BIBLIOTECA VIRTUAL DE FERINA CERILLA. LITERATURA INDISCRETA PARA JÓVENES Y ADULTOS.
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Las Oportunidades Selectivas
Ferina Cerilla
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Las Oportunidades Selectivas
A Inés
Estaba frío el aire de aquella tarde de primavera y Milano se había puesto tan sólo una cazadora de entretiempo para salir un rato al campo con los amigos. Él conocía a todos allí y le gustaba salir a la cancela del jardín para otear el panorama. - Adiós, Milano Los niños y niñas que aprovechaban los recios columpios hechos de hierro, cuerdas gordas y madera que Milano había instalado en el jardín de su casa alquilada, le saludaban con cariño, porque cariño de él recibían, ya que Milano era amante de la infancia e invitaba a menudo a aquella jarca. Cuando Sabanda lo vio por vez primera, se fijó en sus facciones sureñas, algo exóticas y en su figura estirada. Ese cuerpo de piel clara y sin embargo bien moldeado, no casaba con la cara de facciones negroides. Y cuando ella notó la sonrisa esplendorosa que él dedicó a uno de los niños, llegó incluso a pensar si no sería un poco lerdo, cosa que no le disgustó, ni mucho menos, porque a Sabanda siempre le habían gustado los niños discapacitados intelectuales, a los que antiguamente se les llamaba tontitos. Ella siempre había sentido un afecto instantáneo hacia ellos y muchas ganas de protegerles de todas las miserias por las que iban a tener que pasar, a veces sencillamente a causa de las actuaciones de quienes más los quieren. Quizá esta imagen primera había influido en Sabanda más de lo previsible y llegó a medio enamorarse de un mozo mayor que ella, con un físico exótico, en parte y con un cerebro distinto al de los demás, o al menos, eso parecía. Sabanda le miró unos segundos, pues el aspecto y la buena disposición social de Milano eran extraños y escasos. Nunca había visto un hombre así, que parecía solitario y que sin embargo saludaba a todos, con una sonrisa de dientes en simpática hilera blanca. Y aquella mirada de Sabanda un poco impertinente, no cayó en el vacío ni mucho menos, porque Milano andaba buscando una chica que le gustara. Él era muy joven y Sabanda era una niña, pero los dos estaban solos y libres de amoríos. Con estos ingredientes tampoco es tan extraño que acabasen juntos por un tiempo. Además los padres de Milano eran ya mayores y no querían moverse de su piso en la ciudad, así que él pasaba las vacaciones sin compañía alguna en aquella casita
y estaba hecho un hombre con todas las letras que cocinaba, recogía y limpiaba sin sufrir ni padecer, cosa que a Sabanda le parecía muy bien y le dejaba en trance o hipnotizada en profundidad, porque todas le habían asegurado que ningún chico era capaz de hacer bien aquellas cosas. Sí, Milano hipnotizaba de mil maneras a Sabanda que era muy inmadura la pobre, y aunque no era tonta a las claras, tampoco había aprendido a canalizar sus aptitudes intelectuales como hubiera debido a la edad de diecisiete años, con los que se sentía como una mujer al completo y la pura verdad es que no lo era en ningún aspecto, era una niña bien y nada más. La casualidad es que a Milano las niñas bien le ponían como una moto y aquella fresca tarde de primavera, estando en las Rocas de la Central con todos los amigos, miró con ojos de babuino en celo a Sabanda que se encogía aterida por el frío de la sierra y ella al ver que un varón con barba la miraba con posibilidades de lío, empezó a posar como buenamente podía, pues no era una niña estereotipada en el ligoteo, sino que por el contrario, solía no intentar atraer la atención de los chicos de forma afectada y superficial y dejaba que los chiquillos se le acercaran o no muy libremente. Pero en épocas de vacas flacas, como aquella, gustaba de utilizar cierta extravagancia en los ademanes. ¡Pobrecita Sabandija! Se había quedado sola en vacaciones, pues los amigos eran sus compañeros de estudios y ahora que sus padres habían estrenado la casa más bonita de aquella colonia veraniega, se encontraba con los niños que conoció y con los que jugó en su infancia, que habían crecido una barbaridad y que por supuesto, había que tratar con una pequeña dosis de desprecio, otra de recelo y bastante de distanciamiento. ¡Fuera confianzas, que ya soy mayor! Ya no podemos jugar a que nos levantéis las faldas a las chicas, ni a sacarnos la lengua. Pero lo cierto es que sin saberlo se había quedado absolutamente expuesta a las redes que Milano iba tejiendo, sabedor de las parejas que estaban ya formadas en aquella colonia de veraneantes, donde él debía atrapar a su pieza quieras que no, porque el joven tenía una vida social muy restringida fuera de aquél ámbito, donde sin embargo poseía una gran joya: la casa donde él habitaba solo. Milano no había jugado con Sabanda cuando eran pequeños. Quizá fueron los cuatro años de diferencia que les separaban, o la distancia considerable entre las casas alquiladas de ambos, o muy probablemente que Milano no jugaba con niñas, a causa de una educación excesivamente estricta y puritana.
Ante aquella mirada pedigüeña que Milano > le dirigía pertinaz, Sabanda comenzó a pasear para aquí y para allá con gesto pensioroso de universitaria recién estrenada y haciendo como que había resuelto un problema de grandísima enjundia, soltó cualquier pedantería recién aprendida en su facultad, de pronto dijo en alto: -¡Es correcto, sí, es válido! Ella ya no usaba el primitivo verdadero o falso de los hechos comprobables, ahora se interesaba más por los argumentos y éstos debían ser válidos o falaces. Y ella no quería aparecer como una sofista barata, a pesar del numerito aquel que estaba montando. Milano interpretó que semejante exclamación era una invitación al acercamiento después de su mirada de monito desconsolado. Esos ojos pequeños, pero chispeantes, tuvieron la suficiente osadía y ese cerebro de un imposible chimpancé genial, supo aprovechar la ocasión. Cerebro de chimpacé no tenía Milano, sino que era muy capaz y creativo y gracias a su inteligencia y audacia, aparte de una gracia medio andaluza, desconocida para la elegida, se ganó en poco tiempo la atención de Sabanda, quien tuvo que renunciar a ser la novia de un borderline.
II
Pero las cosas en la vida no suelen ser tan fáciles a la hora de acoplar parejas con cierto futuro y menos, cuando uno de los componentes pretende ser más listo y en realidad es el ignorante el carente de criterio propio y de autonomía.
