PRESENTACIÓN

 

En http://es.geocities.com/fernanxxi he tratado de comunicar los logros principales de mi pensamiento propio a lo largo de toda una vida dedicada a ello. Los textos no son definitivos, sino sucintos e imperfectos, con posibles errores subsanables, que no afectan a la verdadera esencia del asunto, ni impiden que tengan un valor inusitado, por romper barreras tenidas por insalvables. Son producto de diversos cambios introducidos en versiones anteriores, algunas de ellas dadas a conocer muchos años atrás. Sobre todo, los he escrito para que no se pierda el fruto de mi trabajo y pueda éste ser continuado por quienquiera sintonice con mi modo de pensar.

 

El primer texto que me decidí a escribir trataba de la noción de espacio y de un modo original de construir su estructura geométrica fundamental, que evidencia ciertas propiedades singulares del plano llamado allí natural (el de dimensión 3) que permitieron conjeturar los principios de una maravillosa teoría capaz de explicar los fenómenos físicos sin violentar los propios del sentido común (algo que no logran las teorías fundamentales actualmente vigentes). Con ello traté de interesar a gente entendida en la materia, comenzando con antiguos profesores míos, para ayudarme a desarrollar tal teoría. Como fracasé en este intento, al no admitir ellos la posibilidad de graves errores en las teorías profesadas propias, consideradas geniales y casi universalmente aceptadas, decidí escribir otro trabajo, también revolucionario, pero más breve y asequible que el primero, por no requerir más que algo de claridad en conceptos vulgares, y de dominio de la lógica, el cual señalaba errores de concepto cometidos en la teoría convencional de conjuntos (considerada fundamental en Matemática) por evitar la aparición de paradojas, evidenciando la posibilidad de una teoría conjuntista lógicamente consistente y respetuosa con los dictados de la intuición, y con el que yo esperaba lograr se me prestase la atención que creía merecer.

 

Por desgracia, todos mis esfuerzos por encontrar ayuda han sido en vano y he tenido que ponerme, yo solo, a la tarea de construir las citadas teorías, mas sin poderle dedicar más que una parte pequeña de mi tiempo, ya que mi mayor interés se centra sobre otra teoría más general de carácter estrictamente filosófico, Teoría de los Entes (TE), de la cual han surgido las ideas esenciales de aquéllas como unos simples frutos más, cuyo carácter propio me pareció al principio podía permitir el adelanto de su comunicación, de modo que su esperado éxito facilitara tanto la dedicación mía plena a la teoría general como la conjunta de muchas mentes poderosas al desarrollo y aplicación de las otras. La nueva Teoría de Conjuntos (TC), por su sencillez, creo puede considerarse casi suficientemente determinada con los datos supuestos y expresos; no así la nueva Teoría Física (TF), más compleja, si bien cabe la esperanza de llegar a hacerlo y lo ya establecido permite ir mucho más lejos que la antigua. Tengo que reconocer que mis esperanzas de alcanzar el reconocimiento inmediato casi se han esfumado. No sé si mi fracaso de comunicación se debe a falta mía de talento para expresarme, o de comprensión en los demás, pero sí estoy seguro del enorme valor que tiene lo que quiero comunicar, y de que debo hacer algo para que no se pierda y pueda llegar a alguien que pueda continuarlo.

 

La página ínicial del citado sitio web permite acceder a todos los archivos del directorio: el primero contiene el presente texto, titulado Presentación; el segundo contiene el texto titulado Prólogo, sobre la Teoría de los Entes, que trata de aclarar conceptos primarios, como los fundamentales en Matemática y Física, y el titulado Teoría del Espacio, sobre la estructura geométrica que considero fundamental; el tercero contiene el texto titulado El valor de la Intuición, sobre la citada Teoría de Conjuntos; el cuarto, el texto de Teoría Física; los demás, textos escritos después del presente. La experiencia me ha enseñado cuán difícil resulta la comprensión de los anteriores a éste para gente de toda condición; puede parecer natural que así suceda con quienes carecen de los conocimientos que se suponen, pero no deja de sorprenderme que también ocurra lo mismo con quienes son tenidos como autoridades en la materia, al menos, de cualquiera de los textos diferentes al Prólogo, el cual, debido a su carácter abstracto, estrictamente filosófico, puede requerir para su correcta interpretación, si no conocimientos demasiado especializados, sí una cierta afinidad mental conmigo. Creo que el orden más apropiado de lectura es el de aparición en la página inicial, si bien hay que tener cuidado, en todo caso, con las diferencias entre las terminologías de ellos (y de posibles versiones nuevas), y puede obviarse del texto de Teoría del Espacio, inacabado y con muchos téminos nuevos, probablemente no definitivos, la parte dedicada a las definiciones que no sean necesarias para comprender los axiomas y teoremas expresos (cuyas demostraciones, muy fáciles para el nivel supuesto de conocimineto, no aparecen, por haber estimado que no valía la pena aplicar a su parte del texto (con mucho, la más amplia) los últimos cambios terminológicos realizados en las partes presentadas y para evitar posibles confusiones).

