Doña Rosalía

 

CAPÍTULO 3

 

A partir de aquel día comenzó el entrenamiento de Juan. Tal como Rosalía le había anunciado, conoció sensaciones que nunca antes había experimentado. Sufrió, gozó y fue humillado más allá de lo que hubiera podido imaginar. Al cabo de unos pocos meses se había convertido en un esclavo perfecto, capaz de satisfacer adecuadamente los menores caprichos de su Ama. Vivía en la mansión de Rosalía, donde se encargaba de tareas domésticas, del cuidado de los establos, y del servicio personal de Rosalía. Por las mañanas seguía acudiendo a su puesto de trabajo en la empresa del Ama, y en ocasiones era utilizado como chófer cuando Rosalía decidía acudir personalmente a su empresa.

 

Aquella mañana Rosalía tenía una reunión importante, y había informado a Juan de que la recogiera a las ocho en punto en la puerta de la mansión. Cinco minutos antes de la hora señalada, Juan aparcó el Mercedes 600 de Rosalía delante de la mansión y esperó. A las ocho, un esclavo abrió la puerta y Rosalía salió caminando, en dirección al coche. Tras ella caminaba otro esclavo llevando el maletín del Ama. Rosalía vestía de formaprovocativa, como en ella era habitual, una vestido de seda verde sin mangas, muy corto y ajustado. A pesar de que no llevaba sujetador sus senos se mantenían firmes y erguidos. Lucía un precioso bronceado que acentuaba

la espectacular belleza de sus brazos, su espalda y sus piernas. El pelo, rubio y rizado, le caía hasta mitad de la espalda dándole un aspecto salvaje. Sus divinos pies resplandecían, tan hermosos como siempre, calzados con unas sandalias de tacón alto que constaban tan sólo de una tira de piel de color verde, que atravesaba su pie de lado a lado justo por encima de los dedos. Las uñas de sus pies, perfectamente cuidadas, estaban pintadas de blanco igual que las de sus manos; haciendo un precioso contraste con el tono dorado de su piel. Como siempre iba cargada de valiosas joyas. Varios pendientes en cada oreja, un bonito collar, brazaletes de oro en brazos y muñecas, y anillos en todos los dedos de las manos. En cada uno de sus esbeltos tobillos llevaba una bonita ajorca de oro y esmeraldas, y en los dedos índice de cada pie un anillo de diamantes.

 

Inmediatamente Juan se arrodilló y abrió la puerta del coche, Rosalía dió unos cariñosos golpecitos sobre la cabeza de Juan y se acomodó en el asiento trasero del Mercedes. El esclavo que la seguía le pasó el maletín, y Juan cerró la puerta y se sentó en el asiento del conductor. A través del espejo retrovisor vió a Rosalía que se había tendido cómodamente en el mullido asiento, y leía unos documentos. Sin levantar la vista de los papeles Rosalía ordenó:

 

"Vámonos".

 

Juan puso en marcha el automovil y se dirigieron a la empresa. Al llegar aparcó en el garaje, en el espacio reservado para el coche de la Señora Presidenta. Juan abrió la puerta trasera, y la mantuvo abierta hasta queRosalía descendió con un elegante movimiento de sus piernas. La mirada de Juan se deleitó en la contemplación de aquellas maravillosas piernas y aquellos preciosos pies. A pesar del tiempo que llevaba sirviéndola no se podía sustraer al efecto que causaba en él, la belleza de los pies de su Ama. Cada vez que los veía se hundía un poco más en su condición de esclavo, y sólo aquel artilugio que llevaba en sus testículos y pene, evitaba que se excitara incontrolablemente.

