El niño de los zapatos grandes
Había una vez un niño que era muy, muy chiquito... y muy callado. Cumpliendo apenas diez años, alcanzaba una altura de un metro once centímetros. Acostumbraba vestir una remera color amarilla, con un pequeño jardinero de jeans cortito que le llegaba a sus regordetas rodillas. En sus pies usaba unas medias a rallas azules y blancas, las que casi no se le veían, debido a los enormes zapatos de un gastado color marrón. Estos eran tan pero tan gigantescos que al pobre niño se le notaba una gran dificultad al caminar. Se sabía en el pueblo (porque todas las mamas lo hacían) que los zapatos se compraban tan grandes para poder utilizarlos más tiempo, a medida que los niños crecían. Pero a él se lo distinguía por sus zapatos, y porque ya no crecía.
Este viejo pueblo con un pequeño puerto sobre la estrecha ría llamada Ajo, en la que alguna vez un señor llamado Rosas había ubicado sus saladeros, era donde el pequeño se divertía, quedándose horas sentado sobre sus zapatos y pescando con su caña mojarrera esperando sacar del fondo alguna extraña criatura submarina. Pero en realidad lo que él estaba haciendo era arrojar la línea sobre los polvorientos libros que le habían abierto la imaginación en la antigua biblioteca de su abuela.
Un día de Navidad, el pequeño se había marchado temprano, desesperado por utilizar la nueva caña con riel que la noche anterior encontró junto a un cartel muy casero de cartón con su nombre escrito en color rojo.
Corrió lo mejor que pudo hasta su sitio preferido: una cisterna abandonada de forma circular, que según él era el cráneo enterrado de uno de los antiguos gigantes. Se sacó los zapatos y al respirar el aire fresco de aquella mañana, sonrío y se sintió como un viejo rey con su nuevo cetro, sentado sobre su pesado trono.
Aquel día el pequeño y su caña desaparecieron para siempre, dejando solamente sus enormes y por primera vez, lustrados zapatos.
Algunos rumores del viejo pueblo decían que resbalo por la gastada barranca de la cisterna, pero los años han creado la vieja leyenda que dice que el pequeño solo quiso dejar de llevar aquel peso, entregándose a las criaturas submarinas, las que lo llevaron hasta el gran estomago del antiguo gigante.