TEORÍA
FÍSICA
La teoría física a tratar se fundamenta en una estructura
geométrica del espacio, construida en un trabajo anterior según criterios
puramente estéticos del autor, que permite una concepción del Universo
perfectamente de acuerdo con nuestras intuiciones más profundas. Primero, pues,
expondré las líneas maestras de esta geometría, con los resultados que más
pueden interesar en la explicación del mundo físico, permitiéndome agilizar el
discurso con el simple subrayado para indicar que el significado del vocablo
afectado puede deducirse obviamente del contexto, sin necesidad de definición
expresa, y prescindiendo de hacer demostraciones (todas muy fáciles, si se
sigue el orden apropiado) de hechos que pueden ser constatados en cuanto se aprecie
su relación con otros ya demostrados en las teorías convencionales.
Tal estructura asigna a los elementos, puntos, de cierto
sistema, a llamar puntón (mejor
que espacio), sendos elementos, puntores, distintos entre sí y del nulo,
de cierto grupo, tractón, según la operación a llamar sucesión,
engendrado por ellos, cada uno de cuyos elementos, tractos, se dice que genera
su plano propio, definido como sistema total de puntos cuyos puntores
propios son factores, en un mismo lugar cualquiera, de una secuencia cabal, del menor número posible, grado,
de ellos, cuya sucesión lo produce. Sucede –estos hechos pueden postularse como
axiomas– que existen tractos de grado (finito) cualquiera; también, que todo
tracto ocurrente en un plano, o sea, producto de puntores de sendos puntos
suyos, genera un plano contenido en aquél, y que el tracto producto de dos
tractos que generan planos disjuntos genera un plano que contiene a éstos; item,
que la sucesión de todo par conmutante de tractos, a llamar normales, producto
cada uno de puntores que conmutan todos entre sí, produce un tracto también
normal, y que la de dos tractos normales equipotentes, o sea que generan
el mismo plano, es el tracto nulo, generador del plano vacío. De esto, se puede
ya deducir que cada tracto genera un único plano, independiente del lugar
arbitrario de la secuencia cabal de la definición; también, que el sistema
total, a llamar tracton, de tractos ocurrentes en un mismo plano es un
grupo respecto de la sucesión (siendo el tracto inverso del producto de una
secuencia cualquiera de puntores el producto de la secuencia inversa); item,
que todo tracto normal conmuta con todos los tractos ocurrentes en su plano
generado, que tractos ocurrentes en planos, a llamar ortonormales entre
sí, disjuntos y con generadores normales conmutantes entre sí también conmutan,
y que cualquier par de tractos de grado 2, a llamar rectores, que
generan un mismo plano, a llamar recta, es conmutante; item, que los
tractos conjugados entre sí, o pertenecientes a la misma clase de
equivalencia, a llamar tracte, de los transformables uno en otro por
conjugación con un tercero cualquiera (o por dos sucesiones, a un lado y a otro,
con sendos factores inversos), tienen el mismo grado, y que la conjugación de
tractos equipotentes entre sí por un mismo tracto cualquiera produce tractos
equipotentes entre sí (o sea, que la conjugación por un mismo tracto y la
equipotencia son compatibles), así que cada tracto, t, determina una biyección,
a llamar tracción, del puntón en sí mismo que lleva el punto de puntor
propio, p, cualquiera al del puntor, conjugado de p por t, producto
del inverso de t por p y por t, o sea, inv(t)·p·t, y que respeta las
operaciones de intersección y de conjunción sobre un sistema
cualquiera, a llamar planon, de planos factores, que producen,
respectivamente, los planos, a llamar intersecto y conjuncto, mayor
de los contenidos en y menor de los contenedores de todos ellos; item, que un
sistema, a llamar perpendicular, de planos, perpendiculares entre
sí, generados por tractos normales conmutantes todos entre sí es ortonormal,
o también de planos disjuntos, sólo si también es ortocabal, o sea, si
el conjuncto de cualesquiera de éstos es disjunto de los restantes.
Otro hecho, lógicamente independiente de los anteriores (y que también
puede postularse como axioma), es que todo par de tractos normales no nulos, a
llamar versores, que generan planos disjuntos tienen un rector normal
que conmuta con ambos tractos y genera una recta cortada (perpendicularmente)
por ambos planos (o sea, con sendos intersectos no vacíos) y contenida en su conjuncto.
Con esto, puede ya deducirse que todo plano tiene un único tracto normal que lo
genera, que todo generador suyo tiene un mismo grado, y que la suma de grados
de dos planos cualesquiera es igual a la de sus conjuncto e intersecto mutuos,
lo que hace evidente la existencia de una dualidad o analogía formal
entre las estructuras geométricas de cualesquiera dos planones, a llamar coduales
entre sí, formados, uno, por cualesquiera planos y, el otro, por los
ortonormales a sendos anteriores cuya conjunción de ambos produce un mismo
plano (que permite tratar simultáneamente las operaciones duales, como la proyección//conyección, de un
par de planos, a llamar proyector//conyector y proyectante//conyectante
con un tercero, a llamar proyectado//conyectado, que produce el
intersecto//conjuncto, a llamar proyecto//conyecto, del segundo
con el conjucto//intersecto del primero con el tercero); item, que un sistema
de puntos, a llamar punton, es un plano sólo si está contenido en otro
plano y cada dos puntos suyos pertenecen a una recta contenida en él (lo que invita
a definir un nuevo concepto de plano, a llamar general (para
diferenciarlo del antiguo, tractal), como punton que cumple la segunda
de esas condiciones; item, que todo tracto ocurrente en un plano cualquiera es
producto de dos tractos ocurrentes en sendos planos, uno de ellos arbitrario,
contenidos en aquél (subplanos suyos) y disjuntos entre sí; item, que los sistemas
totales, a llamar rotón y roton, de tractos de grado par del
tractón y de un tracton cualquiera son subgrupos normales, item, que todo
tracto de grado mayor que 1 es producto de dos versores, a llamar factores
canónicos, que generan planos disjuntos; item, que todo tracto
tiene un sistema, a llamar propio, de tractos factores, propios
(de aquél), de grado no mayor que 2, que conmutan y generan planos propios
disjuntos todos entre sí (por lo que, si es rotor de grado 2·n, será producto
de n rectores propios, mientras que, si tiene grado 2·n+1, lo será de un puntor
y n rectores propios); item, que varios tractos conmutan sólo si tienen sendos
sistemas de planos propios todos ortonormales entre sí (los distintos de todos
los sistemas) y los factores propios que generan un mismo plano de éstos
conmutan; item, que todo tracto cuyo cuadrado es el tracto nulo es normal (o
sea, nulo o versor).
Un nuevo hecho, que elimina modelos triviales (con puntón ortonormal,
o sea, con todos sus puntores conmutantes entre sí) y también puede postularse
como axioma, es el de que todo rector normal es producto de un par de rectores iguales,
raíces cuadradas suyas, pues permite deducir que todo par de
puntos distintos tiene dos puntos, a llamar medios, con puntor propio cuya
tracción, a llamar punción, (o inversión ) permuta ambos puntos
entre sí, y, en general, que todo par de planos disjuntos del mismo grado, n,
tiene exp(2,n) (o 2 elevado a n) planos, a llamar medianos, con versor
generador propio cuya tracción, a llamar versión (o reflexión), los
permuta. También se deduce ya que tractones del mismo grado son isomorfos (conjugados
por el versor de cualquier mediano de sus planos); item, que el rotón es el
único subgrupo normal (no trivial) del tractón, mientras que un tracton tiene
como subgrupo normal, además de su róton, al formado, a llamar verson,
por el tracto normal de grado máximo y el nulo (lo que implica que el tractón y
el grupo total de tracciones (del puntón) son isomorfos, mientras que el grupo
de restricciones a un plano de las tracciones de su tracton es isomorfo no a
éste, sino a su cociente por el verson, o sea que cada tracton tiene dos tractos
que efectúan tracciones con una misma restricción a su plano, por diferir en un
factor igual al versor del plano, cuya tracción, deja invariantes todos sus
puntos); item, que todo rotor, a llamar transor, con un sistema propio de rectores conjugados (o
del mismo tracte) tiene una (única, si el transor es ordinario,
no normal) partición, a llamar dirección, del plano generado en rectas
propias suyas (o sea, generadas por rectores propios, que pertenecen a sistemas
propios), que son cortadas perpendicularmente en todos sus puntos por sendos
planos, a llamar paralelos entre sí, generados por factores canónicos del
transor, y que ellas mismas son paralelas todas entre sí (o sea, generadas cada
dos por sendos rectores normales cuyo producto es un transor de grado 4); item,
que una dirección queda determinada por cualquier planon, a llamar cuasinormal,
maximal de rectas propias, ortonormales entre sí todas menos una, que no lo es
con ninguna de las otras; item, que los planos de grado par tienen sólo una, o
sólo dos, clases totales, a llamar sentidos, de transores generadores
que o bien tienen una misma dirección propia, o bien son conjugados por rotor
de alguno que la tenga, según aquél sea, respectivamente, no o sí múltiplo de
cuatro ( siendo el versor generador el único transor perteneciente a ambos);
item, que el plano de grado 4, a llamar natural, es el único de grado
mayor que 2 cuyos transores del mismo sentido forman, con el tracto nulo, un grupo
respecto de la sucesión (o sea, que la sucesión de dos transores cualesquiera
de un mismo sentido produce un transor de ese sentido), y que ambos sentidos
suyos (que son grupos no conmutativos) conmutan entre sí y tienen al verson
como intersecto común, por lo que el grupo total de las tracciones, a llamar rotaciones,
efectuadas por rotores ocurrentes en un mismo plano natural resulta ser
producto directo de ambos grupos totales de tracciones, a llamar transiones
(o traslaciones), efectuadas por transores de sendos sentidos; item, que
todo plano de grado múltiplo de cuatro, 4·n, tiene particiones naturales
propias paralelas, o sea, cuyos componentes son planos naturales
paralelos todos entre sí, habiendo sólo dos con un mismo planon cuasinormal
cualquiera de n+1 componentes propios (n ortonormales todos entre sí, y el
restante con ninguno): cada una de ellas tiene por componente que incluye un
punto cualquiera del plano inicial al plano natural que contiene todas las
rectas que lo incluyen y son propias de transores (de grado 4·n) que sean
producto de los n transores (de grado 4) conjugados obtenidos de un mismo
transor, de uno u otro sentido del plano restante, proyectando éste (como plano
proyectado) sobre cada uno de los ortonormales (como planos proyectantes) con
el conjuncto de los restantes (como plano proyector); item, que ningún plano
tiene particiones paralelas en planos de grados distintos a 1, 2 ó 4, y que
toda partición paralela en rectas es dirección; item, que el sistema de todos
los tractos ocurrentes en el plano de grado 2·n, o 4·n, que dejan (o cuyas tracciones
dejan) invariantes la una, o las dos, particiones paralelas en rectas, o planos
naturales, con un mismo plánon cuasinormal de componentes propios es un grupo
isomorfo al producto directo de los tractones del plano componente, de grado 2
o 4, y del plano de grado n; item, que los tractos ocurrentes en un plano de
grado 4·n que dejan todos los componentes de una partición paralela natural
suya invariantes son transores cuyos factores propios ocurrentes en los planos
ortonormales de cualquier planon cuasinormal se obtienen por obvias proyecciones
perpendiculares de los mismos transores de un mismo sentido, determinado por la
partición, del componente no ortonormal del planon, y cuyo grupo total es
isomorfo al sentido; item, que todo tracto, ocurrente en un plano de grado 4·n
partido en planos naturales paralelos, que deja invariante la partición es producto
de la sucesión de un transor que deja invariantes todos los planos componentes por
un tracto que deja invariante ambas particiones con un mismo planon cuasinormal
maximal de componentes y por no más que n transores naturales ocurrentes en
sendas componentes ortonormales y de
sentidos opuestos a los de los correspondientes factores propios de los
transores que dejan invariantes todas las componentes (y conmutan con ellos).
