Lo que vio el poeta al atardecer

 

El meridional día de julio caía resplandeciente, las montañas flotaban con las cumbres sonrosadas entre la bruma  azul del verano, en los campos hervía densamente la pesada vegetación, el alto maíz se alzaba repleto, en muchos campos ya habían segado el trigo, los múltiples aromas de las flores rebosaban dulces y excesivamente maduros de los campos y los jardines, fundiéndose con el tibio, harinoso y denso olor a polvo de la carretera. Bajo el espeso verde, la tierra retenía aún el calor del día, los pueblos irradiaban el cálido reflejo desde cúpulas doradas entre la naciente oscuridad.

Una pareja de enamorados caminaba por la ardiente carretera que iba de un pueblo a otro, caminaba lentamente y sin rumbo, retrasando la despedida, a veces con las manos colgantes enlazadas, a veces abrazados, hombro contra hombro. Bellos y ondulantes caminaban, relucientes en ligeras prendas de verano, con zapatos blancos, la cabeza descubierta, movidos por el amor, en medio de la callada fiebre nocturna; la muchacha con la cara y el cuello blancos, el hombre moreno del sol, los dos esbeltos y erguidos, los dos bellos, los dos fundidos en uno solo por el sentimiento del momento y como alimentados e impulsados por un solo corazón, los dos, sin embargo, profundamente diferentes y muy separados. Era la hora en que un compañerismo quería trocarse en amor y un juego en destino. Las dos cosas les hacían sonreír y las dos les ponían serios casi hasta la tristeza.

Ni un alma recorría a esa hora la carretera entre los dos pueblos, los labradores ya habían comenzado la vigilia de fiesta. Los enamorados se detuvieron y se abrazaron cerca de una casa de campo, que brillaba clara entre los árboles como si todavía le diera el sol. El hombre condujo suavemente a la muchacha  hasta el borde de la carretera, allí se alzaba una pared baja sobre la cual se sentaron para seguir estando solos, para no tener que acercarse al pueblo y a la gente, para no consumir ya el resto del recorrido común. Callados permanecieron sentados sobre el muro, entre claveles y saxífragas, hojas de vid sobre sus cabezas. Entre el polvo y los perfumes les llegaban los sonidos del pueblo, juegos de niños, la llamada de una madre, risas masculinas, un viejo piano lejano y tímido. Permanecieron sentados en silencio, apoyándose mutuamente, sin decir nada, contemplando unidos como se oscurecían las hojas sobre sus cabezas, sintiendo pasar los perfumes a su alrededor, viendo estremecerse el aire con los primeros indicios de rocío y frescor.

La muchacha era joven, muy joven, y bonita, el largo del cuello luminoso asomaba esbelto y adorable sobre el ligero vestido largos y delgados asomaban de las anchas mangas cortas los brazos y las manos. Quería a su amigo, creía quererle mucho. Sabía muchas cosas de él, le conocía tan bien, habían sido amigos durante largo tiempo. Con frecuencia también habían pensado un instante en su belleza y su sexo, habían retenido tiernamente un apretón de manos, se habían besado fugazmente juguetones. El había sido su amigo, también un poco su consejero y confidente, el mayor, el más sabio, y sólo a veces, por un instante, un débil resplandor de tormenta había cruzado el cielo de su amistad, breves recuerdos atesorados de que entre ellos no existía sólo confianza y compañerismo, de que también intervenía la vanidad, las ansias de poder, también una dulce enemistad y la atracción de los sexos. Ahora, esto empezaba a madurar, ahora se encendía esto otro.

El hombre también era bello, pero sin la juventud y lozanía interior de la muchacha. Era mucho mayor que ella, había paleado el amor y el destino, había vivido un naufragio y una nueva partida. La reflexión y la confianza en si mismo estaban firmemente grabadas en su delgado rostro moreno. El destino le había arrugado la frente y las mejillas. Pero esa noche tenía un aire dulce y sumiso. Su mano jugueteaba con la de la muchacha, recorría silenciosamente y con cuidado el brazo y el cuello, los hombros y el pecho de la amiga, pequeños senderos juguetones de la ternura. Y mientras la boca de ella le sonreía como una flor en el callado rostro crepuscular en sombras, mientras también habían paseado así con él en las noches de estío, que sus dedos habían recorrido los mismos tiernos senderos sobre otros brazos, sobre otros cabellos, alrededor de otros hombros y caderas, que estaban practicando lo que ya sabían, que estaban repitiendo lo ya vivido, que todo la arrebatadora sensación de ese momento representaba para él algo distinto que para la muchacha, algo hermoso y querido, pero ya no nuevo, ya no desconocido, ya no primero y sagrado.

Puedo beber también este trago, pensaba, también es dulce, también es maravilloso, y tal vez sepa amar mejor a esta joven flor, con mas sabiduría y cuidados, con mayor refinamiento que un jovenzuelo, que yo mismo hace diez años, quince años. Puedo este precioso noble vino con mayor nobleza y gratitud que cualquier joven. Pero no puedo ocultarle que a la embriaguez sucede la saciedad, pasada la primera embriaguez no puedo representar el papel de un enamorado como ella lo ha soñado, un enamorado nunca decepcionado. La veré temblar y llorar y me mostraré frío y secretamente impaciente. Temeré el momento, ya temo el momento en que ella deba paladear la desilusión con ojos que comienzan a despertar, cuando su rostro ya no sea una flor y se contraiga con el palpitante temor por la virginidad perdida.