Maltrecha venía estando ya Sabanda, por un amor pasado que le había sumido en una gran tristeza y lo que es peor, le había dejado convencida de que nunca más en su vida podría volver a enamorarse, a lo sumo, si se sentía sola, podría dejarse acompañar por un mozo que fuera simpático y que la quisiera. Acabadas las vacaciones de Semana Santa y aprovechando que ya con sus amigos de antaño no tenía nada que hacer, pues no había podido llegar a nada excitante con ellos y como Milano reunía las condiciones, empezó a conversar cada vez más con su insólito Romeo y quedaba con él por las tardes para pasear, charlar y tomar un café. Milano, muy discreto, no se lanzó a la primera, sino que estuvo observando a su presa durante bastante tiempo: 1.- Intentando ver si se ablandaba y terminar de una vez el juego la seducción, para pasar a mayores 2.- Para ver si le convenía y aquí eran los intereses, quienes protagonizaban la jugada y 3.- Para ver si la cazaba bien, bien amarradita, tanto que nunca, nunca se atreviera a revolverse contra la autoridad establecida por la naturaleza. Y todo ello, hasta llegar a alcanzar su objetivo que al final resultaba ser casi totalmente de índole sexual ya que de momento, no contemplaba la posibilidad de una relación con compromiso a largo plazo. Sabanda se dejaba querer, pues era el motivo de su existencia: que los demás la quisieran, sin preocuparse mucho de devolver los favores y cariños. Tenía muy mal aprendidos los asuntos del amor y había que quererla mucho o tener otros intereses, quizá espurios, para aguantar con ella al menos unos meses de relación semiíntima. Era muy crítica, pero no al estilo de los filósofos que intentaba imitar, sino al estilo fanfarrón e irascible de los chulos con mal carácter. No era de momento una buena persona Sabanda y no se merecía un buen compañero, aunque la gracia de sus proporciones, lograran conquistas muy por encima de lo esperado. De todos modos y para explicarnos, habrá que tener en cuenta su infancia y adolescencia desdichadas, la falta de cariño de la que adolecía aquella adolescente pequeña por dentro y por fuera y podríamos llegar a la conclusión de que sí merecía y mucho, una buena oportunidad. Y le llovían. La cuestión estaba en si iba ella a ser capaz de seleccionar la mejor, o una de las peores. Milano se presentó como una oportunidad para amar y no estar sola en un momento muy oportuno y aunque ella había hecho una valoración previa a todo conocimiento racional y basada sólo en su poderosa intuición, poco a poco se fue desdiciendo de sus prejuicios para nada juiciosos y fue viendo en la cara de Milano no un monito gracioso y algo bobo, sino a un hombre perspicaz y bastante bien educado, dentro de lo que cabe esperar de un jovenzuelo en nuestra cultura de vándalos. Sabanda se dio cuenta por fin, que una vez más iba por detrás de su amigo y relegó este hecho a su inconsciente más recóndito, quedando en su conciencia la negación de tan feo asunto y la afirmación de la evidencia de estar ella situada intelectualmente bien por encima de Milano, quien permanecía ajeno a todas aquellas consideraciones.
Tenía además justificaciones para todo: que si los chicos lo tenían todo más fácil, que les regalaban los sobresalientes en las carreras de letras por ser chicos, que se les apreciaba más en todos los ámbitos, sin de verdad merecerlo etc. Su vena feminista radical, como es propio de los muy jóvenes, había sido desarrollada y alimentada en un ambiente no sólo machista, sino a la vez misógino, intragable para la preclara mente de una Sabanda en ciernes. Milano, por su parte no se quedaba corto. Supo esperar el tiempo necesario hasta conseguir la blandura que esperaba de aquella piedra de cuarzo, meta que se había fijado en la primera fase de seducción. Y mientras tanto, no se quedaba parado, mirando las bonitas estrellas que aún entonces se podían ver reluciendo en la noche. Había que investigar con profundidad y rigor científico qué clase de persona era realmente Sabanda. Si era superficial o profunda, si cariñosa o fría en los sentimientos, si egoísta o sacrificada. Milano prefería fiarse de un diagnóstico serio que de su propio corazón. Y con este motivo un día le trajo a su amiga un test psicológico de personalidad, artefacto ultracientífico de la época, que le había proporcionado un allegado estudiante de psicología. Sabanda, creyendo que era un juego, lo rellenó concienzudamente y con sinceridad, con lo cual obtuvo Milano un recurso valioso para analizar a su futura amante y ver si serviría para novia formal. Inclinación hacia las cuestiones intelectuales o a las cuestiones prácticas: Un diez en intelectualidad y un cero patatero en las cosas de la vida. Inclinación hacia los demás o hacia sí misma: Un seis para sí misma y un cuatro para los demás. Sentimientos propios de las féminas genuinas, versus intereses de otro tipo: Un dos para el amor a niños, animales y para cuidar al prójimo y un ocho para intereses de otro tipo, menos apegados a la vida familiar. Y así con los diversos factores que parecían conformar la personalidad de los humanos hace treinta años.
III
De Sabanda por su parte, no podemos decir sin faltar a la verdad que fuera un ángel con el corazón partido, sino que sacaba partido de su relación con Milano a quien había convertido en su señorita de compañía, para pasar el rato sin obsesionarse demasiado por aquel pasado amor no consumado que aún le hacía sufrir un poco. Y aquel desapego amoroso conservó la objetividad de la niña y permitió que el cerebro casi hueco de Sabanda en lo que se refiere a los sentimientos, advirtiera las intenciones oscuras de su amigo y futuro amante a quien desenmascaró sin necesidad de test alguno, pues era demasiado evidente la intención que su amigo llevaba con tanto formulario y las pequeñas y veladas reprimendas que solían seguir a la recepción de los resultados. ¡Vaya pareja!
Se conocieron al principio de la primavera y empezaron a salir a finales. En verano ya entraban a escondidas en la casita alquilada por los padres de él y comenzaron a explorar cuerpos y sentidos. El sentido de la vista: - Qué guapa eres, decía Milano cuando por fin contemplaba los pechos de su amiga, libres del sujetador. Y Sabanda se preguntaba qué se habría esperado su amigo. Pues claro que soy guapa. Los sentimientos: Él en el fondo hubiera deseado una pizquita de romanticismo, pero con Sabanda sólo pudo llegar a la ternura cuando él le decía: - Qué te quiero y ella preguntaba: - ¿Cómo? - Sí, es que en mi tierra lo decimos así, significa cuánto te quiero. - Anda ya, pero si tú eres de aquí, igual que yo. Eso te lo has inventado, seguro. A pesar de sus palabras, ella recogía de muy buen grado aquellas pequeñas expresiones de amor. La sabandijilla, sin embargo, no se pronunciaba y permanecía fría como el hielo para los sentimientos que nunca hacían acto de presencia ni en sus ademanes, ni en su lenguaje, ni en sus actos. Sabanda no había aprendido a amar, porque no le habían enseñado. El tacto se fue desarrollando sin problemas pero con sorpresas muy grandecitas: Sabanda no había tenido aún acceso por vía visual ni táctil a la enseña de la virilidad y cuando por primera vez en su vida palpó por dentro ese trozo concreto de carne, se quedó de piedra, pues a pesar de los vaqueros apretados de Milano, la susodicha pieza pugnaba por alcanzar su estado más satisfactorio y se revolvía en sus estrecheces como un hermoso bebé colocándose adecuadamente para nacer. - No sabía yo que era tan grande, le confiaba a su mejor amiga, un poco más experta. Y su amiga le ponía al corriente: - Bueno, eso es que has tenido suerte y leían juntas un libro sobre sexualidad que explicaba todo con una claridad pasmosa.