 

Quiero insistir en la importancia capital de los trabajos citados. Ello resulta evidente y nadie puede negarlo, si no señala a la vez la comisión de errores que los invalidan: el mero reconocimiento de la posibilidad de consistencia (por no encontrar tales errores) implica reconocer su trascendencia, ya que las nuevas teorías son respetuosas con la intuición y refutan las antiguas (consideradas geniales justamente por ser contrarias al sentido común), al poder asumir todos sus pretendidos logros sin que ocurra otro tanto viceversa; más aún, aquéllas permiten posibilidades profundamente intuitivas (y deseables) que son absolutamente negadas por éstas, si bien la capacidad humana sea insuficiente (con los métodos concebibles hoy en día, al menos) para controlarlas. Como prueba, trataré de exponer, en términos que espero sean fáciles de interpretar (si se presta la atención debida a la importancia del asunto), la respuesta que brinda la nueva teoría física a la inquietante pregunta sobre la posibilidad de vida después de la muerte.

 

Mi teoría física supone, en muchos aspectos, una concepción nueva del Universo. En esencia, se concibe como un cierto espacio ocupado por un medio fluido que se mueve en él según las leyes físicas y tiene como componentes individuales, en cada instante, a los propios puntos geométricos del espacio y no, como pudiera creerse por las teorías convencionales, a las partículas materiales. Lo que se llama materia, o sistema de tales partículas, puede considerarse como una simple propiedad del movimiento del medio: existe una sorprendente relación (sólo posible en el espacio de dimensión 3) entre los campos de densidad y de velocidad del medio en cada punto del espacio y los llamados potenciales escalar y vectorial del campo electromagnético (llamado graveléctrico en la nueva terminología), relacionados, a su vez, en la conocida forma (con ciertos matices interpretativos) establecida por la teoría electromagnética, con los campos de densidades de carga y de corriente, considerados por la nueva teoría como suma (o superposición) de campos elementales, identificables cada uno con una partícula. Así pues, se puede decir, en sentido obvio, que las partículas son objetos cargados, pero no que la carga de cada una está concentrada en un punto (como postulan las teorías convencionales), sino distribuída por todo el espacio, según la función propia particular de densidad instantánea (variable con el tiempo según ciertas leyes físicas a establecer). Naturalmente, la dispersión de la carga de una partícula puede tener cualquier valor, no tiene necesariamente que estar concentrada en una región pequeña respecto al tamaño del Universo, si bien es obvio que las partículas que constituyen los cuerpos del mundo físico ordinario, el detectado por los sentidos externos, sí la tienen muy concentradas, en tamaños del orden atómico o menor. Mas esto no implica que todas las partículas reales deban tener esos tamaños, sino sólo aquéllas que somos capaces de detectar con los medios ordinarios: en efecto, según la nueva teoría, sucede que las partículas con carga suficientemente dispersa por todo el espacio resultan individualmente indetectables con los tales medios (algo acorde con ciertos datos experimentales, que parecen indicar, según las teorías convencionales, la existencia de enorme cantidad de materia oscura, talmente indetectable). Más aún, resulta fácil ver que la magnitud de la interacción entre partículas que ocupan una misma región del espacio debe debilitarse según aumenta el tamaño de ésta, a no ser que sus estados sean cada vez más concordantes (o sea, tengan sus cargas repartidas de modo que las acciones debidas a sus distintas partes no se anulen entre sí), y que, así como disminuye la probabilidad de esta posibilidad, también debe suceder que, una vez realizada, aumente la dificultad en eliminarla.

