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Mi
padre, un cuchillo en una mano, sangre, y un puñado de vísceras
colgando con profesionalidad de la otra, la vista ya dibujando la
senda que el corte trazará después, el baile avaricioso del cuchillo
que le robará al cerdo hasta la última brizna de carne. Mi padre con
un cuchillo en una mano, diciéndome 'sujeta esto' mientras me tiende
sin mirar el árbol de entrañas antes de sumergirse de nuevo en lo
que antes, absurdamente poco antes, fue un cerdo vivo y lozano. Y
gotitas de sangre resbalando desde un pulmón, chapoteando en el
polvo. Y yo espantando las moscas, que no entienden de lutos.
Llegó mi padre a la interminable pradera que
era Argentina, siendo apenas un chaval, y le asignaron una yegua. Un corro de
vaqueros sonrientes lo observó acercarse al animal, que resoplaba y taconeaba
sobre la tierra aplastada del corral. Un pie al estribo, y el animal que da
media vuelta, sujeto a duras penas por las riendas y el pulso de mi padre.
Risas, detrás. Segundo intento, segundas risas. Y mi padre que salta sobre el
lomo del animal y aprieta las piernas, y la yegua que superada la sorpresa se
arranca al galope, y mi padre con la interminable pradera a su alrededor, en
vez del habitual sube y baja de los montes de Gredos donde ha crecido, que
grita al animal '¡ya te cansarás!' Una
eternidad más tarde mi padre, entre aplausos, entra de nuevo en el corral,
conduciendo de vuelta su agotada montura.
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