Pasando ahora a las nociones métricas, resulta natural
identificar la magnitud, a llamar largura, de un rector con su tracte, y
ordenar todas ellas de modo que permita
definir la distancia entre dos puntos distintos como largura del producto de
sus puntores. Para conseguirlo, se puede definir, primero, axie, determinado
por su planon ortonormal de ejes y un punto propio, incluido en su
conjuncto y no ortonormal a éstos, como punton total obtenible, a partir del punto,
por sucesivas tracciones de tractos ocurrentes en cualesquiera de los ejes, y,
luego, esfera como axie cuyos
ejes son un punto, o plano de grado 1, a llamar centro, y un
plano de grado mayor, a llamar cercon, y, también, aro (o circunferencia)
como esfera cuyo cercon es una recta; asímismo, se puede llamar a un punto (o a
un punton) del plano de una esfera (o sea, del conjuncto del centro y cercon) interior//exterior
a ella, sólo si no le pertenece y sí//no toda recta que lo incluya y esté
contenida en el plano la corta, y definir lado interno//externo
de una esfera como sistema de todos los puntos de su plano no
exteriores//interiores a ella, Con ello, se puede postular, llamando radiante
de una esfera a la recta que contiene su centro y corta su cercon, y tangente
a la que corta perpendiculamente una radiante en un punto de la esfera y (no
perpendicularmente) a su cercon, que todo aro cuyas rectas tangentes no cortan
a otro coaxial, o sea, con sus mismos centro y cercon, es cortado por las
tangentes a éste, y que todo aro cuyas tangentes cortan a otro coaxial es
interior a éste. Obviamente, esto permite definir la relación buscada entre
larguras: la que ordena como menor//mayor una que otra sólo si la esfera
coaxial con rectores radiales, productos del puntor central y
sendos otros esféricos, propios de la una es interior//exterior a la de tales
rectores propios de la otra. También se puede postular que todo punto lateral
(o sea, interior o exterior) a un aro es centro de otro que está contenido en
su mismo lado y tiene una tangente común a ambos, lo que pone en evidencia que
la distancia entre puntos aquí definida posee todas las propiedades métricas
convencionales. Por supuesto, se conviene en asignar la largura mínima, de
medida 0, al tracto nulo, y la largura máxima al rector normal, mientras que
las de posibles raíces de orden n de éste tendrán sendas razones con la máxima
iguales a r/n (r < n), según el número mínimo, r, de factores iguales a la
raíz primitiva de menor largura cuya sucesión lo produce. También, se puede
definir la magnitud de un rotor no nulo como largura del rector propio que
mayor la tenga, y asignar a todo tracto de grado impar una misma magnitud mayor
que cualquier otra. Así, definiendo la distancia entre tractos como magnitud
del producto del uno por el inverso del otro, se puede dotar también al tractón,
como al puntón, de una topología métrica (cuyos rudimentos supondré conocidos),
según la cual sea un grupo continuo. No obstante, como todo grado de tracto es
finito, la topología a considerar no será justamente la determinada por la base
de bolas abiertas, formadas por los puntos a distancia de uno mismo
menor que una misma cualquiera, sino otra, menos potente (según el argot particular),
que induce en cada plano tractal la relativa a aquélla, haciendo continuas las
proyecciones sobre cada plano proyectante del punton complementario del plano
proyector (o sea, la que tiene por subbase de abiertos los productos de la
unión de todas las rectas perpendiculares a un mismo plano tractal en puntos
interiores a una misma esfera suya).
Ya se tienen postulados todos los axiomas necesarios para
conectar con las teorías convencionales. En efecto, aunque faltan los relativos
a la existencia de magnitudes infinitésimas, éstas no intervienen en la teoría
física, por lo que se pueden identificar todos los puntos con distancias
infinitésimas entre sí, considerando inexistentes tales distancias. Más aún, llamando
convergente a la sucesión de puntos pertenecientes a un mismo plano
tractal y cuyas distancias a todos los
posteriores son menores que cualquiera dada no nula a partir de algún término
suficientemente avanzando, se puede generalizar el concepto de punto,
definiendo uno nuevo como clase de las sucesiones convergentes que producen,
cada dos, por intercalación ordenada de sus términos otra sucesión convergente,
e identificando el antiguo con la clase que contiene su sucesión constante, con
lo que se obtiene un nuevo puntón, a llamar ahora espacio, que es la
adherencia del anterior, con una estructura geométrica que cumple todas las
condiciones formales expuestas para éste, además de que todos los planos
tractales, como sus tractones, son métricamente completos, y él mismo es compacto,
como el tractón y sus dos componentes conexas, una de las cuales, la de los
rotores es también grupo continuo. Así, todo rector tiene ahora otro
equipotente a él y de menor largura que es raíz del normal, y, como resulta que
la sucesión de rotores es infinitesimalmente cuasiconmutativa, o sea,
que la potencia n-ésima del conmutador de las raíces n-ésimas mínimas (en
magnitud) de cualquier par de rotores tiende a cero al tender el número natural
n a ¥, se
puede definir, primero, r-vector (o rotor infinitesimal) como
clase de los pares, de número racional y rotor sin rectores propios normales,
que pueden transformarse, cada dos, en uno mismo por simultáneas multiplicación
del número racional por uno natural y extracción de la raíz mínima de este
orden del rotor, y, luego, la adición entre ellos como operación que produce,
por cada dos factores, el rotor infinitesimal, suma de ambos, cuyos pares
con términos numéricos de valores naturales tienen como parejas a sendos rotores
cuyas potencias de tales órdenes naturales son iguales (todas ellas) al rotor
límite de la sucesión convergente (por la cuasiconmutatividad infinitesimal),
al tender n a ¥,
de las potencias n-ésimas de los productos de ambos rotores que son términos de
sendas parejas, con término numérico natural igual a n, de los factores, por lo
que el sistema total de los r-vectores resulta ser un espacio vectorial real de
dimensión infinita, mientras que el de los ocurrentes (con términos
rotoriales tales) en un mismo plano de grado n lo es de dimensión n·(n–1)/2, y
el de los ocurrentes en sendas rectas que están contenidas en tal plano y pasan
por un mismo punto suyo lo es de n–1. Esto último, junto a la correspondencia
biunívoca natural entre los puntos de un plano y las rectas que pasan por ellos
y por otro común ortonormal al plano, pone en evidencia el isomorfismo
existente entre la estructura geométrica del plano de grado n y la naturalmente
propia del espacio proyectivo real de dimensión n–1 (el de todos los subespacios
de dimensión 1 de un espacio vectorial real de dimensión n, con la distancia
entre cualesquiera dos de ellos identificada con el ángulo menor (de los dos
suplementarios) entre sus vectores). Así, dado un punton ortonormal y ordenado,
base, de referencia, cada punto de su conjuncto queda determinado por la
secuencia de coordenadas homogéneas, proporcionales a los cosenos
directores de la perpendicular por él relativos al sistema de las que pasan por
los puntos de referencia y concurren con aquélla en el origen,
ortonormal al plano, la cual, a su vez, queda determinada por la condición de
valer 1 la suma de los cuadrados de las coordenadas y tener signo positivo la
primera no nula de ellas. (Quizás resulte más natural (por no requerir la
salida del plano dado) determinar un punto por la secuencia de rectores de
menor largura que generan sendas perpendiculares pasando por puntos sucesivos
de la base y cuya secuencia de tracciones llevan el primer punto de la base a
aquél: así, tomando como unidad la largura del rector normal y asociando el
signo positivo o el negativo a los puntos de cada una de esas perpendiculares
según sean interiores a una u otra de ambas esferas centradas en los puntos
consecutivos de la base y doblemente tangentes en ambos puntos medianos del par
de éstos, resulta obvia la correspondencia biunívoca entre los puntos del plano
de grado n y las secuencias, con n o menos términos, de números reales, a
llamar coordenadas rectoriales, comprendidos entre los valores –1/2
(excluido) y +1/2 (incluido), y cuyo último término es el único con valor 0.
Obviamente, multiplicando el coseno del producto de p con una coordenada rectorial por
el seno de la anterior (si la hubiere), se obtiene la correspondiente
coordenada de una secuencia homogénea, siendo necesariamente nulas –la suma de cuadrados
es ya 1– las de términos sobrantes.) Asimismo, resultan evidentes los
isomorfismos entre el tracton del plano de grado n y el grupo de todas las
matrices ortogonales reales de orden n, entre el roton y el subgrupo de las
matrices directas (con determinante igual a 1), y entre el grupo de los
transores de un mismo sentido del plano natural y el multiplicativo de los
cuaternios de módulo unidad. También se puede ver que la partición paralela del
plano de grado 2·n//4·n en planos de grado 2//4 tiene la estructura natural de
un espacio proyectivo sobre el campo//cuerpo de los números
complejos//cuaternios, resultando de acuerdo la imposibilidad, aquí
establecida, de particiones paralelas en planos de grado distinto a 1, 2 o 4
con la otra, bien conocida, de ampliaciones finitas del campo de los números reales
distintas a esas dos. (En el caso del plano de grado cuatro, tal estructura natural
del sistema de rectas de una partición paralela, aquí llamada dirección, es la propia
del sistema de los llamados espinores, siendo la representación espinorial del
grupo de giros, en tal plano, con sendos ejes fijos pasando por un mismo punto
(o sea, del roton del plano, de grado 3, ortonormal a ese punto) consecuencia
obvia de ser ambos sentidos del plano natural subgrupos conmutantes y
conjugados (por un puntor cualquiera ocurrente en él) entre sí, y ser el roton
producto de ellos: todo rector es producto de dos transores, con sendos
rectores propios iguales a una misma raíz cuadrada suya, y sendos otros
(conjugados a los primeros y ocurrentes en la recta ortonormal a la propia
suya) inversos entre sí, resultando la ambivalencia de la representación del
hecho de que todo rector tenga dos raíces cuadradas, que difieren en el factor
normal.) Así, resulta que el puntor propio del punto cuyas coordenadas
homogéneas sean todas 0 salvo la primera se representa por la matriz diagonal
cuyo término común de las primeras fila y columna son –1 y los restantes
diagonales son 1, y que la del rector ocurrente en la recta que pasa por dos
puntos consecutivos de la base difiere de la matriz unidad sólo en la submatriz
diagonal propia de una rotación bidimensional de ángulo con medida (en
radianes) igual al producto de p por la razón entre su largura y la del
versor, pudiéndose obtener la representante de cualquier otro puntor (y, por
ende, la de cualquier tracto, como producto de las de sus puntores factores), a
partir de la matriz del primero, por conjugaciones sucesivas por las matrices
de los rectores ocurrentes en sendas rectas que pasan por puntos sucesivos de
la base, cuyas larguras miden, respecto a la longitud del rector normal, lo que
indica la correspondiente coordenada rectorial –obsérvese que la conjugación de
un puntor por el rector producto de éste con el del punto medio entre su punto
propio y otro cualquiera produce este otro– del punto en cuestión.
La naturalidad del método seguido en su construcción, junto a
la belleza de la estructura geométrica resultante, creo ponen en evidencia su
derecho a ser considerada como la geometría fundamental del espacio global.
Ciertamente, existen también otras estructuras algebraicas con propiedades que
pueden calificarse de geométricas, pero ninguna de ellas permite definiciones
tan sencillas de los principales conceptos geométricos, ni gozan siquiera de
todas las propiedades exigibles, como la homogeneidad del sistema total de
puntos y la suficiencia de las inversiones sobre ellos para engendrar el grupo
total de movimientos que respetan la estructura geométrica (relativa a planos y
distancias): En efecto, sucede que todas ellas son naturalmente aplicables a
sendos subsistemas del puntón y caracterizadas por sendos subgrupos especiales,
del grupo, a llamar bitractón, engendrado por el sistema de todos los elementos,
a llamar bipuntores, determinados por sendos pares de planos, a llamar propios
(del bipuntor), uno de los cuales es un punto y otro un plano disjunto maximal (cuyo
conjuncto con él es el puntón), a llamar copunto, y asociados, de modo análogo
a como lo están puntores (que son los bipuntores con par ortonormal de planos
propios) con punciones, a sendas biyecciones lineales (o elementos del grupo lineal,
que transforman rectas en rectas), a llamar bipunciones, del puntón en
sí mismo que son conjugadas (por elementos del grupo lineal) de punciones, así
como los productos, a llamar bitractos, de sus secuencias a los de sus
correspondientes secuencias de bipunciones, a llamar bitracciones, resultando
ser los planos en esas geometrías sistemas de puntos que son propios de bipuntores
que intervienen como factores en secuencias cabales (o sea, de menor número,
grado, de términos) de ellos que producen un mismo bitracto
perteneciente al subgrupo caraterístico de la geometría, pero no siempre
contener la totalidad de tales puntos, y fallando en el cumplimiento de alguna
de las propiedades exigibles citadas. Así, las estructuras geométricas llamadas
parabólica e hiperbólica resultan caraterizadas por sendos
subgrupos bitractales engendrados, el uno, por la totalidad de
bipuntores con un mismo copunto propio y de rotores ocurrentes en este copunto,
y, el otro, por la de bipuntores cuyos pares propios son conjugados respecto a
un mismo esferoide (o punton transformado de esfera por biyeccion lineal),
o sea, que son los tres, esferoide y punto y copunto propios de cada bipuntor, transformados
por una misma biyección lineal (dependiente de éste) de esfera (generalizada) y
centro y cercon suyos, debiendo ser restringida la geometría, si parabólica, al
punton complementario del copunto propio común o, si hiperbólica, bien al
punton interior, bien al exterior del esferoide (cuyos puntos, no accesibles,
son llamados del infinito), si se requiere el cumplimiento de la
condición de homogeneidad (lo que impide el de la condición de suficiencia).(Desde
luego, todas las pretendidas estructuras geométricas pueden tener su propio
espacio natural de aplicación, pero ni todos los llamados espacios tienen la
misma naturaleza, ni todas las geometrías aplicables a un mismo espacio tienen
igual valor. Así, parece claro que la geometría aquí tratada (isomorfa a la
llamada elíptica, obtenida de otra manera) es la que tiene carácter más
fundamental de todas las aplicables a su puntón, a pesar de ser la parabólica
isomorfa a la considerada como más intuitiva, la euclídea. Lo que pasa es que,
mientras el ámbito natural de aquélla puede ser considerado (en cierto sentido
muy intuitivo, que supone el punto de vista de la geometría total, que
cumple los axiomas aquí postulados, salvo el de la exclusión de los valores
infinitésimos) como el de la totalidad de puntos a distancias mutuas no
infinitésimas respecto a la longitud de la recta (o, si se quiere, como sistema
resultante de identificar todos los puntos a distancias infinitésimas entre sí),
el de la euclídea puede serlo como de los puntos a distancias mutuas que sean infinitésimas
respecto a tal longitud, mas no infinitésimas respecto a ninguna de ellas (o
sea, como sistema resultante de identificar los puntos a distancias mutuas infinitésimas
respecto a una infinitésima dada y eliminar los puntos a distancias infinitas,
respecto a ésta, de uno dado), y, como los valores infinitésimos no intervienen
en la teoría física a tratar, esta geometría no puede jugar en ella el papel
fundamental que (por razones, a mi juicio, gratuitas, como la de ser propia de
los espacios afines a espacios vectoriales reales) se le otorga, si bien puede
utilizarse (por la cuasiconmutatividad infinitesimal) como geometría aproximada
de las partes finitas suficientemente pequeñas y , desde luego, como propia del
entorno infinitesimal (en el sentido usual del análisis matemático) de
cualquier punto de un espacio dotado de una geometría diferencial (que sí juega
un papel esencial en la teoría a exponer, pero es otra cosa: tiene carácter
local, no global ).
