La noche, como una mancha parda que brota de los desagües y se come el cielo, trepa por la luz, la derriba, la envuelve en un terror de gruñidos lascivos que deja las casas vacías y los bares repletos de miles de almas que no saben qué hacen, ni qué no pueden hacer, y a veces llueve, y a veces no, y a veces el viento anuncia el paso de alguna nube que mira con asco bajo ella, mira con asco la marabunta de seres tan empeñados en odiarse, en empujarse y estorbarse y zancallidearse, y a veces llueve y a veces ni eso y la nube es una nube valiente y consigue huir antes permitir que sus lágrimas se pringuen de humo, antes de dejar que su suicidio esteril no sirva para nada mas que para extender la mugre por las paredes, por los suelos, por los charcos que la plaga pisotea inconsciente, como siempre, y a veces llueve y a veces no, todo tan, como si, y además, y no, y aún más, encima, no hay forma, no hay nada más que pies, y el miedo a que aquella última gota fuese eso.
La
última.
Nunca lo es. Pero el miedo,
cuando quiere,
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