aquellos esclavos no habían visto jamás.

 

Patricia se relajó tranquilamente en el sillón y comenzó a dar órdenes a sus esclavos. Al instante dos esclavos empezaron a abanicarla, otros le sirvieron champagne y le encendieron un cigarrillo. Mientras fumaba y bebía señaló sus arrebatadores pies, y dijo a los dos esclavos que la habían descalzado:

 

"Mis maravillosos pies están algo cansados. Quiero que os dediqueis a lamerlos hasta que se hayan relajado completamente. Ahora bien, mis pies son tan delicados como hermosos, por tanto debereis hacerlo con la máximasuavidad, utilizando solo la lengua y los labios. ¡Ay de vosotros! si tan siquiera rozais mis preciosos pies con vuestros dientes".

 

Los esclavos obedecieron sin vacilar. Lamieron y besaron los increiblemente perfectos pies de Patricia, sin dejar un milímetro de su suavísima piel sin lamer. El olor y el sabor de los pies de Patricia eran tan maravillosos que hubieran deseado no tener que terminar nunca. Mientras Patricia disfrutaba de las atenciones de sus esclavos, su equipaje fue traido a la habitación. Dos esclavos se encargaron de deshacer las maletas, y colocar la ropa y los zapatos en los armarios.

 

Cuando Patricia terminó su copa y su cigarrillo, se sentía muchísimo mejor. Sus preciosos pies estaban totalmente relajados, gracias al suave masaje que había recibido de la lengua de sus esclavos. Decidió que tomaría un baño antes de cenar. Dió por terminado el masaje con sendos puntapies en la cara de sus esclavos, y ordenó que le prepararan el baño. Pasados unos minutos un esclavo se postró a los pies de Patricia y le indicó que el baño estaba preparado. Patricia se levantó y ordenó que la desnudasen. Sus esclavos obedecieron al momento, y ella entró en la enorme bañera llena de agua perfumada con pétalos de rosa y delicados aceites. Antes de entrar se detuvo un instante para permitir que sus esclavos admirasen la impresionante belleza de su cuerpo, la visión del cual les provocó una gran excitación que no podía ser satisfecha, y les dejó en un estado de sumisión aún mayor a los caprichos de Patricia.

 

Un par de esclavos empezaron a enjabonar con suavidad a Patricia. Mientras ella sorbía champagne tranquilamente, un esclavo le enjabonaba la espalda y el pecho, y otro las piernas y los adorables pies. El contacto de las manos de los esclavos con aquella piel tan suave; y la visión tan próxima del precioso pecho, y los absolutamente maravillosos, encantadores y divinos pies de Patricia hizo que se excitaran enormemente. El dispositivo que llevaban entre las piernas impedía su erección, y les causaba un agudo dolor; no obstante lo cual apretaron los dientes y siguieron con su tarea con cuidado de no causar ninguna molestia a Patricia. Ella se dió cuenta de lo que estaba pasando, y se divirtió excitándolos aún más emitiendo gemidos de placer, y pasando sensualmente su lengua por sus hermosos labios, mientras se acariciaba suavemente. Los infelices esclavos apenas podían resistirel dolor de sus penes y testículos que estaban a punto de estallar. De pronto Patricia se cansó de jugar con ellos, y ordenó:

 

"Que se acerque quien me haya preparado el baño".

 

Un hombre muy alto y fuerte se aproximó, y se arrodilló al borde de la bañera con la cabeza inclinada hasta el suelo.

 

"A vuestros divinos pies, Majestad" dijo con absoluta humildad. Temía que Patricia hubiera decidido castigarle, y con su actitud sumisa, y su humillación espontánea esperaba que se apiadara de él.

 

Patricia ni siquiera le miró, tenía la cabeza apoyada en un cojín en el borde de la bañera, y los ojos cerrados disfrutando intensamente del baño. Lánguidamente extendió su brazo izquierdo hacia donde había oido la voz del

esclavo, y movió levemente el pulgar. El esclavo empezó a gritar de dolor mientras se retorcía por el suelo.

 

Deliberadamente Patricia mantuvo el pulgar en el anillo unos cuantos segundos, con el fin de que el castigo fuera más intenso. Cuando por fin relajó su pulgar, el esclavo gemía y derramaba abundantes lágrimas. Los demás esclavos permanecían arrodillados sin atreverse a mover un músculo. Apenas el esclavo se hubo recuperado un poco, balbuceó con las pocas fuerzas que le quedaban:

 

"Majestad, le suplicó que me perdone por mi estupidez, y le agradezco el justo castigo que ha tenido a bien imponerme. Humildemente imploró a vuestros divinos pies que no me aparteis de vuestro servicio".

 

Patricia siguió con los ojos cerrados, y exhibió una preciosa sonrisa de superioridad. Hizo un leve gesto con la mano y dijo con calma:

 

"Vete. Y más vale que no se vuelva a repetir algo así".

 

El esclavo obedeció y salió a cuatro patas de la estancia. Entonces Patricia salió del baño, se tendió en un  diván, y dejó que sus esclavos la secaran y la dieran un relajante masaje. Mientras recibía el masaje dijo:

 

"En lo sucesivo castigaré vuestras faltas con el máximo rigor, no pienso tener compasión alguna por vuestras miserables vidas. ¿Lo habeis entendido?".

"Si, Majestad" contestaron todos los esclavos al unísono.

 

Tras el masaje, le hicieron un precioso y original peinado, y pintaron de blanco las uñas de sus manos y sus pies.

 

Previamente, cuatro esclavos se habían encargado de hacerle una manicura y pedicura francesa; dejando sus, de por sí preciosos pies, con un aspecto tan bello y arrebatador que todos los presentes se postraron de rodillas antePatricia y le juraron lealtad y obediencia eternas.

 

Después Patricia se vistió para la cena. Eligió un ajustadísimo vestido de cuero rojo, muy corto y sin mangas. El vestido se ceñía a sus exhuberantes curvas, realzando sus increíbles encantos. En la parte de delante llevaba una

cremallera, que Patricia bajó hasta el ombligo con lo que sus hermosos senos quedaban casi a la vista. Se sentó en un sillón, y dos esclavos se arrodillaron para calzar sus bellísimos pies con unas sofisticadas sandalias transparentes de altísimo tacón. Una vez calzada, adornaron sus esbeltos y elegantes tobillos con sendas pulseras de oro y diamantes, y pusieron un anillo dorado en cada uno de los índices de sus maravillosos pies

 

CONTINUARA

 Autor: pierre fermat 

 

 

 

 

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