- Pues si es tan grande como dices, verás cuando lo veas. Entonces se estilaba hacer uso del tacto en primer lugar y cuando ya había confianza y ambos iniciados, conocían lo suficiente sobre el sexo de su parejita, entonces se podía empezar a pensar en visualizar, más que ver, el cuerpo del otro. Y es que primero, como digo, se miraba por partes, poquito a poco, hasta que sin darte cuenta, se encontraba uno en cueros delante del otro y ya se podía pasar a la fase de los contactos cautelosos con la boca en las diferentes partes del cuerpo del otro, salvando las distancias con las áreas pudendas. Cuando Sabanda tocó el pene de Milano, se asombró, pues él lo tenía constantemente en erección, mientras estaba ella presente y no imaginaba que algo tan pequeño y flojito, como lo que había observado en las estatuas de Miguel Ángel, pudiera convertirse en aquél monumento fálico a la hermosura.
Y cuando empezó Sabanda a mirar hacia abajo a los varones excitados, se dio cuenta de lo mucho que se notaba lo que estaba intentando averiguar y lo mal que sentaban aquellas miradas grotescas de puro inocentes, al importunado en su intimidad y Sabanda no pudo pedir disculpas, porque hubiera sido todavía peor, pero decidió no volver a mirar, al menos conscientemente, mas que nada, por evitar conflictos con colegas que al fin y al cabo no le habían hecho nada y seguro que también tendrían su corazoncito. De la misma forma cuando Milano pudo ver a su amiga desnuda, como una Venus recién salidita del mar, se dio cuenta de que ella era más guapa de lo que había imaginado y que la gimnasia que había practicado en el cole, le había servido para afirmar toda la carne de su cuerpo torneado, cosa rara en las jóvenes europeas de una época, en la que la carne humana caía en la flacidez demasiado pronto, cuando ya no se podían cumplir los quince y aunque no se hubieran cumplido los veinte.
- Nos hemos ido Lo cual provocaba las iras de los más victorianos, las risas de los más sabihondos y las envidias de propios y extraños, que no se atrevían a pedirle el maravilloso cobijo al afortunado Milano, quien volvía las fotos familiares del revés en cuanto llegaba a casa con su Venus, tostadita por el sol. Sabanda no recordaba las palabras de su amiga en cuanto a la visión de un pene grande y cuando por vez primera lo vio no le incomodó en absoluto, pues pensaba que era lo normal y Milano que esperaba una exclamación de júbilo o algo parecido, se quedó muy mustio ante la indiferencia de la sabandija que ya se imaginaba lo que había, por haberlo palpado previamente. Pero Milano sí sabía que siendo ella virgo y él superdotado, podría haber algún problemilla el día "D" del primer coito. ¡Ay Milanito! Cuántas preocupaciones sin razón. Ser el hombre, el mayor y más experto. Cuando podías haber compartido con Sabanda todos aquellos tejemanejes que te traías y te llevabas. Como Sabanda vivía en la inopia, el muchacho precavido trajo una especie de manual del sexo, para leerlo con su amiga e hizo mención especial a la parte en la que se explicaban los diferentes tipos de contactos que se podían provocar, según el tamaño de los genitales de ambos amantes. - Porque si se unen una mujer con una vagina estrecha y sin estrenar y un hombre con pene muy grande, puede ocurrir que se produzca alguna lesión de cierta importancia, explicaba Milano. De esta forma conseguía él, orgulloso, ir poniendo sobre aviso a su partenaire de la suerte que había tenido por una parte y de los riesgos que se podían correr, por otra. Sabanda seguía sin enterarse e iba exclusivamente a su bola. Ella estaba más preocupada por si era cierto que las mujeres de verdad, tenían orgasmos vaginales y si ello era así, por qué ella no era una mujer de verdad. También le interesaba mucho la relación que pudiera haber entre la insatisfacción tras la meseta, momento que puede ser largo, de excitación máxima en la mujer y que normalmente precede al orgasmo y el dolor espantoso de ovarios en la siguiente menstruación, si no se ha resuelto placenteramente.
Ya vio ella a las claras que este asunto del sexo es más peligroso de lo que parece, aunque te busques un chaval bueno, cariñoso, cuidadoso, responsable y sano, siempre habrá un riesgo de que te apliquen la Ley del Más Fuerte, preferida de los Sofistas y denostada por Sócrates y Platón. Milano no llegaba a la categoría de los Sofistas, sino de un cobarde que no quería bajo ningún concepto que su novia se llegara a creer en posesión de algún derecho. Ella debía saber que no tenía derechos, que disfrutaría de su virilidad, mientras él quisiera y cuando él quisiera y se lo demostró dejándola sola en el porchecito de la casita serrana, después de haberla excitado con un numerito de esgrima sin florete, mucho mejor que cualquier striptis de estos que se ven en la tele. Estaba ella allí recostada en el porche y el comenzó a rodearla y merodear en derredor como un conejito suave y cariñoso. Luego agarró una varita que utilizaba a modo de estoque y dijo: - Mira, lo que aprendí en esgrima
Y Milano comenzó una danza alucinante sin dejar de mirar a su presa a quien hipnotizaba como quería, pues era de voluntad débil y no se daba cuenta del dominio que él tenía sobre ella. Por el contrario, Sabanda estaba encantada por ver bailar aquél cuerpo que iba apreciando más cada día, por disfrutar de la belleza del contorno de sus hombros, de los rasgos de sus ojos, el cuello, maravillosamente esculpido en carne y hueso, y la movilidad y elegancia al moverse. Ella se incorporó a la danza, abandonando la poltrona y consiguieron unos preliminares, un ritual nunca explicado en los libros, sino creado por ellos mismos. Cuando la danza del sable sin música, hubo terminado, Sabanda se lanzó en brazos de Milano, sintiendo por vez primera que le amaba más de lo previsto. Y Milano la apartó con dulzura: - He quedado para jugar al tenis Sabanda lo miraba y no creía lo que estaba oyendo. - ¿Y me vas a dejar así ahora? Pero si me has puesto como nunca. Oye, un ratín nada más. - Mira es que no puedo, de verdad. No creo que tarde mucho
Es verdad que Sabanda era muy absorbente y quería que estuviesen mimándola todo el tiempo, pero Milano en lugar de hablar del asunto con ella, decidió contarlo a los amigotes. - Eso se corta de raíz - Vamos, pero ahora mismo -Tienes que hacerle saber quién manda - Bueno, pues si no, al menos tendrás que dejar claro que tu tiempo te pertenece sólo a ti - Bueno, pues al menos una parte de tu tiempo - Y que te vas cuando te da la gana
- Eso, cuando te da la gana> - Como a los perros, a las tías hay que enseñarles como a los perros, que si no se te suben a las barbas y ya no puedes con ellas, que están muy creciditas. - Bueno, como a los perros no, pero utilizando el palo y la zanahoria - Sí, le enseñas la zanahoria, ja, ja, ja, se la enseñas y luego te piras sin dársela Y Milano se lo tomó al pie de la letra y preparó el numerito de la esgrima. Sabanda se sintió humillada justo en el momento en que había sentido algo más por Milano, pero aquél detalle no pudo pasarlo por alto y se quedó donde antes estaba: Milano un amigo con quien practico y aprendo, nada más. Y como se pase de la raya lo planto y que se busque una sufridora. Milano no se daba cuenta de que no tenía a Sabanda tan encandilada como para poder dominarla. Ella estaba aprendiendo mucho y antes preferiría quedarse sola que someterse a un chaval en plan ordeno y mando. Siempre se había sentido reina y señora de su propia vida y no pensaba renunciar a tan fantástico señorío, pasara lo que pasara. Además no estaba con Milano por amor, sino por falta de cariño y compañía. Él podía hacer lo que quisiera con su tiempo, sus amigotes y su vida íntima. Ella lo echaría de menos un tiempo, pero muchos y mejores estaban haciendo cola para ocuparse de ella. Es lo bueno que tiene ser joven y bella, que aunque no valgas mucho, todos se pelean por ti y nunca estás sola.