 

Después de esta corta introducción a ciertos aspectos de la teoría física que yo postulo, espero que resulte ya fácil admitir la posibilidad no sólo de organismos vivos hechos de materia ordinaria, o sea, constituída por partículas con su carga muy concentrada, para formar los conocidos átomos y moléculas, sometidos a procesos físicos evidentemente relacionados con actos sensitivos o sensaciones, sino también de otra clase de organismos vivos, hechos de materia constituída por partículas de tamaño universal (o sea, con su carga dispersa, en medida no despreciable, por todo el espacio), sometidos a procesos físicos relacionados con los actos cognitivos o cogniciones. La necesidad de ambas relaciones entre sendas clases de actos y de organismos vivos –sin duda, el lector los habrá identificado ya con los llamados cuerpos y espíritus, o almas– está determinada por la diferencia entre los caracteres, en cierto sentido, local de los unos y universal de los otros. En efecto, los actos sensitivos asociados a los sentidos llamados externos, relacionados de forma tan misteriosa como maravillosa con el funcionamiento de los respectivos órganos corporales, aportan datos sobre el estado del Universo a su alrededor (aún cuando los estímulos puedan considerarse originados en lugares lejanos, pues han de propagarse hasta ellos para interactuar), mientras que los actos cognitivos, aun cuando puedan igualmente estar relacionados con procesos físicos, aportan datos de naturaleza bien distinta, no sólo sobre el Universo, sino sobre cualquier otro ente. La dificultad para apreciar esa diferencia quizá sea debida a la confusión entre acto cognitivo y signo acompañante. Para superarla, considérese el hecho evidente de que idiomas distintos pueden tener signos distintos de conceptos iguales, o sea, de que es posible tener conocimientos iguales con expresiones de pensamiento muy distintas. Esto, por muy inimaginable que pueda parecer, hace obvia la posibilidad de conocimiento sin actividad sensitiva acompañante o, por no ser tan extremado, con una mínima actividad tal, o de clase muy distinta a la propia de esta vida.

 

Ciertamente, los actos sensitivos determinados por los procesos físicos propios del cuerpo vivo deben dejar de ocurrir con la muerte de éste, y, dado que son mucho más numerosos que los cognitivos, también deberá suceder algo que parece obvio: un cambio drástico en la forma de vida. No obstante, podrán seguir ocurriendo los actos cognitivos y ciertos actos sensitivos estrechamente relacionados con éstos y sin el carácter local de aquéllos (como los de sentimientos de paso del tiempo, admiración ante la belleza, amor por el bien, odio por el mal…). Desde luego, resultaría demasiado especulativo, apartado del método científico (que exige la posibilidad de comprobación experimental repetida), el intento de entrar en detalles sobre la vida del más allá, pero sí es posible evidenciar que su existencia no es incompatible con la de las leyes físicas (al menos, de las postuladas por mi teoría). Las almas (o espíritus) son organismos tan materiales como los propios cuerpos, si bien el estado de su materia constituyente sea muy distinto: tanto las partículas componentes de los unos como las de los otros deben tener sus centros de simetría –cada una tiene cuatro (aunque las ordinarias tengan casi la totalidad de su carga concentrada alrededor de uno de ellos), a distancia máxima entre sí, según la geometría propia del espacio– próximos, los de cada una a sendos centros de cada otra, para hacer posible una interacción eficaz, que mantenga íntegro el sistema (que resulta ser mucho más estable en el caso de aquéllas que en el de éstos) y permita los procesos físicos vitales (bien distintos, sin duda, en ambos casos). A pesar de ser tan livianas las partículas componentes de las almas, tanto que puede considerarse despreciable el campo estático producido por la carga de todas las de cualquiera de éstas, resulta  perfectamente posible, mediante bruscos y ligeros cambios (no sujetos a leyes físicas y relacionados directamente con los actos volitivos) en las distribuciones de carga (posiblemente mucho mayor que la de las ordinarias) de algunas de ellas, la generación de ondas convergentes que concentren su energía alrededor del cuerpo vivo propio, de modo que su cerebro (con su red neuronal como antena) pueda detectarlas y modificarlas, dando lugar a otras divergentes susceptibles, a su vez, de ser detectadas por el alma propia, en sintonía con ellas; lo cual permite explicar con cierta facilidad el control de ésta sobre la función de sonda (exploradora de regiones pequeñas alrededor) de aquél, teniendo en cuenta que, según la nueva teoría física, no existe límite superior para la velocidad de propagación de los fotones (que aumenta al disminuir la frecuencia o energía de éstos, indetectables por los medios actuales si la tienen mínimamente superior a la conocida de la luz). Desde luego, la experiencia muestra la posibilidad de comunicación entre almas controladoras de cuerpos activos en un mismo mundo (mediante palabras, por ejemplo), pero se puede también explicar la propia entre almas sin cuerpos que controlar, por la existencia de otros organismos (vivos o no, quizá compuestos por partículas de tamaño intermedio entre los de aquéllas y éstos) que permitan, como sucede en la tecnología actual, cambiar la sintonía de los mensajes.

