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BIBLIOTECA VIRTUAL DE MARÍA GUINDO:

Biblioteca virtual dedicada a las obras de María Guindo. Literatura para jóvenes y adolescentes. Narrativa indiscreta. Literatura educativa. Educación sexual, valores del siglo XXI.

¡VAYA NIÑAS!

Las historias que cuenta mi hermana Alejandra sobre las aventuras con sus amigas en un inefable colegio religioso, me divierten y son la bomba.

Según refiere, de pequeña era muy traviesa y las monjas, no daban una al buscarle compañeras adecuadas para ella, que según las sores, no era más que una endiablada y enchufada sobrina de la superiora, nuestra tía Carina.

La niña reía en las clases con la interna de pueblo malhablada y descarada -Isidorita- y jugaba en el patio con la externa, venida de La Puerta de Toledo -Marieva-, resabiada y retorcidilla. Ingenua como un ángel, encontraba en ellas el reverso de la moneda, su complemento más especial. Mi otra hermana, Antonieta, era otro ángel y jugaba muchas veces con ellas. Si se les unía Laura, que era alta, rubia, pretenciosa y algo simplona, entonces la teníamos ya armada.

Algunas profesoras profesas decidieron no dar tregua a aquellas dos insoportables y estando un día Alejandra esperando a Marieva que era un poco lenta para recoger sus cosas, a la hora de comer, llegó la profe (con toca) de francés, algo sofocadilla y sin decir oxte ni moxte, las dejó allí en el aula encerradas con llave, porque no podía más con esas dos... Vaya usted a saber en qué acabarían: ella votaba por calificarlas de predelincuentes.

Y encerradas mi tía y su amiga en aquel aula, lo primero que hicieron fue subirse a una de las ventanas, protegidas con gruesos barrotes cuadriculados. Y para matar el tiempo, iban saludando y despidiéndose de las otras niñas que comían en casa y pasaban justo por debajo de ellas.

-adiós, adiós que comáis bien, que nosotras estamos castigadas sin comer y encerradas con llave, adiós.

Y las otras niñas que no daban crédito a lo que veían:

-cuidado que se os ven las bragas.

-Bueno, ¿y qué?

Pronto se acabó la juerga, se marcharon las compañeras viandantes y quedaron sólo algunos vecinos contemplando el estilo pedagógico de las monjas modernas -¡Jesús hay que ver!

Y mi tía Pli dijo:

-Oye, ¿y por qué no nos largamos, que tengo hambre?

-Pues no sé cómo, si estamos encerradas

-Por la ventana, mujer ¿No ves que cabemos?

-¡Anda, ya!

-Que sí, mira cómo meto la cabeza

-¡Pero que este rectángulo es muy pequeño!

-Ya y qué, si cabe la cabeza, cabe todo

-Tu culo no, desde luego

-Oye, que yo soy delgadita. Es el uniforme que me lo compraron crecedero y me sobra tela por todos lados, mira:

Y Plinia, no sé cómo metió la cabeza por el rectángulo y posteriormente fue deslizándose, naciendo de nuevo hacia la luz y la libertad, sacando sus hombros, primero uno y después el otro y agarrándose con ambas manos para no caerse fue exteriorizando su tronco, sentándose en el poyete exterior y sacando por fin las piernas.

-Y ahora, ¿qué hacemos? Preguntó Marieva con una sombra en su carita.

-Lo mejor es que entremos, digamos lo que ha pasado y vayamos a comer.

Ellas entraron por la puerta grande, como grandes damas o grandes abadesas y no unas mocosillas a quienes todos habían visto la ropa interior.

-Cielo Santo, exclamó la portera chismorrera, cuando vio a aquellas dos, como si de aparecidas se tratara.

A mi tía no se le daba nada bien mentir y lo contaba todo. Una ventaja, sin duda, para sus preceptoras que no ganaban para sorpresas. Así que relató lo sucedido en pocas palabras a la pálida portera que andaba relamiéndose de gusto intelectual al ir ya planeando cómo daría a conocer todo lo ocurrido de pe a pa a las diferentes Sores, según categorías.

La pobre Plinia pasó al comedor y asistió a las clases de la tarde con el comecome de la fechoría que había hecho casi sin darse cuenta, de pura inocencia, mientras que Marieva pensaba sin duda aprovecharse de su papel de simple seguidora a las órdenes de quien había urdido todos los planes.

A Plinia le preocupaba mucho pensar en la cara que habría puesto Sor Anunciación al ver el aula cerrada y vacía, creyendo que aquella desaparición sería obra de Satán, pues sólo ella tenía las llaves. Plinia suponía, con cierta razón que la pobre infeliz imaginaba en su credulidad monjil todo tipo de horribles destinos de las criaturas que, sin encomendarse a dios ni al diablo había encerrado allí, sin razón alguna que pudiera justificarlo.

Mi tía sentía para sus adentros que la monja se merecía ese susto de muerte.

Se enteraría todo el claustro, todo el barrio, quizá saliera en los periódicos, se enteraría todo el mundo. Su rostro permanecería rojo de ira y de vergüenza y su incompetencia y falta de responsabilidad quedaría patente.

Pobre Sor Anunciación, en lugar de dar clase de francés, se pasaba el tiempo enrojeciendo y palideciendo, hasta que de pronto dijo:

-López, acércate, por favor.

Plinia se acercó, subió a la tarima y se puso al lado de la monja, quien con la voz en un suspiro acertó a preguntar -Dime López, ¿y os ha visto mucha gente?

-Pues no sé, hermana.

-Pues tú fíjate, la gente que os haya visto saltar, lo que habrá pensado del colegio y, claro, tú eres responsable de esto.

-Sí, Hermana

-Mira, va a ser mejor que Sor Carina no se entere. A cambio vas a ir a ver a Sor Marta. Ella te impondrá un castigo y te prohibirá volver a jugar con Marieva.

Sin embargo, Sor Marta, la Vice, no castigó a mi tía, que fue acompañada por mí otra tía, Antonieta y no por la malhechora, Marieva a quien no dijeron ni pío. De esta forma todo quedaba en familia y lo más discreto posible. ¡Qué suerte tienen algunas!

La Vice preguntó:

- Y, ¿cómo es que salisteis por la ventana?

- Porque estaba cerrada la puerta

- ¿Por qué no esperasteis que os abrieran?

- Sor Marta, teníamos hambre

Sor Marta se echó a reír y decidió que aquella niña no merecía castigo, sino quizá premio. Creemos que pensó que su colega merecía lo que le había pasado, por soberbia, que eso las monjas lo castigan mucho y Sor Anunciación se tenía creído que era la más guapa (y lo era) y la más lista, y no lo era.

María Guindo, septiembre, 08

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