La singularidad del plano natural de grado 4 o dimensión 3 –en
general, la dimensión analítica del sistema total de planos del mismo grado, n,
contenidos en un mismo plano de grado no menor, m, es igual a n·(m–n)– cuyas propiedades son perfectamente compatibles con
las conocidas del espacio físico donde se asienta el Universo observable,
invita a conjeturar la igualdad geométrica de ambos. Ciertamente, toda
estructura de paralelismo, determinada por un grupo transitivo de
biyecciones en el sistema base, tiene un paralelismo conjugado,
determinado por el grupo de todas las biyecciones de la misma base que conmutan
con todas las de aquél, y la condición de que tanto unas como otras sean
traslaciones del plano base (o sea, tracciones por transores del tracton
propio) sólo puede cumplirse en la recta (trivialmente) y en el plano natural,
lo que permite explicar –ya se precisará cómo– el hecho observado de la
existencia de los dos valores posibles del llamado espín de las
partículas elementales (que, por serlo, sólo pueden realizar traslaciones) justamente
por la existencia de los dos sentidos de traslación. Más aún, la propia
individualidad de las partículas elementales, sin componentes más sencillos y todas
ellas observadas en un mismo espacio físico de dimensión 3, junto a la
existencia de dos particiones del conjuncto de un sistema cuasinormal de planos
naturales en planos paralelos a éstos (también debida a la condición de grupo
de ambos sentidos de cada uno de ellos) y de ninguna en planos de grado mayor,
y al isomorfismo entre el grupo de tracciones que dejan invariantes ambas
particiones y el producto directo de los tractones del plano natural y del
plano de grado igual al número de tales planos ortonormales entre sí, obliga a considerar
la asociación de éstos con sendas partículas elementales, y del restante del
planon cuasinormal con el propio Universo, donde se proyectan
perpendicularmente aquéllas para interaccionar entre sí, de modo que la
distancia entre el plano universal (o físico) y cada particular
determine el poder interactivo de cada partícula. También, se puede suponer que
la infinidad de partículas reales (tengan o no proyecciones observables en el
plano universal) se encuentran en sendos estados fijos, descritos por ciertas
funciones cuyas proyecciones perpendiculares sobre un componente común de ambas
particiones paralelas forman un sistema ortogonal completo, por lo que la
evolución del propio estado del Universo debe poder describirse como un cambio
del sistema cuasinormal de planos particulares y universal, determinante del
par de tales particiones (que deben quedar invariantes), o sea, por un cambio
del plano universal y una tracción compatibles con ambas, siendo ésta última
producto (por el isomorfismo antes indicado) de una tracción que deja
invariantes los planos componentes comunes a una y otra partición (y cuyas
restricciones a cada uno de ellos son determinadas por proyección perpendicular
de la de uno cualquiera), por otra que deja invariantes los conjunctos
(ciertamente paralelos, pero que no llenan el espacio global) de sendos
puntones de proyectos perpendiculares de un mismo punto del plano universal
sobre los particulares (y cuyas restricciones
a ellos se determinan análogamente): obviamente, la primera de tales
tracciones equivale a un simple cambio de sistema de referencia en el plano del
Universo (de acuerdo con su dimensión observada), mientras que la segunda sí
puede cambiar tanto el valor de las magnitudes intrínsecas de las partículas
–ya se precisará la relación entre las magnitudes físicas y las geométricas– como
sus distancias mutuas (manteniendo, por necesidad, la condición de
ortogonalidad entre sus funciones de estado, cuya matriz de transformación debe
ser igual a la propia de las bases de planos particulares). Esta descripción
implica, en sentido estricto, el cambio de identidad de las partículas
existentes en cada instante del tiempo, si bien se considerarán como una misma,
en distintos instantes, todas las partículas conectadas entre sí por la
continuidad del proceso evolutivo. Desde luego, el sistema total de estas tracciones
es demasiado grande, no todos los sistemas completos y ortogonales obtenidos
con ellas lo son de funciones que describan estados posibles de partículas y
corresponde a las leyes físicas determinar las condiciones a cumplir por las
tracciones correspondientes a los movimientos físicos, sin que esto quiera
decir que no sean posibles otros fenómenos que los físicos, sino sólo que tales
otros se rigen por otras leyes: de hecho, resulta evidente (para quien posea la
idea del Yo) que los actos de voluntad de una persona no son determinados por
tales leyes, sino que representan una violación de ellas, como puede ser un
salto en la continuidad analítica del proceso físico que provoque un pulso que
pueda ser detectado y procesado convenientemente (según las leyes físicas) por
un aparato apropiado (cual puede ser el cerebro) para producir lo que se llama
movimiento voluntario del cuerpo. (Esto no es absurdo y conviene reconocerlo,
pero no es objeto de la teoría física, que trata solamente del movimiento
inerte.)
Así pues, pretendo mostrar, apoyándome en la parte considerada
válida de las teorías convencionales, cómo la conjetura apunyada permite
profundizar en la explicación de los fenómenos físicos, sin tener que renunciar
a ciertas propiedades muy intuitivas de los conceptos primarios, como son el
carácter absoluto, no relativo a sistema referencial, del vulgar de instante, o
el determinista, no probabilístico, de las leyes físicas, cuya negación, de una
u otra por las teorías relativista o cuántica, supone una grave confusión de
conceptosl, con alteración de su jerarquía natural en forma que considero
inaceptable, a pesar del éxito de ciertas predicciones suyas, que puede
explicarse por la compensación mutua de sus errores, cometidos (a mi parecer)
precisamente por procurar a toda costa la mera coincidencia aparente con la
experiencia:
-En efecto, la teoría relativista especial, sin noción suficientemente
clara de espacio y de tiempo para tenerla de velocidad, pretende corregir el
principio galileano de relatividad, que respeta el carácter absoluto del tiempo
pero impide explicar la aparente igualdad de la velocidad de la luz en las
distintas direcciones, cambiando tal carácter por otro que sea relativo a lo
que se llama sistema de referencia (que se define en términos físicos, pero se
trata como objeto matemático), y tomando por inerciales todos los sistemas
obtenibles de uno tal por transformaciones de Lorentz. Sin embargo, la creencia
de que la invariancia en forma de las ecuaciones de la Teoría Electromagnética
respecto a esas transformaciones implica la equivalencia física de tales
sistemas es totalmente gratuita –en la
teoría a exponer también serán válidas esas mismas ecuaciones, mas no alguno de
los supuestos subyacentes– pues se trata de una simple cuestión formal, sólo
indicativo de la propia belleza de las leyes físicas, no de la necesidad de que
todos ellos sean reales, o compatibles con la propia estructura
espacio-temporal. En realidad, sólo uno de ellos puede serlo, para convencerse
de lo cual basta con considerar el experimento ideal de poner en movimiento una
fila de relojes iguales, inicialmente en reposo y sincronizados (montados sobre
una regla y sujetos a sendos propulsores alineados y debidamente programados),
con aceleración simultánea y uniforme hasta adquirir cierta velocidad constante,
y preguntarse qué pasa con la sincronía, separación entre los relojes y
velocidad de la luz, antes y después de ser acelerados, en ambos sistemas,
inicial y final, de referencia ligados a aquéllos: Resulta evidente –los
horarios propios registrados por todos los relojes al sufrir aceleraciones
iguales deben coincidir– que, si el primer sistema es inercial y real, el
segundo no puede ser inercial –la velocidad de la luz no puede ser igual en
todas las direcciones– si transformado galileanamente, ni tampoco real –es
incompatible con la sincronización y separación debidas entre los relojes– si lorentzianamente.
En cuanto a la teoría relativista general, la propia métrica del espacio-tiempo
determina ya de hecho, por la condición de nulidad de los intervalos luminosos,
la velocidad de la luz en cada punto, por lo que se necesita "hacer
trampa" para imponer su pretendida constancia universal, usando una métrica
espacial espuria, distinta de la naturalmente inducida por la espacio-temporal
(si bien determinada por ésta).
-Por su parte, la teoría cuántica pretende superar los defectos
de la clásica, que confiere caracteres determinista a las leyes físicas, e
individual y puntual a las partículas, manteniendo el tercero, negando la
continuidad exigida por el segundo (para poder identificar cada individuo en
los sucesivos instantes), y sustituyendo el primero por otro probabilístico,
que permita determinar, considerando sus partículas (formales) como meros
estados ocupados del sistema de los posibles (de serlo), no el valor actual de
cada magnitud en cada partícula (real) en un estado cualquiera sino la
probabilidad de obtener cada uno de los posibles en una medición, o sea, el
promedio de éstos en el estado actual, no estrictamente observable. Sin duda,
esta interpretación, que se intenta justificar con la razón (también gratuita)
de que nuestra incapacidad para hacer mediciones simultáneas de ciertas
magnitudes impide que éstas tengan valores determinados en un mismo estado,
permite mejorar los resultados clásicos, pero tampoco llega a ser más que un
mero artificio para acomodarse a la experiencia, pues termina confundiendo las auténticas
partículas con cosas muy distintas, quizás productos de puros formalismos.
Las teorías racionales que pretendan explicar los fenómenos físicos
deben partir de las nociones primarias propias, como las de espacio, de tiempo
y de partícula, que no necesiten ser definidas en otros términos –eso no quita
que puedan serlo– para ser intuidas, y permitan por ello definir con eficacia
intuitiva las secundarias. El carácter intuitivo de las nociones primarias debe
ser tal que resulten ya determinadas todas las propiedades esenciales, sin que
su validez pueda ser cuestionada por los nuevos resultados experimentales, aun
cuando no seamos capaces de interpretarlos consistentemente. Tales nociones son
las primeras en la jerarquía natural de valores, sustentan a las otras: si las
eliminamos, nos quedamos sin nada. Es claro que ni la teoría cuántica ni la
relativista cumplen con la condición dada, así que no pueden, en sentido
estricto, explicar racionalmente los fenómenos físicos, por mucho empeño que se
ponga en cambiar las estructuras mentales con razonamientos que solo ponen en
evidencia una lamentable falta de claridad en los conceptos. (Me pregunto, por
ejemplo, qué tiene que ver con el concepto de instante el que haya o no haya en
el Universo partículas con velocidad mayor que un cierto limite: aun cuando no
las hubiera –¿cómo
se puede demostrar eso?–, siempre sería posible concebirlas, o definirlas, tan
veloces como se quiera, aunque resultasen indetectables con nuestros medios
actuales, y eso basta para determinar el sentido absoluto del orden temporal.)
Con todo, tanto la teoría cuántica como la relativista especial –la general no
parece digerible– puede que aporten descripciones de ciertos aspectos de la
experiencia física en términos que admitan interpretaciones (distintas a las convencionales)
que posibiliten su intuición: En efecto, si no se pretende identificar las partículas
reales, de propiedades espaciales y temporales ordinarias, con las puramente
formales cuánticas –la confusión entre ambas nociones ha conducido, a mi
juicio, la "filosofía cuántica" hasta la aberración–, puede resultar
admisible suponer que éstas tienen ciertas propiedades compatibles con los
principios de indeterminación y de invariancia relativista de la mecánica y
electrodinámica cuánticas. No obstante, habrá que establecer –espero que esta
teoría ayude a realizarlo– la relación entre ambas clases de objetos llamados
partículas.
Para empezar la exposición de la nueva teoría física, creo
conviene precisar ciertos conceptos fundamentales muy intuitivos en términos matemáticos:
– Se define espacio físico como sistema de puntos
dotado de la estructura geométrica del plano natural, tratada anteriormente.
(Se puede representar este espacio por medio de una bola esférica ordinaria,
cuyos diámetros serían las imágenes de las rectas a las que pertenecen, de modo
que ambos puntos extremos, identificados, de cada uno de aquéllos lo sean del
punto de éstas ortonormal al centro, mientras que las imágenes de las esferas
con centro propio en el plano ortonormal al de la bola serían las
intersecciones con ésta (si pequeña respecto al espacio, pácticamente dos
círculos simétricos por el centro) de las esferas concéntricas con ellas que
contienen las imágenes de sus puntos ortonormales al centro de la bola).
– Se define tiempo como sistema de copias –llámense instantes–
de espacio, con la estructura de recta real.
– Se define espacio-tiempo como sistema de todos los
puntos pertenecientes a instantes del tiempo, dotado de la estructura, producto
de la espacial y la temporal, establecida obviamente por cada relación total de
equivalencia –llámese identificación temporal (i. t.)– entre sus
puntos, que asocia en la misma clase, a llamar punto estático, sólo un
punto de cada instante, de modo compatible con su métrica, o sea, tal que la
distancia entre puntos instantáneos de cada dos puntos estáticos no
dependa del instante elegido. (La diferencia entre las estructuras de la recta
espacial (o plano de grado 2) y de la recta real convencional brinda un criterio
natural para discernir cuándo dos puntos pertenecen al mismo instante: su recta
de unión debe ser cerrada, o sea, poderse llevar cada punto al otro sin
cruzarse.)
– Se define espacio estático (relativo a una
identificación temporal cualquiera) como sistema de los puntos estáticos
(relativos a ésta), con la estructura (isomorfa a la del plano natural)
cociente de la espacio-temporal por la relación identificadora.
