Soy lo que soy...

 

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Indudablemente, la palabra personalidad es muy común. Se habla de “personalidades” delicadas o fuertes cuando se describe a las personas, ya sea como un simple sinónimo, o, corno sucede más a menudo, para referirnos a aquéllos con cierto “encanto de estrellas” *celebridades del escenario y la pantalla, políticos famosos y condiscípulos brillantes. A todos nos gustaría tener ese “algo en la personalidad”, pero ninguno de estos usos cotidianos del término captan el concepto psicológico del sí mismo. Para el psicólogo, “personalidad” es la suma total de las formas en que una persona reacciona ante e interactúa con otras personas y el ambiente. En este sentido, la personalidad es la integración de actitudes, valores, hábitos, características físicas, intereses, capacidades y demás. Indudablemente, el psicólogo no puede decir, “Juan tiene mucha personalidad” o “Elena no tiene personalidad”. El estudio científico de la personalidad es el estudio de la persona en su totalidad, y nosotros somos todo eso.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


La personalidad necesita personas 

La palabra, por sí misma, se deriva del griego persona -una máscara. Una máscara no es el yo verdadero, sino una representación (verdadera o falsa) que se exhibe a causa de los demás. Aun cuando los psicólogos actuales no consideren a la personalidad como una máscara para esconder el yo verdadero, todos están de acuerdo en que las demás personas contribuyen al desarrollo de la personalidad individual, incluyendo sus manifestaciones pasajeras (como en, “El se transforma cuando está con ella...”). Sin otras personas que reaccionasen ante nosotros, y ante las cuales reaccionamos, careceríamos de una identidad significativa y, sin una identidad, la personalidad se vuelve un concepto sin valor. 

Cada uno de nosotros tiene una personalidad única, y los psicólogos están de acuerdo en que tres factores contribuyen a su formación: la herencia, la cultura y la experiencia individual. A cada uno de estos factores se le da mucha o poca importancia según la teoría de que se trate. Algunos afirman que la herencia -nuestras características biológicas y genéticamente establecidas- explica la mayor parte de la personalidad. Otros admiten que, aun cuando nuestra apariencia física se conforma en gran parte por la herencia y esto probablemente influye en la personalidad, el ambiente social y la cultura en que vivimos constituyen los factores más importantes. Un tercer grupo tiene en cuenta las Otras dos fuentes de influencia, pero cree que nuestra experiencia única y la forma como la usamos e interpretamos moldea el desarrollo de nuestra personalidad. 

Estas teorías no son fáciles de poner a prueba, pues tratamos con personas reales que viven tanto como los científicos que las estudian. Por ejemplo, los psicólogos no pueden practicar la reproducción selectiva a fin de estudiar las contribuciones de la herencia. Además, resulta difícil obtener respuestas bien definidas, pues llevan consigo insinuaciones políticas que provocan al interés público. 

Considérese el problema de la inteligencia y la raza. Algunos alegan que los negros norteamericanos suelen tener menor puntuación en las pruebas de coeficiente intelectual que sus conciudadanos blancos. Pero, ¿a qué se debe esto? Algunos dicen que existe una predisposición genética. Otros señalan que dichas pruebas de inteligencia son parciales a favor de la cultura de los blancos (y diseñan pruebas de inteligencia para negros, ¡las cuales invierten hábilmente la diferencia negro/blanco!). Un tercer grupo señala la privación cultural de los negros, en los Estados Unidos, en comparación con los blancos. Por ello, un problema científico se convierte así en un problema político, produciendo “mucho ruido y poca acción”.

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La controversia naturaleza-educación 

Desde el punto de vista de nuestro desarrollo, ¿cuánto de la “personalidad” se puede atribuir a lo que la naturaleza proporciona y cuánto al tipo de educación que recibimos? 

A dos filósofos ingleses del siglo XVII se les atribuye el mérito de plantar las semillas no sólo de la controversia naturaleza/educación, sino también de la psicología contemporánea. Thomas Hobbes opinaba que los humanos se conducen por los instintos heredados desde el momento en que llegan al mundo. Puede existir poco control individual sobre su destino. Por otro lado, John Locke creó la teoría de la tabula rosa, la cual sostiene que la mente de un recién nacido es una página en blanco en la cual se pude imprimir cualquier cosa. Al encontrar el método de instrucción correcto nos conformaremos de una manera o de otra. 