 

Rosalía sonrió consciente del nerviosismo de su esclavo, y con paso arrogante se dirigió al ascensor seguida de Juan, que llevaba el maletín del Ama. Subieron al último piso y se dirigieron a la Sala de Juntas. Todos los convocados a la reunión habían llegado hacía tiempo, sabían que a Doña Rosalía no le gustaba esperar, y no deseaban incurrir en su ira. Cuando Rosalía entró en la Sala, se hizo el silencio y todos se levantaron respetuosamente, saludándola con una inclinación de cabeza. La Sala de Juntas estaba ocupada en buena parte por una mesa alargada, a los lados de la cual se sentaban en una sillas bajas los Consejeros y los DirectoresGenerales. En la cabecera de la mesa había un sillón de alto respaldo, en una posición más elevada que el resto de las sillas, donde se sentaba la Señora Presidenta. Rosalía se dirigió a su sillón, que uno de sus Consejeros había apartado cortésmente para permitir que se sentara. Rosalía se acomodó en el sillón sin dignarse en mirar ni en dar las gracias a su Consejero, y se quedó mirando a los presentes con una altiva sonrisa. Tras unos instantes hizo un gesto de suprema elegancia con su mano izquierda, mientras decía:

 

"Podeis sentaros".

 

Todos se sentaron, tras lo cual Rosalía le indicó a Juan que se sentara en un extremo de la mesa, y tomara acta de lo que se iba a hablar.

 

"Os he reunido aquí para trasmitiros mi malestar por la marcha de mi empresa durante este año", empezó diciendo Rosalía. Todos los reunidos fijaron su vista enlos papeles que tenían delante de ellos, sin atreverse a mirar a la Presidenta, sabían que se avecinaba una tormenta y cada uno de ellos esperaba poder pasar desapercibido.

 

Rosalía siguió hablando:

 

"La incompetencia de alguno de los aquí reunidos ha hecho que mi empresa haya visto reducidos sus beneficios.

 

Naturalmente, eso es algo que no puedo pasar por alto, y por supuesto voy a tomar las medidas oportunas para que no vuelva a suceder".

 

Ahora todos los reunidos hubieran deseado que se los tragara la tierra, las últimas palabras de Rosalía significaban que alguien lo iba a pasar muy mal.

Rosalía sonrió, dejando pasar unos instantes para que se pusieran aún más nerviosos, y continuó:

 

"Se han tomado muchas decisiones erróneas, tanto que a veces pienso que ha habido mala intención por parte de algunos de vosotros. Creo que ya me conoceis, por tanto no os sorprenderá saber que esto no quedará sin castigo".

 

El silencio que se había hecho en la Sala era tal, que se podía oir la respiración de cada uno de los presentes.

 

"Bien, ¿nadie va a decir nada?" dijo Rosalía con voz suave.

 

Por fin uno de los Consejeros más antiguos levantó la mirada y con voz temblorosa dijo:

 

"Perdóneme Señora Presidenta, pero creo que no sabemos a que se refiere concretamente".

 

Rosalía retiró ligeramente su sillón y con un movimiento lleno de gracia, colocó sobre la mesa sus bellísimos pies, seductoramente cruzados a la altura de los tobillos. Ahora todos los presentes no pudieron evitar mirar a aquella mujer recostada en el sillón, exhibiendo ante ellos sin pudor alguno sus espectaculares piernas.

 

Las miradas de aquellos hombres recorrieron despacio los muslos y las pantorrillas, hasta llegar a los divinos pies de la Presidenta. Ella, consciente del impacto que estaba causando en ellos, les dirigió una mirada llena de desprecio y dijo:

 

"Me refiero al negocio con Australia".

 

En ese momento todos los reunidos se volvieron a mirar a dos hombres sentados a la derecha de la mesa, aquellas personas eran las encargadas de llevar aquel negocio. El mayor de los dos se aclaró la voz, y conevidente nerviosismo se dirigió a Rosalía diciendo:

 

"Con el debido respeto, Señora Presidenta, debo decir que nos hemos limitado a actuar según sus instrucciones.

 

Lo único que ha pasado es que hemos tenido algo de mala suerte, tenga en cuenta Señora que la situación económica internacional es muy inestable, y estas cosas son de esperar".

 

Sus palabras provocaron la ira de Rosalía, que con tono despectivo dijo:

 

"¡Imbécil!, ¿Te atreves a acusarme a mí de vuestra propia incompetencia?. Os pago para que hagais las cosas bien, no para que busqueis tontas excusas para justificar vuestros fracasos. Estais despedidos, los dos.

 

Fuera de aquí, no quiero volver a veros". Y señaló la puerta con gesto imperioso.