 

Dado que la estabilidad, como sistemas físicos, de las almas es enormemente superior a la de los cuerpos, o sea, que la duración de la vida de aquéllas es mucho mayor que la de éstos, parece obvio que esta vida nuestra ordinaria pueda ser considerada como un simple intermedio, de los innumerables que puede haber, en la ultraterrena: algo así como lo que pueden ser los propios sueños para ella. La mayor potencia cognitiva en la vida espiritual pura, frente a la posible mayor sensitiva en la ordinaria, explica –la memoria del alma puede ser inmensa, abarcar datos procedentes de todo el pasado de la vida de aquélla, incluyendo todos los intermedios de vida ordinaria– los distintos caracteres de una y otra: aquélla puede dar origen a ésta (dirigiendo, por ejemplo, las conexiones neuronales del cerebro en formación del cuerpo propio) para disfrutar temporalmente de los dones que ella nos brinda, como el placer que se experimenta al (satisfacer el deseo de) aumentar nuestro propio poder en una u otra actividad (que puede ser más fácil de lograr en esta vida que en la otra, pues el aumento no sólo depende del talento disponible, sino también del nivel de partida).

 

Si bien es obvia la existencia de una relación natural entre procesos físicos cerebrales y sensaciones, resulta aberrante la pretensión científico-materialista de identificar los unos con los otros. Esto debe ya ser evidente para quien tenga claros los conceptos en cuestión, pero resulta fácil convencerse de ello considerando que la sucesión real de actos sensitivos es de carácter discreto, mientras que el tiempo físico lo es del continuo (o sea, que todo acto tiene un precedente y un siguiente inmediatos, mientras que los instantes de tiempo no lo tienen), y que cualquiera de tales actos puede tener una infinidad de otros iguales a él en esa sucesión, algo que evidentemente no ocurre (ni puede ocurrir, según las leyes físicas, salvo en movimientos perfectamente cíclicos de ciertos casos especiales) en ninguna sucesión de procesos físicos temporalmente consecutivos de nuestro universo. Así, en esa relación natural, a cada infinidad de actos sensitivos iguales le corresponde una infinidad de procesos físicos universales distintos (aunque todos tengan ciertas características corporales comunes). Más aún, la determinación de la correspondencia entre los actos sensitivos y los procesos físicos individuales requiere no sólo la existencia del cuerpo vivo, sino también la del alma que lo controla: ésta tiene que emitir permamentemente (a ritmo variable con la atención prestada) impulsos ondulatorios convergentes a la región del Universo donde se encuentra aquél, para posibilitar la interacción con el cerebro propio, así como la transmisión, por las consecuentes ondas divergentes, de la información (a guardar en memoria) relativa a la actividad de éste. Son los procesos de interacción entre ondas generadas por el alma y actividad cerebral, no los procesos cerebrales aislados, los que están más naturalmente relacionados con los actos sensitivos (como se pone de manifiesto al considerar los procesos cerebrales ocurrentes durante el sueño: pueden ser incluso más activos que los de la vigilia y, sin embargo, no producir acto sensitivo alguno del que tener consciencia, por no darse, sin la atención debida, los impulsos ondulatorios con los que interactuar).

 

El hecho de que no sea necesario el concurso del cuerpo para determinar los actos cognitivos, asociados con los procesos físicos de acceso a la memoria propia del alma (de naturaleza obviamente muy distinta a la sensitiva pura del cerebro, y de capacidad sin duda enormemente mayor), invita a preguntarse por qué no podemos hacer un uso más intenso de ella durante la vida ordinaria. La respuesta debe ser que la memoria de trabajo (la más rápida, pero de menor capacidad), está demasiado ocupada con el control del cuerpo propio –en efecto, para intensificar la actividad cognitiva necesitamos reducir la sensitiva que nos puede distraer de ella, al no ser capaces de atender a las dos– y se necesita demasiado tiempo (más de lo que dura, quizás, la vidad humana y, desde luego, nuestro sueño normal, en que la actividad sensitiva se reduce al mínimo) para acceder a la memoria de almacenamiento, encontrar la información buscada y pasarla a la memoria rápida de trabajo. Sin embargo, aunque sean muy improbables, deben ser posibles los momentos de especial inspiración en que se abre por primera vez en esta vida un archivo de la memoria profunda que permite el disfrute de niveles de conocimiento nunca alcanzados en ella (y que pueden hacer evidente, por ejemplo, el propio sentido de ésta).

