Título original: Turmoil in Palestine
Autor: Alex R. Shalom y Stephen R. Shalom
Origen: Z Net
Traducido por Emilio José Chaves y revisado por Alfred Sola, noviembre de 2000


Agitación en Palestina

El Contexto Básico

Por Alex R. Shalom y Stephen R. Shalom

Mientras los territorios palestinos ocupados sufren el peor climax de violencia en muchos años, y los muertos, como siempre, son casi todos palestinos, los grandes medios de comunicación, como siempre, tratan asuntos marginales, ofrecen respuestas engañosas e ignoran las causas profundas del conflicto. La realidad básica y olvidada es que el gobierno israelí, con el apoyo cómplice de sus aliados de Washington, ha negado durante años los derechos básicos del pueblo palestino.

Hace ya más de medio siglo las Naciones Unidas (que contaban en aquella época con relativamente pocos países del tercer mundo) recomendaron la división del territorio palestino en dos estados: uno palestino y otro judío, así como una Jerusalén internacionalizada, donde la minoría judía recibiría la mayor parte de las tierras y las más fértiles. Sobrevino entonces una guerra civil seguida de otra guerra de carácter regional y, tras la firma de los acuerdos de armisticio, apareció el estado de Israel, el de los judíos, pero no se creó ni el estado de Palestina, ni se declaró a Jerusalén ciudad internacional, porque todo ello fue absorbido entre Israel y Jordania y dividido entre ellos. Los israelíes ocupantes, no contentos con bloquear la creación del estado palestino, también quisieron expulsar cuantos palestinos fuera posible. Esta limpieza étnica -o expulsión a la fuerza mediante actos de terror- arrojó fuera de su tierra ancestral a cientos de miles de palestinos dentro de campos de refugiados donde han vivido en condiciones sórdidas soñando su retorno. En 1967 Israel conquistó la porción palestina que estaba en manos de Jordania, originando una nueva oleada de refugiados y sometiendo a muchos más bajo su dominio despiadado en los territorios ocupados.

La cuestión central durante todo el proceso de negociaciones y planes de paz ha sido ésta: ¿Cómo lograr el derecho a la autodeterminación palestina que les ha sido negado por tanto tiempo? Para el gobierno israelí, la justicia para los palestinos siempre ha sido secundaria al deseo israelí por la tierra, las fuentes escasas de agua y la supremacía militar en la región. De igual manera, y motivado por el deseo de contar con una Israel dominante que le pueda ayudar a mantener bajo control al nacionalismo radical árabe de esta región de gran valor económico y estratégico, el gobierno de los Estados Unidos ha denegado el derecho a la auto-determinación de los palestinos, y de paso sus derechos humanos.

La chispa de la violencia que estalló la semana pasada fue producida por la visita a la mezquita de Haram al Sharif, lugar sagrado del islamismo en Jerusalén y venerado por los judíos como la Colina del Templo, por parte del ex-general israelí Ariel Sharon quien lidera el ala derecha del partido Likud de oposición. La prensa se ha preguntado ¿qué intentaba Sharon con esta visita, qué papel jugó el primer ministro de Israel Ehud Barak en esa decisión, y hasta dónde la respuesta popular palestina fue espontánea u orquestada por Yasir Arafat, el Presidente de la Autoridad Palestina? Sin embargo, estas limitadas preguntas no pueden responderse sin considerar la reciente historia del conflicto palestino-israelí.