Pero Sabanda olvidó el incidente del baile de la esgrima y el fuerte dolor de tripa que éste le ocasionó y siguió con su aprendizaje por pasos tal como lo había diseñado el bueno de Milano, aconsejado a su vez por un hermano portentoso que tenía. Ya se habían visto mutuamente y ninguno de los dos puso pegas, más bien al contrario, porque ambos tenían buen cuerpo y ganaban estando desnudos, al contrario de lo que suele pasar a los humanos de nuestra civilización blanca y occidental, que lleva milenios privando a sus gentes del contacto placentero con la naturaleza y de la musculatura que propicia ese contacto. Milano y Sabanda habían nacido blancos y en Occidente, pero pertenecían a una generación en la que los profesores de Educación Física (antes gimnasia) se tomaban con relativa seriedad su trabajo y les pusieron el cuerpo a puntito para gustar y atraer al contrario más querido y deseado. Y en verano, no había más que quitarse las dos piezas del bikini o el taparrabos de baño, con lo que la operación era bien sencilla, cuando había ganas o algún juego erótico había tenido lugar previamente. Milano aprovechó que Sabanda se había recostado en la cama, en ademán de descansar un poco, cuando dulcemente se acercó a ella y le dijo : Qué bonita estás, eres bella de verdad Le retiró suavemente el sujetador y tomó los pechos uno en cada mano, como si fueran suaves y frágiles gazapitos. Después de dudarlo durante un tiempo, acercó su boca a uno de ellos, lamiéndole con suavidad y Sabanda, a quien nunca nadie le había hecho eso, sintió una nueva sensación muy digna de mención. Un placer nuevo, mucho más suave que el orgasmo, que ella conocía desde hacía mucho tiempo, un placer dulce y no desbocado y descontrolador, algo parecido al que se obtiene en la contemplación de un ser amado, sea novio o familiar o amigo, que te quedas como pasmado por la suavidad del sentimiento que te llena. Pasmada e ida completamente se quedó Sabanda, cosa que a Milano no le gustó, pues si tan placentero resultaba aquello, y su pareja se marchaba mentalmente de paseo, vete a saber dónde, él perdía el control de la situación y de Sabanda, por lo que decidió no abusar de la experiencia recién descubierta para obtener también él su parte, pues ésta le interesaba bastante más, como había demostrado y seguiría demostrando en el futuro. ¿Qué buscaba Sabanda en aquella relación con su amigo Milano? Buscaba estas tres cosas, por orden de preferencia:
Cariño - - Compañía - Sexo - ¿Y Milano, qué buscaba? Sexo - Sexo y - Sexo - Como se puede ver, estaban algo descompensados, pero al menos, la descompensación era sólo parcial, pues en muchas parejas el problema es grave, cuando uno se enamora perdidamente y el otro únicamente está descargando su energía libidinosa. En estos casos se puede esperar cualquier final que no tenga nada de saludable. Lo de Milano y Sabanda sin embargo, se arregla de maravilla con un acuerdo tácito: - Tú me das el sexo que necesito irremisiblemente y yo te doy el cariño que necesitas para poder seguir viviendo. No hicieron falta negociaciones, ni conversaciones extra o detrás de las bambalinas, no tuvieron que apagar la grabadora, ni bajar la campana del silencio. Todo se comprendió desde el principio y aún más. Milano no quería meter la pata y se andaba con mucho cuidado, cuando Sabanda cumpliera los dieciocho, ya se pensaría en algo más fuerte, mientras tanto, era una niña a quien cuidar el cuerpo y los sentimientos. Más teniendo en cuenta el estatus social alto de la niña, que gustaba por definición al chaval, pero que al mismo tiempo, le preocupaba lo suficiente como para no olvidar las formalidades. Y Sabanda, a todo esto, sin enterarse de nada, ingenua, inocente y creyendo que era ella quien marcaba la pauta. No sabía que en cuanto llegara el otoño y tuviera los dieciocho, estaba previsto que dejaría de ser doncella, para experimentar el amor completo.
