LA ESPALDA DE MARTíN

        Martín apoyaba la uña de su mano izquierda en la arena, dibujaba una y luego levantaba la mirada hacia el horizonte donde el cielo se acopla con el mar y volvía a agachar la cabeza sobre el suelo arenoso, dándole la espalda a los allí presentes. Mientras la tarde jugaba a la rayuela con el sol para meterse en la piel de los veraneantes, él seguía allí, como disidente del bienestar. La playa estaba poblada de soles y de chicas y rayos de pechos y relámpagos de caderas que oscilaban insinuantes. Los días parecían achicárseles a Martín de este lado del mundo. Sus costumbres lo aburrían, pero él iría por más. Aventurero sin meta pero orfebre de mil caminos que se abrían y bifurcaban ante sus ojos.
        Muchas cosas se cruzaban por su cabeza y las ideas se chocaban, atropelladas, sin encontrar la salida realizadora, como perseguidas por algún fantasma o dragón que las acosaba con sus lenguas de fuego, sin que ellas encontraran la salida de incendio, esa tan anhelada puerta que en definitiva, no estaba más que dibujada en algún lugar del mundo.
        Ideas de cambio, de perspectivas, de fiesta y de alegrías. Ideas al fin. Ideas que se le encimaban sobre otras ideas de estudio, amores perdidos y ansiedad. Sobre todo ansiedad. Una ansiedad tranquila que tranquilamente podía ponerlo nervioso, por lo menos por un momento. Una ansiedad a la que mejor hubiera sido decirle hasta mañana o hablarle en un idioma desconocido para ella.
        Luego de reposar como un lagarto y comenzar a ver todo nublado debido a la intensa luz solar, decidió recoger sus ojotas, limpiarse la arena que se pegaba a su cuerpo como sanguijuela hambrienta y caminar playa abajo.
        Cruzando tres balnearios, Martín descubrió un bar donde se escuchaba música y decidió sentarse a tomar un trago. La banda que estaba actuando tocaba un tema
de Los Abuelos de la Nada y Martín dibujo una lineal sonrisa en su boca, por la mala y fingida voz del cantante.
        Cuando el sol dibujó una hora de dos brazos pegados hacia abajo, decidió acompañarse por una muchacha sentada a una mesa delante suyo. Pronto supo que la muchacha se llamaba Ana y al mirarla a los ojos pensó en un amor eterno. Esos amores que suelen surgir cuando se tienen urgencias en el alma y un espíritu travieso como el de Martín. Esos amores que aparecen de tanto en tanto y y solo por obra y gracia del destino.
        Ana bebía su Martini seco y sus labios se  movían al ritmo de los de Martín, que daba cuenta de su tercera lata de cerveza bien fría. Luego de un silencio obligados, donde sólo las miradas se habían atrevido a tomar la delantera, cuando
todavía los silencios colgaban a los dos en la todavía clara luna. Martín creyó propicio el momento para “avanzar” sobre su presa, nunca tan sensual, ni mansa, ni fabricante de lujuria como en ese momento.
- Nunca vi a una mujer como vos –le dijo Martín con su mejor voz de tonada melosa, pero sin creer que estaba diciendo algo trascendental.
        Ana sonrió como dando permiso a una entrada excitante y a la catarata de palabras tan comunes en la arquitectura del diálogo que primariamente, no quiere edificar nada más que el encuentro carnal. Así terminaron sus tragos y luego de dejar en soledad el aburrimiento de la charla, guardaron un abreve pero intencionado silencio.
        Martín aprovechó ese vacío de voces para apurar otra cerveza y meditar en la banalidad de las palabras dichas. Palabras que son en su mayoría mentiras verdaderas que no se atreven a salir de la boca, verdades que se saben son mentiras pero que son de lo más seguro que nos sentimos. De lo que no somos y de lo que no fuimos. Lo que seremos nadie lo sabrá. Ni nosotros mismos, Cadáveres supongo, sumergidos bajo la tierra y diciendo “de nada los gusanos que hacen su festín. ¿Un vaso de agua quizás?.
        El sol había comenzado su fuga para dar paso a otro tiempo, otras costumbres, otra ropa. Era su cotidiano viaje hacia otra gente, su andar con muletas brillantes hacia otras latitudes.