La naturaleza vs la educación, o ambiente vs herencia, se presentaba antiguamente como una posición esto o esto/o bien, aun cuando en la actualidad es raro que se la tome así. Más bien, los psicólogos se interesan en la importancia relativa de la herencia y del ambiente en la formación de nuestra conducta. Los estudios del ambiente luchan por el estudio científico del mismo, simplemente porque el medio puede manipularse, con lo cual se pueden alterar las manifestaciones conductuales. Los predeterministas, quienes apoyan el punto de vista de la herencia, opinan que los cambios en el ambiente no son importantes, pues los individuos con herencias genéticas diferentes responderán de diversa manera a las influencias ambientales. Las pruebas científicas aducidas en la controversia naturaleza/educación está abierta, en cualquier caso, a varias interpretaciones distintas. 

En un estudio, los psicólogos del desarrollo estudiaron a más de cien niños desde su nacimiento hasta su adolescencia (Westman, 1973). Llegaron a la conclusión de que las características temperamentales básicas, evidentes inmediatamente después del nacimiento, los habían dominado en su desarrollo a través de los años. Estas características incluían el estado de ánimo general, la adaptabilidad al medio, la ecuanimidad, el mal humor, la perseverancia, la actividad, así como la aceptación de nuevos objetos y personas. A medida que dichos niños se acercaban a la adolescencia, los psicólogos podían predecir, con cierta precisión, la “composición” de la personalidad de tales sujetos. Esto se presentó como una prueba de que los procesos biológicos dominan el desarrollo de la personalidad. 

Los estudiosos del ambiente no estuvieron de acuerdo con ello. Alegaron que los padres de estos bebés pudieron haber reforzado características reconocibles, las cuales una vez desarrolladas, por lo tanto, serian resultado del aprendizaje y no de la herencia. 

Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, se opuso firmemente a la teoría de que la personalidad se basa en la herencia y de que es resultado de los rasgos innatos. Ha defendido la idea de que nuestra conducta, en cualquier situación, puede cambiar notablemente, debido a experiencias anteriores, y de que un cambio en la situación (o ambiente) produciría serios cambios en la “personalidad”. Incluso la forma en que nosotros mismos nos conducimos puede cambiar bajo circunstancias específicas. 

Hace más de 50 años, un experimento clásico realizado por Hartshorne y May (1928) anunciaba el tipo de observación que llevaría a Mischel a pensar de esta manera. Se midió la honestidad de varios escolares, en un intento por descubrir cuántos de ellos harían trampa si se les diera la oportunidad. Los resultados mostraron que no hubo tramposos ni no-tramposos claramente definidos. La honestidad de los niños variaba de prueba en prueba. Todo dependía de los elementos de riesgo comprendidos, del esfuerzo requerido y de lo que veían hacer a sus amigos. 

A pesar de que la “honestidad” es maleable durante la niñez, la conducta ética se define más conforme crecemos. Los estudiosos del ambiente señalan al poder de la sociedad y de sus sub-culturas como un factor importante en este proceso de fortalecimiento a largo plazo. Los valores, la ética y las actitudes relativas, son influidas por quienes nos rodean. Según ellos, estamos socializados dentro de culturas y sub-culturas particulares y no hay forma de desviar este poderoso proceso de formación. Otros -y en particular el psicólogo suizo Jean Piaget- han descubierto una relación entre el desarrollo cognoscitivo y la comprensión de las cuestiones morales, la cual, según dicen, explican satisfactoriamente este proceso. 

En ocasiones, las experiencias muy singulares son lo suficientemente poderosas para alterar el desarrollo de la personalidad. Hechos tales como la conversión religiosa, las enfermedades, la muerte de un allegado o los problemas económicos han dado lugar a algún cambio conductual muy importante. 

Tal vez la controversia más práctica y acertada entre la herencia vs el ambiente se ha concentrado últimamente en el problema de la inteligencia. Aquí la evidencia es particularmente difícil de interpretar -lo cual no ha evitado que las personas asuman posiciones firmes de un lado u otro. 