IV
Milano realzaba con su poderosa creatividad la personalidad de Sabanda que como en casi todas las jovencitas de los años setenta, estaba un poco aguada. Se le ocurrió al joven que podían entre todos los jovenzuelos de aquella urbanización serrana, limpiar y rehabilitar la casa de la maestra, que aunque no estaba en ruinas, no podía usarse para nada, pues nada funcionaba. Los cuartos eran muy pequeños y la cocina y el baño estaban atascados con piedras y ladrillos. Lo primero era limpiarlo, pintarlo y adecentarlo, para luego habilitar un centro social para la juventud. Con su biblioteca su filmoteca y su sala de reuniones o discoteca, y como el proyecto parecía tan formal, las autoridades no dudaron en ceder el usufructo a aquellos jóvenes animados a ensayar obras de teatro, filmar cortos de cine y cuantos proyectos socioculturales se plantearan. Milano se puso a pintar los techos de blanco y Sabanda escudriñaba sus blazos musculados tendidos hacia arriba y sobresaliendo por fuera de una camiseta blanca y sin mangas que le daban un aspecto muy varonil. -Pues mira si mola el Milanito, pensó en ese momento Sabanda, que estaba como un poco avergonzada del amigo que se había buscado, porque no era rubito y monín. Sabanda con su cuadrilla reclutada en el momento, se subió con el Vim en la mano al baño que estaba totalmente inutilizado por el cemento y los ladrillos que habían introducido hasta las cañerías. - Esto no hay que limpiarlo, esto hay que arreglarlo y tendrá que ser un fontanero y un albañil. Con el Vim no podemos hacer nada. Lo mismo pasó con los cuartos, cuyos tabiques deberían ser tirados para construir una estancia suficientemente grande para que toda aquella jarca, pudiera reunirse allí. Eran demasiadas dificultades y se necesitaba mucho dinero para aquella soñada rehabilitación. Milano que no encontraba mano de obra desinteresada y eficaz entre todos aquellos pijines, se dio cuenta de lo exagerado de su plan y olvidó los trastos de pintura en un santiamén. Pero dinero sí que había que sacar con una tómbola que se organizaría en el Café España. Luego ese dinero iría para la obra de teatro y el corto en superocho que Milano pensaba dirigir, además de para un campamento de convivencia que pensaba montar en un paraje precioso, detras de Santa Corina, donde los mayores podrían hacer guardias por parejas, casualmente mixtas y casualmente también oportunamente seleccionadas. El caso es que la tómbola fue todo un éxito. Durante los preparativos, Milano se aproximó al están que estaba montando Sabanda y en un tris tras, ideó una construcción piramidal a base de botes de hojalata, seguramente recogidos en cualquier vertedero y que debían de ser derribados por el jugador con unas bolsitas de tela, rellenas de serrín, previamente confeccionadas por la madre de Milano. El jugador recibiría su premio si conseguía derribar la pirámide con tres de aquellos saquitos. Si así era, se marchaba tan contento con unas golosinas que Sabanda administraba sin excederse en generosidad. Y allí se quedó Sabanda con sus botes, sus golosinas y su caja recaudadora, cuando la fiesta empezó a animarse y la gente menuda y mayor empezó a desfilar por los diferentes puestecitos que ofrecían atracciones de todas clases. El puesto de Sabanda empezó de pronto a tener cola, que la chiquilla despachaba con diligencia y los familiares de aquellos jóvenes y demás gente mayorcísima de aquella colonia veraniega, miraban desde las terrazas arboladas de aquel Café, en cuya pista de baile, como en un albero, se desarrollaban las actividades y juegos. Todos trabajaron mucho y bien y Sabanda recibió felicitaciones de los adultos allegados que la habían visto funcionar sin desmayo y con éxito, lo cual para ella fue algo nuevo, pues no había recibido parabienes casi nunca en su pequeña y ramplona vida. Una vez comenzado el curso salía Sabanda de su facultad de letras, cuando se vio abordada por un presunto amigo de Milano. Rubio y rizoso, con ojos azules, buena ropa y mejor percha, había estado algunos días observando los trabajos cinematográficos de Milano para realizar un corto en superocho junto a su chica y toda la peña. En un lugar bello, cercano a sus casas de veraneo, donde un antiguo palacete, se caía a pedazos a causa del abandono y donde la vía del tren jugaba un papel estético de primera importancia. Milano había convencido a una niña de la pandilla, bailarina pequeña y rubia, para ser la protagonista en movimiento continuo de aquel corto y había pedido prestado el osito que Sabanda regalara por el cumpleaños a su hermana, para ponerlo encima de uno de los raíles y simular de este modo el inminente arrollamiento del pequeño muñeco por la enorme máquina, que con sus pitidos no conseguiría despertar a la víctima sorda, muda y sin llanto. El llanto sería suplido por la bailarina que representaba una niña pequeña, solitaria y apegada a su peluche como quien se agarra a una suave mantita para sentirse mejor. Sabanda no tenía papel alguno en aquel corto y ayudaba a Milano en lo que podía que no era sino una suerte de apoyo moral, que para ella era mucho decir.
Y Milano mandaba y daba órdenes y ella permanecía a la sombra sin inmutarse por ello nada en absoluto, mientras que el rubio rizoso junto con sus amigos artistas, contemplaba la escena del rodaje y la escena de aquella pareja de amantes, donde él inundaba toda la realidad y ella era como transparente. Muy transparente no debía ser, cuando el rizos se acercó a la salida de la facultad expresamente para hacerse el encontradizo con Sabanda, pues seguramente se le había antojado la chica, sobre todo porque era la chica del director y le daba morbo quitársela. - Anda, hola, tú estabas en el rodaje de Milano ¿No? - Sí bueno, salimos juntos - ¿Hacia dónde vas? - Hacia Cuatro Caminos
-¿No vas a Moncloa? - No, me voy a casa - Pues si quieres te llevo, yo he traído coche Subieron en un dos caballos nuevecito y él, viendo que tenía poco tiempo, decidió atacar por donde más duele a una niña de de dieciocho, universitaria y se supone que liberada: y mucho más fuertes, que las palabras de Sabanda no eran palabros pedantes, sino palabras científicas y sumamente significativas en el contexto en que se pronunciaron. - El otro día estuve fijándome en tí y la relación que mantienes con Milano y me pareciste una chica estereotipada. En ese preciso instante Sabanda no reconocía el significado de aquel palabro. Pero su fuerte intuición le hicieron recordar otros dos que había escuchado a su profesor de Filosofía y como sabía que a fin de cuentas lo que le estaba diciendo el rizos se aproximaba bastante a que era una sosa o una chica sin personalidad, ella, dolida le contestó: - Pues tú a mí me pareces arquetípico y paradigmático. Qué milagro de propiedad en el hablar. El chico se quedó perplejo, porque iba atacando y recibió no una, sino dos y más fuertes, que las palabras de Sabanda, aplicadas por casualidad con todo rigor, no eran un simple vocablo aprendido con pedantería para ser aplicado en una situación provocada, sino palabras científicas, pronunciadas en el momento justo y con la intensidad justa de una situación inesperada. El chico no entendía tampoco suficientemente el significado de aquellos dos nuevos entes verbales, pero reconoció la doble bofetada y advirtió a las claras la fuerza con la que atizaba la presunta presa inocente. Sin dar tiempo a Sabanda a pensarse si le apetecía un rubio, se despidió de la chica y no volvió a buscarla, abochornado y mohíno. - Cómo vienen las chicas ahora, ¡Madre mía!