– Se define movimiento como sistema de biyecciones entre
los instantes del tiempo tal que, por cada par de éstos, haya una sola biyección
propia del primero en el segundo, y el producto de cada dos biyecciones
propias, con instantes final de una e inicial de otra idénticos, sea la propia
del instante inicial de la una en el final de la otra, de modo que se determina
en el espacio-tiempo otra relación de equivalencia que asocia en la misma clase,
a llamar punto móvil, sólo los
puntos (uno de cada instante) apareados entre si por las biyecciones propias.
Se llamará físico al movimiento que cumpla las condiciones impuestas por
las leyes físicas (a determinar), así como a los puntos móviles
correspondientes.
– Se define medio (relativo a un movimiento físico) como
sistema de los puntos físicos (relativos a éste), con cierta estructura
geométrica a determinar por las leyes físicas. (No deben considerarse el punto físico
ni el medio como objetos materiales. Ya se introducirán las partículas, que sí
lo son.)
Se puede convenir en que el medio ocupa el espacio estático, y
considerar como idénticos en cada instante los puntos físico y estático que
asocian (como clases que son) un mismo punto de éste, teniendo sentido
obviamente natural decir que, al pasar de un instante a otro, cada punto físico
se mueve del punto estático coincidente con él en el instante anterior al
coincidente en el instante posterior. Así pues, todo movimiento se puede
describir, relativo a una identificación temporal cualquiera, por el campo
temporalmente variable, definido en el espacio estático, que asocia a cada uno
de sus puntos la velocidad (que es un rector infinitesimal cuya recta propia lo
contiene) del punto físico instantáneamente coincidente con él.
Equivalentemente, también se puede describir por el campo, definido en el
espacio-tiempo, cuya restricción a cada instante coincide con el resultado de
proyectar, en el sentido obvio, el campo anterior sobre el instante. Así, un
mismo movimiento será descrito, relativo a distintas identificaciones
temporales, por campos de velocidades que difieren entre sí en campos
rotatorios puros, propios de movimientos que conservan las distancias, mientras
que campos cuyas diferencias son rotatorias puras describen, cada uno
relativamente a su identificación temporal apropiada, un mismo movimiento.
Todos estos campos, pues, pueden ser considerados, en un sentido obvio, físicamente
equivalentes, como debe postular un Nuevo Principio de Relatividad incompatible
con los convencionales, que son falsos.
La belleza que se supone deben tener las leyes físicas
(buscando la cual he pretendido encontrarlas) exige que todo movimiento físico
real sea descrito por un campo, W, de velocidades del medio que cumpla con
todos los requisitos de buen comportamiento naturalmente exigibles, como el de
quedar analíticamente determinado por sus valores en una región espacio-temporal
cualquiera. Más aún, se puede admitir que el movimiento físico determina en
cada instante una nueva geometría, de carácter local y superpuesta a la
espacial de plano natural, que se puede considerar como la propia del medio en
ese instante, asociada a una forma cuadrática positiva diferencial, variable en
el tiempo y determinada por sus valores en dos instantes suficientemente próximos
cualesquiera (o por los valores de ella y de su derivada temporal en un mismo
instante). Recíprocamente, la geometría medial debe determinar, según
las leyes físicas, el movimiento. (Esta condición debe parecer natural si se identifica
en cada instante la geometría del medio con el propio estado del Universo y se
considera al movimiento físico, causante de su evolución, como el camino
perfecto –parece que debería ser, en la métrica más natural, el más corto– que
conecta un estado con otro.) De ello se infiere, ya que cada uno de los campos de
matrices 3x3 simétricas, correspondientes a sendos instantes arbitrarios,
inicial y final, tiene seis componentes independientes, que son doce los campos
escalares independientes cuyos valores en cualquier instante determinan el
movimiento físico. Escojamos, pues, esos campos, a llamar principales,
entre aquéllos que tengan un carácter más fundamental, tratando de
relacionarlos con campos físicos usuales.
La geometría espacial nos brinda un operador, F: W ® W–rot(rot(W))
(tomando como unidades la longitud de la recta y el área del plano ordinario),
que transforma todo campo rotatorio en el nulo y, por tanto, todos los campos W
de velocidades del medio físicamente equivalentes en uno mismo, F(W), que tiene
carácter absoluto, no relativo a identificación temporal. (Obviamente, cada
identificación temporal tiene sólo un campo W, distinto a los de las otras, con
un mismo transformado F(W), que describe, relativo a ella, el mismo movimiento físico
real, debiendo las leyes físicas determinar la correspondencia entre las
identificaciones temporales y los campos equivalentes relativos a ellas.) Por
otra parte, atribuyendo al medio una densidad propia, medial, de valor unidad respecto a su
geometría propia y descrita, relativamente a la espacial, por un campo escalar,
Y, que cumple la condición de continuidad respecto del movimiento físico, o
sea, de la identificación temporal y del campo W relativo a ella:
div(YW) + d't(Y) = grad(Y)·W + Ydiv(W) + d't(Y) = 0 ,
se puede observar que, si la identificación
temporal es propia de un punto físico, o sea, si éste es también estático
respecto de ella, entonces el campo W correspondiente vale cero en todos sus
puntos asociados (uno de cada instante), por lo que, al cumplirse que div(W) = div(F(W)) , la condición tomará en él
la forma:
div(F(W)) + d't(lnY) =
0 ,
cuyo parecido con la condición de Lorentz: div(A )+ d't(U)/c = 0 , cumplida por el cuadripotencial
electromagnético, hace sospechar que, en realidad, ésta sólo es válida si
relativa, en cada punto, a una i. t. propia –a llamar inercial, si
rot(W) vale cero en él– y a cierta geometría atribuible al medio –se conoce el
comportamiento ondulatorio de dicho campo– respecto a la cual su densidad es
uniforme. Si se comparan las expresiones de las condiciones anteriores, de
continuidad y de Lorentz, en un sistema de coordenadas arbitrario que respete
el carácter absoluto del tiempo:
åi ( d'xi((ge)1/2·F(W)i)/(ge)1/2 + d'xi(lnY)·Vi ) + d't(lnY) = 0 , åi (d'xi((gm)1/2·Ai)/(gm)1/2 + d'xi(U)·Vi/c ) + d't(U)/c = 0 ,
(donde d'xi es el operador derivada respecto de la
coordenada del subíndice, ge
y gm son los determinantes de las
matrices asociadas a los tensores métricos de las respectivas geometrías
espacial y del medio, y las Vi son las componentes del vector velocidad
del punto móvil relativa al sistema de coordenadas usado) resulta obvia la
equivalencia de ambas condiciones si se admite:
A
= F(W)/c , U
= lnY , c =
(gm/ge)1/2 ,
algo que, desde luego, se hará. En consecuencia,
la (medida espacial de la) velocidad de la luz depende, dejando aparte la
posible variación debida a la anisotropía del medio, de la densidad de éste,
proporcionalmente a su potencia 2/3, por lo que la rapidez de barrido volumétrico
espacial (de la sección unitaria en la geometría del medio) es constante.
Así pues, jugando fuerte, se admitirá que existen sendos campos
escalar, U, y vectorial, A, a llamar potenciales del campo Gravelectromagnético
(o Único), análogos a sus homónimos de la Teoría Electromagnética, resultado
de la superposición de campos ondulatorios generados por los respectivos campos
de densidades de carga y de corriente (de
naturaleza escalar y rectorial infinitesimal) propios de las partículas
elementales, las cuales serán gravones o lectrones, según sea,
respectivamente, convergente o divergente de la fuente el modo normal de
generar sus ondas, que se propagarán por el espacio-tiempo, con rapidez
dependiente del punto de paso, según la geometría local e instantánea del medio,
que las arrastrará en su movimiento: por una parte, la base respecto a la cual
es válida la ecuación ordinaria de onda de las coordenadas del vector (rector
infinitesimal) con origen en un punto del rayo se transporta por tracción
(rección) infinitesimal del correspondiente rector tangente de éste (pudiéndose
romper la ortonormalidad en la geometría medial); por otra, se deforma
solidariamente con el entorno infinitesimal del medio en el origen (pudiéndose
romper la ortonormalidad en la geometría espacial).
Si definimos las densidades
totales de carga, Dg
o Dl, y de corriente, Jg o Jl, gravónica o lectrónica, como sumas respectivas de todas las densidades de carga y de
corriente propias de gravones o lectrones, ya se tiene tres –valga este nombre–
cuadricampos, (U,A),
(Dg,Jg), (Dl,Jl), que aportan, en suma, doce componentes
escalares, que suponemos independientes en cada instante y adoptamos como
campos principales. Todos tienen carácter absoluto, pues las densidades son, en
cualquier caso, relativas a la geometría espacial y las corrientes son rectores
infinitesimales instantáneos, no relativos a identificación temporal alguna
(por lo que no pueden considerarse como velocidades de nada). (Nótese que ambos
modos simétricos, convergente y divergente, de generar
ondas son perfectamente naturales. En general, todo campo ondulatorio cerca de
una partícula puede considerarse compuesto por una serie de ondas, de las
distintas frecuencias, convergentes y divergentes respecto a ella: si se trata
de un gravón, parte de cada convergente es la propia onda por ella generada
(adelantada), debido a la interacción en su frecuencia, mientras que si es un
lectrón, la onda generada (retardada) forma parte de la divergente. Nada en
esto atenta contra el principio de causalidad, pues puede suceder tanto que la
parte generada de una onda refuerce como que debilite la restante: en cualquier
caso, siempre que se actúe sobre una partícula con un campo que se pueda
considerar artificial o ajeno a ella (como el de una onda plana), tanto si es
gravón como si es lectrón, radiará divergentemente energía, a expensas del
campo externo, o del propio ligado a ella.)
Por supuesto, los gravones y lectrones son partículas
elementales reales, con carácter de estricta individualidad. Esto quiere decir
que no se componen de otras partículas más simples, si bien sus densidades de
carga, como cualquier campo escalar, puedan formalmente considerarse como sumas
de sus componentes respecto a un sistema completo cualquiera de campos. Así
pues, la densidad de carga de una partícula no ha de interpretarse como la de
un fluido de partículas puntuales cargadas, que deba cumplir su propia condición
local de continuidad. Además, sucede que la geometría espacial exige que la
integral sobre todo él de la divergencia de cualquier campo sea nula (como
puede verse transformándola en una integral del campo sobre un plano cualquiera
y teniendo en cuenta que todo elemento superficial suyo interviene dos veces en
ella, en sentidos opuestos), lo cual permite suponer que, en realidad, todos
las partículas reales en cada instante pueden asociarse en partículas pares de gravón
y lectrón, antipartícula el uno del otro, y ser consideradas como
componentes, semipartículas, de una partícula doble, cuyas cargas
y corrientes, integrales de sendos campos de densidad escalar y rectorial,
tienen respectivos valores escalares opuestos y transoriales de sentidos
opuestos (de modo que su adición pueda producir un rotor cualquiera).
Ciertamente, las partículas ordinarias son las que tienen toda la carga
(o la parte normalmente detectable) de una de sus semipartículas (que puede dar
su nombre al sistema doble) muy concentrada sobre un punto, estando toda la
carga de su antipartícula (y la suya restante) muy dispersa alrededor (más o
menos cerca) del plano ortonormal. Por lo que se refiere a las leyes físicas,
se admitirá que tanto la clase y magnitud de la carga como el sentido del
transor corriente de cada semipartícula, o partícula simple, es
constante. También, que ambos sistemas totales de los estados de gravones o de
lectrones se determinan mutuamente.
Al considerar una partición del espacio global en planos
paralelos, asignando a los gravones o lectrones existentes en cada instante sendos
planos distintos de los pertenecientes a una misma base ortonormal de aquélla,
y al propio Universo uno cualquiera de aquéllos, en los que tener definidos sus
propios campos de densidad de carga y de corriente, de modo que las
proyecciones de aquéllos sobre éste aporten las respectivas componentes
elementales (particulares) del campo total (universal), se puede postular que
toda partícula elemental tenga una carga formal unitaria en su propio plano, y
que el valor absoluto observado de su carga sea igual al cuadrado del coseno
director del plano universal sobre el propio particular de la base (o del ángulo
con valor en radianes igual al producto de p
por la distancia del plano universal al particular, tomando como unidad la
longitud de la recta), también igual al cuadrado del módulo de la componente
cuaternia, mientras que las partes real e imaginaria cuaternias de su número
unitario director expresen la distancia y la dirección (a partir del origen
arbitrario de referencia –las componentes se determinan salvo un factor común
dependiente de él– en el plano universal) del proyecto (en éste) del origen de
referencia en el plano particular. Desde luego, no es necesario que las cargas
de las partículas sean iguales en valor absoluto, si bien la experiencia parece
indicar que lo son aproximadamente. Si ello es así, debe ser bien porque las
leyes físicas provocan la concentración de partículas con valores próximos de
sus cargas, bien porque las leyes no físicas que rigen los cambios bruscos
(voluntarios) del Universo (eterno) han dado tal resultado en la región que
conocemos de éste (quizá para que sea posible nuestra forma de vida). Sea como
fuere, la exigencia de su igualdad exacta parece una limitación caprichosa, no
justificada por las leyes físicas, que podría impedir –ya veremos que es así–
una explicación más racional de los fenómenos físicos.