 

A pesar de su enorme estabilidad como sistema físico, el alma no es inmortal: quizás tarde tanto como el propio ciclo de expansión-contracción de la materia del Universo (para dar lugar a la formación de los intensos campos necesarios para ello), pero acabará desintegrándose. Mas esto no puede suponer el fin del devenir o sucesión natural de actos sensitivos, cognitivos y volitivos, que es infinito, sino sólo un cambio drástico en la forma de distribuirse éstos. Se puede seguir el hilo de razonamiento ya iniciado para saber lo que puede pasar: la clave está en distinguir el sujeto actor, la persona, de los objetos instrumentales, el cuerpo y el alma. En efecto, sucede que, así como la vida terrenal puede considerarse como un intervalo especial (semejante a un sueño) de la ultraterrenal (que no precisa del cuerpo, sino sólo del alma), se puede ésta considerar como un intervalo especial de otra, la eterna, que no está relacionada (en el sentido natural) con organismo vivo alguno (a no ser que se considere como tal al propio Universo). Desde luego, el fin de una vida ultraterrenal puede suponer cambios todavía mayores que el propio de una terrenal: ya no serán posibles los actos sensitivos, asociados a sentidos externos o internos, o guardados en memoria de cuerpo (cerebral) o de alma, ni los cognitivos asociados a facultades del alma, sino sólo actos volitivos, controladores de los procesos físicos, y ciertos cognitivos, directores, en cierto sentido que espero sea obvio, de los primeros. (El lector, seguro que apropiadamente, puede haber ya dado el nombre de Dios al actor o sujeto agente de estos actos, pero debe advertir –ésta es mi evidencia más trascendente– que El Yo es único, si bien puede estar en infinidad de estadíos distintos (sean divinos, humanos, animales…) y recibir nombre distinto por cada uno de ellos.) Más aún: todos los actos cognitivos ocurrentes en tales estadíos divinos del Devenir Eterno, sin cuerpos ni almas activos, deben ser de los llamados (en TE) conceptos, constantes en su significado (común a todos los de igual esencia) y componentes de las intuiciones (cogniciones puras, sin actos sensitivos componentes y distintas de los razonamientos, compuestos por actos cognitivos (llamados reflexos en TE) que son variables (los de igual esencia) en significado y cuya relación natural con los signos idiomáticos (que son actos sensitivos) –la frase es larga y debe ser leída con detenimiento: el Prólogo puede ayudar a interpretarla correctamente, si se tiene cuidado con los posibles cambios en la terminología– permite que sean guardados en la memoria del alma), no ligadas a sensaciones, sino sólo a otras intuiciones puras o a voliciones (acciones compuestas sólo por actos volitivos), las cuales permiten el poder absoluto sobre el estado físico de todas las partículas del Universo: aunque en estadíos tales no se puede sentir (ni, por tanto, percibir el paso del tiempo), sí se puede actuar para ponerlo en un estado inicial –no prejuzgo sobre la complejidad de tal acción (creación), compuesta sólo por intuiciones puras y voliciones– cuya evolución física natural permita la formación de organismos vivos dotados de cualesquiera sentidos. Así pues, el omnipotente y omnisciente Dios ha de perder su condición divina para poder sentir; mas es obvio que no tiene sentido que ello sea para siempre, sino que se ha de recuperar, antes o después, tal condición. Desde luego, puede mantener parte de su poder volitivo, repartido (como libre albedrío) entre todas las personas que viven el mismo momento temporal físico (en estadíos del Devenir necesariamente distintos, por la unicidad de El Yo), sobre el estado de algunas partículas (propias de las almas) del Universo, que pemita, mediante voliciones (no sujetas a las leyes físicas, sino dictadas cada una por la intuición personal), modificar la evolución de éste dentro de los límites impuestos por la programación divina. Desde luego, todas las voliciones realizadas en estadíos personales temporalmente supepuestos alteran la evolución física del universo común, afectando, por la relación entre los procesos físicos y los actos sensitivos, a todos los tales estadíos, no sólo a los propios, ni siempre en el mismo sentido de favor: el juego de la vida. En resumen, el Devenir Eterno de los actos se puede dividir en estadíos correspondientes a sendos intervalos temporales, superpuestos o no, del Universo, infinidad de los cuales son divinos, constituídos sólo por conceptos y vólitos, independientes de procesos físicos (o psíquicos) y asociables como propios de un solo Dios, que permiten controlar desde ellos (por las leyes propias del Devenir, físicas y éticas) los demás estadíos interpuestos, de los cuales infinidad son personales, superpuestos o no en el tiempo, en los que es posible realizar no sólo actos iguales en esencia a los divinos (conceptos y vólitos), sino también otros propiamente animales (sensos) o racionales (reflexos), relacionados del modo misteriosamente natural con ciertos procesos físicos de organismos vivos (almas, con o sin cuerpos como órganos propios).