 

Los dos infelices se miraron uno a otro, y después miraron al resto de los presentes, buscando en vano alguna palabra de apoyo. Ser despedidos de aquella manera significaba para ellos algo más que la pérdida de su trabajo. A cambio de un trabajo muy duro, Rosalía pagaba muy bien, muchísimo más que cualquier otra empresa de la competencia. Los altos salarios que percibían, les habían acostumbrado a un elevado nivel de vida.

 

Además habían pedido créditos muy altos para financiar sus casas, coches, viajes, etc. Perder el trabajo significaba el paro, o en el mejor de los casos un trabajo con un sueldo muy inferior al que tenían. Fuera como fuese sería imposible hacer frente a los créditos, con lo que perderían sus propiedades, y ellos y sus familias deberían renunciar a la vida que llevaban. Incluso podrían acabar en la cárcel si no eran capaces de liquidar a su debido tiempo las deudas que tenían. Con lágrimas en los ojos se dirigieron a Rosalía diciendo:

"Por favor Señora, le suplicamos que nos de otra oportunidad. No le volveremos a fallar se lo juramos por nuestros hijos. Se lo rogamos Señora, tenga piedad de nosotros".

 

Rosalía les miró con una sonrisa cruel, disfrutando del pánico de aquellos hombres. En lugar de contestar inmediatamente encendió tranquilamente un cigarrillo, le dió una chupada, y expulsó el humo con un gesto tan sensual, que todos los reunidos notaron algo más que un cosquilleo en sus entrepiernas. Después dijo con absoluta calma:

 

"¿Me suplicais?. No teneis ni idea de lo que significa esa palabra. ¡Fuera!".

 

Los dos hombres se levantaron y se dirigieron a la puerta. Al pasar por delante del sillón de Rosalía, decidieron hacer un último intento para salvar sus trabajos, a costa de perder la poca dignidad que les quedaba. Se arrodillaron en el suelo ante Rosalía, llorando desconsoladamente, mientras suplicaban su perdón con la mayor humildad posible.

Rosalía cruzó sus seductoras piernas, y empezó a balancear suavemente su precioso pie derecho. Les miró con una arrogante sonrisa, se recostó cómodamente en el sillón, y dejó que suplicaran, mientras parecía pensar si acceder o no a sus súplicas. Los dos infelices, viendo que aquella era su última oportunidad, se humillaron aún más inclinando su cabeza hasta tocar el suelo con la frente, mientras seguían implorando el perdón de Rosalía en los términos más abyectos. Cuando se les términaron las palabras, empezaron a besar con devoción los lindísimos pies de Rosalía, para después lamer las suelas de sus sandalias, y besar el suelo ante sus pies.

Rosalía sonrió complacida. No había nada que le gustará más, que la sensación de absoluto poder que experimentaba cuando un hombre se postraba a sus pies, dispuesto a hacer lo que fuera por complacer sus caprichos. Con un suave movimiento plantó sus pies en las cabezas de los hombres que se arrastraban ante ella, y deliberadamente clavó con fuerza el afilado tacón de su sandalia. Los dos hombres gimieron pero no hicieron nada por intentar salir de su situación. El resto de asistentes a la reunión miraban la escena con una mezcla de asombro y temor. Sabían que cualquiera de ellos podía ser el próximo, en ser humillado de esa manera por

aquella implacable mujer, que parecía disfrutar enormemente con el sufrimiento y la humillación ajenas.

 

Rosalía miró a los hombres postrados bajo sus soberbios pies, y dijo:

 

"Esta bien. Puesto que habeis decidido comportaros como siervos, os trataré en consecuencia. En lugar de castigaros como una Jefa a sus empleados, os castigaré como una Reina a sus esclavos. Sereis azotados, aquí y ahora".

 

Hizo una seña a Juan que se levantó llevando el maletín de Rosalía, se acercó al sillón, se arrodilló y le ofreció el maletín a su Ama. Rosalía lo abrió y sacó un látigo. Se levantó del sillón y ordenó a los dos hombres que se pusieran de cara a la pared, acompañando de sus palabras de una serie de dolorosas patadas en los rostros y los costados de aquellos infortunados. Una vez que se situaron como se les había ordenado, Rosalía les mandó que se desnudaran de cintura para arriba. Sabiendo que no estaban en situación de

desobedecer, se quitaron la chaqueta y la camisa, y apoyaron las palmas de las manos en la pared. Entonces Rosalía se acercó con paso arrogante, se situó a sus espaldas y preguntó:

 

"¿Cuantos latigazos creeis que os mereceis?".

