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Doña Rosalía Lo que sigue a continuación es una delirante historia que comienza a partir de una situación "normal" y acaba siendo un delirio irreal y barroco. Contiene gran parte de los elementos y siutaciones que son fantasías recurrentes en los fetichistas del pie femenino. Mujeres elegantes y altivas, seda en lugar de mazmorras, dominacion sin gritos, crueldad caprichosa e imaginativa...en fin, altamente recomendable, y además, inédito en internet. Es un honor para esta página que acudan a ella colaboradores como su autor, de nombre pierre fermat. CAPÍTULO 1 Juan había empezado a trabajar hacía un mes, en aquella empresa. Era su primer trabajo después de haber terminado brillantemente su carrera de Ciencias Económicas. Se trataba de una empresa que se dedicaba a realizar inversiones en bolsa,tanto en España como en el extranjero. El trabajo le gustaba, aunque era duro y exigía mucha dedicación. Con sus compañeros se llevaba bien, a pesar de que aún los conocía poco. En cuanto a sus superiores, la verdad es que tenía poco contacto con los grandes jefes; y con su jefe de sección el trato era cortés y agradable. En alguna ocasión había oido contar historias a compañeros que llevaban allí más tiempo, acerca de Doña Rosalía, la presidenta y dueña de la empresa. Según ellos se trataba de una mujer muy autoritaria, acostumbrada a hacer su voluntad en todo momento y a que todos se plegaran a sus caprichos. Se decía que no toleraba el más mínimo error en el trabajo, y que despedía inmediatamente a los que no rendían de acuerdo a sus exigencias. En consecuencia, aquellos que trataban directamente con ella vivían continuamente con el temor de incurrir en su cólera. Juan, no había tenido ocasión de conocerla. Tan sólo alguna vez la había visto de lejos entrando en su despacho, o hablando con alguien. Le pareció que se trataba de una mujer que aún no había cumplido los treinta años, alta y esbelta, vestida con suma elegancia. Un día que estaba trabajando, como de costumbre, rodeado de papeles; vió entrar a Doña Rosalía, vistiendo un elegante abrigo de visón hasta los pies, con su cabello rubio cayendo sobre sus hombros hasta mitad de la espalda. Por primera vez le pareció que se trataba de una mujer bastante atractiva, y la siguió con la mirada hasta que entró en el despacho. Al cabo de un rato Rosalía salió otra vez, y empezó a hablar con uno de sus Directores Generales. Aunque no podía oir lo que decían, los gestos de Rosalía mostraban que estaba muy enfadada. Siguieron hablando un rato, y después sus miradas se volvieron hacia donde estaba Juan. El Director General señalo con el dedo a Juan, mientras decía algo a la Presidenta. Rosalía dijo algo, y a continuación entró en su despacho. El Director General se encaminó hacia la mesa de Juan y le dijo: "¡Pronto! ven conmigo, la Presidenta quiere verte". Juan le miró con gesto de incredulidad, y entonces el Director General añadió: "Se trata del informe que hiciste sobre la compra de trigo en Argentina. Creo que no le ha gustado nada". Juan, visiblemente preocupado contestó: "Ese informe fué aprobado por el jefe de mi sección, de hecho él me dió las principales directrices". "Si, ya lo sé. Pero hoy tu jefe está de baja y la Presidenta quiere tratar este tema inmediatamente. Por lo tanto ...", dijo el Director General haciendo un gesto de lástima. Juan se levantó temblando ligeramente, y siguió al Director General hasta el despacho de Rosalía. A su paso podía ver a sus compañeros, que habían oido su conversación con el Director General dirigiéndole miradas de apoyo, y haciendo gestos que daban a entender que no le esperaba nada bueno. El Director General llamó a la puerta. "¡Adelante!" contestó una voz desde dentro. Abrieron la puerta y pasaron. El despacho era muy grande y bien iluminado, con un gran ventanal que ofrecía una bonita vista de la ciudad. En un lado había un sofá y una mesita baja; y al otro se encontraba la mesa del despacho. En aquel momento sentada tras la mesa de madera tallada, en un cómodo sillón de cuero, se encontraba Rosalía. Uno de sus secretarios le servía un café, mientras que otro le presentaba unos documentos para que los firmase. En principio, Rosalía