La Liberación

            Cuantas veces caminé por esta calle de presente brumoso por colectivos y fanáticos sin pensar en lo que me rodeaba; estaban atados mis pies al suelo gris, negro, o del color que sea. No recuerdo tampoco los zapatos que día a día me llevaron por este cemento.
            Había árboles, verde, gente. ? Existe en este momento alguna esperanza que se asemeje siquiera en un inconsciente a las épocas en que todo sonreía. Sublime era el desencanto de la cotidianeidad, arrastrada por barbas misteriosas en dirección de boomerang. Podría ser esto tan horrible en  comparación a lo que ahora me sucede ? Recuerdo hoy el invierno de 1975: esos sí que fueron buenos tiempos, épocas en las que no se conocía la maldad, épocas locas en alguna parte del mundo y, bueno, tristeza también que el que les escribe supo dejar de lado abofeteándolas sin darle importancia al grado de seriedad en que venían. Por esos tiempos tenía 24 años, estaba de novio con Raquel y vivía en Villa del Parque en una hermosa casa con jardín, al cual llegaba tras un camino de piedras en forma de arco que separaban las flores y el verde que parecía estirarse para alcanzar mis brazos; la ventana de la cocina miraba al jardín, un pasillo conectaba mis dos habitaciones, en las que dormíamos mi madre y yo. A veces, mi madre, Raquel y yo en un colchón suave y acogedor, una almohada que lo hacía sentir a uno como un gato dando vueltas y ronroneando antes de echarse, el televisor colgando en la pared, donde comenzó el cambio de los dibujos animados a las películas de acción y suspenso. No se imaginan cuan grande se convierte este sentimiento de añoranza en el mismo momento en el que mi lápiz negro se estrella contra el papel.
            Luego vinieron la adolescencia, la década del ochenta vivida intensamente, los trabajos intercalados e independientes y los bares de los barrios capitalinos frecuentados con mis amigos; la seriedad que se iba perdiendo, los trabajos que no me dejaban dinero en mis bolsillos; siempre hurgaba en los mismos después del día 20, encontrando pelusa y boletos de colectivo, pero nunca un cien, ni un cincuenta ni nada.
            Los últimos diez días prácticamente recorría todos los domicilios amigos conocidos, incluido el de mis suegros, que veían con preocupación mi situación; ya era un grandulón (así decían ellos) y no estudiaba, por lo que me presagiaban un futuro negro con sus caras de víboras. Yo sabía que le estaban Ilenando la cabeza a Raquel para que me deje, pero tendrían que hacer un esfuerzo enorme para lograr que me aleje de ella o, mejor dicho, que ella se aleje de mí, ya que a los años de fuego no se los apaga tan fácilmente.
            Mientras el mundo seguía con su sucia locura de tecnología, ciencia y progreso; computadoras de cabeza y manos de teclado, las máquinas continuaban reemplazando gente y las calles alteraban a gran parte de la sociedad que veía injusta su situación, y nulos sus reclamos; yo me sentía parte de este grupo hasta que un día, (el cual ahora tengo la certera sensación de que fue creado por una bruja), no aguanté mas la Capital y partí rumbo a la ciudad de Córdoba en busca de algo que sea mejor de lo que tenía acá. Saqué el pasaje con lo último que me quedaba de mi último sueldo; cabe aclarar que para llegar a esta situación ya no me importaba nada, hasta dejé de lado a mi novia, quien compartió conmigo 8 años de mi vida, explicándole que lo hacía por el bien de los dos; cosa que no estoy seguro ni siquiera ahora si era verdad.
            En el largo viaje me tocó de compañía un hombre de apariencia extraña. Tenía 40 años y le decían El Roca. Le comenté mi situación a lo largo del viaje y me ofreció ayuda al llegar a Córdoba; un trabajo sencillo donde podía ganar plata y podría llegar a acumular lo suficiente para regresar con mi novia, mi familia, e intentar hacer todo lo que quería pero que nunca pude lograr.
Estas eran las palabras, casi exactas, del hombre que en mi obstinada y vana búsqueda por encontrar una explicación y un culpable, recibió el honor.
            Ahora sí extraño e intento recordar todo lo posible que no supe disfrutar. Los marcos de los cuadros, el tronco húmedo de los arboles, las patas de la mesa, la casa de Villa del Parque, el pelo de una mujer, la vida; hasta el tren en el que viajé a Córdoba antes de que conozca al Roca.