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Inteligencia y personalidad 

Para el lego resulta muy fácil decir en términos generales lo que es la “inteligencia” e incluso distinguir, por un lado, entre esta cualidad aparentemente deseable y el simple ingenio’’, y, por el otro, la sabiduría”. Sin embargo, después de un siglo de investigación y razonamiento, seria difícil encontrar en algún lugar a una mayoría de psicólogos que concuerden en alguna definición del término. A pesar de esto, la aplicación de las pruebas para medir la inteligencia y las aptitudes se ha convertido en el principal punto de contacto entre la profesión de la psicología y las personas. A su vez, la interpretación de los resultados de dichas pruebas se ha convertido en un tema de gran controversia, con importantes implicaciones para las políticas social y educativa, y, finalmente, para la forma de gobernar nuestras sociedades. 

Dichas pruebas de medición se iniciaron en Francia a principios de este siglo. Las autoridades educativas de París, fuertemente imbuidas de la ética “éxito/fracaso” que aún caracteriza a la mayoría de los estilos educativos occidentales, y con su apremio por la clasificación jerárquica, lo cual distingue a todas las burocracias desarrolladas, buscaba un medio para identificar rápidamente a los niños con bajo rendimiento en las escuelas. Consultaron a Alfred Binet, quien ideó un “medio” espléndidamente adecuado para tal fin. Las pruebas (tests) de Binet, consistentes en una serie de preguntas de dificultad progresiva, se diseñaron para descubrir la capacidad en diversos procesos mentales. Debe destacarse que su intención no era la de proporcionar una medida absoluta de la “inteligencia” (como la longitud que se mide perfectamente mediante una cinta graduada), sino dar una indicación comparativa y discriminatoria de las divergencias respecto de una norma social determinada. 

Lo que sucede, aún en las modernas y desarrolladas variantes de estas pruebas, como en la llamada Stanford-Binet, es que a los resultados de estas pruebas, las cuales se efectúan en una buena parte de la población, se les considera “normales” y los resultados individuales son comparados con ellos. La cifra resultante, denominada coeficiente intelectual (CI) se expresa en términos de porcentajes -un CI de 125 significa un desempeño de un 25% más que el promedio de resultados en esa prueba (se pone todo el cuidado posible al comparar dos similares). Dadas las mismas condiciones entre los examinados, y, lo cual es más importante, las mismas condiciones sociales y culturales, el CI proporciona una buena indicación general del posible aprovechamiento escolar de los niños. Sin embargo, una mala noche, el desconocimiento del lenguaje en el cual está escrita la prueba, tener pocas expectativas o recibir poco estímulo por parte de los padres, pueden conducir a un punto de vista absolutamente equivocado acerca del potencial de un niño. 

Esto no importaría tanto si no fuera porque el CI ha adquirido un significado poderosamente concreto para los profesores, los padres de familia, los empresarios, etc. Sus expectativas basadas en esta mala interpretación pueden ejercer una influencia decisiva en el desarrollo posterior de los niños, señalado por estas cifras mágicas particulares. Esto es de una naturaleza similar a la de la autorrealización de la profecía: es de esperarse que una persona con una calificación baja tenga un bajo rendimiento (y puede ocurrir que su buen desarrollo pase desapercibido debido a esto) y al final él mismo esperará un mal desempeño. 

En un mundo ideal, todos estarían de acuerdo en que la única cualidad que se puede medir, a través de las pruebas de inteligencia, es la capacidad para hacerlas. Tal vez entonces se desistiría de llevar a cabo la perjudicial categorización de las personas en altas y bajas, capaces o ineptas, buenas o malas. Pero, el mundo no es ideal y a las personas les gusta conocer el lugar que ocupan en relación con los demás. De todas maneras, muchas de las sociedades insistirán en que las justificaciones del estado o de ¡a política social necesitan el avalúo comparativo de los “recursos humanos”. Por decir algo, los burócratas siempre querrán distinguir entre lo potencialmente útil y lo no tan útil, entre lo novedoso y lo conservador, entre lo destructor y lo dócil, o entre cualquier otro par de características distintivas. 

Las pruebas (tests) de la personalidad 
En tales circunstancias, se requiere de pruebas más ampliamente informativas, y, las pruebas de personalidad, de uso general en nuestros días, buscan identificar toda clase de cualidades además de la “inteligencia”. Algunas de estas pruebas son del tipo pregunta-respuesta o de selección, como el Inventario de Personalidad Multifásico de Minnesota (MMPL), en el que un gran número de declaraciones subjetivas (“Nunca me preocupo por mi apariencia”, “a veces siento que las cosas no son reales”), requieren de respuestas del tipo “verdadero”, “falso”, o “no sé’’. Los examinadores adiestrados pueden obtener una impresión general de la personalidad a partir de ellas, con indicaciones relativas al tipo y seriedad de las diferentes alteraciones y distorsiones. 