El carácter elemental de una partícula simple (o doble) cualquiera
debe exigir, naturalmente, que los campos que describen su estado cumplan con
ciertas condiciones de simetría y queden determinados por los valores de cierto
número de magnitudes, cuales pueden ser:
- Las coordenadas determinantes del sistema ortonormal de los
cuatro centros de simetría,
comunes a ambas antipartículas mutuas, asociados en dos parejas contenidas en
sendos ejes ortonormales de simetría, que deben ser rectas propias de la
velocidad rotorial, v, por
cuya tracción se desplazan ambas componentes de la partícula doble respecto a la
i. t. particular, o propia de ellas, según la cual el campo W de
velocidades del medio tiene valor promedio nulo, ponderado sobre la suma de valores
absolutos de las densidades de carga (de signo opuesto) de ambas componentes.
(Nótese que el par ortonormal de ejes propios de la velocidad rotorial v es el común de ambas corrientes –dos
transores de sentidos contrarios, por conmutar, siempre lo tienen– de las las
semipartículas; uno de los cuales, ciertamente, debe pasar por el centro masivo
de la partícula, si ésta es ordinaria.)
- Las cargas parciales, determinantes del grado de
dispersión o concentración de la carga, propias del sistema puntual de cargas,
situadas en sendos centros de simetría, al que puede reducirse (en el límite)
el campo de densidad por sucesivos procesos de desplazamiento de cargas iguales
en puntos ortonormales a sendos otros tales de su mismo plano, o de sustitución
de dos cargas iguales por sendas otras situadas en los puntos medianos de los
de aquéllas, con su misma suma y proporcionales a los cuadrados de los cosenos
de sendos semiángulos complementarios entre ellos, debiendo, por tanto, la suma
de las cuatro igualar la carga total, q,
de la partícula. Las cargas parciales situadas en los mismos centros de ambas
antipartículas mutuas deben ser inversamente proporcionales unas a otras y
tener sumas opuestas, sin más restricciones sobre sus valores, indicativos de
la dispersión de sus cargas reales (que puede llegar hasta la uniformidad en todo
el espacio).
- Las siete componentes del momento cinético o inercial
de una semipartícula cualquiera de la partícula dobe, de las cuales seis son
del rotor infinitesimal impulso, p,
y una de la energía, e, definidos
por:
p = ± (pl–pg) , siendo: pl = +ò(dl/|dl|)jldv , pg = –ò(dg/|dg|)jgdv , y
e = ± (el–eg) , siendo: el = +ò||jl||dv
, eg = –ò||jg||dv , con:
p = ev/co y ee–p•p = mm ,
donde dl,
dg, jl, jg son las densidades de carga y de corriente de las
componentes lectrónica y gravónica de la partícula doble, valiendo el signo
positivo para el lectrón, y el negativo parael gravón, y siendo el elemento de
volumen, dv, relativo a la geometría espacial (como las propias densidades),
mientras que la norma y el producto escalar lo es a la geometría del medio; la
constante co, en la ecuación que relaciona el impulso con la velocidad de
la partícula respecto a su i. t. particular, debe ser igual a la llamada
velocidad de la luz en el vacío (medio isótropo con densidad unidad), y la
última ecuación, de carácter meramente formal, define la masa, m, de la partícula, que no tiene valor
constante, aunque su variación con la magnitud de v sea despreciable hasta que se acerca al valor de co, haciéndose nula cuando se
alcanza, e imaginaria cuando se sobrepasa (sin que haya límite sobre su valor, algo
cuya posibilidad es inexcusable y que el juego entre las geometrías espacial y
medial permite, al poder orientarse las propias líneas de corriente de carga más
o menos en la dirección de los ejes, pues la esfera infinitesimal, según la una,
es un elipsoide, según la otra, cuyo posible valor de excentricidad tampoco lo
tiene). Ciertamente, los seudoimpulsos lectrónico, pl, y gravónico, pg, coinciden, salvo en el signo,
con las componentes transoriales de sentidos opuestos del rotor impulso, p, de cada una de las semipartículas de
la partícula doble, cuyo momento inercial, evidentemente, resulta ser nulo. Así
pues, el momento total del Universo debe ser igual al momento atribuible al
campo, si bien ello no priva de su importancia a los momentos inerciales de las
partículas simples, al seguir existiendo la relación normal (que ha de ser
precisada) entre sus cambios y los de aquella parte del campo que, en cierto sentido,
se podría considerar como estática, o fijada a los alrededores de aquélla (lo
que permite explicar –ya se verá– ciertos fenómenos de los llamados
relativistas).
- La serie de magnitudes, a llamar ocultas, relativas a
cierta estructura subyacente de las partículas, quizás fuera del alcance de
capacidad de observación
humana, y cuyo ajuste de valores deben permitir el cumplimiento
de las condiciones impuestas, o a imponer, entre ellas (como el de la
ortonormalidad del sistema de funciones de estado de todas las partículas reales
en cada instante, o el de la determinación mutua de ambos sistemas de estados
de las antiparticulas), posibilitando la continua redistribución de la carga
sin violar la ley de conservación del impulso (pues no se trata del movimiento
de un fluido con inercia, sino de simple adaptación a los valores de las
magnitudes globales determinantes, sin efectos directos sobre la corriente).
También deben ser determinados por ellas los valores de las llamadas constantes
físicas, cuales pueden ser los tamaños y momentos magnéticos de las partículas,
a obtener por medición. (Nótese que la existencia del momento magnético de una
partícula está vinculada a la de su corriente de carga, y que la simetría debe
exigir la igualdad de sus ejes propios, que también son los de la velocidad.)
Ciertamente, los valores de las citadas magnitudes no son
independientes todos entre sí. De las no ocultas, sólo doce pueden serlo: seis
coordenadas de centros de simetría (ortonormales entre sí), tres cargas
parciales (de las cuatro, cuya suma es igual a la carga total, constante, de la
partícula simple) y tres componentes del momento (dos del impulso, según sendos
ejes de simetría ortonormales, y la energía de la partícula simple).
Las características especiales, como las de individualidad y
simetría, que las partículas, por su condición de elementales, deben tener,
hace posible (en teoría) la determinación analítica de las distintas
componentes instantáneas particulares (de potencial generado o de densidad
propia) asociadas a ellas, a partir de los correspondientes campos principales
instantáneos. Por supuesto, esa posibilidad está fuera del alcance humano, pero
basta con saber que existe. Ello permite deducir, sabiendo que el sentido de
propagación de cada onda elemental está determinado por el tipo de carga de su partícula
generadora, que la propia geometría instantánea del medio, junto a su arrastre
en el entorno de cada punto (determinado, salvo movimiento rotatorio, por el
potencial principal vector instantaneo) determinan, en cada instante, la
derivada temporal primera (relativa a una i. t. arbitraria) de cada potencial,
como suma que es de todas las de sus componentes, pues el hecho de estar generándose
nuevas ondas no le afecta a ella, sino sólo a las derivadas de orden superior
en el instante. Así, no sólo deben estar instantáneamente determinados los
campos graveléctrico, E, y magnético, B, definidos por:
E
= –grad(U)–d't(A)/c , B
= rot(A) ,
y las derivadas temporales del momento
(impulso y energía) inercial y del seudoimpulso de una partícula cualquiera,
por las ecuaciones del movimiento:
d't(p) = ±(ò((dl+dg)E+(jl+jg)×B)dV) , d't(e) = ±òE•(jl+jg)dV ,
(siendo el signo positivo válido para
lectrones, y el negativo para gravones), sino también la derivada segunda del
cuadripotencial principal (U,A), suma de las componentes adelantada, (Ug,Ag), y retrasada, (Ul,Al), (cuyas derivadas primeras ya se ha visto
lo son en el instante inicial por sus propios valores en él), mediante la
ecuacion de ondas:
div(grad((Ug,Ul,Ag,Al)))–d''xoxo ((Ug,Ul,Ag,Al)) = –(Dg,Dl,Jg,Jl)/c ,
siendo los elementos de volumen a integrar,
relativos a la geometría espacial, y los operadores diferenciales y productos
escalar y vectorial, relativos a la geometría medial o a la i. t. inercial, y
la variable xo igual a ct, producto de la del
tiempo, t, por la de velocidad medial, c, de propagación las ondas (que
transforma, por ser igual a (gm/ge)1/2, las densidades espaciales del último segundo
miembro en mediales). Ciertamente, puesto que no se conocen con exactitud los
enormes campos existentes en las cercanías de las partículas, no resulta
contrario a la experiencia postular el cumplimiento de la condición de
continuidad (obtenida por aplicación del principio variacional ) del momento
(impulso y energía) propio del campo graveletromagnético, definido como en la Teoría
Electromagnética (pero relativamente a la geometría del medio), y, desde luego,
en el límite clásico, cuando se pueden considerar puntuales las partículas
ordinarias, y euclídea la geometría del medio, las ecuaciones de la presente
teoría equivalen a efectos prácticos con las convencionales, pues la
integración de los términos debidos a las antipartículas de las partículas
ordinarias, tiene resultados despreciables (por la enorme dispersión de sus cargas,
alrededor del plano ortonormal a la posición de éstas, que permite se compensen
los efectos de signo contrario debidos a las distintas zonas). (Puede pensarse
que la introducción de tales términos es una complicación innecesaria, pero no
es así, ya que sirven para dar explicación razonable a hechos que hasta ahora
no la tenían. Así, por ejemplo, la determinación mutua de sendos estados de
ambas antipartículas permite explicar la tendencia de una partícula ordinaria a
recobrar su tamaño primitivo (muy pequeño) después de sufrir la interacción de
un campo que se lo ha hecho aumentar, ya que tendría que ser enorme el cambio
producido en la partícula ordinaria para que tuviese algún efecto apreciable en
el de su antipartícula, por lo que, si no es el caso, parece natural, ya que se
mueven solidariamente, se recupere la condición de equilibrio entre ambas, una
vez ha cesado la interacción, precisamente por la de la segunda con el campo
alrededor del plano ortonormal al centro de la primera, donde tiene dispersa su
carga.)
Sobre la dependencia de la geometría medial con los campos
principales, se puede conjeturar que la forma diferencial asociada a ella sea
el promedio, ponderado sobre los valores absolutos de las componentes generadas
por partículas individuales del potencial escalar, de todas las formas
particulares, determinadas por tener cada una un elipsoide elemental de
revolución alrededor de un eje cuya dirección es la del potencial vector
generado por ella y cuya excentricidad es igual a la razón entre las magnitudes
de éste y del escalar particular (cuyas dependencias con respecto a la variable
de distancia a la fuente son iguales en ambos). Con todo, de la igualdad: div(grad(f(r))
= (1/sen²(pr))d'r(sen²(pr)d'r(f(r))) = (1/sen(pr))d''rr(sen(pr)f(r))+ p²f(r), válida en la geometría
espacial, se puede obtener una aproximación indicativa del potencial generado
por una sola partícula doble real, con una de sus componentes considerada puntual
e inmóvil, despreciando las desviaciones de la geometría medial respecto a
aquélla, que viene dada por la proporción
f(r) »
cot(pr),
así como la condición: w² – k² + p² = 0 , a cumplir por la pulsación y el vector de onda (tomando
como unidades la longitud de la recta y la velocidad de la luz) de un campo
esférico monocromático, que permite atribuir formalmente una masa al fotón de
valor imaginario.
Queda por saber cómo se puede determinar el estado de una partícula
cualquiera por los valores de sus magnitudes características: posiciones de sus
centros, cargas parciales, momentos inerciales... Ahora es cuando intervienen
los métodos de la mecánica cuántica, cuyo formalismo, si bien no su interpretación, puede considerarse válido: El
estado de cada partícula viene descrito por una función de onda, j, definida en todo el espacio y
a valores complejos, mientras que cada magnitud observable está asociado a un
operador autoadjunto sobre el espacio de las funciones de onda, de modo que su
auténtico valor real en un estado cualquiera (no el promedio de los obtenidos
por medición en estados considerados iguales) venga dado por el elemento diagonal
correspondiente a ese estado de la matriz representante del operador. El
cuadrado del modulo, y*y, expresa, en cada punto, no la probabilidad
de encontrar ahí la partícula, sino la propia distribución de carga, mientras
que su densidad de corriente (también de carga real, no de probabilidad) viene
dada (salvo factor constante) por la expresión, de valor real y relativa al la
geometría espacial, (–i/2)(y *grad(y)–ygrad(y*)), cuyo carácter absoluto, no
relativo a identificación temporal –no aparecen derivadas de tiempo– no permite
(al contrario de lo que sucede con el campo W) pueda interpretarse como propia
de un fluido, que debe cumplir la condición local de continuidad, sino que sólo
cumpla con la conservación global de la carga propia (si bien su normal
concentración alrededor del centro principal puede permitir, a ciertos efectos
prácticos macroscópicos, considerarla puntual).