no les prestó la menor antención, con lo que Juan pudo fijarse en ella detenidamente, por primera vez. Bajo la sedosa melena rubia, había un precioso rostro ovalado. Sus ojos eran verdes, inmensos, con larguísimas pestañas, y unas cejas elegantes y bien depiladas. Su nariz era fina y ligeramente respingona, sus labios gruesos y sensuales. Tenía una piel bronceada, tersa y suave. Sus manos eran muy bonitas, con dedos largos y finos, que acababanen unas cuidadas uñas pintadas de rojo. Se veia que aquellas manos estaban habituadas a recibir manicuras, casi a diario. En cada dedo llevaba un anillo de oro, algunos de ellos con brillantes; en su muñeca izquierda un reloj de oro y esmeraldas, y en la derecha un grueso brazalete de oro. Vestía una blusa negra de seda con bordados dorados, que seguro que costaba más de lo que Juan ganaba en un mes. El resto del cuerpo de Rosalía quedaba oculto por la mesa, pero Juan estaba seguro de que no desmerecería a lo que había visto. Por fin Rosalía reparó en ellos. Miró fijamente a Juan, y señalando con su dedo índice a un informe que estaba sobre la mesa, preguntó despectivamente: "¿Con que tu eres el autor de eso?". El nerviosismo de Juan iba en aumento. Después de lo que le habían contado de Rosalía, sabía que estaba en un serio aprieto, y que tal vez se estaba jugando su futuro. Además el impacto que había causado en él la belleza de aquella mujer, no contribuía a hacer las cosas más fáciles, más bien al contrario. No sabía muy bien que decir, pero creyó necesario contestar a la Presidenta. Con un hilo de voz dijo: "Si". Rosalía se recostó cómodamente en el sillón, y le miró con una sonrisa que no hizo más que aumentar su miedo. Después hizo un gesto con su mano izquierda, en dirección a la puerta y dijo: "Dejadnos". Los tres hombres salieron sin decir una palabra después de hacer una ligera inclinación de cabeza. A Juan le pareció como si una Reina acabara de mandar salir a sus esclavos. Quedaron solos, y entonces Juan reparó en que no había más sillas en el despacho. Notando lo que estaba pensando Juan, Rosalía dijo: "No es necesario que haya ninguna silla aparte de la mia. Los que vienen ante mi lo hacen para trabajar, no para charlar". El tono de su voz era autoritario y seguro, el tono de alguien acostumbrada a mandar y a ser obedecida. Cogió el informe en su mano, y despectivamente lo arrojó al suelo a su lado. "Este informe es una basura. No tienes ni idea de lo que dices. Todos tus análisis están equivocados, la verdad es que nunca he visto mayor incompetencia que la tuya", dijo Rosalía mirándole fijamente. Juan trató de defenderse. Se sentía humillado por aquella altiva mujer, y quiso salvar su dignidad: "Me parece que ese informe es bastante exacto, le he dedicado mucho tiempo y he contrastado todos los datos que aparecen en él. Además creo que no merezco ser tratado de esta manera, y en todo caso no tengo porque soportarlo" dijo todo lo firmemente que pudo. Rosalía le taladró con su mirada, y contestó: "No vuelvas a dirigirte a mi en ese tono, imbécil. Me basta con chasquear los dedos y al instante estarás despedido; y te puedo asegurar que con los informes que daré de tí nunca más volverás a trabajar en este negocio. Por lo tanto soportarás todo lo que yo decida que soportes, y harás todo lo que yo diga que hagas, sin rechistar. Si no, mañana mismo estarás recogiendo basura en la calle. ¿Has entendido?". Juan quedó como paralizado por la reacción de aquella implacable mujer, pero comprendió que no le quedaba más remedio que someterse a sus caprichos. Necesitaba aquel trabajo, y haría cualquier cosa por conservarlo. Con voz balbuceante dijo: "Si". Rosalía sonrió, viendo como la voluntad de Juan se doblegaba ante ella y dijo, mientras acariciaba su largo cabello con la mano: "A partir de ahora cuando te dirijas a mí, me llamarás Señora o Señora Presidenta. Y procura mostrar el debido respeto a quien es tu superior, no creo que sea pedir demasiado". "Si, Señora" contestó Juan completamente dominado por el pánico, e incapaz deoponer resistencia alguna. Rosalía seguía sonriendo. Había nacido en el seno de una familia rica, era hija única y desde muy pequeña se había acostumbrado a ser mimada por todos, y a imponer su