Otras pruebas son proyectivas -el sujeto impone sus propias ideas sobre un esbozo verbal dado o una ilustración, la cual es intencionalmente ambigua o neutral en sí. En la de Rorschach se emplean manchas de tinta y en la Prueba de Apercepción Temática (TAT), ilustraciones de personas solas o en parejas. Los temas que el sujeto desarrolla al hablar de ellos pueden analizarse y utilizarse para proporcionar una guja sobre su margen de concordancia o divergencia respecto de un perfil “normal” de personalidad.


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¿Qué tan normal es lo “normal”? 

Todas las teorías de la personalidad dependen de la definición de la “normalidad”. Desde el punto de vista social esto no es posible, a menos que sea en función de un tiempo y lugar específicos -“esto es lo que las personas suelen hacer en este país en 1979”, no es igual a “lo que solían hacer en Siam en 1239”. Los psicólogos pueden utilizar una definición más congruente, aun cuando sea negativa: anormal será quien tenga una lesión mental tan seria que no pueda funcionar en su sociedad. Aun entonces, no puede existir una clara línea divisoria entre lo normal y lo anormal, sino sólo un intento por colocar a alguien en algún punto de la escala, cuyos extremos son lo normal y lo anormal. 

Lo “normal” cubre una amplia gama, aún desde el punto de vista del funcionamiento de nuestro cuerpo. En su trabajo, basado en las diferencias bioquímicas individuales, R. J. Williams (1956) pudo demostrar grandes variaciones en el tamaño, ubicación y funcionamiento de los órganos internos y de las estructuras nerviosas. Según Williams, los adultos jóvenes, saludables y “normales” pueden tener frecuencias cardiacas que varían de 50 a 105 latidos por minuto, cuando la capacidad “normal” de bombeo del corazón vade 3.15 a 11.9 cuartos por minuto. 


Si una glándula tiroides se activa demasiado, la persona bien puede volverse irritable, nerviosa e insomne. Si, por alguna razón, la glándula pierde cierta actividad, la misma persona se vuelve apática e indiferente. Cuando la comprobada serie de diferencias bioquímicas se combina con una gran gama de experiencias personales de gran singularidad, resulta casi imposible hallar líneas de referencia “normales” para la conducta humana. Añádanse a esto las influencias culturales y sub-culturales y se podrá ver qué tan complejas son las definiciones de la normalidad. Por ejemplo, lo que en nuestra cultura podría ser una conducta exageradamente “anormal” -masturbarse en público- es aceptable entre los ashanti del Oeste de África. 


La congruencia 
El hecho de que seamos incongruentes en nuestra conducta, es congruente en si mismo. La mayoría de las personas pueden ser generosas y mezquinas, sociables y tímidas, amigables y hostiles. Sabemos esto de nosotros mismos y, no obstante, a la mayoría nos gusta clasificar a las personas basándonos en alguna característica obvia que creemos predominante. Alguien que conocemos “siempre” está contento, triste, animado, es gracioso o algo similar. Lo que queremos decir es que es congruente en su conducta hacia nosotros (y, si no lo es, decimos que hoy no parecía estar “de humor” o que “se veía diferente”). 

Lo que no sabemos es cómo se comporta con los demás. El infame agente de policía encargado de dirigir el tráfico -quien nunca tiene una buena palabra para nadie- bien puede ser un bromista en el bar, un samaritano en el club juvenil de la localidad y un intelectual entre los miembros de su club de ajedrez. También existe muy poca congruencia de una situación a otra. En condiciones diferentes nos comportamos como si fuéramos otra persona. 

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Clasificando a las personas 

Al final de este capitulo consideraremos cuatro importantes teorías de la personalidad: la de los tipos y los rasgos; la humanística; la psicoanalítica y la conductista. 

