Un día Rosina, mi fámula y ahijada, estaba lavando unos zapatos
míos, de esos de piel de la buena,
y sonreía al tiempo que negaba con la cabeza.
–¿Dónde se habrá metido el señor Don Praxe para traer los zapatos
de esta forma?
–Y ¿dónde te metiste tú con tus zapatos azules?, dije con
mueca socarrona.
–Y usted ¿Qué sabe de todo eso?
–Yo sé muchas cosas de ti, aunque reconozco que las molestias del embarazo
las tapaste bien ¡Eh! No te había notado nada, si no, puedes
estar segura que las cosas hubieran marchado de otra manera.
Estando embarazada de siete u ocho meses tuvo que ir al hospital, para que le hiciesen un análisis
de orina y alguna otra prueba, porque el médico se temía
una infección seria de riñón.
–Mira que te tengo dicho que te tapes, ahora mira la que te
has pillado.
Manía de ir enseñando el borde de la braga y un trozo de
barriga. A nosotros de jóvenes, también nos gustaba llevar la contraria en el vestir, pero yo los agujeros del pantalón los llevaba
en una pernera, que es mas sufrida. El caso es que Rosina
se puso un vestido azul sin marcar el vientre, a juego con sus
zapatos y salió a la calle en busca de un taxi que la llevase al
Doce de Octubre.
Estaban haciendo unas obras justo a la salida de casa. Unas
obras de construcción de un pequeño parque donde hasta entonces
sólo había existido un solar embarrado lleno de coches
anárquicamente aparcados a la sombra de algunos sauces japónicos.
A la salida del barrizal que por entonces estaba medio seco por la falta
de lluvias, los obreros habían comenzado ya a construir una
pequeña escalinata y una rampa. Rosina no se conocía las novedades
y antes de poder ser advertida por uno de los que allí
trabajaban, quien se quedó parado en su amago informativo,
ella ya se había metido en la rampa recientemente cubierta
con una mezcla de barro y yeso que se quedó pegado a los zapatos
azules, transformándolos en albarcas grises.
Madre mía, en lugar de volver a casa y cambiarse, Rosina decidió
que no tenía tiempo y buscó unos papeles en el bolso.
Con ellos se quitó lo gordo, pero los zapatos tenían un aspecto
penoso y ella no quería de ningún modo entrar así en el hospital.
–¿Qué van a decir los doctores? Pensaba ella
que no quería llamar la atención bajo ningún
concepto. Así que entró en una droguería y
pidió una esponja para limpiar los zapatos.
–Sí, ésta está muy bien, acaba de salir al mercado
y limpia y abrillanta los zapatos aunque
estén muy sucios.
Pagó y llamó a un taxi, se le hacía tarde para la cita del
doctor y dijo al taxista que fuese ligero, porque estaba mala y tenía que verla el Doctor. Y cuando el taxi hubo arrancado en
la dirección indicada, ni corta ni mucho menos perezosa, se
quitó un zapato y empezó a darle lustre con firmeza y cuando
estaba terminando con el segundo zapato y había dejado el
suelo del taxi manchado de granitos de tierra, el taxista que no
dejaba de contemplar la curiosa escena por el retrovisor, saltó
diciendo:
–Mire Usted que he visto cosas raras, porque yo aquí en mi
taxi he visto absolutamente de todo, pero esto de venir al taxi
a limpiarse los zapatos, mire usted, se lo juro por mi madre
que no lo había visto nunca, vamos que tiene miga la cosa,
cuidadito cómo me está usted poniendo el suelo. Mire, porque
yo a una mujer embarazada no la dejo tirada así como así, pero se
lo hubiera tenido usted muy bien merecido.
Rosina no es mujer de sonrojarse, aunque la llamen de usted y sí de disculparse y salió airosa
del trance consiguiendo que el taxista la dejara justo en la
puerta misma con una sonrisa.
–Anda, que te vaya bien.
–Gracias, muchas gracias –dijo ella entrando con los zapatos
azules bien limpios, a juego con su vestidito.