caprichosa voluntad en todo momento. Cuando creció, su carácter dominante se desarrolló aún más, y se hizo más despótica y arrogante. Aprendió además a utilizar su gran belleza para someter a los hombres, le bastaba un simple gesto o una mirada para que cayeran rendidos a sus pies. A los veinticinco años fundó su propia empresa, que pronto creció y se consolidó como una de las más importantes del sector. Como única dueña de la empresa hacía y deshacía a su antojo, sin rendir cuentas a nadie. Por supuesto, no era tan tonta como para no escuchar buenos consejos, y aceptar sugerencias acertadas; pero en última instancia siempre era su voluntad la que prevalecía. Los éxitos que uno tras otro iba consiguiendo en los negocios, la convirtieron en una mujer riquísima y la convencieron de que nunca se equivocaba. En consecuencia, exigía y recibía de todos sus subornidados un respecto reverencial. Decidió que se divertiría un rato dando a aquel pobre diablo una lección que no olvidaría jamás. Chasqueó sus dedos y señalando el informe dijo: "Coge el informe y dámelo". Juan se sorprendió un poco por aquella orden, pero no estaba en condiciones de discutir, y no deseaba irritar más a Rosalía. En consecuencia contestó: "Si, Señora" y rodeó la mesa para coger el informe que estaba tirado al lado del sillón. Al mismo tiempo Rosalía, hizo girar su sillón quedando frente a Juan. Rosalía vestía una minifalda de cuero, medias de seda y unas brillantes botas de piel por debajo de la rodilla todo en color negro. Lentamente cruzó sus piernas, y empezó a balancear suavemente su pie izquierdo. Juan no pudo evitar fijar su vista en las preciosas piernas, en la falda que parecía a punto de estallar, y en el sensual movimiento del pie. Rosalía lo notó y sonrió. Estaba acostumbrada al devastador efecto que su belleza producía en los hombres, pero siemprele resultaba agradable ver como se derrumbaban poco a poco. Juan se agachó, cogió el informe, y se lo entregó a Rosalía, que sin mirarlo lo dejó en la mesa. Estaba empezando a incorporarse cuando la autoritaria voz de Rosalía lo detuvo en seco. "No te he dado permiso para levantarte" dijo. Juan se quedó paralizado en la posición en que estaba, y la miró sin saber que hacer. Rosalía continuó hablando: "Es hora de que me pidas perdón por haberte dirigido a mí como lo has hecho". Juan no daba crédito a lo que oía. Aquella mujer le había tratado como a un gusano, le había insultado, le había humillado; y era él quién debía disculparse. La soberbia de Rosalía no tenía límites. "Vamos, estoy esperando" añadió Rosalía con impaciencia. Juan decidió disculparse confiando en que así acabase todo. Estaba deseando salir de aquel despacho, y respirar libremente, ya que la presencia de aquella mujer anulaba su voluntad. Con un tono de voz humilde y respetuoso dijo: "Señora Presidenta, le pido disculpas por mi comportamiento". Acababa de terminar su frase cuando una fuerte bofetada cruzó su mejilla derecha. Antes de que se diera cuenta, su mejilla izquierda recibía una segunda bofetada dada con el dorso de la mano. "Ni siquiera sabes disculparte ante una dama. ¡Idiota!" dijo Rosalía. Después se recostó sobre el sillón y señalando con su dedo índice al suelo ordenó suavemente: "De rodillas". Juan sentía arder sus mejillas, en parte por las bofetadas y en parte por la humillación. Pensó en salir de allí, pero sabía que eso significaba perder su trabajo y no podía permitirselo. Además, cada vez se sentía más cautivado por la belleza dominante de Rosalía,y por su carácter altivo; y pensó que era normal que una mujer así exigiera ser tratada como una Reina. En consecuencia, obedeció y se arrodilló a sus pies, inclinando la cabeza hasta tocar el suelo con la frente. "Bien, ahora estás en el lugar que te corresponde, postrado a mis pies" dijo Rosalía plantando su pie derecho en la espalda de Juan. El afilado tacón de su bota se clavó en su carne causándole un agudo dolor. Pero Juan no se movió. Sabiendo que tenía pendiente la disculpa dijo: "Señora, le suplico humildemente que me perdone por mi inexcusable comportamiento. Le juro que no volverá a ocurrir; y que en lo sucesivo la obedeceré fielmente en todo lo que me mande y la trataré con el respeto debido. Por favor, Señora