Cuando un científico inspecciona un objeto bajo el microscopio, su primer paso generalmente consiste en clasificarlo dentro de cierto tipo. Este criterio del laboratorio se aplicó al estudio de la personalidad. Conocido como el “criterio de los rasgos”, se basaba en la idea de que poseemos características estables en nuestra forma de ser. Kretschmer y Sheldon sin duda hubieran clasificado a alguien bajo y regordete como un endomorfo -y, por lo tanto, es probable que fuera sociable, calmado y apacible. Por otro lado, un amigo alto y delgado se mostraría retraído, callado y cohibido en compañía de individuos ectomorfos. Se puede decir que la mayoría de las personas son una combinación de estos dos tipos. Pero, aun cuando el físico probablemente influya de cierta manera en la personalidad, la relación es menos directa de lo implicado por esta teoría. Deben de tomarse en cuenta muchos otros factores. 

En la década de 1930, Gordon Allport afirmó que, para entender el “mosaico de la personalidad, es necesario analizarla en sus partes componentes. El y sus colegas enumeraron casi 18 000 expresiones para las características o rasgos humanos. Con el paso de los años redujeron la lista a una clasificación de rasgos relativamente estables, tales como la bondad, la mezquindad, el rencor, la consideración, la gentileza, la vulgaridad y otros. Luego elaboraron pruebas especiales para medir estos rasgos y al aplicarlos a un gran número de personas fue posible establecer “normas de personalidad”. 

Fue Carl Jung el verdadero iniciador de la clasificación de las personas en tipos psicológicos’’. Sugirió dos clasificaciones principales: los extrovertidos y los introvertidos (1971). Los introvertidos son reservados, prudentes e insociables, y estas tendencias aumentan considerablemente durante los encuentros que los inquietan. Los extrovertidos son lo contrario: comunicativos, impulsivos, personas amigables que buscan activamente la compañía de los demás, especialmente en los momentos de tensión. 

Más tarde, dos eminentes psicólogos -Cattel y Eysenck- investigaron y desarrollaron ampliamente el enfoque de Jung; además, ambos elaboraron escalas para medir las dimensiones de la introversión-extroversión. Por ejemplo, con las mediciones de Eysenck se descubrían diferencias individuales en términos de qué tanto necesitamos a los demás como una fuente de recompensa, o incluso para moldear nuestra conducta. 

La metáfora de una personalidad interna-externa ha llamado mucho la atención en los últimos años y los resultados de la investigación indican que en realidad existen, como dice el refrán, “dos tipos de personas en el mundo”. Las personas “internas” creen que las recompensas dependen exclusivamente de su propia conducta. Las “externas” consideran que las recompensas ocurren independientemente de sus acciones -y que más bien se deben a los factores ambientales. Las personas “internas” tienden a evitar las situaciones donde puedan perder el control de la forma en que se les recompensa. Resisten más las presiones sociales, son menos conformistas y más independientes que las “externas”. Para obtener algo toman sus decisiones más seriamente y tienden a concentrarse más en su habilidad que en las oportunidades. 


¿Están las personas en donde deben? 
Una aplicación útil del criterio “tipo de personalidad” se encuentra en la selección de personal, así como en la orientación vocacional. Se han elaborado “normas” para tipos particulares de trabajo, y van más allá de los puntos de vista tan obvios como el que aseguraba que la inteligencia y la extroversión son ingredientes esenciales en el arte de vender. La principal utilidad del criterio de los rasgos ha sido su éxito como una ciencia aplicada en la selección y la clasificación. Como teoría representa una ventaja en el uso común de los estereotipos “globales” de la personalidad. Sin embargo, en gran parte constituye un criterio pragmático con poco poder explicativo. La personalidad es enigmática y compleja y casi todos somos una combinación “extro-intro”, “interno-externo”, dependiendo de cómo nos sentimos, con quién estamos y en dónde.

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Somos algo propio 

Los teóricos del “campo organísmico”, tales como Goldstein, Maslow, Rogers, Jourard y Berne mantienen una orientación completamente diferente -respecto del estudio de la personalidad. Hacen hincapié en nuestra capacidad potencial para la auto-destrucción, el auto-desarrollo, el libre albedrío y la capacidad para el cambio. El mensaje implícito es que existen valores en la vida, los cuales conocemos a partir de nuestras experiencias, y que las observaciones son preciadas y benéficas: la expresividad, el gozo, la capacidad para responder emocionalmente, la percepción sensorial, la espontaneidad, la auto-estabilidad, la compasión, la creatividad, etc. 

Para estos humanistas o existencialistas, como comúnmente se les llama, la base de la congruencia individual es la “realización de uno mismo”, el proceso de luchar para encontrar y desarrollar el potencial propio. Generalmente esto se logra al examinar y luego al experimentar aquellos factores que detienen, obstruyen o impiden el desarrollo de nuestra personalidad. 