 

Ciertamente, Dios puede entender, conocer con precisión total, el Devenir Eterno o sucesión real de los actos: ello puede postularse, pues no contradice ninguno de los postulados más fundamentales que pueden hacerse. Con todo, es imposible saber, en ningún estadío, cuál de los iguales en esencia –toda cosa o ente distinto de El Yo tiene una infinidad de iguales, distinguibles de ella sólo por sus relaciones circunstanciales con otras cosas– es el estadío presente: las propias acciones de saber en sendos estadíos iguales son también iguales, por lo que no pueden distinguir a éstos. Aquí está la clave para explicar la compatibilidad lógica de la libertad absoluta de Dios para determinar su estadío presente en el Devenir Eterno y la propia existencia de éste (eternamente determinado): la igualdad esencial de los estadíos implica la propia de sus actos correspondientes, no la de los estadíos adyacentes en el Devenir, a determinar con el estadío presente (entre todos sus iguales en esencia) mediante las voliciones divinas, dirigidas por el entendimiento del Devenir, que permite saber cómo realizar, o distribuir, los actos volitivos, para que la probabilidad de obtener cualesquiera resultados sea tan cercana a la certeza como se quiera. (La ausencia de actos sensitivos en los estadíos divinos permite decir, en cierto sentido obvio, que Dios no sufre el paso del tiempo, a pesar de haber infinidad de ellos repartidos a lo largo del Devenir Eterno, y, también, considerar como intemporales a sus actos o acciones propios, pues la percepción temporal requiere la realización de ciertos actos sensitivos de carácter propio: el tiempo (psicológico) sólo tiene sentido dentro del mismo estadío personal, entre dos divinos consecutivos, por la posibilidad de guardar memoria de las acciones en él realizadas, irremediablemente perdida con la desintegración del alma en el paso de un estadío personal a otro, sin que ello afecte al conocimiento divino del Devenir, que no es debido a memoria alguna, sino al conocimiento eterno de sus leyes.)

 

Si bien no tenía la intención de hacerlo al comenzar el presente texto, creo conveniente alguna consideración –espero llegar a tratar de ellas con mayor detenimiento– sobre las leyes que regulan el Devenir Eterno, en general, y los estadíos personales, en particular, pues pueden ayudar a comprender (y asumir) los otros que pretendo escribir después. Sobre todo, interesa señalar sus caracteres estadístico, que las hace cobrar sentido sólo al considerar estadíos suficientemente largos, y estético, que permite descubrirlas atendiendo a puros criterios de belleza: todo hecho (acto o acción) compuesto por cualquier número de actos tiene una infinidad de otros esencialmente iguales a él que devienen (ocurren en el Devenir) con probabilidad relativa (a los hechos con mismo número de actos componentes) cuyo valor se puede postular igual a la exponencial del valor de su belleza (de modo que aquél sea siempre positivo y éste pueda ser positivo o negativo, según el hecho sea bello o feo). Aunque la capacidad humana no basta para entender la (intuir la idea de) Belleza, sí que permite un cierto conocimiento de ella, suficiente para dar sentido a lo dicho, y reconocer el Bien (Absoluto) como forma restringida suya, la propia de los entes que son hechos, así como apreciar el papel que las voliciones (cuyos componentes, los vólitos o actos volitivos, son todos iguales esenciales y tienen, sin duda, la mayor probabilidad de ocurrencia –no tengo la teoría suficientemente avanzada, pero apostaría a que iguala la suma de todas las demás, o sea, en téminos medios, que uno de cada dos actos es vólito– entre las distintas esencias de los actos) juegan en el Devenir: permiten superar la dependencia de las percepciones (acciones sin actos volitivos como componentes) con las leyes físicas, reguladoras de los procesos vitales ligados a éstas, mas no a aquéllas, que requieren otras leyes, las éticas, unas y otras compatibles con el postulado sobre la relación entre los valores de belleza y probabilidad. En efecto, resulta que la realización de voliciones, impide que el Devenir Eterno, a pesar de su relación natural con la evolución del Universo, pueda ser explicado por puro determinismo físico, aplicable a un estado inicial de esencia cualquiera, pues los vólitos (todos esencialmente iguales) pueden suceder y preceder a acciones de cualquier esencia, con probabilidad absoluta (dependiente de ésta) que nunca debe tener valor de certeza, mas tender a uno de los dos posibles de ella (0, en caso no real, ó 1, en el real) –a esto se reduce el determinismo propio de las leyes éticas– al aumentar indefinidamente el estadío adyacente (pasado o futuro) considerado del Devenir. Más en general, puede decirse que sólo el pasado infinito determina (con seguridad absoluta) el futuro inmediato, así como postular, tratando como idénticos a los iguales en esencia, que cualquier estadío tiene (infinidad de) otros –no juzgo sobre sus posibles larguras mínimas, por no marearme– a los que sucede (o precede) con probabilidad mayor que una (distinta de la certeza) cualquiera dada, y que algunos de ellos puede consistir en una sola volición (lo cual supone la existencia de una cierta relación natural, de complejidad sólo al alcance de la sabiduría divina, entre los (grandes) números (de actos componentes de las voliciones) y las esencias de los demás actos). (Todo esto puede parecer especulativo, pero no trata más que de meras generalidades muy intuitivas y perfectamente consistentes. La dificultad para admitir ciertas de sus implicaciones quizás sea debida a una noción deficiente del infinito, cuya verdadera potencia, siempre numerable, ha sido erróneamente tratada por la oficialidad matemática del pasado siglo, con lamentables consecuencias, como creo haber demostrado en mi trabajo sobre TC.)