Ya se ha establecido la condición de ortonormalidad mutua de
las funciones de estado (o de onda) de las partículas existentes (u
observables) en cada instante, que no sólo estaría de acuerdo con la propia
individualidad de cada una (en el sentido de que su identidad cambie
temporalmente de forma continua, que permita seguir su rastro, al menos
teóricamente), que impide pueda ser creada o aniquilada, o alterar el valor de
sus propiedades tenidas por constantes, como el tipo y valor de carga o el sentido
traslatorio, sino que también permitiría explicar –ello obliga a introducir las
variables llamadas ocultas, relativas a la estructura subyacente– de forma
racional los hechos que parecen violar nuestro sentido común, y que han
propiciado la aceptación de postulados indeseados. Así, parece natural elegir
un sistema completo de operadores, autoadjuntos y conmutantes entre sí, en el
espacio vectorial de las funciones de onda, asociados a observables físicos y cuyas
funciones propias comunes permiten describir como combinación lineal suya
cualquier estado posible de una partícula, cuales pueden ser sendos operadores
de desplazamiento traslatorio en sendas direcciones determinadas (siempre con
un par ortonormal de rectas comunes) de ambos sentidos (que sabemos conmutan),
cuyo espectro de valores propios (en el sistema de unidades apropiado) es el
conjunto total de los números enteros (por ser finito el radio del Universo), y
la suma de los cuadrados de tres tales (del mismo sentido, igual uno que otro)
en sendas direcciones perpendiculares, cuyo espectro está formado por los
productos (nunca negativos) de dos enteros consecutivos (como pasa con el
cuadrado del llamado momento angular en mecánica cuántica, cuyas componentes
cumplen condiciones análogas de conmutación), y que puede identificarse (salvo
factores constantes de los que no me voy a ocupar) con el cuadrado de la
energía (correspondiendo las raíces positivas//negativas de los valores propios
a los valores de la energía de los lectrones//gravones). Mas debe advertirse
que, aunque tales funciones propias puedan describir estados de partículas
posibles, las partículas que consideramos ordinarias, con su carga muy
concentrada en regiones muy pequeñas comparadas con el tamaño del Universo, tienen
funciones de onda (y también sus antipartículas) que no pueden ser propias, sino
más bien “cuasipropias”, combinaciones lineales de enorme cantidad de ellas
(incluso las que se encuentran ligadas por un campo con simetría esférica, cuya
configuración angular puede ser análoga, pero no tanto la radial, a las
convencionales cuánticas), o sea, como paquetes de funciones propias con
valores distribuidos en torno a los reales. En esto consiste la citada
estructura subyacente, cuya complejidad –en ella intervienen todas las partículas
instantáneamente reales en el Universo– es evidente que desborda nuestra
capacidad de descripción exacta, algo que no parece tenga demasiada
importancia, siempre que seamos capaces de intuir sus rasgos esenciales.
.
Tratando de seguir en lo posible con los procedimientos de la
teoría cuántica, se puede asociar al impulso generalizado convencional de cada partícula
un operador análogo al asociado por aquélla al impulso cinético, mas ahora
relativo no a la geometría espacial, sino a la medial (de acuerdo con el hecho
de ser la ecuación de propagación de ondas relativa a esta geometría), así como
a su energía total convencional la suma de los operadores asociados a la energía
cinética (expresable en términos del impulso generalizado y del potencial
vector) y a la energía potencial ordinaria (producto de la carga propia por el potencial
(campo escalar) común a todas las partículas), y convenir que las funciones
propias (univaluadas) de tal operador suma describan los estados de ciertas partículas
formales, seudopartículas, no reales, que pueden ser considerados como estacionarios
(en cada instante), y cuyas funciones de onda varíen del modo convencional con
el tiempo. Para determinar la evolución del los estados de las partículas
reales, descritos por combinaciones lineales de las funciones de onda de las
seudopartículas, se puede postular, tratando de conjugar los principios
reconocidos de superposición y de ortogonalidad, que sus funciones de onda
infinitesimalmente evolucionadas son justo las funciones admisibles más próximas
–se trata de un nuevo principio de mínimo, relativo esta vez a las magnitudes
ocultas de la estructura subyacente, producto de lo que puede considerarse como
una interacción instantánea entre las partículas, que mantiene la ortogonalidad
de sus funciones de estado– a las transformadas (con su mutua ortogonalidad ya
rota, pues ella es relativa a la geometría espacial y el operador energía lo es
a la medial) por el operador convencional de evolución temporal. Mas resulta
evidente que esto, aunque pueda tener todo el valor teórico que se quiera, no lo
tiene práctico, pues el sistema tratado es el Universo entero y resultan
esenciales las magnitudes ocultas. Sin embargo, la estabilidad de los sistemas físicos
fundamentales de partícula ordinarias, moviéndose confinadas en un mismo cuerpo,
o sea, con sus centros masivos suficiente y permanentemente próximos, permite adivinar
la cuasiperioricidad de los tales movimientos, con ciertos seudoestados cuasiestacionarios
resultantes, no de partículas verdaderas, sino de seudopartículas, con
sus propias densidades de carga y de corriente, en cuya formación participan a
la vez todas las reales semejantes del
sistema (o sea, con el mismo tipo y signo de carga y el mismo sentido
traslatorio, de donde resulta la degeneración de niveles llamada de espín), que
se encuentran en estados rapidísimamente cambiantes debido a la interacción, de
modo que éste se pueda formalmente también considerar como un sistema de
estados ocupados de un total de posibles, que sean precisamente los
propios de los observables convencionales. Esto puede explicar el éxito de la
teoría cuántica (a la vez que pone en evidencia sus pretendidas razones),
permitiendo incorporar, sin más, a la presente todos sus logros al tratar
sistemas que parecen, como los atómicos, encontrarse permanentemente en estados
estacionarios (o cuasiestacionarios), pues las magnitudes que realmente cuentan
son las totales del sistema, cuyos valores no dependen de considerarselo
constituido por partículas verdaderas o por seudopartículas. Ciertamente, no en
todos los sistemas ligados pueden intervenir igualmente todas las partículas
semejantes en la formación de todas las seudopartículas con las mismas
características: parece claro que sólo las partículas que pueden considerarse
ocupantes del mismo lugar del espacio, como sucede con todas las semejantes del
mismo sistema atómico, incluidas las del núcleo, y no de los restantes (de
donde puede deducirse que ni protones ni neutrones son partículas elementales,
pues para formar una seudopartícula se necesita la participación de muchas
partículas, y el átomo de hidrógeno sólo tiene una en su corteza).
Ya creo se puede adivinar cómo explicar racionalmente, sin
violentar la intuición con postulados "raros", los fenómenos físicos
cuya pretendida explicación por las teorías cuántica o relativista propició la
aceptación de éstas. Veamos:
– El resultado negativo del experimento de Michelson-Morley se
explica fácilmente por la anisotropía que el movimiento de un cuerpo tan enorme
como la Tierra, con carga neta negativa, produce en el medio cercano. En
efecto, parece claro que el promedio establecido de las aportaciones
particulares a la geometría medial debe dar como resultado, en la zona de
máxima influencia, como son sus inmediatos alrededores, del planeta, un
elipsoide elemental de revolución con excentricidad igual a la razón entre la
velocidad terrestre respecto del medio local y la velocidad de la luz en la
dirección de aquélla, y los cálculos muestran que la luz tarda exactamente el
mismo tiempo en recorrer el camino de ida y vuelta en cualquier dirección: el
lugar geométrico de los puntos físicos (del medio, supuesto fijo) en que la
onda esférica se refleja por un espejo concéntrico es precisamente un tal
elipsoide, con focos en los puntos de divergencia y de convergencia. Puede convencerse
fácilmente de ello quien acepte la pretendida explicación que supone la
contracción de los cuerpos en la dirección del movimiento: ¿qué más da la tal
contracción de los cuerpos que el aumento de la velocidad luminosa en la misma
proporción y dirección?.
– El supuesto aumento con la velocidad de la vida media de las partículas
(no elementales) inestables, como el de los muones formados en las colisiones
de los rayos cósmicos con núcleos atómicos de la atmósfera terrestre (que
tienen tiempo de alcanzar la superficie) puede explicarse por factores varios,
como la posibilidad de superar la velocidad de la luz en el vacío, o el aumento
con la velocidad de la inercia de sus partículas componentes, que dificulte la
desintegración. (Ésta, en realidad, no debe ser espontánea, sino provocada por
partículas no observadas, pero seguramente existentes y probablemente
acumuladas en las cercanías de la Tierra, con las que choca, cuales pueden ser
los pares lectrónicos, en el más que probable caso de que tuvieran carga neta
(pequeñísima) positiva, debida a su no total cancelación, que les hiciese ser
atraídos por el campo graveléctrico negativo terrestre. Parece claro que estos
deben tener cierta velocidad para poder penetrar la partícula, pero su eficacia
no tiene por qué crecer constantemente con ella, pues el tiempo que dure la
interacción también debe influir, y pueden suceder que los tales muones sean
demasiado rápidos.)
– Con mayor facilidad puede explicarse la ralentización de los
procesos físicos debida a la presencia de los llamados campos gravitatorios: el
principio de conservación de la energía exige que el aumento de ella debido a
la acumulación de materia que crea el campo exterior sea compensado con una
igual disminución debida a otro factor, cual puede ser el aumento de tamaño de
las partículas, o sea, la disminución de los valores máximos de sus densidades
de carga, que produciría un debilitamiento de los campos interiores al átomo,
con la consecuente disminución en la rapidez de sus procesos físicos.
– El corrimiento del perihelio de Mercurio puede también ser
debido a la conjunción de varios factores; tanto la elevada excentricidad de su
órbita, con el consiguiente cambio de inercia ligado al de velocidad, como el
propio movimiento del Sol a través del medio, apartando a su campo graveléctrico
del ideal newtoniano, pueden intervenir en él. (No sé cuál es el grado de
coincidencia de la predicción relativista con lo observado, pero parece claro,
a simple vista, que el mayor acierto de la teoría relativista respecto a la clásica
en la definición del impulso y de la energía de los cuerpos materiales, debe suponer
un tanto a favor de aquélla en todas las predicciones de este tipo.)
– El doblamiento de los rayos luminosos procedentes de una
estrella al pasar por las proximidades del Sol se explica por la dependencia de
la velocidad luminosa con la densidad medial, variando en el mismo sentido (e indicando
el signo negativo de su carga neta, causante de la disminución de la densidad
del medio según se reducen las distancias a aquel: si el signo fuera positivo,
debería suceder, en el eclipse solar, que las estrellas cercanas al borde, pero
por fuera, no se verían, por chocar sus rayos contra la Luna).
– El corrimiento al rojo de las rayas del espectro luminoso según
el aumento de la distancia que nos separa de la fuente cósmica puede también
explicarse por la expansión del conjunto de galaxias de nuestro entorno
observable, posiblemente como consecuencia de la total desintegración de dos
nucleos de materia concentrada, con carga neta gravónica (del mismo signo), que
chocasen (la formación y choque de los núcleos es algo que debe llegar a ocurrir
(infinidad de veces a lo largo del tiempo) en el espacio aquí asumido) con
suficiente energía para producir el calor necesario. Posteriormente, la materia
dispersa puede llegar a mezclarse con otra de origen semejante, concentrarse
hasta formar nuevos grandes núcleos que queden en espera del choque con otros
para desintegrarse y comenzar un nuevo ciclo. (La posibilidad de este suceso se
ve favorecida por la condición de ortonormalidad del sistema de funciones de
onda de las partículas reales, que se opone a la contracción ilimitada de la
materia, por mucha carga gravónica que se acumule en los tales núcleos cósmicos,
resultando que el crecimiento en volumen de éstos sea más rápido que el de la
cohesión entre sus partes.)
– La uniformidad del fondo continuo de radiación cósmica se
explica sencillamente por la propia estructura geométrica, de plano natural,
del espacio físico, que transforma en convergentes (si bien distorsionadas por
la geometría irregular del medio) todas las ondas esféricas divergentes, una
vez recorrido todo el radio del Universo. La distribución de frecuencias
observada debe ser indicativo de la temperatura media, o de la energía total,
del Universo. Desde luego, no es la consecuencia residual de una pretendida
explosión inicial que diera origen a un universo en expansión a partir de un
punto singular, pues las naturalezas del punto y del espacio son demasiado
distintas para poder admitir, sin atentar contra el sentido común, una
transformación natural de uno en otro. Además, para concebir un espacio de
tamaño variable es necesario sumergirlo en un espacio ambiente (cuyo tamaño
sirva de referencia) por lo que habría que considerar a éste como universal y
no a aquél. Así, en todo caso, podría ser argumentable la disminución de la
velocidad de la luz según pasa el tiempo, mas nunca la expansión del auténtico
espacio universal.
– Sobre la estabilidad del sistema atómico, parece claro que,
si no es perturbado por campos externos, no debe radiar, pues los electrones (o
lectrones negativos) no pueden considerarse puntuales, sino cada uno con su
carga distribuida (no concentrada) alrededor de su centro (situado cerca del núcleo),
cuyos movimientos, muy pequeños y rápidos en el estado estacionario del átomo,
se correlacionan de modo que resultan las llamadas seudopartículas, en estados cuasiestacionarios
cuya radiación resulta despreciable ante la del ambiente. Solo radiará si un
campo externo, que necesariamente afectará a todas las partículas (reales) del
sistema, produce una perturbación en sus respectivos estados cuasiperiódicos,
siendo el frenado radiativo –aquí deben intervenir tanto magnitudes ordinarias como
ocultas– de todas lo que puede permitir al sistema alcanzar un nuevo estado
estacionario, con la emisión o absorción del cuanto que su estabilidad
requiere, hecho cuya traducción al sistema formal de seudopartículas sea el
salto, realizado por una sola de ellas, de un estado cuasiestacionario a otro.