En 1974, siendo Yasir Arafat el Presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), la OLP fue reconocida por las Naciones Unidas, al igual que casi todas las encuestas de opinión palestina, como la representante única y legítima del pueblo palestino. Para mediados de la década de los ochenta, Arafat y su plana mayor llevaban muchos años fuera de Palestina, y comenzaban a debilitarse sus nexos con los palestinos residentes en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza. En diciembre de 1987, cumplidos veinte años de dominio violento y sistemático por parte de Israel, los palestinos de los territorios ocupados iniciaron una acción amplia de resistencia conocida como la Intifada. La Intifada se recuerda por las vívidas imágines de niños palestinos lanzando piedras a los soldados israelíes que responden con armas de fuego automáticas. Parte de la Intifada fue también la resistencia no-violenta, altamente organizada, que acompañó a las pedreas de carácter espontáneo. De manera impresionante, la Intifada -con su sorprendente autodisciplina y valor- fue un levantamiento autóctono que, ni fue iniciado, ni mucho menos controlado por los líderes de la OLP, entonces exilados, e indicaba que Arafat ya no era el portavoz del pueblo de Palestina. Por lo tanto, fue una sorpresa en parte el encuentro de Arafat con el entonces primer ministro de Israel, Yitzak Rabin, para firmar el Acuerdo de Oslo de 1993. Ese acuerdo de paz dispuso la retirada de las tropas de Israel de la mayor parte de las áreas densamente pobladas por palestinos hacia otras zonas de la Ribera Occidental, pero no dispuso el retiro completo del territorio. Los asentamientos israelíes -considerados como una violación del derecho internacional hasta por el gobierno de los EEUU, el aliado más estrecho de Israel- continuarían tal cual, Israel mantendría la autoridad sobre la mayor parte del territorio, así como de todos los asentamientos, carreteras, aguas y fronteras, mientras que los palestinos se encargarían del control civil -no se habló de soberanía- sobre una pequeña región de la Ribera Occidental, lo cual significaba en esencia que serían únicamente responsables de mantener el orden sobre sus pobladores, asolados por la pobreza y la desesperanza. Los analistas israelíes vieron este arreglo como un manejo más cómodo que el control militar del ejército de Israel sobre las masas de palestinos, mas era claro que de un proceso de paz que no logra ni justicia, ni auto-determinación a un pueblo que lleva mucho tiempo sufriendo, tampoco puede esperarse que traiga mucha paz.

¿Porqué aceptó Arafat un acuerdo insuficiente para su pueblo? Parece que Arafat estaba más interesado en ser el conductor del Estado Palestino, cualquiera que fuera su condición, antes que continuar en la búsqueda de una solución justa del conflicto Palestina-Israel. Desde su regreso a Palestina tras el proceso de paz de Oslo, Arafat ha conducido la Autoridad Palestina con una mano brutalmente autoritaria y, a pesar de sus gestos públicos, ha continuado haciendo más concesiones al gobierno israelí, entre las que se destaca la entrega del derecho de los refugiados a retornar, previamente exigido por la ONU desde 1949, así como del reclamo palestino de acceder a cualquier parte de Jerusalén. Al actuar así, Arafat se ha hecho aún más ajeno y lejano para su propio pueblo palestino, que ya no ve en él a aquel bravo luchador por su libertad, sino a un simple colaboracionista corrupto.

¿Y qué decir de los otros actores señalados por los medios de prensa? Ariel Sharon, quien ha recibido algunas críticas de prensa, no es novato en ser acusado por actos viles, o más precisamente en ser un personaje vil. Es bien conocido por su papel en la invasión israelí al Líbano en 1982, donde -como incluso la comisión israelí Kahan encontró- tuvo responsabilidad indirecta en la masacre de cientos de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shatila. Es un antiguo oponente de cualquier negociación con los palestinos y rechaza cualquier concesión territorial del lado israelí. Quizás su visita a Haram al Sharif de la semana pasada pretendía provocar el debilitamiento de cualquier progreso en el proceso de paz (aunque no había tales progresos en el horizonte); quizás entrevió la posibilidad de derramar más sangre palestina; o quizás todo fue parte de una maniobra para asegurar su liderazgo dentro del Likud contra un reto proveniente del ex-primer ministro Benyamin Netanyahu. Aquí no nos interesa la mezcla exacta de sus motivos. Nadie podría haber dudado de que ir a la mezquita Haram al Sharif y proclamarla territorio eterno israelí iniciaría un gran incendio. En cuanto al primer ministro Ehud Barak, otro ex-general y líder del Partido Laborista, es considerado en la prensa como un buscador de la paz, dispuesto a hacer concesiones sobre temas importantes. Sólo que su posición fundamental consiste en no permitir compromiso alguno. En 1998, Barak declaró que el Laborismo tiene un " conjunto de líneas rojas que no cruzará bajo circunstancia alguna ... Jerusalén debe permanecer unida bajo la total e inequívoca soberanía de Israel; la mayoría de la población en los asentamientos seguirá bajo el dominio israelí en grandes bloques de colonos; bajo ninguna circunstancia regresaremos a las líneas de 1967" (del periódico Jerusalem Post, mayo 13 de 1998, p.1). Así pues, cualquiera que sean las concesiones que Barak esté dispuesto a emprender, cualquier iniciativa que pueda ofrecer verdadera justicia a los palestinos ya ha sido excluída automáticamente.