Abraham Maslow, una figura importante en este campo, consideró al inconsciente como el centro de la mayor felicidad, creatividad y del bien. Los impulsos inconscientes nos estimulan en nuestra búsqueda de la integridad y la verdad; poseemos un “deseo activo hacia la salud, un impulso hacia el desarrollo o hacia la realización de las potencialidades humanas”. Las “experiencias cumbre” tales como el sexo, la religión y ciertos tipos de música pueden producir el conocimiento de “uno mismo”, de su “cuerpo” y de su “ser”. Según Maslow, se debería juzgar a la personalidad únicamente dentro de este marco de referencia positivo. 


El sí mismo ideal 
Carl Rogers, otro iniciador de esta teoría, opinaba que todos somos capaces de moldear nuestra propia personalidad (1961). También insistió en la importancia de las experiencias internas. Para Rogers, la forma como vemos, sentimos e interpretamos los hechos es la clave para entender el desarrollo de la personalidad y de la conducta. Cada uno de nosotros necesita valorar su propia personalidad sin negar sus propias fallas o debilidades, poderes o capacidades. Debemos establecer un “sí mismo ideal”, haciendo un esfuerzo consciente por ser la persona que realmente nos gustaría ser. La aceptación del sí mismo es el primer paso para un cambio hacia la superación y después debemos ser capaces de expresar más directamente nuestros sentimientos a los demás. 

Por desgracia, la mayoría de nosotros tiende a verse a si misma en términos de los valores de otras personas, más que de los propios. Este “sí mismo social” a veces no concuerda con nuestro “si mismo ideal”. Para Rogers, cuanto mayor sea la discrepancia, mayor será la probabilidad de encontrarse psicológicamente perturbado. Al igual que Maslow, Rogers ha elaborado una teoría donde destaca la acción y el desarrollo personales. 

La responsabilidad y el desarrollo personales son los conceptos claves de la psicología humanística, la cual se ha convertido en la tendencia teórica más prominente de los últimos años. Tal vez esto se deba al creciente interés en el “si mismo”, especialmente entre los jóvenes. Al ofrecer la posibilidad de “un conocimiento del sí mismo”, de amar, de ser creativos y de recibir atención (temas predominantes en las prácticas religiosas y místicas), refuerza la idea de la experiencia individual frente a los hechos físicos, como base de la realidad. 

 

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El camino del analista 

Aun se considera que Sigmund Freud -cuyo nombre es, para muchos legos, casi un sinónimo de investigación de la mente- hizo una contribución única a la psicología. No sólo se consideraba a si mismo como un médico clínico, sino también como un pensador social. Hoy en día, aun cuando su predominio ha disminuido desde hace ya algún tiempo, sus teorías siguen teniendo una gran influencia en la psicología moderna y particularmente en el psicoanálisis como un tratamiento de los problemas psicológicos. 

Sus críticos no titubean al señalar que muchos de sus pensamientos originales se basaron en sus observaciones de un reducido grupo de pacientes vieneses de clase media -que vivían, por supuesto, a finales del siglo XIX. Por tanto, sus extensas generalizaciones sobre la conducta humana no deben de tomarse con mucha seriedad. En realidad, quedan muy pocas pruebas de que Freud estuviera en lo cierto en sus teorías. 

A pesar de ello, nuestra comprensión de la manera como somos y nos comportamos, como humanos, probablemente se debe más a Sigmund Freud que a cualquier otro de sus colegas investigadores en el campo de la salud mental. El hizo un algo muy grande casi de la nada -el pequeño cambio de la observación psicológica que otros ya habían manejado antes, pero que no se habían preocupado por tomar en cuenta, como son los lapsus linguae y la parálisis histérica. Su genio personal consistió en colocar dichos casos dentro de un marco de referencia psicológico que tuviera un sentido lógico. Esto lo animó a definir al inconsciente y lo que consideraba la central de fuerza de la personalidad -la motivación irracional. Las perspectivas de Freud eran profundas. Cambiaron la forma en que las sociedades consideraban y trataban en general la educación de los niños, la instrucción escolar, el sexo, las enfermedades mentales y el crimen. 

