El Corazón


        Aquella fue la última noche que recuerdo como la horrible cosa que era, sin poder dejar de pensar por qué el destino me jugo tan mala pasada; sin embargo, así es como dejé de ser aquello, encontrando nuevamente la felicidad que anhelaba, aunque todo cambio de este tipo, comprometa al dolor.

        Sentí el buen aire que entraba por mi ventana, y no me faltaron ganas de salir a volar; sumando la sensación de vacío que llevaba dentro, producida por el hambre, no me quedo otra cosa más que salir a matar aquella noche. Entonces sin pensarlo un minuto más, sujete mis manos a la ventana y me subí a ella, quedando en cuclillas sobre su marco, esperando el próximo movimiento en mi estomago para lanzarme. ¡Y lo sentí!, ¡lo escuche!. Salte por mi ventana y en el aire desplegué mis alas, recordé la sensación humana de la adrenalina, pero sentí el hambre del vampiro.
        Suspire revoloteando, la noche era hermosa, la brisa suave se deslizaba por todo mi cuerpo.
        Mis alas me llevaron por el congreso, por el palacio de justicia, por el obelisco, pasé por las antiguas casas de San Isidro, y hasta me posé en su misma catedral, dando vueltas y vueltas por los techos de esta ciudad hasta realizar mi habitual descanso en los grandes edificios cercanos al Río de la Plata, observando desde sus terrazas aquel fantástico paisaje nocturno, con la belleza de la luz lunar, que me dejaba ver aún más allá de las edificaciones del Uruguay.
Había quedado totalmente exorbitado con aquella vista, cuando un nuevo movimiento en mi estomago me hizo recordar la principal causa de mi salida nocturna. Aquel vacío horrendo, no sabia si era hambre de carne o de sentimientos, pero necesitaba saciar mis ansiedades.
Como dije ante, la noche era hermosa y ya notaba en ella algo distinto a las demás, no se si era por su belleza particular que me llevaba a pensar diferente, o si solo era un presentimiento, pero sabía que algo extraño iba a ocurrirme.
        Me lance en vuelo ascendente desde el Sheraton hotel hacia el edificio de la Esso, respire el preciado aire de aquellas alturas por ultima vez y llegue casi planeando hasta las partes bajas de San Telmo. Necesitaba algo delicioso, algo tierno, y en lo posible bello. Termine por recorrer los lugares más oscuros de aquel hórrido barrio, pero no encontraba más que simples alimentos; entonces me posé sobre un viejo y retorcido ombú que se encontraba en medio de un gran parque, del cual ya no recuerdo su nombre. Sin decidirme entre dar con cualquiera de mis fáciles oportunidades o esperar a que algo exquisito se me cruzara.
        Mi estomago continuaba quejándose, y por un momento estuve a punto de lanzarme en busca de aquella preciada presa que tanto anhelaba, -¿por qué no ir, entrar en sus casas y arrasar con ellos?- pense; pero aquello se esfumo pronto, era muy riesgoso mostrarse ante cualquier persona, olvidando que cuando me encuentro en este estado, tengo unas inmensas alas casi transparentes que salen de mi espalda, y sin mencionar lo que se ve a través de mi piel que se torna de un tono macilento y espantoso.
        De pronto, mientras aún pensaba como sería mi apariencia en aquel momento, escuche pasos, estos provenían de una de las esquinas del parque, y al acercarse un poco más, note que eran dos personas que a los pocos segundos fueron alcanzados por mi vista justo en el lugar en que los esperaba.
        Era una pareja que venía fuertemente abrazada para evitar el seco frío; pasaron a unos metros de donde yo me encontraba. Hubiera sido muy sencillo devorármelos en un instante, pero algo me decía que no debía hacerlo, aquel demonio que todos llevamos dentro me decía que tenía que esperar a que se me cruzara aquella delicia.
        Y en ese momento, percibí nuevamente unos pasos, ¡muy cerca!, ¿como no los había percibido antes?, no lo sabía, pero entonces, solo me limite a observar:
Enroscada en su campera caminaba apresurada, cuando me abalance sobre su cuerpo; el grito que lanzo fue tan grande que tuve que taparle la boca y volver lo antes posible a subir con ella.
Me aferre a la rama, y note que su peso había aumentado, parecía muerta antes de servirme de alimento, pero solo se había desmayado por unos segundos. No tuvo siquiera tiempo de volver a gritar, que ya tenía su corazón en mi boca; sus preciosos ojos celestes se abrieron totalmente por ultima vez, observándome, y sentí como sus manos se cerraban sobre mis brazos en un inútil intento por zafarse.
        Su corazón había sido verdaderamente exquisito, tierno; de seguro que ya había amado. Regrese al vuelo, y fue allí donde note que mis alas se acortaban, y comencé a bajar; se me cruzaban inexplicablemente aquellos hermosos ojos, aquella bella noche, ¡aquellos celestes ojos empapados de amor!; entonces pude percibir que mis alas se acortaban, ...hasta que desaparecieron, y comencé a caer; quise sujetarme de otro árbol, pero no pude, solo amortigüe la caída; caída en que volví a nacer, en que volví a sentir... el preciado dolor humano.
 



 


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