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ASESORÍA PSICOPEDAGÓGICA GRATIS. INFORMACIÓN PARA TODOS BIBLIOTECA VIRTUAL DE MARÍA GUINDO: Biblioteca virtual dedicada a las obras de María Guindo. Literatura para jóvenes y adolescentes. Narrativa indiscreta. Literatura educativa. Educación sexual, valores del siglo XXI. LÁGRIMAS NEGRAS Es war ein König in Thule, Gar treu bis an das Grab, Dem sterbend seine Buhle Einen goldnen Becher gab. Es ging ihm nichts darüber, Er leert' ihn jeden Schmaus; Die Augen gingen ihm über, So oft er trank daraus. TR: Hubo una vez un rey en Thule, que fue fiel hasta la tumba, a quien su esposa moribunda, una copa de oro dio. Como no la olvidaba, en las más alegres fiestas, una lágrima ligera sus ojos humedecía, siempre que de la copa bebía. (Goethe) Mi hermana Antonieta y yo entramos en el colegio aquel de las monjas siendo unas niñas y salimos tres años más tarde haciendo fú como el gato. No tanto porque lo hubiéramos pasado mal, que más bien fue al contrario, sino porque aquel ambiente tan religioso no hacía juego con la estructuración de ideas y esquemas que hasta la fecha se había efectuado en nuestros respectivos cerebros. También salimos hechas unas mozas y como os digo, por orden sine remisionede nuestro padre y en este caso tan contentas. Abandonamos el colegio de la tía Carina y regresamos a estudiar al colegio laico de toda la vida donde nos esperaban las amigas de siempre, el ambiente en el que habíamos crecido, la cultura que habíamos mamado y a Antonieta le esperaba además, nada menos que La Reválida de Cuarto. Uy, Qué susto. Sigamos el canto llano sin meternos en contrapuntos que se suelen quebrar de sutiles. (Cervantes) La verdad es que se vivía bien estudiando en nuestro colegio de siempre. Amiguetas y amiguetes, primeros amores y sinsabores, futbolines a todo pasto, discos y música pop en la máquina del Goofy, conversaciones en la oscuridad de las tardes de invierno heladas, viento del norte contra nuestras caras al regresar a casa para estar a las nueve. Nuestro cole de siempre, donde casi sin abrir un libro, podíamos ir tirando y mi hermana y yo, que salíamos juntas, nos echamos de cabeza a la piscina de la juerga quinceañera, aunque ninguna de las dos llegábamos a los quince, por mucho que hubiéramos querido. De estudiar nada de nada. Bueno, más bien tirando a poco y a Antonieta que estaba en el curso de la reválida, le apretaban más los tornillos, porque un colegio tiene la obligación de quedar bien en ese tipo de pruebas homologadas en toda España y además es importante para la buena marcha económica y el prestigio del centro. Así que a la pobre, a veces la suspendían y ella que se había enamorado y además era correspondida, estaba flotando y no se daba cuenta de lo que podía venírsele encima. Y apuraba su amor incompleto recién estrenado y recién estrenada ella en ese amor incompleto, porque las adolescentes de aquella época ni nos planteábamos a esa edad que los chicos se atrevieran a ir más allá de los besos y abrazos. Ella aprovechaba toda su energía y todo su tiempo y sus pensamientos para dedicarlos a su gran amor con todas las fuerzas de su corazón. Su gran amor era el líder del grupo de los chicos, quien como tal líder, había conseguido que todas las chicas estuvieran quedadas con él, (excepto una servidora, que siempre ha sido mucho de ir contracorriente) También había conseguido que todos los chicos le obedecieran, hasta el punto, que era él quien decidía las parejas que se podían y no se podían formar. Verdaderamente, un caso notable y como era el súper líder, escogió para salir a mi hermana Antonieta, que era la más guapa del grupo, con bastante diferencia, aunque todas éramos muy monas. Maldita sea: el elemento ese, viendo que yo no me plegaba a sus encantos ni a sus órdenes, me apartó del grupo y me quedé sola con unos cuantos chiquilicuatre, que como perrillos falderos me seguían a todas partes. Se acabó el chollo de acoplarme a los amigos de mi hermana y cuando la primavera estaba ya avanzada, decidí irme completamente sola a un parque cercano a mi casa, donde al olor de la moza fina que yo era, aparecieron al poco unos chicos guapísimos que me invitaron a su movida: un local alquilado entre todos, en el que había otros chicos y chicas en un ambiente de trabajadores mezclados con estudiantes, que yo desconocía. Encantada me fui con ellos y dejé a mis perrillos y a mi hermana que se las compusiera