V
Si no fuera éste un relato sobre sexo con vocación pedagógica, tendría que plantarme por la intimidad de los aconteceres que le suceden, pero pensando en los jóvenes que por diversas razones se hallen perdidos en los asuntos del sexo y el cariño, seguiré el camino iniciado y trazado con el fin de llegar con ellos a algún final y tratando de retomar el sendero si me perdiera. Sabanda cumplió los dieciocho años y lo celebró invitando a los amigos a bocaditos de nata. No se había dado cuenta de que sus quehaceres con Milano estaban ya bastante avanzados, siendo ambos ya diestros en el arte de provocar el clímax sexual en el otro, habiendo superado con éxito la fase de exploración y conocimiento de sus cuerpos. Conocían los rincones y trucos propios y del otro en un grado más que notable y todo ello, según diseño inteligente del creativo Milano y sin haber realizado aún un coito propiamente dicho. Pero no estaba lejos el día en que escondidos en su refugio, cuando todavía el frío no había comenzado a arreciar y aún podían permitirse el lujo de caminar por la casa desnudos y descalzos sobre aquellas losas de cerámica pintada con procedimientos preindustriales, se levantó Sabanda de la blanca cama después de haber sentido un orgasmo más con el bueno de Milano y se dirigió al aseo, donde de pronto advirtió una gota de sangre en el suelo y otra muy roja y pequeña en el propio sanitario blanco. Casualmente Milano estaba allí observándolo todo y Sabanda al sentirse descubierta sangrando, aunque fuera poco, se preocupó y miró a los ojos de Milano como un perrillo mira a su amo cuando no sabe muy bien qué toca hacer. Pero él sabía perfectamente a qué era debido todo aquello, porque se había atrevido a introducir por muy poco tiempo una pequeña parte de su florete en el cuerpo de Sabanda y ella no había notado nada especialmente distinto a lo que había percibido en ocasiones anteriores. - ¿Entonces, esto está ya abierto? Preguntó la inocentona. Milano callaba preocupado y quitó hierro al asunto. -Nada, esto no es nada, no te preocupes. Por suerte Sabanda era muy poco aprehensiva y sí de natural llano para las cuestiones corporales, así que no dio más importancia al asunto y ni siquiera comentó la jugada, pues no había captado en firme la trascendencia del asunto aquel de la pérdida de la virginidad. Más adelante comentando con las amigas el mito en cuestión, empezó a darse cuenta de que aquel día había sido su día. - Pero yo no recuerdo que fuera aquel mi primer polvo. -Es que tu querido Milano es muy fino y en lugar de arrasar con todo para adentro de una vez, lo hizo en varios días, para no hacerte daño. Y Sabanda sintió un profundo agradecimiento hacia Milano, sobre todo en situaciones posteriores, donde tuvo que vérselas con el personal sanitario en embarazos y partos.
VI
Ambos jóvenes siguieron su relación de amistad, conocimiento íntimo y juegos eróticos durante el invierno y para tener asegurado el cobijo del amor, viajaban en tren los fines de semana para refugiarse en la casa mágica donde sin darse cuenta aprendían los comportamientos de los adultos, sobre todo en lo que a responsabilidad y preocupación por el otro se refiere, sobre todo Sabanda que seguía siendo una cría casi huérfana y aprendía deprisa de su amante adulto. Su amante adulto y que se comportaba como tal era muy
Conocedor de los principales métodos anticonceptivos que podían permitirse dadas las circunstancias, hubo el gran Milano de descartar los condones, que no le gustaban, ni se podían comprar con facilidad en aquella sociedad que estaba todavía adormilada por los decenios de represión. Tampoco pudo tomar en cuenta como posibilidad los espermicidas, demasiado poco eficaces y que se vendían en el extranjero, ni la píldora, que necesitaba la receta de un ginecólogo varón y la mayor parte de las veces, fascista y que no la expendería a una jovenzuela soltera por nada de este pícaro mundo donde se empezaban ya a atisbar los preludios de Sodoma y Gomorra. La píldora del día siguiente, la RU, el DIU y el diafragma, estaban sin inventar, al menos en la España de nuestros amores. Haciendo cuentas, tenía la joven pareja casi más posibilidades de caer en una gestación, que entregándose al sexo totalmente desprovistos de metodologías. El famoso doctor del ojo pequeño: No tuvo ojo clínico ese médico, no señor. Milano, que practicaba el autocontrol desde muy pequeñito, decidió él sólo sin comentárselo a Sabanda que interrumpiría el acto en el momento en que sintiera acercarse la eyaculatio praecox que acostumbraba a experimentar, debido seguramente a la cantidad inmensa de testosterona que Natura había introducido en su cuerpo. Si sumáramos sin más ambos factores, o sea, el coitus interruptus más la precocidad de Milano, nos encontraríamos con una Sabanda bailonga, superexcitada y anorgásmica que muy probablemente viera las estrellas por el dolor de abdomen que debería soportar en cada menstruación. Las mujeres siempre lo tienen más difícil ¿Por qué será? Los creyentes no creo que sostengan que dios es misógino. Pero sí, yo creo que sí, al menos el de la Biblia, que castigó duramente a Eva por meticona.
Supongamos que esto ocurrió efectivamente así o parecido, supongamos que Eva fue de verdad una meticona, entonces, sería probablemente lógico que dios, el que mandaba, castigase a Eva, pero no de paso a toda niña y mujer que pueda llegar a vivir sobre la tierra, mientras el planeta dure. Contando la verdad acerca de la famosa pareja, Sabanda y Milano se las arreglaron para disfrutar de su sexualidad obviando los problemas ya expuestos. Milano era praecox, qué le vamos a hacer y duraba dentro de su amiga menos que una salchicha en la boca de mi perrita, o sea, nada, bueno sí, un instante, o dos. Instantes que Sabanda disfrutaba a más no poder, porque Milano estaba llamado a ser un buen amante cuando fuera mayor y de momento, su erección era tan potente, que dislocaba a Sabanda, quien durante esos dos instantes conseguía un grado de excitación, incluso mayor que la del propio Milano, quien saciado su apetito, se entregaba a concluir la faena de su pareja con las metodologías que habían ensayado durante todo el verano. Sabanda siempre obtenía su premio y Milano consideraba que había cumplido y disfrutado. Así que todos contentos. No embarazo, no dolor y sí mucho placer, aunque se podía mejorar todavía bastante.
