Hermann Hesse 

 


... La primera voz decía, en palabras aproximadas, algo así como: El sufrimiento es el sufrimiento, sin posible discusión. Duele. Atormenta. Hay fuerzas capaces de superar el sufrimiento. ¡Busca pues estas fuerzas, cultívalas, ejercítalas, ármate con ellas! Sería tonto y pusilánime querer seguir sufriendo y sufriendo eternamente.

La segunda voz, en cambio, decía, en traducción aproximada, algo así como: El sufrimiento solo te duele porque lo temes. El sufrimiento solo te duele porque lo miras con recelo. Sólo te persigue porque huyes de él. No debes huir, no debes recelar, no debes temer. Debes amar. Tú ya lo sabes bien, en lo más íntimo sabes perfectamente que sólo existe una única magia, una única fuerza, una única liberación y una única fortuna, y que ésta se llama amor. ¡Ama, pues, el dolor! ¡No te resistas a él, no lo rehuyas! ¡Saborea cuan dulce es en lo más íntimo, entrégate a él, no lo acojas con reticencias! Lo único que te causa daño es tu reticencia, nada más. ¡El sufrimiento no es sufrimiento, la muerte no es muerte, si tú no los haces tales! El sufrimiento es la música más maravillosa, en cuanto le prestas oídos. Pero tú nunca la escuchas, siempre tienes otra música y otra tonada particular, obstinada, en el oído, una música que no quieres abandonar y que no armoniza con la música del sufrimiento. ¡Escúchame! Escúchame y recuerda: el dolo no es nada, el dolor es una ilusión. ¡Sólo tú lo creas, sólo tú mismo te haces daño!.

Y así, más allá del sufrimiento y de las ansias de liberación en sí, también se enfrentaban y chocaban constantemente las dos voces.

de : Las voces y el santo

 

 



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