– Las propiedades aparentemente corpusculares apreciadas en la
radiación electromagnética parecen poder explicarse por la naturaleza especial
del sistema generador o detector. En realidad, el paso de un estado estacionario
a otro del sistema emisor-receptor (que se puede considerar formado tanto por partículas
reales como por formales) no tiene por qué ser totalmente brusco: Todo sistema
estable, como el atómico, tiene sus estados estacionarios en los mínimos de
energía potencial relativos a los estados (no estacionarios) de su proximidad,
por lo que siempre tiene que superar una barrera de potencial para pasar de uno
a otro estado estacionario, ya sea de mayor, ya de menor energía, aunque las
alturas de ambos lados sean muy diferentes. Para hacerlo, pues, deberá en todo
caso recibir algo de energía (mucho menos en sentido descendente que en
ascendente), y mientras haya campo que se la suministre (en la frecuencia
propia de oscilación) el sistema se encontrara en algún estado entre ambos
estacionarios. Es cuando se ha alcanzado el máximo de la barrera que parece mas
probable pueda dedicarse la energía del campo en romper de algún modo la
cuasiestacionariedad del sistema y provocar la decantación de su estado a uno u
otro de los estacionarios a ambos lados, realizándose entonces la brusca emisión
del cuanto, si el estado de menor energía –en el otro caso sería despreciable–
es el resultante. Parece, pues, que sistemas tales como los atómicos y
nucleares sirven para acumular impulso y energía de las ondas dispersas del
campo gravelectromagnético en paquetes de ondas o fotones, que no son partículas
reales, sino meramente formales, cuasipartículas, con impulso y energía,
pero sin carga (a diferencia de las también formales, seudopartículas, que sí
la tienen). Los pormenores del proceso de formación de fotones parece podrán
ser desvelados al precisar la relación entre ambos sistemas de estados, el de lectrones
reales y el de seudolectrones. Ciertamente, parece mas bien difícil que los
fotones emitidos por átomos o núcleos individuales puedan serlo en ángulos muy
estrechos, pero lo normal es que éstos se encuentren agrupados en sistemas muy
numerosos y sean excitados muchos a la vez por una misma onda, por lo que la
emisión cuántica se produce a la vez en muchos individuos, apareciendo los
fotones distribuidos según el correspondiente esquema interferencial, tanto más
concentrados cuanto más numeroso sea el propio sistema emisor. Naturalmente, el
paquete de ondas debe ensancharse al progresar por el espacio, pero, en
interacciones como la del fotón con el lectrón libre, quizás los tamaños no jueguen
un papel tan esencial como el de las estructuras, pues puede suceder que el lectrón
adapte el suyo –tiene grados de libertad disponibles para ello– al del foton.
– Las aparentes propiedades ondulatorias de los haces de partículas,
puestas de manifiesto en fenómenos como el llamado de difracción de electrones,
se pueden explicar de forma natural por la estructura subyacente de las partículas,
determinada por sus magnitudes ocultas, y que, si están libres como en el haz,
es semejante a la que puede tener un fotón. Parece, pues, natural que en las
interacciones con sistemas materiales como los cristalinos, en las que debe
jugar papel esencial esta estructura común, los haces de partículas reales y de
cuasipartículas fotónicas se comporten similarmente. Así, las figuras de
difracción de ambas clases de haces, que deben expresar no sólo la simetría de
la estructura cristalina sino también la propia de cada partícula o cuasipartícula
justo después de interaccionar con aquélla, podrán resultar parecidas; mas esto
no implica la igualdad de las naturalezas de unas y otras: mientras los fotones
no tienen individualidad permanente y acaban dispersándose, las partículas
reales, dispersas momentáneamente tras la interacción, pueden recuperar sus
tamaño habitual, probablemente debido a la interacción instantánea con su
propia antipartícula (y en forma que puede depender de la existencia de otras
partículas o cuasipartículas en interacción con ella)
– Asimismo, la naturaleza espacial y dispersiva, no puntual, de
cada partícula individual, junto a los grados de libertad extra aportados por
las nuevas magnitudes independientes admitidas, creo permiten explicar (sin
tener que admitir un principio tan frustrante como el llamado de indeterminación,
o de incertidumbre, que impida la determinación (no sólo medición) simultánea
de ambos valores de ciertos pares de magnitudes, mas permita la violación
momentánea de los principios de conservación) otros fenómenos considerados como
efectos cuánticos, cual puede ser el llamado de túnel. Tales grados de libertad
permiten a una partícula, caída en un pozo de potencial o ante una barrera,
extender continuamente (sin dejar de cumplir con las exigencias de simetría y
conservación de impulso y energía) su carga, modificando (en respuesta a un
estímulo apropiado) simultánea y adecuadamente sus partes dentro y fuera, o a
ambos lados, del pozo, o barrera, hasta lograr, habiendo adquirido tamaño
suficiente, tener fuera, o al otro lado, toda su carga; luego, la interacción con
su propia antipartícula la devolvería a su tamaño normal.
– El sorprendente comportamiento de la materia a temperaturas
cerca del cero absoluto debe ser consecuencia de la igualación de velocidades
relativas al medio de las partículas en interacción, que ralentiza los cambios
de valor de las magnitudes ocultas relativas a ellas y permite sean más
apreciables los efectos relacionados con la estructura subyacente.
– Los resultados experimentales que indujeron a los físicos cuánticos
a aceptar algo tan aborrecible como la violación por las leyes físicas de la
simetría que la propia del espacio-tiempo debe inducir en ellas parece natural
que sean debidos a la asimetría de los núcleos –quizá ella sea lo que produzca
la inestabilidad– que se desintegran por supuesto efecto de la llamada
interacción débil, pero ello no implica que ésta viole la simetría de paridad,
pues el hecho de no detectar el proceso simétrico no quiere decir que no pueda
existir (aunque sea en otros universo u otra regiones del mismo), como debería
ser para poder decir que las leyes físicas no son simétricas. (Resulta
sorprendente cómo han podido cometer los físicos cuánticos –¿seré
yo quien no comprenda?– en puntos como éste una confusión lógica tan
generalizada.)
Creo ha podido ya constatarse que la paradójica
indistinguibilidad cuántica de las partículas del mismo tipo es producto de la
confusión entre partículas reales y formales, sólo admisible como simple
artificio, compensador de otros fallos, para mejor adaptarse a la experiencia.
Ciertamente, el hecho de que las seudopartículas tengan los mismos valores de
las magnitudes consideradas constantes, como carga y espín, que las partículas
reales induce a pensar que sus funciones de onda puedan ser, ellas mismas y en
algún instante, propias también de partículas reales, o sea, que aquéllas estén
formadas por una sola de éstas, pero generalmente lo serán por la variable participación
de todas las iguales o indistintas (que no idénticas) del sistema en
interacción. También se puede apreciar que el carácter discreto de los valores
del espín de las partículas compuestas es una pura propiedad formal,
significativa sólo para las partículas formales, pues las reales deben tener
como espín propio la suma de los de sus componentes, que puede tener cualquier
valor entre el máximo y mínimo posibles: lo que pasa es que la interacción con el
campo exterior les hace adquirir los estados llamados propios de su operador
propio y efectuar transiciones bruscas entre ellos, pudiendo dar la impresión
de que sólo son posibles esos estados, pero debiendo pasar las partículas
reales por todos los estados intermedios cuando la interacción del campo le
lleva de un estado de energía menor a otro de mayor. En cuanto a las estadísticas
asociadas a sendas clases de partículas (formales) llamadas bosones o fermiones
(según puedan o no ocupar varias de ellas un mismo estado), parece natural den
buen resultado, si se tiene en cuenta que el fallo de igualar la suma de entropías
de dos sistemas de partículas reales, cada uno en equilibrio y ocupando volumen
adyacente al otro, con la del sistema total, también en equilibrio, se compensa
con la división de las sumas estadísticas por sendas factoriales de los
correspondientes números de partículas (cuya necesidad se aduce al tratar de
justificar la identificación de las partículas...) Sin embargo, sucede que, si
bien los tres sistemas están en equilibrio consigo mismos, los dos subsistemas no
lo están entre sí –ambos se expanden para ocupar el mismo volumen total– por lo
que la entropía del sistema total debe ser mayor que la suma de las entropias
de los subsistemas. (Por contra, sí lo están dos subsistemas complementarios de
partículas escogidas aleatoriamente, pues ya están expandidos, o sea, ocupando
ambos el mismo volumen total. Para ellos sí que resulta la igualdad entre la
entropía del sistema total y la suma de las entropías de los parciales.)
Quizás sea más interesante la capacidad de la nueva teoría para explicar hechos en campos hasta ahora
tratados sin demasiado éxito, o para indicar nuevos caminos a la investigación.
Veamos:
– La existencia de dos tipos de carga, lectrónica y gravónica,
que confieren sendas inercias positiva y negativa a sus partículas elementales
poseedoras, sin limitaciones teóricas a sus propios valores, positivos o negativos,
posibilitan la formación de estructuras perfectamente estables, cuales pueden
ser las propias constituyentes de los núcleos atómicos. En efecto, el
consecuente comportamiento mutuamente antisimétrico de gravones y lectrones de
uno y otro signo, junto a la igualdad aproximada de los valores absolutos de
sus cargas, permite explicar la estabilidad de sistemas tales como el
identificable con el protón, constituido por un núcleo gravónico negativo
rodeado por sucesivas capas dobles –espines o sentidos traslatorios opuestos– lectrónicas
de signo alternante, y otra más externa y también doble, pero lectrónica
negativa y gravónica positiva. Una estructura coincidente con ésta, salvo en su
triple capa última, doble lectrónica negativa y simple gravónica positiva,
puede suponerse propia del neutrón. (Debe tenerse en cuenta que en la formación
de cada capa intervienen todas las partículas de un mismo tipo del sistema, lo
que debe implicar una profunda reorganización del sistema cuando éste pierde
una sola de sus partículas componentes.) Los propios núcleos pueden formarse al
romperse la última capa de varios nucleones (protones y neutrones) y formarse con
sus gravones positivos un prenúcleo que atrae los más numerosos lectrones
negativos en una capa intermedia capaz de retener los restos nucleónicos,
lectrónicos positivos y gravónicos negativos (pero de carga neta positiva, por
lo que pueden compartir algunos de aquellos lectrones negativos), con fuerza
superior a la de simple atracción lectrónica.
– La existencia del campo eléctrico terrestre puede explicarse
pura y simplemente por su identificación con el gravitatorio, haciéndose
compatibles los datos experimentales por distinción entre las cargas graveléctricas
activa y pasiva de cada cuerpo, definidas respectivamente como
suma o diferencia de sus cargas netas gravónica y lectrónica, y admitiendo que
las cargas de gravones negativos y de lectrones positivos tienen mayores
valores absolutos que las de sus homólogos de signos contrarios, de modo que
resulten (para materia normal como la terrestre) cargas netas gravónica
negativa y lectrónica positiva, mayor aquélla que ésta. Así pues, las masas
o cargas gravitatorias que intervienen en la llamada ley de
gravitación universal deben, en realidad, ser las raíces cuadradas del producto
de ambas cargas graveléctricas de los cuerpos que se atraen, cuyo propio
producto es igual (por la proporcionalidad existente entre ambas cargas de los
distintos cuerpos) al de la carga activa del uno por la pasiva del otro. Que
los cuerpos normales (llamados neutros, pero con cargas netas, según esta hipótesis)
no sean acelerados por los campos eléctricos producidos por la diferencia en el
número de lectrones de un signo y de otro, como el existente entre las placas
de un condensador cargado, mucho mayores que el propio terrestre, puede
explicarse por el carácter microscópicamente variable –el valor macroscópico es
el promedio– de tales campos y el hecho de ser distintos los signos de las
inercias de gravones y lectrones (por lo que reaccionan ante un mismo campo
como los del otro tipo y signo), junto a la mayor relevancia de las capas
profundas (por ser ahí más intensos los campos) y a estar rodeando la primera
doble capa lectrónica (positiva) al nucleo gravónico (negativo) del protón
(principal componente de la materia), causa del desajuste en la reacción con el
incipiente campo –la capa exterior lo siente antes que la interior– de sus
distintos componentes, que polariza sus cargas justo del modo en que sus
efectos se oponen –el campo estático del gravón negativo atrae al lectrón
positivo, y el de éste repele a aquél– a los del campo exterior variable.
– Asimismo, los campos magnéticos del tipo terrestre pueden
explicarse por la conjunción de dos factores principales: uno, la rotación del
planeta, cuya carga activa neta negativa debe crear un campo dipolar opuesto
según el eje de rotación; otro, las corrientes convectivas en la capa fluida
del manto adyacente al núcleo metálico, cargada por los lectrones negativos
expulsados de éste por su campo graveléctrico, que deben crear un campo opuesto
(según determina la aceleración de Coriolís) al anterior. El resultado definitivo
puede ser un campo magnético más o menos dipolar, que puede variar, hasta de
sentido, según sean las propias variaciones físicas de la capa en cuestión del
manto.
– Los corpúsculos inestables, sean los llamados leptones, los
mesones o los bariones, pueden ser identificados como variantes más o menos
obvias del sistema protónico, carentes de la capa externa formada por un lectrón
y un gravón de distinto signo, a cuyo efecto amortiguador puede deberse la
enorme estabilidad del protón frente a la pequeñísima de aquéllos. En efecto,
ya ha sido señalado que las desintegraciones que parecen espontáneas deben, en
realidad, ser provocadas por colisiones con otras partículas no observadas,
cuales pueden ser los pares lectrónicos y los gravolectrónicos, compuestos,
respectivamente, por dos lectrones y por un gravón y un lectrón de distinto
signo (en ambos casos): los primeros, con cargas activa y pasiva casi nulas,
pero con inercia significativa, pueden ser polarizados por el campo de las
partículas cargadas y formar nubes a su alrededor, pero sin llegar a penetrar
en su interior, a no ser que tengan suficiente impulso (adquirido
necesariamente por sus componentes antes del apareamiento), donde podrían
facilitar la desintegración al mezclarse durante el tránsito ambos componentes
con sus iguales de la partícula; los segundos, con inercia y carga activa
minúsculas, pero carga pasiva significativa, no parece probable puedan por sí
solos provocar muchas desintegraciones, pero sí colaborar con los anteriores en
ellas, por su poder de penetración y facilidad de movimiento. Aunque el
desarrollo actual de la teoría no basta para precisar cómo se produce la
desintegración, parece claro que aporta mecanismos suficientes para que ella
suceda, sin tener que renunciar al determinismo de la ley física. No obstante,
la pequeña inestabilidad del neutrón parece poder explicarse con mayor
facilidad, por la obvia posibilidad de que alguna perturbación en su última
capa, triple, resulte en un campo interior negativo, que repela el gravón
positivo, que podría arrastrar en su expulsión a los dos lectrones compañeros,
de modo que el primero de éstos, atraído por el gravón positivo y repelido por
el segundo lectrón negativo, constituyera la radiación b, mientras que éstos volvieran
a ser atraídos por el resto nucleónico positivo para formar el protón. (Dado
que la masa del neutrón es mayor que la del protón en varias masas lectrónicas,
se puede admitir que en este proceso también se produce la formación de dos
pares lectrónicos con los lectrones de las dos capas inmediatas a la última, lo
que explicaría la diversidad de energías del proceso.)