VII
No se sabe muy bien si el sereno metió el zapato debajo de la rueda o fue el hermano listo de Milano quien sin querer pisó con la rueda de su coche el zapato del sereno, pero lo que sí os puedo contar es que al pobre le retiraron el permiso para conducir durante un tiempo y como era invierno y Milano y Sabanda no tenían refugio donde meterse a hacerse caricias, el hermano listo y bueno de Milano, le prestó el coche que para nada iba a usar durante ese tiempo, pensando que haría buen uso y disfrute de él, como desde luego así fue. Milano y Sabanda estuvieron encantados dando vueltas por La Universitaria para buscar los huequitos donde podían posar su nidito y digo bien al nombrar los huecos, porque en caso de encontrar algo, no sería más que eso literalmente. Las calles de aquella zona estudiantil totalmente vacías y faltas de luz por las noches, estaban ambientadas con aquellas hileras metálicas de carrocerías y faros apagados, pero con gente dentro: eran las parejas de jóvenes sintecho de aquella ciudad, que por miles iban aparcando ordenadamente sus coches, uno detrás del otro y así hasta perderse en la inmensidad de las rectas o en la sinuosidad de las curvas. Sabanda se quedó helada, más todavía de lo que ya estaba, a pesar de la calefacción, puesta al mínimo para ahorrar gasolina. - ¿Pero Milano, ésto que es?. Dentro de un año la explosión demográfica va a ser de las buenas. El romanticismo de la Universidad con sus jardines y zonas verdes en una ciudad comidita por el asfalto y el cemento, se esfumó ante tal visión antimalthusiana de coches con gente dentro, haciendo como podían lo que más les apetecía, vaya usted a saber en qué posturas y con qué medios anticonceptivos y anti contagios venéreos. - No quiero ni pensarlo, no quiero estar aquí, Milano. No me gustaría llegar a ser un número más en las estadísticas del futuro, cuando hablen de los niños de éstos, o de los kilos de antibióticos que de pronto hubo que gastar en tal año como éste. Prefiero que vayamos a otro sitio, aunque sea un poco más feo. Y buscando, buscando, dieron con un descampado cerrado con una horrible vaya de uralita gris. Allí arrimaron el coche y como no se veía ni un alma y los grillos andaban a lo suyo cricreando, ellos dentro su coche grande, nuevo y supercómodo, estaban en la gloria, despreocupados y relajados, podrían charlar, besarse y acariciarse, pero nada más, porque el arquitecto o quizá su mujer, les tenía dicho, que no querían ni una manchita, por minúscula que fuera en el coche, que les prestaban con toda la buena fe. Muy responsables ellos, no dieron su ración al voyeur de turno que los había detectado y había practicado un diminuto agujero en la uralita, justo en el sitio donde sabía que aparcaban cada noche. Y como allí no había manera de comerse una rosca, con la estrecha aquella y el soso aquel, el voyeur salió zumbando pasando delante de las narices de la pareja en busca de un destino más divertido. Milano puso muy mala cara, siempre se sentía responsable y sabía que el lugar no era seguro, así que decidió que había que aparcar donde no hubiese agujerito. Así que buscaron un lugar más recoleto, sin vallas de por medio, ni basura en los alrededores, algo adecuado a su finura y elegancia, hasta para los más oscuros secretos, hasta para todo aquello que ni se ve, ni se oye, ni se sabe. El sitio era delicioso, habían tenido suerte y sólo un par de parejitas más lo habían descubierto. Pero un guardia, compañero de fatigas del primer mirón, andaba por ahí haciendo de las suyas y se ve que mientras veía en la oscuridad dos cabezas erguidas y decentemente colocadas, hacía la vista gorda, aunque se besaran, pero en cuanto una de las dos cabezas desaparecía, se acercaba y enchufaba sin contemplaciones su potentísima linterna dentro del coche, para contemplar en directo la supuesta felatio o quien sabe si hasta un cunnilinguus porque aquellas chiquillas increíbles ya lo pedían todo de todo. Pero Sabandita sólo había acurrucado su cabeza sobre los muslos de Milano, quien la acariciaba tiernamente el cabello. El guardia contempló la estampa al tiempo que aterrorizaba a los jóvenes que lo miraban con pavor y ojos deslumbrados. - Venga, marchaos de aquí ahora mismo, pero ni siquiera los regañó. El susto que se llevó Sabanda fue de campeonato, pero pronto tuvieron que devolver el coche a sus legítimos dueños, con el cariño que le habían tomado. Sí, se compenetraban bien y nunca mejor dicho, teniendo en cuenta lo jóvenes e ignorantes que eran. O quizá no lo eran tanto. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los humanos se entregan a estas faenas amorosas, en forma asaz impulsiva. Sin embargo aquí nos encontramos con dos que se lo pensaban y repensaban, sobre todo él o más bien su inteligente hermano, quien había deducido la fertilidad sobresaliente de Sabanda a partir de su historia familiar, donde los niños proliferaban como las flores de mayo. Por lo que Milano manejaba el autocontrol, quieras que no. Si a ello añadimos la conciencia plena de la pequeña Sabanda en cuanto a su futuro como madre, que no estaba dispuesta a comenzarlo en los próximos años, podemos dar por cierto que si Milano hubiera querido tener el más mínimo desliz permaneciendo dentro de su amiga, no hubiera podido, pues encontrándose en un momento de especial debilidad, Sabanda hubiera sido muy capaz de expulsarlo de sus entrañas con la fuerza de sus brazos y su voluntad férrea. Esa seguridad a la hora de prevenir un embarazo, sólo puede darse en una pareja que conserva su racionalidad en todo momento. Los muy enamorados, caen. Los muy hormonados, por la edad o por cualquier otro factor de los muchos que interfieren en las cosas del amor y del sexo, caen. Los muy apasionados, caen. Los muy jóvenes, caen. Todo el mundo cae si antes no se ha decidido poner en práctica las prevenciones oportunas.
Milano y Sabanda no se apasionaban, porque estaban estudiando, estaban aprendiendo y utilizaban el cerebro en todo momento, sin dejarse abandonar al azar la suerte, el riesgo y la esperanza. No voy a tener yo tan mala suerte piensan muchos jovenzuelos despistados. Sabanda y Milano eran jovenzuelos, pero sus despistes se producían en asuntos de índole muy diferente a todo ésto que estamos tratando aquí.