disculpe a este miserable gusano que se arrastra a sus pies". Rosalía pareció satisfecha con esta disculpa, retiró su pie de la cabeza del postrado Juan y dijo: "Bien, parece que vas aprendiendo. Ahora besa mis pies en señal de respeto y adoración a mi". Juan que ya no tenía voluntad propia besó humildemente los pies de aquella mujer, que con tanta facilidad lo dominaba desde su cómodo sillón. Rosalía añadió: "Lame mis botas, quiero que brillen". Mientras Juan se afanaba lamiendo las suaves botas de Rosalía, esta se relajaba en el sillón mientras encendía un cigarrillo y disfrutaba, una vez más, del placer de someter a un hombre a sus pies. Cuando se cansó del homenaje que se le tributaba, le dió un puntapié en la cara y señalándole la puerta dijo: "Ahora vete, esclavo. Volverás a saber de mi en su momento". Juan se levantó, se dirigió a la puerta y salió. Cuando volvió a su mesa, se quedó pensando en lo que había pasado, y se dió cuenta de que su vida había cambiado para siempre. Aquella mañana, humillado a los pies de aquella bellísima mujer, había descubierto que ese era su sitio.
Pasaron un par de meses y Juan no volvió a saber nada de Rosalía. Alguna vez la había visto por la oficina, pero ella ni siquiera le había mirado. Pensó que se había olvidado de él. Después de todo, a una mujer como ella no debían de faltarle hombres ansiosos de someterse incondicionalmente a su voluntad. ¿Por qué iba a querer verle de nuevo?. Lo que para élhabía sido una experiencia inolvidable, con la que cada día soñaba despierto, para ella había sido simplemente una lección dada a un empleado que la había irritado. Algo que sin duda había hecho muchas veces, y que seguiría haciendo en el futuro. Así pués, Juan se limitó a trabajar duramente en los nuevos proyectos que iban surgiendo en la empresa, con la secreta esperanza de volver a llamar la atención de Rosalía. Una mañana, cuando estaba a punto de salir a comer sonó su teléfono. Al descolgarlo una voz le ordenó: "Quiero verte en mi despacho. ¡Ahora!", y antes de que pudiera contestar oyó como colgaba. Inmediatamente reconoció aquella voz de niña mimada y caprichosa. Se levantó y se dirigió al despacho de Rosalía, llamó a la puerta y esperó su permiso para entrar. Cuando lo recibió, abrió la puerta y pasó al despacho. Rosalía estaba tumbada en el sofá, con la espalda y la cabeza apoyadas en unos gruesos cojines. Parecía una Princesa oriental. Juan se quedó mirándola boquiabierto, cautivado por la belleza salvaje de Rosalía. Como ya había llegado el verano, Rosalía vestía un ajustado top que dejaba al descubierto su abdomen terso y firme, y una minifalda bajo la que asomaban unas largas y suaves piernas muy bien torneadas. Sus sensuales pies, reposaban cómodamente apoyados en un mullido almohadón de terciopelo, y estaban cruzados seductoramente a la altura de los tobillos. Calzaban unas elegantes sandalias de tacón alto que prácticamente los dejaban al descubierto. La belleza de los pies de Rosalía atrajo la vista de Juan, que se quedó un buen rato admirando los perfectos dedos con las uñas pintadas de rojo, la elegante curvatura de la planta, el preciosoempeine y el redondeado talón. Advirtió que en el tobillo derecho Rosalía llevaba una fina cadena de oro, y un anillo en uno de los dedos de su pie izquierdo. En ese momento Rosalía levantó la mirada de la revista que estaba leyendo, y sorprendió a Juan con los ojos fijos en sus embrujadores pies. No le llamó la atención, porque estaba acostumbrada a las miradas de admiración que sus pies recibían continuamente. Ella sabía que tenía unos pies preciosos, y los utilizaba como arma de seducción para esclavizar a los hombres. Procuraba tenerlos siempre en perfectas condiciones para lo cual se hacía dar frecuentes pedicuras, y en cuanto el tiempo lo permitía calzaba reveladoras sandalias, como las que llevaba aquella mañana. "Acércate", dijo Rosalía chasqueando los dedos. Juan se acercó temblando visiblemente, con la imagen de los pies de Rosalía aún en su retina. Rosalía le miró deleitándose en la mezcla de temor y deseo, que su sola presencia era capaz de infundir. Nada le gustaba más que la sensación de poder que experimentaba cada vez que veía a sus indefensas víctimas, cayendo