El cumpleaños de María Inés

        Seguro que alguien alguna vez ha ido a uno de esos cumpleaños en que no encajamos, y donde sin vacilar un segundo, comenzamos a dormirnos en medio de imágenes que se nos ocurren ante aquella gente desconocida.

F.A.
       Todo aquello transcurrió en una noche de verano, durante el cumpleaños de María Inés, en su pequeño departamentito de dos ambientes. Yo aún no sabía nada sobre esta gente, pero no me es difícil hacer una breve descripción de los invitados, y de los acontecimientos que allí se suscitaron: Entre ellos se encontraban numerosas amigas de María Inés; sentada en el sillón principal estaba la jovenzuela rubia de nariz pronunciada que, envuelta en un velo parecía ser la más retraída de toda la situación. Junto a ella y apretada por una mujer obesa que solo tragaba las bandejas de canapés que su novio petiso y flaco le alcanzaba sin cesar, se encontraba la más embutida de las jóvenes, con su celular diminuto colgado casi del cuello y con el cual discutía de un momento a otro. El sillón individual estaba ocupado por una pareja besucona que evitaba cualquier palabra que quisieran dirigirles. En el centro del comedor habían desplazado la mesita ratona, y bailaban cumbias y merengues crueles, otras dos amigas que parecían no interesarse más por los hombres. Junto a la puerta que daba al balcón, se encontraba un joven sentado junto a mí, en un puf y que indagaba algo que flotaba en su vaso de cerveza; en unos almohadones y apoyados contra la pared había algunos personajes ya casi sin expresiones; en el baño una muchacha se estaba maquillando para salir en las fotos; otra que se llamaba Estefanía trataba de poner cumbias peor grabadas que las anteriores y que todas pedían a gritos. Más sola que nadie, en una esquina casi escondida y sentada sobre su silleta playera, se encontraba Marilú, la hermana menor de María Inés.
        Las horas pasaban, y la gente continuaba bebiendo, salvo la gorda que yacía dormida con restos de comida en su boca, y su novio que la miraba con asco; el ruido había aumentado sus decibeles, las manchas en el piso y en los muebles también aumentaba a medida que todos se tropezaban. El pibe que se encontraba junto a mí, totalmente ebrio se levanto, y prefirió quedarse en la cocina junto a la heladera. Las doce de la noche ya estaba a punto de dar las campanadas en los relojes, cuando de repente, el silencio invadió aquel departamento.
        La música se había detenido nuevamente, y desesperada con su copa en una mano y la torta de cumpleaños en la otra, apareció de repente la cumpleañera, estiradamente ebria y que pasó esquivando lo mejor que pudo los pies que se le habían presentado en el camino. Su hermanita la miraba atentamente con temor a que cayera, y al percibir aquella mirada, María Inés observo a la pequeña y alzando su copa brindo por ella.
        Transcurrían los minutos y las cumbias y merengues continuaban mudas. Sin aguantar un segundo más aquel silencio, María Inés se agacho junto a Estefanía y le dijo:
        - Si no pones la música ya mismo... ¡me tiro por el balcón!.
        Y Estefanía sonriendo con una mueca en su rostro, le contesto:
        -Haaa... a qué no.
        Pero fue tal la habilidad de María Inés que todos quedaron sorprendidos al darse cuenta con que facilidad logro arrojarse por el balcón... ¡y sin tocar la baranda!.
        Pero bueno, la música volvió y todos continuaron bailando y divirtiéndose, salvo Marilú, que sin sacar la vista de la copa de su hermana, que se encontraba en el suelo pisoteada, dejaba caer una lagrima, una lagrima que mostraba la pena al darse cuenta que su hermana... se había arrojado junto con la torta.
 


 
 


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