Llorando y vertiendo mis lágrimas sobre una profunda lona de arrepentimiento ya no deseo que alguien me escuche, por que ahora ya decidí lo que es mejor, ya no sufriré más. El tiempo pasa y ahora veo todo como un gran aire que se fue evaporando a través de los siglos: aires de cambio, modas, ropas, costumbres, castillos, rascacielos, torres, montañas, cosas que salen bien, cosas que salen mal. Intento recordar en este segundo eterno todas las películas que ví en mi vida, todos los restaurantes que conocí, los momentos de risa, que antes me parecían simples y efímeros, pero que ahora los añoro... !no saben cuanto los añoro! Ya no quiero pensar más en eso, me hundo en la realidad y sé que estoy aquí, en mi yeso corporal alargado por un par de metros, viendo pequeñas sombras finas horizontales y gritos... ahora justo uno.
Intento seguir con la parte más difícil, que ocurrió en Córdoba, pero demoro estas letras por el dolor que me causan, más que todo el dolor que sentí aquella noche en que falleció mi padre, por que en Córdoba cambio mi vida, para peor.
            El lápiz se achicó y prefiero contárselo a la pared en modo de confesión y, si es posible de
perdón, un perdón que nunca supe si conseguiría, pero quería hablarlo y no escribirlo, con él deseo que se ahuyente de mi alma, corroída y mugrienta por malos recuerdos.
Era una tarde de sol en pleno centro de Córdoba y habíamos bebido 5 vinos y comido asado, hacía un mes que estaba instalado junto con el Roca en un hotelucho de murciélagos, sí, la herramienta que usábamos para trabajar era una 45, no había podido ganar la plata suficiente en la construcción y comencé a seguirle los pasos al Roca; por más que me había dibujado un mundo de colores con el nuevo empleo, nunca logré conseguir ni acercarme a lo que me había dicho y, la verdad solo teníamos para subsistir. No éramos profesionales. Aquella tarde, luego del exceso del almuerzo, nos dirigimos hacia un comercio de ropa muy concurrido y dentro del cual se hallaban 10 personas, creo. Roca se dirigió directo a la caja mientras yo tomaba de rehén a un hombre de bigotes. Eso es todo lo que recuerdo, luego la policía, las sirenas, las esposas, la capucha y yo.
Entre el susto y la vista clavada en la plata que salía de la caja registradora y la mueca de terror de la empleada tuve la desgracia de que se me escape un disparo y el hombre de bigotes cayó al suelo, quedé inmóvil y estoy aquí  ahora, esperando la liberación. Sé que está cerca y lo voy a conseguir, sólo me hace falta un poco de ánimo, de coraje, aquel que no tuve para vivir para alcanzar LA LIBERACION de mi alma, donde pueda correr por los senderos que quiera y no necesite mas trabajos sucios, sufrimiento, ni horror.
            Qué casualidad, es Junio y mañana cumplo años, imposible encontrar mejor y oportuno momento que este para obtener la liberación. Está tan cerca! , pero quiero pensar un poco más, recordar nuevamente las películas, las comidas buenas, el abrigo en las noches de frío, el refresco los días de calor. Puedo ver un par de buenas estrellas a través del ventanal enrejado, y entonces una tenue satisfacción cubre mi alma por un instante, siento paz. El guardia me llama para salir de la celda, pero decido aguardar un poco más, no siempre tengo tan buena vista desde el piso 14 de este sucio pabellón.
            De repente, las estrellas se cubrieron con nubes y no se por qué decidí que era muy buen momento para salir, colgué la soga de un gancho que había podido colocar días atrás en el techo de mi celda y salte. Entonces me vi saliendo de ese lugar, soplando las nubes de cerca, aquellas que me habían tapado las estrellas, y seguí andando y vi todo desde arriba como un inmenso poroto, vi todo como una gran prisión que contenía pequeñas celdas, vi a la gente poder trasladarse fuera de ellas, pero regresaban inevitablemente al fin del día, o antes. Era una prisión aceptada e invisible, habitada por ciegos decididos a serlo para toda la eternidad. Pero una cosa era cierta: prefería yo esa prisión, que la que me había mantenido entre rejas por mas de 5 años, prefería el yeso que recibía visitas de mi novia, familia y amigos, pero es todo lo mismo, que mas da, si la liberación definitiva la encontré en mi único acto de fe. Por ahora no me importan las consecuencias, lo que vendrá quizás lo tenga que arreglar con otros jueces, en otro lugar y, en realidad, prefiero que no sean humanos.
            Oh! Siento que alguien me llama y no lo veo, ruidos extraños, como de sierra, gemidos. Que es esto ? Están siempre detrás mío y no mi DIOS, de repente me siento totalmente encerrado, no puedo moverme, y me estoy quemando.

Por Pablo Molinari



Volver a Pagina Principal


 



Hosted by www.Geocities.ws

1