Sigmund Freud y sus seguidores desarrollaron una teoría que destacaba la importancia del sexo y el conflicto como fuerzas básicas en la motivación de la conducta. Las raíces de la personalidad adulta se encuentran en las experiencias de la infancia temprana, y los orígenes de nuestros temores, ansiedades y psicopatologías deben investigarse volviendo a los traumas de los primeros años. 

Esta es la teoría freudiana de las etapas psicosexuales del desarrollo (Freud, 1905). Dividió el crecimiento en cinco etapas principales del desarrollo de la personalidad, cada una dominada por instintos sexuales. Estas fuerzas sexuales, conocidas como libido, comprenden la mayoría de las formas en que nos satisfacemos a través de los estímulos físicos. Si los impulsos de la libido se frustran, ose complacen con exceso en cualquier etapa, se impide el avance normal hacia la siguiente y se originan conflictos. Freud llamó a esto fijación en una etapa particular. 

La primera etapa psicosexual indicada por Freud fue la oral; en este periodo, la boca es nuestra principal fuente de estímulo. Durante la etapa oral, los niños obtienen mucho placer al chuparse el pulgar, lo cual no satisface ninguna necesidad orgánica básica. Según los freudianos, una fijación oral conduce más adelante al abuso de los fármacos a una sobrealimentación, o a males menores, tales como, la “diarrea verbal” y el sarcasmo. 

En seguida viene la etapa anal. Esta se concentra en la eliminación de las heces y los placeres asociados con la retención de las mismas. Como las normas sociales regulan la eliminación del excremento, muchos de los impulsos naturales del niño deben de suprimirse. Es probable que, en las sociedades donde se insiste en el entrenamiento severo y temprano en el retrete, la fijación anal sea más frecuente. 

En la etapa fálica, los niños exploran y estimulan su propio cuerpo, particularmente sus genitales. 

Durante el período de latencia, los intereses sexuales del niño (hasta ahora relacionados en gran parte con los padres y la familia), se satisfacen “a escondidas”. Reaparecen en la etapa genital con el desarrollo de una sexualidad “normal” dirigida hacia personas ajenas a la familia. 

Freud sostuvo que la personalidad de los humanos posee cualidades únicas gracias al id, al ego y al superego. Supuestamente, dichas estructuras completamente teóricas manejan los impulsos fundamentales (como el eros y el tánatos) de diferentes maneras. Freud visualizó una continua batalla entre los combatientes id y superego, con el ego actuando como un moderno “mediador” que regula las consecuencias. El id es el ambiente natural para el sexo, la agresión y otros impulsos hedonísticos o de tipo animal (la libido). El superego es el depósito de la conciencia y de Lo bueno, que reprime los impulsos socialmente inaceptables. 


Un desarrollo de por vida 
Muchos neo-freudianos concuerdan en que la personalidad se determina más o menos al principio de la vida. No obstante, surgieron diferentes puntos de vista al amparo del análisis y tuvieron un fuerte impacto en el pensamiento psicoanalítico de nuestros días. Carl Jung y Erik Frikson han realizado una buena labor en este sentido. 

Jung no estaba de acuerdo con las teorías sexuales de Freud. Creía en una personalidad que se desarrollaba a lo largo de la vida en lugar de una personalidad centrada en la niñez. Jung estaba asombrado por la influencia que el inconsciente colectivo ejercía sobre el individuo: suponía que cada persona hereda de las generaciones anteriores el material inconsciente. Por lo tanto, fomenté la exploración de los efectos de los fenómenos para-psicológicos en el desarrollo de la personalidad. Con este fin llevó a cabo amplios estudios de lo oculto, de lo ritual, de la religión, de lo mágico y de lo mitológico. Sin duda es muy interesante que la influencia actual de Jung sea mucho mayor en las artes creativas que en la psicología. 

Por su parte, Erikson desarrolló la idea de las etapas criticas en su planteamiento del desarrollo de la personalidad (1963). Formuló ocho etapas, las cuales iban desde la infancia hasta la vejez. Según Erikson, todos nos enfrentamos a crisis especificas, las cuales, de resolverse fácilmente, contribuyen a un sano desarrollo de la personalidad. Tal vez su concepto de “crisis” más común es el de la identidad en la adolescencia. La entrada a la vida adulta puede ser una experiencia terrible y desorientada para el adolescente promedio. La resolución satisfactoria de los problemas de la identidad asegura un desarrollo suave y continuo de la personalidad. 