como pudiera, que era estupendamente, desde luego. Pobre Antonieta: Pronto le fastidiaron el pleno disfrute de las mieles del amor, cuando por las notas, recibió el castigo más temido: Un mes sin salir los fines de semana, hasta las próximas notas. Pero, como ya sabemos, el amor puede con todo, así que los enamorados de moda se veían a diario a la entrada y salida delcole, que tenía dos edificios en los que se separaba a los estudiantes por género, pues la coeducación con Franco hacía muchos años que había sido abolida. También se veían los domingos por la mañana cuando en lugar de asistir mi hermana a misa, se marchaba tan contenta con su amigo por ahí. A últimos de curso de 1969, Antonieta de trece años, después de haber sido vista con su chico por todos los profesores cotillas de nuestro colegio, recibió lo que se dice un suspenso en Educación Física por no haber querido hacer un ejercicio llamado El Conejo que la muy perversa de la señorita de La Sección Feminal mandó realizar. Pero ella no sabía, ni quería realizarlo, así que suspendió en Gimnasia. Como era una evaluación especial, ya que en ella se decidía si la alumna se examinaba de reválida o no, las notas las dio El Boss en persona. Y cuando se refirió a Antonieta Pérez y Pérez (por entonces, el segundo apellido se usaba frecuentemente cuando te iban a dar un palo de los gordos), dijo que se quedaba para septiembre, porque no se podía consentir que apareciera en el examen final de Educación Física vestida con traje de noche, a lo que mi hermana, niña y poco más, se atrevió a contestar: –Eso no es verdad y además, no uso todavía traje de noche. Y el Boss debió pensar qué pena, en su fuero interno de republicano doblemente reprimido. Y es que Antonieta no era una belleza en ciernes, sino una auténtica belleza. Yo en cambio, que hacía ya un año había pasado el traguito de La Reválida, me enamoré del chico más guapo del mundo: Jon, uno de los que me había encontrado en el parque días atrás y me fui preparando para el inicio en aquellos amores fragmentarios de la última niñez. Para empezar, me aseguré de que el mensaje llegaría en todo caso a oídos de mi amado, soltándole a todo quisque de su pandilla lo que me gustaba. Y con unos vestiditos muy cortitos, me fui a la playa, con toda la familia, donde decidí que como estaba tan enamorada del ausente, lo mejor iba a ser iniciar mis experiencias amatorias, en lugar de guardarle ausencias, como hacían mis hermanas las mayores, cosa que hubiera sido más que catastrófica. Eso de guardar las ausencias, no entendía yo para qué era ¿para que los chicos por si no tenían bastantes privilegios, se creyeran encima que las chicas éramos de su propiedad? ¡Ay, Ay! Un día muy feliz en mi vida estaba yo maravillada por haber recibido por carta el primer Yo también te quiero. Sobre esto hay que dejar constancia de mi manía de declararme siempre la primera, así no tenía que soportar angustiosas esperas y si me correspondían, muy bien y si no, pues a otra cosa, mariposa. Tomé papel y bolígrafo y escribí una carta bastante menos que romántica, donde proponía a mi futuro amigo íntimo que de momento y mientras durase el verano, cada cual se las compusiera. La estrategia era de primera categoría, pero falló, porque cuando Alejandra se enamora apasionadamente, no valen estrategias ni nada de todo eso y él, que no estaba más que jugando, se lo tomó al pie de la letra escribiendo que allí en la región de Calatrava lo pasaban muy bien y que estaban cada oveja con su pareja. Y mientras yo tragaba quina, alguna de mis hermanas moralizaba acerca del asunto, mostrando un cierto escándalo o indignación, no sé. Sin embargo, mi madre y la empleada de hogar Amparo, que hacía también de abuela, me reían la gracia, cuando por primera vez me veían quedar con un mozalbete encontrado en la playa y que al verme en biquini, se enamoró de mí. Amparo me preguntaba: –¿Y qué es él? –Creo que ebanista. –¿Ebanista con quince años? –Sí, Amparo, aprendiz de ebanista, es que aquí en esta región, no se lleva estudiar, se lleva más trabajar. Y Amparo miraba con complicidad a mi madre y mi madre la miraba de igual modo y yo me preguntaba: –¿De qué van éstas? Se las veía claramente enternecidas, recordando quizá los tiempos remotos de su piel de porcelana y sus besos a escondidas. Mi ligue playero y yo teníamos un callejón secreto, que todavía no había sido ensuciado por los millones de turistas y donde al anochecer, soplaba