El viejo de plaza Lavalle
Aquel día me había levantado con los gritos de mi jefe en la cabeza, y como no deseaba volver a escucharlo, decidí tomar el colectivo más temprano de lo habitual. Generalmente me lo tomaba alrededor de las ocho de la mañana, pero éste horario no era suficiente, así qué a las siete treinta ya me encontraba en la parada y sin apuro.
Con la tranquilidad de todo madrugador conté las monedas para el pasaje; suponiendo que estaría por venir enseguida, me encontré primero y único en la fila.
Transcurrían los minutos y el colectivo no aparecía, me di vuelta en un acto reflejo al darme cuenta de que alguien se encontraba detrás de mí. Ya éramos dos y las ocho menos veinte estaba marcando mi reloj.
Para distraerme, me coloqué los auriculares y comencé a buscar alguna radio donde pasaran buena música y hablen poco. Recorrí unas cinco veces el dial y corrobore lo que hacía más de cuatro años seguía pensado: No existe una buena radio en la ciudad de Buenos Aires. La apague, mire el reloj y para mi asombro ya eran las ocho menos diez. Se me escapo una putiada en vos alta, y una señora que formaba la fila me observo indignada. Con ella, ya éramos seis, y salvo aquella señora, todos los demás personajes eran los que siempre tomaban el colectivo conmigo a las ocho de la mañana; aunque esa vez apareció cinco minutos antes.
Me subí en busca de un asiento simple, pero estaban todos ocupados, así que me senté en uno de los primeros junto a una muchacha de poco más de treinta años con cara de dormida y pintarrajeada excesivamente, emanando una mezcla de olores que a esa hora de la mañana me producían nauseas.
El colectivo comenzó a llenarse, y en una de las paradas subió el personaje causa de ésta narración:
Era un viejo robusto que caminaba con cierta pesadez tratando de apoyar su peso sobre un bastón de madera que junto a él parecía diminuto. Le dejé mi lugar temiendo que la muchacha lo descomponga, pero pareció soportarlo mejor que yo. Una vez allí, apoyo ambas manos sobre el puño de su bastón y comenzó a observar a las personas que se cruzaban por la ventanilla del colectivo.
No puedo dejar de hacer una clara observación sobre las manos de este viejo, donde se veía el trabajo de muchos años y aunque aún mostraban cierta fortaleza, parecían cansadas... siendo el reflejo de toda su vida.
De un momento a otro el viejo levanto la vista y me observo parado frente a él, mirando sus manos, entonces el también las observo, pensativo, acongojado. Su rostro había cambiado mostrando una mueca de felicidad y preocupación al mismo tiempo. Paralizado en mi asombro, el viejo dejó caer su bastón con indiferencia, abrió sus manos, y continuo observándolas, de un lado y del otro, como si nunca hubiera notado el cambio que el tiempo le había dejado; e inmerso como en un transe, logre recrear en un segundo de mis pensamientos aquella añorada juventud.
El ruido del bastón contra el suelo me saco de todas esas imágenes, e instantáneamente me agache para levantarlo, se lo extendí esperando que reaccione... y observando mis manos por encimas de las suyas me dijo:
-¡Manos nuevas!, como las que alguna vez he tenido.
Levanto la vista y me observo nuevamente, le estreche el bastón caído que al fin recibió agradecido, y en sus ojos nació un brillo de nostalgia. Hizo presión sobre su puño y se levanto.
Su voz se escucho por ultima vez allí dentro, ronca, quebrada:
- Parada por favor.
Se bajó en plaza Lavalle, y desapareció en el agujero del subte, estación Tribunales.
En lo que me a mi respecta, volví a llegar tarde al laburo y tuve que bancarme nuevamente a mi jefe, pero no sin haberme llevado algo de aquel viaje madrugador, y es el día de hoy que me levanto a esa misma hora, intentando encontrarme nuevamente con aquel viejo que me mostró a través de sus manos, una mínima fracción de nuestra historia.