 

"Cinco, Señora" contestaron después de un instante de vacilación.

 

Rosalía rió cruelmente, y su látigo azotó un par de veces sus espaldas desnudas.

 

"Respuesta incorrecta. ¿Cuantos latigazos?" volvió a preguntar Rosalía.

 

"Veinte, Señora" respondieron al unísono.

 

Tras otra cruel carcajada, el látigo de Rosalía volvió a golpear sin misericordia.

 

"Nuevo error. Lo pregunto por última vez, ¿cuantos latigazos?" insistió Rosalía.

 

De repente parecieron comprender lo que quería oir Rosalía.

 

"Los que usted desee, Sublime Señora" contestaron con voz entrecortada por el dolor.

 

Ahora Rosalía sonrió encantadoramente, haciendo que su rostro resplandeciera con toda su belleza.

 

"Eso está mejor. Un esclavo nunca debe decidir cual es su castigo. Sólo el Ama tiene ese privilegio" dijo con calma Rosalía.

 

Entonces empezó a azotar sin miramientos las espaldas de los dos hombres. Rosalía tenía mucha experiencia en el manejo del látigo, golpeaba sin el menor esfuerzo utilizando precisos movimientos de muñeca. Poco a poco las espaldas y brazos de los dos infelices habían ido adquiriendo un color rojizo, y los latigazos seguían cayendo causando un dolor insoportable. Rosalía sabía muy bien como infligir un tormento atroz, golpeando en las zonas más sensibles, evitando sin embargo dejar marcas que no pudieran ser ocultadas por la ropa. Al cabo de unos minutos de ininterrumpido castigo, las fuerzas abandonaron a aquellos individuos, y cayeron al suelo de rodillas. No obstante Rosalía siguió azotando sin compasión, hasta que los dos hombres completamente rotos, e incapaces de resistir más castigo, cayeron al suelo encogidos sobre sí mismos, gimiendo de dolor.

 

Rosalía sonrió satisfecha, miró a su alrededor y vió a todos los reunidos con el pánico reflejado en susrostros, aterrados por lo que acababan de ver. Dejó el látigo sobre la mesa, y encendió otro cigarrillo.

 

Chasqueó los dedos indicando a uno de sus Consejeros que se acercara. El Consejero de levantó y fue hasta donde estaba Rosalía, que le esperaba con las manos apoyadas en las caderas, en un gesto de dominio absoluto de la situación. Al llegar ante ella, Rosalía apuntó al suelo con su dedo índice extendido, y le ordenó:

 

"Arrodillate ante mi".

 

Después de lo que había visto hacer a Rosalía, no se le pasó por la cabeza la posibilidad de desobedecer. Cayó de rodillas e inclinó su cabeza. En esa posición escuchó la voz de Rosalía que le ordenaba:

 

"Bésame los pies".

 

Inclinó su cuerpo hacia el suelo y comenzó a besar con adoración aquellos pies tan perfectos y suaves. Besó uno a uno los elegantes dedos, y depués cubrió de besos los maravillosos empeines de Rosalía. Mientras los besaba, tuvo ocasión de reparar en la impresionante belleza de los pies de Rosalía, y se sintió totalmente esclavizado por ellos. Cuando se cansó del homenaje que estaba recibiendo, Rosalía apartó a su Consejero dándole un puntapié en la cara. El hombre se incorporó quedando de rodillas ante ella.

 

"Cruza las manos a la espalda, y quédate quieto. Voy a abofetearte, y quiero poder hacerlo con comodidad" le dijo Rosalía. Después se volvió al resto de reunidos y les dijo:

 

"¿A que estais esperando?, ¿os parece adecuado permanecer sentados en mi presencia?".

 

Inmediatamente supieron lo que debían hacer. Apartaron las sillas y se arrodillaron en el suelo inclinando su cabeza como si adoraran a una Diosa.

Ahora todos los que estaban en la habitación se arrastraban a los pies de Rosalía, verles tan abyectamente humillados la deleitó. Se volvió al Consejero que estaba ante ella y le dijo, señalando a los dos hombres que,

con tanta crueldad, acababa de azotar:

 

"Deberias haberme informado hace tiempo de lo que estaban haciendo estos dos inútiles".

