Eduardo Galeano


Los siete pecados capitales

Cuando creyó que se moría, un amigo me contó que él era culpable de avaricia, envidia, gula, lujuria, pereza, soberbia e ira: «Jamás me confesé. Yo no quería que el cura gozara más que yo con mis pecados, y por avaricia me los guardé. No confesé que me daban envidia las moscas, que podían volar bajo la falda de esa mujer. ¿Gula? Sí, gula: desde la primera vez que la vi, el canibalismo no me pareció tan mal. Por lujuria o rayos X yo siempre la veía desnuda, como desnuda se ve la espada a pesar de la vaina. Meterme en ella era lo único en el mundo que no me daba pereza; fuera de ella, yo andaba desganado, asueñado, como bicho fumigado me arrastraba sin rumbo ni tumbo. Y en ella estuve, más entrando que saliendo, hasta que cometí la soberbia de creer que ella era yo. Y una noche, loco de ira, rompí a golpes ese espejo».

 

Yo pecador

Me confieso, padre, y disculpe la demora. Fue a fines del año 93, creo, si no recuerdo mal. Yo volaba hacia Madrid, y en el avión estaba leyendo un diario español, para ponerme al día con las novedades de la madre patria. Un aviso, bastante grande, me llamó la atención. Era un convento haciendo publicidad. Un convento de clausura, en Granada, que andaba escaso de monjas. Yo no sé si usted conoce, padre. El convento había sido fundado, no sé cuándo, para albergar más de cien monjas, y ya no tenía más que nueve. El aviso invitaba a las muchachas españolas a meterse al encierro, y les prometía la gloria: «¡Entrégate al Señor!», decía el aviso, y decía: «¡El te dará el goce eterno!» Como lo oye. Aquello me fulminó, padre, le ruego que comprenda. ¡El goce eterno! Me sentí humillado. Y entonces, padre, lo confieso, cometí el sacrificio de pensar que Dios Nuestro Señor estaba practicando la competencia desleal. Juro que me arrepentí en el acto, pero reconozco que justo en ese momento el avión pegó tremenda sacudida.

 



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