– La repulsión que el campo gravitatorio ejerce sobre los lectrones
negativos debe ser causa de que los cuerpos superdensos (como los llamados
estrellas de neutrones y agujeros negros) no emitan en la zona visible del
espectro, pues sus capas externas tampoco deben estar formadas por átomos, sino
por simples núcleos desnudos, sin la envoltura lectrónica. Es mas, si sucediera
que un tal objeto se encontrase justo delante de uno brillante, no demasiado
extenso, el efecto de lente convergente haría que apareciese un halo luminoso
alrededor de un disco oscuro centrado en él, supuesto con carga activa neta
negativa. Por contra, si el objeto oscuro tuviera carga neta positiva, y el
brillante fuera suficiente extenso, el efecto de lente divergente haría que no
hubiese disco oscuro, sino que la luminosidad creciera hasta el centro. Este
segundo caso probablemente sea el de los objetos mas lejanos, quizá hechos de
las partículas convencionalmente llamadas antipartículas (mucho menos numerosas
que las otras por estos pagos), pudiendo hacer de fondo luminoso nuestros
propios alrededores galacticos (por lo que tendriamos que mirar de espaldas).
– La ausencia de límite para la velocidad que pueden adquirir
los cuerpos permite la posibilidad práctica de viajar por todo el Universo, con
mayor facilidad si resulta técnicamente posible vencer la atracción gravitatoria,
dotando a la nave (cuanto más grande y plana, mejor) con una cubierta capaz de
acumular suficiente carga lectrónica negativa, y minimizando los efectos de
inducción eléctrica sobre el campo de despegue. La dificultad experimental para
superar la constante co
en movimiento rectilíneo parece natural sea debida a la influencia predominante
del planeta en la geometría del medio a su alrededor, que impone un valor muy
pequeña de la excentricidad del elipsoide elemental y, en consecuencia, un
valor de la norma medial del rector densidad de corriente cuando se alinea con
la velocidad casi igual a la espacial, por lo que la velocidad (según las
fórmulas dadas) dificilmente puede superar a co. Sin embargo, en zonas suficientemente alejadas
de cualquier otro objeto masivo, la excentricidad del elipsoide elemental cerca
del cuerpo en movimiento se determina por la propia velocidad de éste, aumentando
con ella de modo que pueda crecer ilimitadamente sin que se supere nunca el
valor de c en el propio lugar (ni la cuantía de la radiación resulte
impedimento serio para ello, pues las aceleraciones no necesitan ser demasiado
grandes), lo que permite que la norma medial se mantenga constante a pesar de
aumentar indefinidamente el rector corriente, o sea, que la velocidad del
cuerpo en movimiento, igual a la razón entre el impulso y la energía, supere
tanto como se quiera a la constante co.
– El hecho de que la geometría espacial confiera a los fotones
(que son cuasipartículas, partículas formales sin carga) una masa formal
imaginaria, por la que su velocidad aumenta sin límite al tender a cero –el impulso
no puede hacerlo– su energía, permite la posibilidad práctica de comunicación
por ondas graveléctricas, sin limitaciones espacio-temporales que no sean
puramente técnicas. Ciertamente, la pequeñez de su masa hace que la energía del
fotón disminuya drásticamente –la dependencia entre masa, impulso y energía fotónicas
es como la establecida para las partículas reales, con c en lugar de co, mientras que la razón entre
su velocidad (igual a la de grupo del paquete de ondas) y la de la luz, c, es
igual a la de su impulso y energía (proporcionales al vector de ondas y
pulsación medias del paquete)– en cuanto su velocidad se aparte mínimamente de
la de propagación de las ondas (cuyo producto con ella es igual al cuadrado de
c), lo que dificulta enormemente, pero no imposibilita, su detección. (Si hay
algún aparato conocido que pueda detectar los débiles fotones ultrarápidos, ése
debe ser el cerebro humano; más aún, si trabajan en común un gran número de
ellos.)
– La presente teoría parece perfectamente compatible con la
natural cuasiestacionariedad o cuasiperioricidad de la evolución eterna del Universo,
ya que los modos opuestos que tienen gravones y lectrones de generar ondas,
junto a la estructura de la materia, permite un proceso cíclico en el que la
energía del campo estático de los cuerpos masivos (como los núcleos primigenios
de materia condensada, o las posteriormente formadas estrellas), se transforma
en radiante, emitida preferentemente (por generación eléctrica) a frecuencias
altas, que, tras sufrir la degradación de éstas, debido a la interacción con la
materia, acaba siendo absorbida, preferentemente (por interacción gravitatoria)
a frecuencias bajas, por el campo estático. Esto, evidentemente, no es
compatible con la pretendida ley de crecimiento universal de la entropía, pero
es que la tal ley no tiene un ámbito de aplicación tan general como se le ha
dado, resultando claro que el factor campo no ha sido tratado correctamente.
– Sobre la cuestión (no abordada por las teorías vigentes) de
qué determina el valor de las constantes físicas llamadas universales, como la
velocidad de la luz en el vacío, el cuanto de acción, la constante de gravitación,
la carga y el radio del electrón ..., parece claro que la presente teoría solo
puede admitir –no se consideran las constantes puramente geométricas, como el
radio universal– la primera de las citadas (interpretada como el valor
constante, C, que toma la c que
aparece en la ecuación de propagación de ondas graveléctricas por un medio
fijo, isótropo y unitariamente denso), y eso porque la relación de igualdad
entre los intervalos temporales puede obviamente ser determinada (o definida)
por ella de la propia igualdad entre los intervalos espaciales. Las demás
constantes no tienen por qué ser verdaderamente universales, pudiendo ser
distintas no sólo en otros universos concebibles, sino en regiones distintas del
mismo. Parece natural que su determinación tenga mucho que ver con la supuesta
colisión entre los ya mencionados núcleos cósmicos que originase la parte conocida
del Universo, pues sólo en tales circunstancias de concentración y sometimiento
a campos extremos parece posible la precisa separación de las partículas según
sus características, por diferencia entre sus velocidades de salida. Desde
luego, el tamaño, o volumen mínimo ocupado por la mayor parte de su carga, de
un gravón o un lectrón no es constante, sino variable por interacción con
fotones u otras partículas. Así, la condición de estar ligada a más partículas
iguales del sistema posibilita el aumento
de tamaño, al participar todas en la formación de las mismas seudopartículas.
Ciertamente, la presente teoría permite posibilidades fantásticas
–ya se ha señalado alguna– cuya realización, al paso actual del desarrollo
tecnológico, resulta difícil prever cuándo tendrá lugar. Quizás la más
interesante sea una realidad: la existencia de partículas dobles cuyas
componentes tengan ambas tamaños comparables con el propio del Universo y
puedan ser constituyentes de organismos vivos, a llamar espíritus, inmunes
por su tenue extensión a los campos ordinarios (demasiado locales y contrapuestos),
capaces de vivir en sintonía con los corporales ordinarios y también
independientemente de éstos. Me explico: Es evidente que existe una estrecha
relación entre los procesos físicos que ocurren en el cerebro de una persona y
las sensaciones que ésta tiene y le permiten conocer el mundo que lo rodea,
pero hace falta estar ciego para no ver que aquéllos y éstas no son las mismas
cosas, sino que sus naturalezas son distintas. Es más, también se puede
distinguir los actos sensitivos de los cognitivos, y reconocer que sólo
aquéllos (la mayoría de los realizados –la intuición de un solo concepto va
normalmente acompañada de la percepción de multitud de signos– por la persona
en esta vida) son los directamente relacionados con los procesos físicos del
cerebro, por tener un carácter que puede calificarse de local y temporal,
asociado a un lugar y un momento, mientras que los actos cognitivos, que no
tienen ese carácter, deben estar más relacionados con los procesos físicos de
la estructura superior o espiritual, no localizada como aquél (por estar
formada con las citadas partículas dobles, no detectables por los métodos
convencionales, a pesar de tener sus componentes, quizás, cargas mucho mayores
que las corrientes), independiente pero sintonizada con él, capaz de recibir y
almacenar sus vivencias, y sometida a la voluntad de la propia persona, en el
sentido –tampoco debe confundirse el organismo que sufre los procesos físicos
con el sujeto que realiza los actos, sensitivos o cognitivos, relacionados con
ellos– de que sus actos de voluntad (no regidos por leyes físicas, sino
determinado por el conocimiento propio de la persona) pueden cambiar
bruscamente el estado de alguna de sus partículas (para crear pulsos de
propagación prácticamente instantánea, por su enorme tamaño (o longitud de
onda), que, al ser detectados por el cerebro, provoquen los procesos considerados
voluntarios). Esta estructura superior (identificable con el alma) también puede
tener procesos físicos propios que se correspondan con sensaciones, pero su
ritmo de vida en este aspecto debe ser mucho más lento que el del cerebro, y es
por ello que parece que sólo sentimos con éste, cuando está vivo (si bien la
estabilidad de ella es inmensamente superior a la del cuerpo y no debe ser
afectada por su muerte). Desde luego, cuando ésta sucede, la vida debe cambiar
drásticamente, pasando a ser de un nivel que puede considerarse superior al de
la ordinaria (como debe ser para que sea posible dar origen de nuevo a una
nueva vida tal), por predominar, contrariamente a ésta, los actos cognitivos
(que son también determinantes de los volitivos) sobre los sensitivos (consistiendo
quizás éstos, principalmente, en recuerdos grabados (en memorias mucho más
potentes que las cerebrales) de vidas anteriores, cuyo estudio permita mejorar la
programación de las venideras). Mas sea como fuere la vida de la estructura espiritual
antes del nacimiento y después de la muerte del cuerpo, resulta evidente que se
puede nacer y se puede morir, por lo que ambos hechos ocurrirán (infinidad de
veces) en el futuro. (Sé que puede ser considerado esto como meras elucubraciones
de una mente fantasiosa, que se salen del ámbito de la teoría física, pero no
he resistido a la tentación de exponerlas, por si pueden servir para superar el
rastrero materialismo que domina actualmente el mundo científico actual, cuya
cortedad de miras me parece una desgracia.)
Para terminar, quiero llamar la atención sobre la posibilidad
de un efecto físico que parece predecir esta teoría y podría, además de
confirmarla, resolver uno de los más grandes problemas que tiene planteados
actualmente la Humanidad: la dependencia de la vida media de las sustancias
radiactivas con el valor del potencial escalar del campo gravelectromagnético. En
efecto, ya se ha dicho que la desintegración de los núcleos inestables puede
ser debida al choque con partículas difíciles de detectar (por tener carga
activa casi nula), cuales pueden ser los pares de dos lectrones, o de un gravón
y un lectrón de signos opuestos, tan numerosos que deben formar, los muy lentos
lectrónicos (por su también casi nula carga pasiva), una especie de mar frío
que inunda todos los espacios vacíos del Universo, más densamente (debido a la
polarización) en las cercanías de las partículas cargadas, pero sin llegar a
penetrar ningún par en ellas, a no ser que ya tenga cierto impulso adquirido,
mientras que los rapidísimos gravolectrónicos (por su doble carga pasiva) deben
estar constantemente bombardeando los cuerpos inmersos en él, penetrándolos con
facilidad, pero sin producir, por sí solos, efectos significativos (por ser muy
pequeños el valor de su carga activa y la duración de su proceso de interacción).
Así pues, la distribución de energía entre los pares que llegan al núcleo
inestable debe influir en su radiactividad, por lo que parece natural tratar de
cambiarla convenientemente (para que no sólo penetren más, sino que lo hagan a
la velocidad más eficaz) con el cambio apropiado del potencial escalar
graveléctrico en el que se encuentra. Propongo, pues, la realización del
siguiente experimento: instalar dentro de la esfera de un generador de Van de
Graaff (o de algún otro generador electrostático más potente que pueda haber) una
caja conteniendo una minúscula muestra de cualquier material radiactivo
colocada entre dos (mejor que ante uno) contadores opuestos de partículas
ionizantes, y ver cómo varía el ritmo de cuentas al realizarse la carga. (Parece
sencillo y fácil de hacer, siendo los posibles beneficios para la humanidad
tales que, a mi juicio, sólo
justificaría su rechazo la existencia de un experimento semejante ya realizado
con resultados negativos. No sé de ninguno...)
.................................................................
Por supuesto, no he pretendido dejar explicado todo; solamente,
poner de manifiesto la posibilidad de hacerlo sin tener que recurrir a lo que
considero artimañas que repugnan a nuestra intuición mas
profunda. En esta versión he tratado de subsanar los errores cometidos en las
anteriores (sin hacer mención de ellos), pero seguro –pido comprensión: estoy
solo y mis conocimientos son muy limitados– que queda mucho por corregir.
Invito a quien pueda hacerlo lo haga, con plena confianza en que entonces
resultará más evidente la bondad de lo esencial de la teoría.