VIII
Y por eso esta historia de amor que os cuento pudo seguir su rumbo de forma natural, sin sobresaltos, sin disgustos especiales ni viajes relámpago o bodas relámpago, sin buscar piso como quien busca el aire para poder respirar. Fueron dos años cruciales para ambas personitas, tan tiernas. Fueron vitales, porque lo que habían aprendido juntos no se aprende en universidad ni escuela alguna y porque quiso la suerte y el empeño que ambos que pusieron, que todo saliera a pedir de boca y labios, que ambos crecieran como individuos y como pareja, aunque ésta fuera fortuita, como narcisos, como un hombre y una mujer que sin haber amado, habían aprendido a hacerlo mejor que antes, dos jóvenes templados y ardientes y también fríos y hasta gélidos, dos almas vitales, palpitantes que se dejaron influir no en exceso por los convencionalismos de la época y que al concluir sus quehaceres y tareas de aprendizaje no persistieron en la amistad, pero cuyos cerebros seguro, seguro que siguen muy cerca el uno del otro, recordando y recordándose sin dolor y con dulzura. Milano empezó a querer distanciarse de Sabanda cuando acostarse con ella no era ya el objetivo primero de su existencia. Cuando lo hubo conseguido y repetido hasta la saciedad y cuando descubrió que con aquella niña no podría seguir hacia delante en sus travesuras y experiencias eróticas, más propias de la mujer adulta o de las profesionales, cuando Sabanda se le había quedado pequeña para sus expectativas de hombretón rebosante de testosterona. Él comprendió que no se le podía exigir a Sabanda que experimentara con ciertas variantes del sexo que ella ni imaginaba, ni podía de momento ensayar, pues su repulsa o su rechazo hubiera sido categórico. Milano probó las reaciones de Sabanda ante determinados estímulos orales y vio lo lejos que aquella joven estaba todavía de poder hacerse cargo. Aquello ya no le interesaba, había que pasar a otro nivel y no era con ella con quien iba a lograrlo. Le dijo: - Sabanda, no estoy enamorado de ti Sabanda se quedó muy triste y se enfadó porque en aquella relación no había habido enamoramiento por parte de nadie y por eso precisamente, no era necesario recordarlo, sólo en caso de querer fastidiar o en caso de querer cortar directamente. Pero Milano no quería romper con su amiga ya mismo, quería ponerla sobre aviso de que no se hiciera ilusiones ni mucho menos y que ella ya no era su principal punto de mira, que ahora quería dedicarse a otras labores, a atender discapacitados gracias a una organización muy desorganizada, con pocos medios y menos voluntarios. Se trataba de sacar de paseo los fines de semana a algunos parapléjicos confinados a un rincón, sentaditos en su silla de ruedas. Milano y sus compañeros filántropos iban con una furgoneta de la Cruz Roja y los recogían en casa para llevárselos al parque durante unas horas. Sabanda suponía que para aquellos infelices esta ayuda era un tesoro, pero lo cierto fue que por culpa de esta belleza en las actitudes y el corazón del dulce Milano, Sabanda se quedó sin sus fines de semana en la sierra, respirando el aire purísimo y el aroma de aquellos pinos, de aquellas jaras, enebros, encinas y chaparros, aquellas inefables sensaciones que daban felicidad, aquel fresquito serrano que en realidad era frío bajo cero, aquel calor de la chimenea, el color rojizo de los cuerpos jóvenes desnudos en los que se reflejaban las llamas del fuego, el olor de los fluídos, el precioso sonido de la voz de su amante al susurrar cualquier cosa, el gran placer de los orgasmos, el sabor de los bocadillos de queso manchego semicurado a la salida y el traquetreo del tren de vuelta a la capital. Aquello era mucho perder a cambio de nada. Ya no saludaría a los ancianos padres de Milano con la mayor amabilidad posible, pues ellos estaban ilusionados con Sabandita, decían: - Mira la niña, qué mona es. Ya no discutiría en términos de filosofía todavía muy barata con su cuñado el listo, que por el sólo hecho de verla enfurruñada defendiendo las humanidades en contra de las ciencias exactas,seguía su conversación muerto de la risa por dentro al comprobar la ingenuidad e ignorancia de su cuñadita. Ya no daría a la grupa, como un paquete, aquellos placenteros paseos en moto, artefacto del que se conocía todos los múltiples sonidos que incorporaba a los múltiples sonidos de la voz de Milano Milano plantó a Sabanda porque no le dejaba tiempo para sus múltiples actividades, ella se tragó el sapo y a los pocos días tenía varios pretendientes tras de sí. Milano volvió con cara de no haber roto un plato a la biblioteca de letras, donde Sabanda se aplicaba estudiando. Se la llevó en su moto a un paraje arbolado y sin gente y allí dio rienda suelta con la chica a su actividad preferida, porque había intentado ligar con aquella otra niña, que ahora le chiflaba, pero no había podido conseguir nada. Y de esta forma hacían las paces y reanudaban parte de sus quehaceres amorosos. Un día, cuando la historia de Milano y Sabanda estaba dando sus últimos coletazos, él llegó tarde junto a su hermano que conducía un coche de arquitecto. - Oye, si vas a hacerme esperar hasta las tantas y si los Sábados no puedes salir conmigo, por tus andanzas con los minusválidos y si no quieres compartir conmigo estas andanzas y no estás enamorado de mí. Si me vas a tener sólo para cuando se presente un apretón, va a ser mejor que quede con algún otro chico o con una amiga, porque no voy a estar aquí esperando que las hormonas pujen con más fuerza que todas tus actividades. Señor polifacético.
IX
Así andaban los amores y desamores de la pareja. Milano siempre había pensado que por ser varón, por ser mayor y a todas luces más listo y espabilado podía manipular con facilidad a Sabanda y por tanto, llevar las riendas y el control de los aconteceres entre ambos. Pero Sabanda que aunque pensaba bastante poco, sin embargo sentía mucho, sufría con todos aquellos vaivenes y empezó a desear un amor romántico en el que su amante estuviera a disposición de sus deseos con un solo gesto de sus ojos, de sus labios o con un ademán de sus manos. Y al poco tiempo, cuando Milano la plantaba por enésima vez, ella dijo: - Está bien, pero no vengas más a buscarme porque yo me largo lejos una temporadita. Mientras tanto intenta tirarte a esa niña de la que tan enamorado estás. No había odio en las palabras de Sabanda que demasiado bien sabía que se habían toqueteado y manipulado más o menos por igual. El día que Sabanda partía hacia otras latitudes, Milano la llamó por ver si quería ser transportada en la moto para tomar el tren y ella encantada lo recibió en su cuarto, en su casa, donde sólo una asistenta se encontraba de guardia. Los amantes volaron hacia el cuarto de ella, empujados por un deseo irrefenable de Milano quien se adentró en las negras profundades de sus instintos más primitivos terminando la faena en cuestión de segundos. No satisfizo los deseos de Sabanda por miedo a ser descubierto por la fámula y ordenó imperativo salir zumbando con los bártulos hacia la estación. Sabandita, pasmada, no reaccionaba y no tuvo reflejos ni imaginación suficientes para aliviarse durante el viaje. Así que se marchó como aquel la había dejado y a los quince días tuvo que sufrir los dolores intensísimos de su primer parto, falso como el falso Milano que después de excitarla se atrevió a abandonarla a su suerte. Y mientras ella estudiaba las asignaturas suspendidas en junio por no haberlas estudiado antes, él le echaba el capote a su bella, nueva amada, quien tomaba carrerilla para lanzarse a los brazos de otro, dejando a Milano a expensas de su autosatisfacción. Qué le vamos a hacer. Sabanda escribió una carta a su amiguísimo y todos los días de aquel verano esperaba en vano la respuesta del perezoso, inutil, desagradecido y querido Milano, quien no vino a buscarla a la estación cuando volvió la viajera a la sierra, a pesar de encontrarse a escasos metros. Sabanda había aprendido de una vez la lección y había elegido de entre sus pretendientes a quien más la amaba y con el que empezó a salir de charla. Cuando Milano se enteró del nuevo affaire de su ex novia, llamó por teléfono y dijo: - Oye, que no voy a permitir que te vayas con otro estando conmigo, así que elige, o ese o yo. - Pues me parece que va a ser ese Y Milano tuvo que contentarse a partir de entonces con mirar de vez en cuando la foto de Sabanda para decirse qué guapa, qué pena.
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