la brisa marina. Fue allí donde di el primer beso en los labios y en toda la boca a alguien, pero el asunto no tiene más trascendencia que la de haberme introducido en los quehaceres del amor erótico, tal como yo quería. Tuve que plantar al chaval ese a los quince días, que para mí fueron muy largos, porque no me gustaba lo suficiente, ya que como una tonta, había caído en las garras de la pasión amorosa que me inspiraba el calatraveño Jon del alma y dijera lo que dijera, no podía dejar de pensar en él y de esperar sus cartas con devoción y ansiedad. Pero mira oye, yo ya me daba por iniciada y eso estaba muy bien, no fuera a ser que el macizo me castigara creyéndoselo demasiado y me echase en cara que era él quien primero me había besado en la vida, lo cual hubiera sido vergonzoso, porque ya que me tenía a sus pies, al menos que no me tomara como castillo conquistado y de su exclusiva propiedad. Parecía que era una niña de armas tomar, menos en el amor, que como se me agarrara bien, me hacía perder todo equilibrio y yo misma me admiraba de mi poco arrojo y mi inseguridad con el niño aquel. Cuando en el mes de septiembre, por fin nos vimos de nuevo y él tomando las riendas del asunto, me cogió en sus brazos, creyendo yo que me iba a morir de placer, o por lo menos, que me iba a desmayar, pues aquel chico, siendo quinceañero, tenía los brazos, las piernas, las manos y los labios de un hombre, de un guapo varón, gané para mi experiencia y mi vida, aquella sensación nueva para mí, de ser sostenida por un humano de esos, igual que en las novelas románticas, y que según me pareció es el gran descubrimiento de la humanidad. Por eso todos escriben acerca de lo mismo: Sein hoher Gang, sein edle Gestalt, seines mundes Lächeln, seiner Augen Gewalt, und seiner Rede zauberfluß, sein Händedruck, und ¡Ach, sein Kuß!... TR: Su andar altivo, su noble figura, la sonrisa de sus labios, la mirada de sus ojos, y su habla, maravillosamente fluida, la presión de sus manos, y ¡Ah, sus besos!...(Goethe) Y pasaron varias semanas en las que Alejandra vivía sólo pensando en los besos del sábado: Y pasado mañana, miércoles, pensaba los lunes y se consolaba, porque ya el miércoles la vida se hacía más respirable al encontrarse tan cerca del viernes, a su vez, víspera de los abrazos con el guaperas. El profesor de francés nos preguntaba cosas de la vida cotidiana, para que chapurreáramos la lengua de Molière. A ver, Pérez: – Qu'est–ce–que vous faissez pendant vôtre temps libre? – Moi, je m'en vais à la plage pour nager, Monsieur. – Comment? El joven y progre profesor de francés se había creído que todos los Pérez éramos idiotas y fachas, simplemente por ser tantos hermanos y no volvió a preguntar intimidades nunca más. Anda que si le digo en medio de la clase que me pasaba los fines de semana enteros morreando sin parar... se le habían caído los esquemitas al pobre. Y es que muchos de aquellos progres mayores como el profe de francés y mis hermanos, tuvieron muy pronto las ideas demasiado claras. Tendían a la rigidez de quien no se ha construido debidamente su Weltanschaung(Visión del mundo), que diría el bueno de Cencillo cuando nos encandilaba con su porte y verborrea a las niñas de primero de Filosofía y Letras. Sin embargo, diez años más tarde aproximadamente, los adolescentes ya teníamos diferentes modelos de convivencia para comparar y elegir, mas los nuestros propios, que no fueron menos importantes y que requerían una flexibilidad y autonomía de pensamiento, algo mayor. Las canciones que el pincha ponía para amenizar aquel lugar amatorio, eran sobre todo románticas y había entre ellas una, que me ponía como una centrifugadora: Tomorrow, Tomorrow de los Bee Gees. No era nada especial musicalmente hablando. Pero la letra que yo traducía muy libremente del inglés como tu morro, tu morro, es que, ay, me transportaba sin drogas, provocaba en mi organismo quinceañero un subidón de endorfinas de los que no creo que haya habido yonki que nunca lo probara y así mi experiencia con Jon crecía y se inflaba, mientras que la suya conmigo iba por el contrario hacia abajo. En aquel local alquilado con un apartado bastante oscuro, donde teníamos derecho, según las leyes que nosotros mismos nos imponíamos, a besarnos y no mucho más, pasaba yo enamorada y pasmada los más felices días desde mi nacimiento. Pero puesto que mi chico, sólo iba a experimentar, pues se cansó y se aburrió, no sé qué tarde de