LA VIEJA Y EL MENDIGO
Hacía ya más de una hora que el mendigo cirujeaba revolviendo la basura en busca de su cena, cuando el chirrido de los goznes de una puerta oxidada despertaron su curiosidad. Levanto la vista, y observo el balcón petrificado de una casa vieja, con su toldo caído y repleto de macetas inclinadas, sin patas, donde yacían moribundas algunas plantas secas. Estaba a punto de continuar con su búsqueda cuando debajo de aquel toldo apareció una anciana. Le llamo la atención algunos movimientos extraños que realizaba aquella vieja, observando de un lado al otro de la calle, cabeceaba mirando una y otra esquina, sigilosa y cautelosa. De pronto alguien apareció caminado en medio de la calle, la anciana lo observo, y se quedo inmóvil, petrificada, tan rígida que parecía parte del mismo balcón, un adorno, una gárgola, una sombra más. Era un joven de pequeña estatura, que arrastraba un carrito con una gran valija encima; continuo caminando así hasta perderse de vista; la anciana permanecio inmovil por unos segundos más, observo nuevamente hacia uno y otro lado, y entonces al fin pareció dispuesta a hacer algo; entonces, se agacho lo mejor que pudo como para levantar algo que escondía, pero de repente unos gritos eufóricos surgieron detrás de aquel tacho de basura en donde el linyera observaba atrincherado, haciendo que la anciana se inmovilice nuevamente. Los observo por unos segundos, aquellos eran cincho muchachos que caminaban tambaleándose, balanceado las botellas que llevaban en sus manos, siguiendo la melodía errónea de alguna vieja canción. Pasaron, y el mendigo observando con curiosidad ya no quería moverse por temor a que la vieja dejara lo que estaba dispuesta a hacer. Nunca antes había sentido tal curiosidad, se preguntaba miles de cosas que no lograba responder: ¿qué esperaba?, ¿qué ocultaba?, ¿qué tenía en mente que para realizarlo no podían verla?, ¿qué la llevaba a ser tan misteriosa?; y en busca de aquellas respuestas encontró otra pregunta que le helo la sangre: ¿intentaría suicidarse?, ¿por qué no?, daba toda la sensación de que podía cometer semejante estupidez, sin duda; pero... ¿por qué no ante la presencia de aquellas personas?, cuando uno está dispuesto a suicidarse, ¿le podría llagar a interesar la forma?, ¿puede uno en medio de aquellos fríos pensamientos tener un mínimo de inhibición?. El mendigo no lograba comprender la situación, y su curiosidad llego a tal extremo que penso qué si era eso, por favor se arrojara de una vez por todas, no aguantaba mas aquella incertidumbre.
Arrepintiéndose de sus deseos casi corrió desesperadamente para impedir algo que ya estaba a punto de dar por hecho, pero se contuvo, y con los nervios endureciéndole la nuca, se limito a esperar.
Habían pasado ya unos veinte minutos, y la anciana continuaba en aquella misma situación, con la misma impaciencia que él. Sin poder esperar un minuto más, el mendigo, movido por su estomago se largo en buscar de otro tacho de basura para completar la cena de aquella noche. Escondido entre las sombras, esperando que la anciana no lo descubra, volteaba la cabeza cada dos o tres pasos con temor a perderse aquello que había estado esperando por tanto tiempo. Totalmente resignado continuo caminando intentando olvidarse del asunto, alejando los pensamientos de aquella situación que ya le molestaba, cuando de repente pudo percibir lo que creyó espantoso: ¡Sssuk!, un golpe corto y seco de algo que dio contra el suelo. Sus músculos se paralizaron, y con el temor de encontrarse con lo peor de sus pensamientos, dudo en darse vuelta... pero al fin lo hizo.
Había estado tan seguro de que el ruido provenía del impacto de aquel decrépito cuerpo, que cuando se percato de que la vieja no se encontraba estampada en el suelo, estallo a carcajadas, siendo ahora sí, descubierto por la anciana, que en un momento de inspirada habilidad había encestado desde ahí arriba, una bolsa de basura en una canasta apoyada sobre un poste de luz, que el mendigo sonriendo, ya se disponia a revisar.