 

El carácter estético de las leyes éticas, reguladoras de los actos volitivos que alteran el estado de las partículas propias del Universo, al margen de las leyes que gobiernan su evolución física e influyendo así en la realización de los actos sensitivos ligados a los procesos físicos de la vida, debe exigir, naturalmente, el máximo valor posible de su propia belleza, lo cual no puede implicar la imposibilidad de acciones de valor estético negativo (dolorosas, maléficas…), de obvia existencia, mas sí la necesidad de plena consecución de justicia en los estadíos personales, los mayores con probabilidad de ocurrencia no infinitésima –en Prólogo presento un sistema numérico que admite todos los valores estadísticos, incluso infinitésimos– que permiten la posesión de memoria propia: la perfección del juego supremo –como tal puede considerarse el proceso de recuperar la perdida condición divina al pasar de un estadío divino al siguiente– supone que el factor suerte no puede tener carácter decisivo, sino sólo sentido temporal, de modo que gane finalmente más (adquiriendo antes los niveles superiores) quien juegue mejor, o sea, quien más lo merezca (según las leyes éticas) por su actuación en las sucesivas etapas (tan numerosas y diversas como exija la consecución de justicia) del estadío personal. Más aún, la unicidad de El Yo supone no sólo el carácter absoluto del Bien, cuya escala de valores sólo la infinitud divina puede discernir completamente, sino también la compatibilidad de las distintas escalas de valores personales, o sea, propios de los hechos de cada una de las distintas personas, cuyo nivel de conocimiento de ellas depende, claro está, del talento propio (de modo que sólo aparecen en cada escala los valores que la correspondiente persona es capaz de apreciar): la maldad no es más que una forma de estupidez, que impide el conocimiento necesario de los hechos de mayor valor (los normalmente asociados a la bondad o nobleza de espíritu) y retrasa (por procurar el bien de los conocidos, como los efímeros placeres sensuales, que lo tienen menor) el proceso de perfección. (En realidad, el dato que mejor revela el nivel de perfección correspondiente a una etapa humana cualquiera de un estadío personal no es ninguno de los relativos a la perfección física del cuerpo propio (como la estructura cerebral, factor determinante de su capacidad mental), en la que puede tener influencia –no sabemos hasta qué punto– la buena suerte, no garantizada en posteriores etapas, sino uno relativo a la propia del alma (cuya vida es mucho más larga y, sin duda, menos variable que la del cuerpo): lo que en verdad importa no es la posesión del mejor cuerpo que permita realizar ciertas acciones, efímeras en cualquier caso, sino la posesión de (algo tan sutil como) la clave para actuar debidamente en cualquiera de las circunstancias, buenas o malas, que la suerte pueda deparar.)

 

Es obvio que la unicidad de El Yo supone el carácter absoluto del Bien, así como que la perfección divina requiere que la igualdad entre el bien absoluto y el propio divino. Esto implica que Dios no puede querer la realización del mal en ninguno de los estadíos personales y, por tanto, puede decirse, en cierto sentido obvio, que el mal se produce porque es necesario para obtener mayor bien. (Quien posea la verdad de todo esto –me atrevo a decir– siempre estará en mejor condición que quien no la posea, sea cual fuere la suerte tenida en esta vida). Desde luego, el poder de afectar con los actos volitivos no sólo al estadío personal propio, sino a los otros estadíos simultáneos (en el tiempo físico) obliga a considerar tanto el bien propio de uno como los de los otros, variando el grado de repercusión que puede ello tener en las normas de conducta desde el mayor desprecio por el bien ajeno, en los niveles inferiores de perfección (no aptos para poseer, ni siquiera para vislumbrar, la idea de El Yo Único), hasta el máximo respeto, en los niveles superiores próximos a la divinidad, que puede permitir el considerar como propios de una misma persona los distintos estadíos, al conseguirse la necesaria comunicación entre sus respectivas almas: la comunión integradora que desemboca en la divinidad. Así pues, avanzar en el camino de la perfección supone, en sentido obvio, igualar el bien propio (variable) al Bien Absoluto, y reconocerlo es un importante paso a dar: la aceptación de que las normas que rigen nuestra conducta tienen carácter intemporal, son las que todos pactarían respetar antes de saber qué papel les ha tocado jugar en la vida. Tales normas deben procurar la máxima libertad que sea compatible con la igualdad de derechos entre todas las personas, cuyo límite se establece con la prohibición de ejercer el derecho a un bien de valor menor si ello impide el ejercicio del derecho a un bien de valor mayor. (En trabajo posterior, trataré de los conceptos involucrados en esta norma, cuya aparente sencillez puede poner a prueba la capacidad humana de discernimiento)