 

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El criterio conductista 

Los conductistas, los teóricos del aprendizaje social y los estudiosos del ambiente atribuyen una personalidad a la interacción de los factores ambientales, interpersonales y personales. A las diferencias personales generalmente las consideran como un resultado de la experiencia personal y de los cambios en las condiciones del aprendizaje. Piensan que la personalidad es maleable. 

Henry Murray, formado originalmente dentro del patrón psicoanalítico, llegó a considerar que los instintos biológicos de Freud eran muy limitados. Los humanos tienen diferentes necesidades que moldean el desarrollo de la personalidad. Las más importantes son: el dominio sobre los demás y/o el acatamiento a la autoridad y el control; el logro de la superación; la amistad o la necesidad de afecto; la autonomía; el entrenamiento y el juicio. A diferencia de Freud, Murray insistió en la importancia del ambiente como un factor determinante de la personalidad. Una serie de factores sociales influyen en la personalidad de una manera particular (por ejemplo; se dice que los nuevos amigos nos impulsan o “presionan” para satisfacer nuestra necesidad de afecto). 


Recompensando las relaciones 
Para Harry Sullivan, los efectos de las relaciones humanas son de capital importancia en la formación de la personalidad. Su teoría interpersonal se basa en el impacto de las relaciones directas, recordadas o incluso imaginadas, en el desarrollo del ser humano. Considera que las relaciones gratificantes son esenciales para un desarrollo favorable de la personalidad. 

Los conductistas consideran el desarrollo de la personalidad como un resultado de la interacción entre la conducta (en el mundo físico) y la existencia de cualquier condición dominante interna. Sin embargo, el término general “conductista” abarca varios planteamientos diferentes entre sí. Por ejemplo, Skinner estaría de acuerdo en el control casi total que el ambiente ejerce sobre la personalidad. Dicha posición concede muy pocas oportunidades para el libre albedrío o para la dinámica interior planteados por Jung o Freud (una de las razones por las que su libro Walden Dos provocó, para sorpresa del propio Skinner, tanta hostilidad, es la siguiente: describe una sociedad en la cual todos están condicionados para vivir en armonía con los demás y con la sociedad misma). Sin embargo, al igual que las demás teorías importantes de la personalidad, estudiadas por la psicología, el criterio conductista, ya sea completo o modificado, ha contribuido mucho más a lograr un mayor entendimiento de la persona en su totalidad que los estereotipos de “sentido común”, pero superficiales, a menudo propuestos como un planteamiento más “natural” de los problemas de la personalidad. 


¿Por qué teorizar? 
En realidad, usted bien podría preguntarse cómo se pueden utilizar las teorías de la personalidad en un campo con tantas evidencias conflictivas. De hecho, las teorías tienen diferentes contenidos y usos prácticos: pueden señalarnos la conducta probable en situaciones especificas; pueden hablarnos de los diferentes tipos generales de personas y de los factores que intervienen en su conformación; y, lo más importante, la teoría de la personalidad puede ayudarnos al proporcionar pautas personales para vivir y mejorar la calidad de nuestra propia vida. En términos prácticos, desde el punto de vista profesional, una teoría de la personalidad puede ayudar a proporcionar pautas personales para vivir y para mejorar la calidad de vida de uno mismo. En términos prácticos, pero tomando en cuenta el punto de vista profesional, la teoría de la personalidad también es esencial para la metodología de las pruebas psicológicas -una de las aplicaciones prácticas de la psicología, con más éxito en esta época. Su valor se ha comprobado al incrementar no sólo la eficacia de la selección para determinadas tareas (su aplicación más conocida), sino también la facilidad y comodidad con la que los individuos se pueden adaptar y realizar en un ambiente aparentemente neutral y en ocasiones verdaderamente hostil para el desarrollo de su “personalidad”. Cuando existe un serio desajuste entre la personalidad y el ambiente psicológico, la manifestación del conflicto, vía la conducta del individuo, puede adquirir formas alarmantes o trágicas. El llamado “colapso nervioso”, que puede incapacitar o incluso ser el responsable indirecto de la muerte de quien lo padece, a menudo se debe a dicho conflicto. Las “neurosis de guerra”, al alcoholismo, los “tics” y otros, también pueden ser manifestaciones de una personalidad de forma cuadrada que se halla en medio de una psicología de forma inevitablemente redonda. (Las personas no están en donde deben.) En el Capitulo 8 se analizarán más ampliamente algunas de estas condiciones anormales. 


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