en sus redes, incapaces de hacer nada por evitarlo. "¿Que haces?, ¿acaso te has olvidado de quien soy?" dijo Rosalía con una ligera irritación en su voz. Juan comprendió lo que quería decir y se arrodilló a sus pies con la cabeza inclinada. "Bien, eso está mejor. A partir de ahora cada vez que estemos solos, deberás arrodillarte y esperarmis órdenes. ¿Entendido?" dijo Rosalía. "Si, Señora" contestó Juan sin levantar la vista. "Hoy estoy muy cansada, necesito un masaje en los pies. Dámelo mientras continúo leyendo" ordenó Rosalía. Juan tomó delicadamente en sus manos el pie derecho de Rosalía, pero ella le rechazó con una fuerte patada en la cara. Mientras Juan gemía a causa del dolor, Rosalía dijo: "¡Eres un idiota!. ¿Es que no sabes hacer nada como es debido?. Primero debes quitarme las sandalias". Juan se incorporó y dijo humildemente: "Señora ruego su permiso para descalzarla". "Permiso concedido, esclavo" contestó ella. Juan tomó nuevamente su pie derecho en sus temblorosas manos, y con la mayor delicadeza desabrochó la hebilla que las sujetaba. Después, deslizó suavemente la sandalia y la depósito en el suelo, dejando libre aquel encantador pie. Lentamente empezó a masajear el pie de Rosalía, y lo encontró de una suavidad exquisita, como si nunca hubiera sido utilizado para caminar. Al cabo de un rato, Rosalía habló sin levantar la mirada de la revista que estaba leyendo: "Lame. Quiero sentir tu lengua en mi pie". Juan obedeció, incapaz de resistirse a ninguno de los caprichos de Rosalía. No había nada que no estuviera dispuesto a hacer si ella lo ordenaba, sin importar lo humillante que pudiera ser. Levantó el pie de Rosalía, lo acercó a su cara, y empezó a lamerlo servilmente. Una vez más le sorprendió la exquisita suavidad de aquel maravilloso pie, y continuó lamiendo y besando sin sentir el paso del tiempo. Rosalía mientras tanto disfrutaba tranquilamente de las atenciones de su esclavo, y se sentía cada vez más relajada. Tiró la revista al suelo y se dirigió a Juan: "Escucha bien lo que te voy a decir. Como has podido comprobar soy una mujer acostumbrada a mandar y ser obedecida, y sé como hacer de los hombres mis rendidos esclavos. Desde hace tiempo vivo en mi mansión rodeada de una corte de esclavos, que se encargan tanto de las tareas de la casa como de mi servicio personal. Hace unos días tuve que despedir a uno de ellos, con lo que ahora mismo tengo un puesto vacante. He pensado que tu podías ser adecuado para el puesto, una vez que hayas sido entrenado como es debido. Si aceptas mi oferta, te trasladarás a vivir a mi mansión, y allí te enseñaré el verdadero significado de la palabra esclavitud. Lo que has visto hasta ahora no es nada. Por supuesto tendrás que renunciar a familia y amigos. Conservarás tu trabajo aquí, pero el resto del tiempo que tengas lo dedicaras a mi servicio. Naturalmente no cobrarás, pero yo me encargaré de cubrir tus necesidades básicas. ¿Aceptas renunciar a tuvida actual e iniciar una existencia de esclavitud a mis pies? Juan, sin dejar de besar aquel pie que le esclavizaba, contestó sin dudar: "Si, mi Señora. El mayor honor al que podría aspirar es ser su esclavo por toda la eternidad". Rosalía rió malvadamente y dijo: "Bueno yo decidiré por cuanto tiempo me servirás. Si haces lo que te ordeno y eres fiel y sumiso, te conservaré. Pero si me desagradas en lo más mínimo te verás en la calle, y me encargaré de que tu vida sea un infierno". Poniendo su pie izquierdo sobre la cabeza de Juan, con un tranquilo gesto de dominio, continuó: "Esta tarde cuando salgas de trabajar vendrás a mi casa. Uno de mis secretarios te dará la dirección. Te estaré esperando allí, y entonces comenzará el entrenamiento que hará de ti un esclavo capaz de satisfacer las necesidades de su Ama". Después cogió del suelo la revista que estaba leyendo, y apartó su pie derecho de la lengua de Juan, mientras decía: "Ahora es el turno de mi pie izquierdo. Vamos, no tengo todo el día". Y Juan acercó su cara al bonito pie de Rosalía, y lo besó, lo lamió y lo adoró como si fuera el pie de una Diosa. Su nueva condición de esclavo de Rosalía le gustaba. En aquel momento era feliz. CONTINUARÁ Autor: pierre fermat
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