¿Cual es el papel que tuvo Barak en la decisión de Sharon de ir a Haram al Sharif? Todo indica que Barak sabía de esa visita antes de que ocurriera. No está claro hasta que punto Barak podría haberlo impedido si lo hubiera deseado, pero no hay evidencia de que tuviera tales deseos. En semanas recientes, aún antes de los últimos estallidos violentos, a medida que el apoyo a Barak perdía fuerza en el parlamento israelí (Knesset) corrían rumores de que buscaba formar una coalición de gobierno con el partido Likud de Sharon. Su falta de reacción no contribuyó a desmentir esos rumores. En cualquier caso, sin embargo, el papel que jugó Barak en la visita de Sharon a la mezquita es menos importante que su accionar durante los recientes episodios de violencia. Además de apoyar un proceso de paz que no ofrece justicia y por lo tanto, tampoco paz, son él y su gabinete los responsables finales de la perversa falta de mesura por parte de los militares israelíes durante los episodios de la última semana: los asesinatos de un tembloroso niño de doce años, del conductor de la ambulancia que intentó salvar al niño, los de docenas de otros (que pasaban de setenta al momento de este escrito), los varios cientos de heridos, los cañones de tanques y helicópteros disparando contra edificios de apartamentos.

En cuanto a Arafat y su papel en la violencia reciente, se le puede considerar como el iniciador sólo en cuanto su papel en el proceso de Oslo ha hecho concesiones en los territorios ocupados que ya estaban a punto de estallar. Lo que más ha enardecido a los palestinos y a la opinión mundial, al menos la exterior a Washington, fue la provocación de Sharon y las acciones sangrientas de los militares israelís; no se necesitaron órdenes de Arafat para que miles de palestinos enardecidos colmaran las calles. Por el otro lado, aunque sin que ello indique una relación causal como muchos defensores de la posición israelí argumentaron, debe reconocerse que dada la salvaje historia de Israel respecto de los palestinos, Arafat podía haber anticipado este caso de sobre-reacción israelí, lo que tal vez le hubiera permitido reconquistar algo de su perdida credibilidad poniendo presión internacional sobre el gobierno de Barak. Pero ni los intentos de Arafat de estar a la altura del sentimiento popular palestino, ni los excesos ocasionales y nada sensatos de algunos palestinos frustrados (como el de profanar la tumba de José, un lugar sagrado judío), cambian la situación básica: lo que se resume de estas dos semanas pasadas es la respuesta autóctona y legítima contra la negación de los derechos palestinos, contra la ocupación brutal de su territorio por parte de Israel, y contra la capitulación de Arafat.

No está claro lo que resultará de esta violencia reciente. Ciertamente, la cruda pobreza en la Ribera Occidental y la Franja de Gaza, la represión policial de Arafat y el proceso de Oslo sin esperanza son factores que hacen posible otra Intifada. Y Barak ha dejado claro cómo respondería ante tal levantamiento: el ejército israelí usaría "todos los medios a su alcance" y lo haría así "aún si va contra el mundo entero". (Karin Laub, Laura King, ambos de AP, 7 Oct. 2000). En verdad es improbable que a Israel le importe la presión internacional mientras los Estados Unidos sigan protegiendo la barbarie israelí. Los funcionarios de los EEUU pueden trabajar para silenciar los estallidos de violencia, pero continuará su falta de insistencia a Israel para ofrecer justicia a los palestinos. La paz y la justicia en el Medio Oriente no vendrán mientras Washington no pare de darle cheques en blanco a Israel. Y eso requerirá acción decidida por parte del pueblo de Estados Unidos.

Alex R. Shalom permaneció cinco meses estudiando en Jordania, Palestina e Israel en 1998; Stephen R. Shalom es profesor de ciencias políticas en la Universidad William Paterson

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