Y mira por dónde ahora me ha pillado a mí con las manos en
la masa, con mis zapatos marrón claro, recién comprados, fabricados
con una piel que es un chollo, porque desde el
mismo instante que te calzas, se adapta a tu pie con una suavidad
que te habla de los verdaderos adelantos de la humanidad
en los países ricos.
Yo llegué a casa haciéndome cruces por
que no hubiera nadie y así poder meter
los zapatos bajo el grifo sin compasión
por el animalito que tan generosamente
me había cedido la piel, pero estaba
Rosina y cuando los vio, me dio rápidamente las zapatillas y me dijo que no me preocupara,
que ella los dejaría otra vez nuevos y mi vergüenza aumentaba
a medida que iba recordando lo que había pasado. Digno hermano
y emulando a Óscar y Mercedes, salí de mi trabajo en
Barrio Nuevo, para dirigirme a nuestra kelly recién estrenada,
donde siempre al llegar, respiraba y gozaba un rato de la belleza del paisaje
que puedo ver desde mi salón, desde mi jardín y desde
cualquier habitación de esta casa mágica. Y como el jardín estaba
el pobre todavía sin césped, ni árboles, ni flores y acababan
de plantar un montón de especies botánicas en aquel
parque, pues pensé que los cepellones no habrían arraigado
fuerte y que la tierra blandita me permitiría hacerme con alguna
que otra planta. Así que sin poder contenerme, dejé el
coche aparcado al borde del parque y el maletero entornado
para meter las plantas y salir jalando virutas. Pero no es oro
todo lo que reluce. Hundiéndome un poco más de la cuenta en
el barro, agarré una preciosa planta
de hojas rojas, que tenía unas espinas
a prueba de ladronzuelos de
poca monta, mecachis en la mar,
esa de allí no falla y amparándome
en la soledad que me proporcionaba
la lluvia templada que caía
copiosa, trinqué romero y manzanilla y me propuse coger una
planta cuajadita de flores blancas, bellas para mi jardincito. Y
ahí me hundí hasta los calcetines, salí del barrizal haciendo
un esfuerzo y saqué unos pies que parecían los de la estatua de
Stalin, de lo grandes que eran, Los zapatos ni se veían, sólo
una gran bola de barro marrón claro, el color sí era el mismo.
Y para colmo, cuando regresaba hacia el coche con mi botín en
las manos, (el romero y la manzanilla) se cruzó conmigo un
joven bermejo quien también desafiaba a la lluvia otoñal y con
una mueca que denotaba algo de ironía teñida de reprobación,
me dijo:
–Venga, que hay que favorecer el chalet...
–¿?
¡Vaya qué perspicacia, fíate y no corras!, pensé.
Y guardé misplantas en el maletero, lo cerré a toda
prisa y me metí en el coche dejando los zapatos
fuera. No sabía qué hacer, probé a pisar los pedales
del coche con los calcetines mojados, pero era
imposible conducir así. Anduve con mis zapatos
en las manos hasta un charco de agua clara, donde
con un guante de los de arreglar el coche, les quité la mayor
parte del barro y se quedaron mojados, pero usables. Desnudé mis pies de aquellos calcetines empapados y me puse mis rezumantes zapatos
de piel buena. Así conduje hasta casa, con tres palmos de narices
y la promesa íntima de no volver a robar plantas ni ninguna
otra cosa, a no ser por causa de fuerza mayor.
MARÍA GUINDO
2006
Aquí me tenéis ya maduro y bien situado. Con familia numerosa,
casa, perros, conejos y todo lo que cualquier hombre
pueda buscar en una vida que podía haber sido mejor y también
muchísimo peor. Soy un profesor de los de toda la vida,
con mis preocupaciones pedagógicas, dentro de lo que se puede
considerar normal, con sus disgustos profesionales, muchos
de ellos sobrevenidos por mi talante
poco diplomático y con una vida interior
bien repleta y una vida privada también
repleta.