Permanecieron sentados en silencio sobre el muro entre los matorrales floridos, acoplados el uno al otro, inundados un y otra vez  de bienestar que les apretaba más el uno contra el otro. Solo de tarde en tarde pronunciaban una palabra, una arrulladora palabra infantil: Querido; tesoro; criatura; ¿me quieres?.

Entonces, de la masía, cuyo brillo también comenzaba a palidecer entre las sombras del follaje, salió una criatura, una niña, tal vez de unos diez años, descalza, sobre delgadas piernas morenas, con un corto vestido oscuro, con largos cabellos negros sobre la cara de un moreno pálido. Se acercó juguetona, indecisa, algo tímida, con una cuerda de saltar en la mano, sin un sonido corrían los pequeños pies sobre el camino. Se acercó juguetona, cambiando el paso, hacia el lugar donde estaban sentados los enamorados. Cuando estuvo cerca empezó a caminar más despacio, como si pasara a disgusto frente a ellos, como si se moviera atraída por algo, como la flor de la llama atrae a la mariposa nocturna. Muy bajito canturreó su saludo ¨buona sera¨. La muchacha mayor saludó amablemente desde el muro, el hombre gritó amablemente: ¨ Ciao, cara mia¨.

La niña siguió adelante, despacio, a regañadientes, cada vez vacilaba más, al cabo de 50 pasos se detuvo, dio media vuelta, indecisa, se acercó otra vez, se aproximó a la pareja de enamorados, los miró tímida y sonriente, siguió adelante, desapareció en el jardín de la casa de campo.

-         ¡Qué bonita estaba! – dijo el hombre.

Había transcurrido poco tiempo, la oscuridad había aumentado sólo un poco, cuando la niña volvió a cruzar la puerta del jardín. Se detuvo un instante, examinó a hurtadillas la carretera, diviso el muro, las enredaderas, la pareja de enamorados. Luego la ni echó a correr, corrió a trote ligero sobre elásticos pies desnudos, por el camino, pasó frente a la pareja, volvió a la carretera, corrió hasta la puerta del jardín, se detuvo un minuto, y volvió a correr una, y dos, y tres veces con su callado trote solitario.

Los enamorados la miraban en silencio, la miraban correr, dar media vuelta, con la corta falda oscura golpeando las delgadas piernas infantiles. Comprendieron que esas carreras eran por su causa, que ellos irradiaban una magia, que en sus sueños infantiles esa niña experimentaba el presentimiento del amor y del callado murmullo de los sentidos. La carrera de la niña se convirtió entonces en una danza, se acercó revoloteante, ondulante, alternando los pasos. La pequeña figura bailaba solitaria en la blanca carretera en medio del crepúsculo.  Su danza era un homenaje, su pequeña danza infantil era un canto y una oración dirigida al futuro, al amor. Seria y sumisa llevó a cabo su ofrenda, revoloteó hacia ellos, revoloteó alejándose, y se perdió en el fondo del oscuro jardín.

-         La hemos hechizado – dijo la enamorada -. Capta el amor.

El amigo calló -. Pensaba: tal vez esta niña con su pequeña danza embriagada ha gozado más bella y plenamente del amor que no lo conseguirá jamás en la realidad. Pensaba: Tal vez también nosotros hemos gozado ya lo mejor y lo más entrañable de nuestro amor y lo que aún pueda venir será un insípido resto.

Se levantó y bajó a su amiga del muro.

-         Tienes que irte – dijo -, se a hecho tarde. Te acompañaré hasta el cruce.

La casa de campo y el jardín permanecían dormidos cuando pasaron frente a la puerta. Flores granates colgaban sobre la puerta, su rojo alegre todavía relucía luminoso en la creciente penumbra.

Caminaron enlazados hasta el cruce. Como despedida se besaron ardientemente, se separaron, se alejaron uno de otro, ambos se volvieron de nuevo, se besaron otra vez, el beso ya no les daba felicidad, sólo ardiente sed. La muchacha comenzó a alejarse rápidamente, él la siguió largo rato con la mirada. Y también en ese instante tenía presente el pasado, contemplaba lo ya sucedido: otras despedidas, otros besos nocturnos, otros labios, otros nombres. Le inundó la tristeza, lentamente empezó a recorrer su camino, las estrellas aparecieron encima de los árboles.

Esa noche, que no durmió, sus pensamientos le llevaron a la siguiente conclusión:

Es inútil repetir lo pasado. Aun podría amar a algunas mujeres, mis ojos tal vez aun seguirían brillando y mi mano seguirá siendo tierna durante algunos años y las mujeres seguirán amando mis besos. Luego vendrá la despedida. Luego deberé aceptar derrotado y desesperado la despedida que hoy todavía puedo aceptar voluntariamente. Entonces la renuncia que hoy es un triunfo será sólo ignominia. Por eso debo renunciar ya hoy, por ello debo despedirme ya ahora.

Hoy he aprendido mucho, todavía debo aprender  mucho más. Debo aprender de la niña que nos sedujo con su danza silenciosa. En ella floreció el amor al divisar a una pareja de enamorados al atardecer. Una oleada prematura, una inquietantemente bella anticipación del placer inundó la sangre de esta niña, y se puso a bailar, pues todavía no puede amar. Yo también debo aprender a bailar así, debo transformar las ansias de placer en música, la sensualidad en oración. Entonces siempre podré amar, entonces nunca tendré que repetir inútilmente lo pasado. Este camino quiero seguir.

Hermann Hesse. De el arte del ocio.



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