        Martín y Ana regresaron por la playa, camino hacia el punto de partida que había cometido el milagro de encontrarlos. En lugares distintos para para un mismo fin. Por eso regresaban. Juntos. Como si toda la vida hubieran sido el uno para el otro. Ana había comenzado a hablar de desenfreno, de locura, de que le gustaría que la torturen.
Sólo en ese instante Martín reaccionó. Dejó la pasividad con que había escuchado la historia de Ana, pero en el fondo siguió feliz, de festejo, pensando en lo accesible y rápido que le había resultado cazar a esa presa.
        La noche ya se había desmayado sobre la extensa playa. Las sombras caían borrando vestigios de luz  Ana sugirió sentarse sobre una pequeña loma a pocos metros del mar. Su suave pantalón blanco de tela se hundió en la arena como una caricia, casi con respeto. A Martín todo eso lo excitaba, las palabras se fueron por el inodoro, la estrellas se durmieron, la complicidad del panorama se hacía cada vez más evidente. El silencio ya no era silencio. Se había despedido de los dos para que nadie quede de testigo.
        Martín miró la luna fijamente pero nada tenía que decir sobre ella. Quizá sólo el deseo de estar allí arriba por un tiempo y luego de ese corto recreo lunar, decidió apoyar su cabeza, manejada por los labios y el instinto y le clavó un beso a Ana, hurgándole la lengua con total despojo, metiendo su mano húmeda en otra parte húmeda de Ana. Ana se volcó hacia él pero sin mostrar las manos. Besaba apasionadamente. Para Martín, el aniversario de la felicidad estaba a pocos segundos de él. Al fin y al cabo, la vida le seguía dando horarios especiales para los sueños que decidió postergar por inauditos. Como el sueño del crecimiento intelectual. La fundación de una nueva mora en la sociedad, La lucha por la igualdad de clases. El destierro de la omnipotencia, el éxodo de la pobreza hacia continentes remotos y sin regreso. Este era un horario especial para Martín. El del placer absoluto. Donde las obligaciones y .los tabúes y las leyes hacen cola en un desierto sin fronteras que lleva a ninguna parte.
        La boca de Ana culminaba su búsqueda caliente en la boca de Martín. Como si un cráter de carne lanzara su baba hirviendo sobre las calles desoladas de una aldea indefensa. De pronto, una fuerte puntada en su espalda separó a Martín de Ana. La muchacha se levantó y de pié ante él, que no atinaba ni a moverse un centímetro de donde estaba, comenzó a recitar, erguida, como una zombie.
        Tu camino seguirá en el mar, dándole pinceladas rojas a su monótono color. Te confundirás con él en alguna ola furiosa y serás su amante por siempre. ¿Te llevará hacia una isla quizás?. Ana reía, reía mucho mientras pronunciaba esas palabras. Sus ojos ya no tenían ese color de “azúcar quemada”  que la había transferido un tango y su voz totalmente transformada, llegaba hasta los oídos de  Martín como des otra galaxia. Pronunciaba palabras extrañas y su boca ya no era un cráter apasionado dejando emerger lava de pasión en la boca de Martín, ahora escupía baba colgante. Sus ojos retomaban por momentos su color habitual para volver a ponerse negros como la tormenta final del fin del mundo. Parecían querer mirar hacia la espalda. Pero de pronto, dejó ese extraño rito y empujó a Martín hacia el mar.
        Martín ya estaba dormido, desmayado de dolor y golpe y antes que la última gran ola lo lleve mar adentro, Ana le clavó la filosa lanza sobre su espalda. La espalda que le daba a sus oídos. La espalda que le daba a la vida, la que se apoyaba en la arena, esa arena que su mano ya nunca más arañaría. La espalda que ahora flotaba en el mar. La que nunca más cargaría con sueños, miradas, rayos de sol y lluvias de enero mientras caminaba la playa que lo devolvía a la paz interior. El cuerpo de Martín, brazos en cruz y espalda sangrante besada por la sal del océano, se iba perdiendo poco a poco a lo lejos.
        Y Ana se fue lentamente, dándole la espalda.
Por Pablo Molinari.



 
 

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