 

Bien, creo que ya he dicho bastante. No soy demasiado optimista sobre la posibilidad de que se preste la debida atención al presente texto; mi experiencia con los trabajos antes citados demuestra cuán dificil puede resultar, por mucho empeño que ponga en ello, conseguir del común de la gente un nivel suficiente de comprensión, así como encontrar alguien capaz de apreciarlo en todo su valor y de actuar en consecuencia. No obstante, estoy seguro de que ello es posible y sigo en el empeño. En realidad, no he hecho más que consideraciones muy generales que permiten hacer compatibles los datos de la experiencia física y de la intuición profunda del ser humano. No creo deba mi teoría gran cosa a las doctrinas religiosas actuales –era un niño cuando dejé de creer en la de mis padres y nunca me han interesado las otras– aunque se puedan vislumbrar coincidencias de fondo entre ellas, si se ignoran los disparates que adornan éstas: parece como si ellos fueran debidos a fallos en la comprensión de algo parecido a lo que dice aquélla, que pudiera ser acertado, pero no comunicado eficazmente. (Mientras escribía el presente texto, he caído en la cuenta de una de las más curiosas de esas coincidencias: las tres personas  divinas de la Trinidad, en la religión cristiana, se corresponden naturalmente con las tres clases de acciones puras –véase el Prólogo– que Dios puede realizar: 1ª, la de las voliciones, con el Padre Creador; 2ª, la de las intuiciones primarias, de entemas (o conceptos que no distinguen entre entes iguales en esencia), con el Espíritu Santo; y 3ª, la de las intuiciones de conceptos referenciales (que pueden distinguir entre entes de la misma esencia, pero suponen, en cierto sentido, la intuición de los entemas a los que se refieren), con el Hijo.)  Ciertamente, el superior nivel del actual conocimiento científico hace mucho mayor la probabilidad de una interpretación acertada en esta ocasión. (Reconozco que mis escritos tienen muchas deficiencias, pero mi talento para comunicar mis propias evidencias a las demás personas deja mucho que desear y prefiero emplear el tiempo en pensar, que es lo que me gusta (y los hace posibles). A pesar de ello, apostaría cien contra uno a que pasarán a la Historia marcando el nacimiento de una nueva era. Sería muy conveniente que ello sucediera en vida activa de su autor.)

 

Tratando de ganar el interés sobre mi obra de los posibles lectores incrédulos, voy a exponer en sucesivos ensayos mi pensamiento sobre temas concretos, de carácter político y menor interés para mí, pero que pueden tenerlo muy grande para el común de los ciudadanos, pues brindan fáciles soluciones a problemas históricos no bien resueltos, las cuales no necesitan de mayor conocimiento para ser comprendidas y aceptadas. A pesar de su sencillez, su carácter revolucionario me ha aconsejado no publicarlas hasta tenerlas suficientemente desarrolladas, de modo que su implantación pueda ser aceptada por todos, incluso aquéllos cuya actual condición les permite detentar un poder injustificado sobre los demás, al considerar inevitable su implantación: en realidad, ésta podría ser sumamente fácil, si no fuera por tener que respetar los derechos individuales adquiridos en el régimen anterior, pero el enorme beneficio general que ella supondrá posibilitará, espero, la superación tranquila del periodo de transición. En principio, será los siguientes: el primero, sobre el Derecho de Representación, donde expondré el sistema que permite su ejercicio pleno; el segundo, sobre los Poderes del Estado, en el que intentaré aclarar la función de éste y los límites de aquéllos; el tercero, sobre el Derecho de Propiedad, en el que trataré del modo de determinarla y de valorarla; y el cuarto, sobre mi Propuesta de Gobierno (para quien quiera asumirla), en el que trataré de cómo realizar el tránsito de un régimen a otro.

 

 




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