Todos los médicos de algún relieve desfilaron por la cabecera de mi cama y, después de mil ensayos y conjeturas, se marchaban confesando noblemente el fracaso de su ciencia  ante mi extraño mal. Y es que los médicos sólo saben de las dolencias materiales, de las que dañan al cuerpo, de las que dejan huella sensible; pero de las del alma, las producidas por el fracaso de una ilusión o por la muerte de un sentimiento, de ésas no saben nada, ni siquiera se atreven a creer en ellas.
G.A. Bécquer, La fe salva

La Traición

Me abrazaste, me besaste,
y en el momento en que mi corazón más latía
y mis suspiros dejaban mi pecho,
algo filoso me atravesó la espalda.
Sentí el cuerpo pesado;
y en mis ojos viste
la forma de la tristeza.

La traición ya estaba hecha,
me mataste por la espalda
mirándome a los ojos.
No te vastó con esto que te volviste
cuando más necesitaba sujetarme,
cuando mirando el suelo
me estaba cayendo.

Mi rostro dio contra el barro,
mi boca bebió de aquel charco,
donde note en su impureza
el calor de mi sangre,
y las lagrimas de tu llanto.
 

24 de febrero de 1998.

 



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