un sábado, en que decidió no llamarme, pensando que por ese sólo hecho, iba a dejar de acudir a besarme con él y de abrazarme a su cuerpo moreno. Que las chicas éramos capaces de coger el teléfono para llamar a un amigo, o de invitar a quien quisiéramos o de ir donde a nosotras pluguiese, eso lo sabía, aunque no estaba muy extendida la idea y mon amour, pensó que con no llamarme, ya lo tenía todo resuelto. Tomé el autobús hasta el barrio, entonces periférico, donde dábamos rienda suelta a lo poquito que allí había que hacer y que a mí, personalmente, me pareció el hallazgo, la bomba, el sentido de la existencia humana y no sé cuántas cosas más y me presenté en el antro, preguntando por mi chico. -¿Cómo, Jon? - No, no ha venido hoy, mintieron sus colegas. Yo no sabía qué pasaba, no entendía el plantón. Él no me había dicho nada. Ay. Ahora pienso que los chavales aquellos, tan antiguos, no hablaban con las chicas, preferían ir a lo suyo. No nos entendían, no comprendían esa manía que teníamos de enamorarnos de ellos y nosotras no entendíamos cómo podían ser tan cínicos y tan primarios. Ese solía ser el principio sin fin de la incomunicación en unas relaciones tan generalizadas como las amorosas y de una forma de actuar universalmente tenida por absurda: La de las personas amadas del sexo opuesto. (Admito que desconozco si entre amantes del mismo sexo ocurre igualmente este fenómeno) Y es que cuando alguien se excede amando, ya nos cuenta Platón acerca de los enamorados, que se vuelven lunáticos y hacen y dicen cosas impensables en cualquier otra situación. Ante el menor atisbo de esperanza, normalmente, ilusorio, son capaces de arrastrarse como gusanos, dejar de comer y beber, entrar en la melancolía y hasta morir esperando cualquier migaja del amado, suelta por error. Así, más o menos, describe el clásico al pobre amante desesperado no por una idea, sino tan sólo por un objeto o persona nacida en este mundo intrascendente. Confusa y todavía inocente, volví a la parada del autobús a eso de las siete de la tarde, hacia el centro. Y recogida en mi abrigo y en mí misma, esperando bajo la marquesina, rodeada de la bruma espesa de la tarde oscura y fría de diciembre, vi el negro recorte de la silueta del guapísimo Jon, huyendo al contraluz de los faros de los coches, que de tres zancadas cruzaba la carretera y volvía a su local, pensando que en la oscuridad, nadie lo vería. Pero los ojos del amor lo ven todo y más si las cosas no van bien. Así que, ya más que intuyendo, percibiendo claramente lo que había, tomé el autobús y volví a casa demasiado pronto. ¡Qué pena de besos del sábado! Y en la tarde del día siguiente, sin esperar la dichosa llamadita, prontito para ver las cosas a plena luz, me volví a presentar en el local. Entré como Pedro por su casa y todas las miradas recayeron en mí. -¿Está mi chico? -¿Jon? No. Volvieron a mentir. -Pues me quedo. Y el más lelo de todos vino haciéndose el filántropo, poniendo cara de perrillo asustado y simulando que no quería verme sufrir, dijo: - Oyes, que Jon está ahí dentro, pegándose el lote con Maribel. -¡Anda ya! Pero qué dices, no me lo creo. Y no me lo creía, hasta que entré como una exhalación en el cuarto de los besos y lo vi boca con boca con una niña feúcha, que le venía persiguiendo hacía tiempo sin éxito. Sí: aquella pobrecilla, flaca, sin músculos ni redondeces prietas, de pelo descolorido, ondulado de cualquier manera, con ojos saltones y sin luz ni expresión, redondos como pesetas y casi analfabeta, se había llevado a mi chico y ni ella ni él consideraron que había que dar explicación alguna.
Jon me dijo: Mira Alejandrita, tú sí que me gustas, pero me he cansado, así que vamos a dejarlo de momento y a lo mejor, dentro de seis meses... -¿Seis meses? -me pasmé-. No mira, mejor déjalo así. Y es que seis meses cuando se acaban de cumplir los quince, son una eternidad insuperable. Después de dos años, cuando yo estudiaba ya en la universidad, Jon me salió al paso en la boca del metro cercana a mi casa. Me preguntó si me acordaba de él y me contó la pena que le dio, haber tenido que dejarme, pero ya no vi en él al héroe de mis aventuras, sino a un pobre pelagatos que andaba mendigando algo de sexo. Debí mirarle con compasión de esa, de la chunga o algo así, porque enseguida paró de decir chorradas y me dejó libre para salir por pies para qué os quiero. María Guindo 09/2008
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