 

"Perdón Señora, por favor perdóneme" suplicó el Consejero.

 

"¡Silencio! estúpido. Yo te diré cuando puedes hablar" respondió Rosalía.

 

Y a continuación empezó a abofetear con fuerza el rostro de aquel hombre. La cabeza del Consejero oscilaba de un lado a otro, como consecuencia de los golpes que, uno tras otro, Rosalía le asestaba con toda tranquilidad, sabiendo que aquel hombre no haría nada por esquivarlos. Rosalía golpeaba alternativamente con la palma de la mano abierta, y después con el dorso de la misma. Las mejillas del Consejero estaban rojas como consecuencia de los golpes y de la humillación, que estaba recibiendo a manos de la bellísima mujer a cuyos fascinantes pies se encontraba. Las lágrimas empezaron a aflorar a los ojos del hombre, que de rodillas y con las manos cruzadas a la espalda, encajaba resignadamente las bofetadas que caprichosamente le administraba Rosalía. Por fin, dos bofetadas más fuertes que las anteriores le derribaron al suelo. En ese momento los encantadores pies de Rosalía se pusieron en acción, descargando una lluvia de patadas en el cuerpoy en los testículos del Consejero, que temeroso de la reacción de Rosalía no hacía nada por cubrirse. Rosalía utilizaba los afilados tacones de sus sandalias como si fueran alfileres, y los clavaba sin compasión en el cuerpo de aquel hombre. Cuando le pareció que era suficiente castigo, dió una última chupada a su cigarrillo, lo tiró sobre el cuerpo de su Consejero, y allí lo apago pisándolo fuertemente con su pie derecho.

 

Se despreocupó del Consejero y se volvió al resto de presentes, cuyo pánico no podía ser mayor, y les dijo:

 

"No creais que vosotros vais a quedar sin castigo. No me importa si habeis tenido culpa o no, hoy estoy muy  enfadada".

 

Hizo formar a todos de cara a la pared con las espaldas desnudas, y los azotó con el látigo hasta que todos aquellos hombres quedaron reducidos a un montón de cuerpos doloridos, que se arrastraban a sus divinos pies.

 

Por fin Rosalía había quedado satisfecha, y sonrió abiertamente mientras contemplaba a aquellos dieciseis hombres que acababa de castigar a su antojo, con tanta crueldad.

 

Luego añadió:

 

"¡Ah! se me olvidaba. Los próximos seis meses no cobrareis, así me compensareis por lo que he dejado de ganar.

 

Espero que tengais ahorros". Y tras decir eso rió con una cruel carcajada.

En ese momento sonó su teléfono móvil. Rosalía contestó y sonrió al escuchar la voz al otro lado de la línea.

 

"¡Hola hermanita!, ¿ya has llegado?" dijo.

...

"Acabo de terminar una reunión con mis Consejeros y mis Directores Generales" contestó.

...

"Si, ha sido una reunión muy interesante. Hemos puesto muchas cosas en claro" respondió entre risas.

...

"Por supuesto, querida, te mandaré mi coche con un chofér. ¡Hasta luego!" y colgó.

 

Se volvió a Juan y le dijo:

 

"Era Patricia, mi hermana pequeña. Acaba de llegar de viaje. Coge mi coche y vete a recogerla al Aeropuerto".

 

"Por supuesto Ama. Pero ¿como la reconoceré?, nunca la he visto" contestó Juan.

 

"No te preocupes, en cuanto la veas la reconocerás" respondió Rosalía, y añadió:

 

"Antes de irte llama por teléfono a mi masajista y dile que venga en seguida, tanto ejercicio me ha puesto tensa. Necesito que me den un buen masaje en los pies".

 

Juan besó suavemente los pies de Rosalía, y salió de la Sala para hacer lo que se le ordenaba.

 

A continuación Rosalía se dirigió a los hombres caidos en el suelo, que parecían recuperarse poco a poco y les dijo:

 

"Vamos gandules, poneos a trabajar. No os pago para que esteis tumbados".

Y con una sonora carcajada salió de la Sala con paso tranquilo y arrogante.

 

CONTINUARÁ

 

Autor: pierre fermat

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