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La importancia de los medios de comunicación para el terrorismo
Entendemos al terrorismo como un medio violento de presión, ejercido por grupos cuyo poder es insuficiente como para enfrentar directamente a las fuerzas regulares del Estado. Es un fenómeno de carácter preferentemente urbano, pues su fin último es causar la mayor dosis de notoriedad en la opinión pública con el menor gasto de recursos posible. Su lucha no es frontal, sino selectiva y dirigida a determinados objetivos que puedan mermar la legitimidad del Estado por la vía del temor y el contraataque desproporcionado. Por lo tanto, su principal arma no radica en la acción misma, sino en la difusión que ella conlleva, y, por ende, en el efecto que provoca en la población. De ahí su espectacularidad y -muchas veces- desmedida violencia. La acción terrorista pierde todo sentido si no es conocida ampliamente, y por tanto necesita ser anunciada en forma previa o bien reclamada su autoría. Es aquí donde entran en escena los medios de comunicación, pues ellos se convierten en la caja de resonancia para los fines de la agrupación terrorista, e indirectamente en sus principales cómplices.
Según Rolando Rodrich... "el terrorismo es una estrategia de guerra que recurre a la violencia indiscriminada, con el fin de crear una situación de terror, un generalizado estado de pánico e inseguridad, en fin, una desconfianza para minar el sistema y las instituciones que el terrorista considera causantes de su situación". De esto último, se deduce que lo más importante detrás de una acción de este tipo, es que sea conocida de la forma más amplia y cruda posible, recordando aquel clásico principio de la sociología: "aquello que no se conoce, no existe", y donde la realidad es una construcción social surgida de la información de la cual los individuos disponen. Bowyer Bell plantea la existencia de un binomio inseparable entre profesionales de la prensa y terroristas, donde los primeros son parte activa del problema y no meros espectadores objetivos de una realidad externa. En este sentido, los autores holandeses Schimid y Graaf definen al terrorismo como un lenguaje violento, el cual no puede existir sin una comunicación efectiva, pues su fin no es la caída del Estado por la fuerza, sino su derrota por la vía de la presión popular y la deslegitimación pública. La comprobación de su teoría viene dada por la correlación que verificaron entre el aumento de la violencia política y el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación.
Históricamente, la prensa se desarrolló fuertemente en el hemisferio norte durante la segunda mitad del siglo XIX. Es en esta época cuando aparece la prensa amarilla, que es la primera que se vence a sí misma y no representa a grupos de interés. Los periódicos bajan de precio y conjuntamente se descubre el potencial económico del sensacionalismo (crímenes, guerras, escándalos, violencia, cadáveres). Nace así el periodismo amarillista del cual el magnate Randolph Hearst fue un digno representante compitiendo seriamente con Pulitser. Daniel Bell dice que una de las mayores contradicciones del capitalismo es que sus propios medios de comunicación se convierten en portavoces de quienes tratan de destruir el sistema.
El terrorismo, al ser un lenguaje violento, no necesita de la palabra. Basta una fotografía que se venda a bajo precio. Es por ello que -bajo el prisma terrorista- importa más el mensaje que la víctima. Esta se elige en función del eco que su muerte podrá despertar en el público, aplicando el principio de: "mata a uno y espantarás a diez mil". Por lo tanto, el nexo principal entre el terrorismo y el público son los medios, quienes han aumentado explosivamente su cobertura gracias al avance tecnológico. Hoy en día es posible apreciar una acción terrorista en vivo y en directo para más de 800 millones de espectadores, con un mínimo gasto logístico para sus autores. En tal sentido, predomina la lógica de que la "violencia escasa contemplada por muchos tiene mayor efecto que grandes violencias contempladas por pocos". Es así como la mayoría de los grupos terroristas localizan sus atentados tomando en cuenta la ubicación de corresponsales de prensa, o avisando directamente a los medios de comunicación. A continuación algunos de los errores más comunes en los cuales caen los medios al informar sobre el fenómeno terrorista:
a) El culto al objetivismo: Por el afán de informar, los medios caen en la trampa de hechos prefabricados . Quienes practican esta política informativa, se sustentan en la idea de que el público tiene derecho a saberlo todo.
b) El culto a la rapidez: Lo inesperado de los atentados lleva a muchos periodistas a escribir primero y pensar después. Aquí vale más el golpe noticioso que las repercusiones posteriores.
c) El culto a la competitividad: Se basa en una simple y cruda lógica de mercado: "si yo no publico primero, otro lo hará, y obtendrá la mayor tajada de las ventas y de la publicidad".
d) El culto al mimetismo de las fuentes: Se confunden los términos informativos con el léxico terrorista. Se llama "ejército" a una simple banda, o se denomina "ajusticiamiento" a un asesinato a sangre fría. En estos casos, el periodista adopta el lenguaje violentista a falta de un tratamiento objetivo de las fuentes. Se utiliza una terminología como "cárceles del pueblo", "expropiación", "liberación", etc.
e) El culto a la violencia: Según el siquiatra Frederick Hacker el terrorismo se ha convertido en una forma de entretenimiento de masas. Se percibe al mundo bastante más violento de lo que en realidad es. La TV muestra un 80% de actos de violencia en su programación (especialmente en las series policiales), mientras que -en la realidad- un policía no utiliza su arma de fuego en más de 3 ocasiones a lo largo de toda su carrera funcionaria.
f) El culto a las malas noticias: Error que deriva de una rutina profesional que favorece lo negativo y distorsiona la realidad. El número de crímenes no se relaciona con el espacio dedicado a ellos en los periódicos. Existe una sobredimensión del fenómeno violencia.
g) El culto a la información en directo: Sucede que al difundir públicamente -por ejemplo- que entre un grupo de rehenes de un avión se encuentra un personero importante, se beneficia al grupo terrorista en sus peticiones. También, con la cobertura en directo, se dificulta la acción y la sorpresa de los policías. En casos extremos, el líder terrorista puede controlar y decidir los horarios de transmisión.
h) El culto a lo espectacular: Se entiende como las exigencias de una nota televisiva que convierten horas de hechos aislados e intrascendentes en segundos de acción crítica. Se construye así una verdad a la medida de los terroristas (uso de Close Up, figuras amenazantes, etc).
Estos ocho puntos ayudan a comprender que el terrorismo, mediatizado por los medios de comunicación, ofrece todos los ingredientes del drama teatral: los buenos, los malos y la intriga. Además el desenlace queda en suspenso hasta el último momento. La violencia informativa surge de una fascinación por los acontecimientos, pero no por sus causas. Existe una propensión en el periodismo a conducirse gregariamente y no a elaborar propias conclusiones.
Entonces cabe la pregunta: ¿Por qué entonces no establecer una política informativa acorde con esta realidad?, y por otro lado: ¿Es posible defender a ultranza los principios liberales a costa de que sea destruido el propio sistema que les da cabida? Las preguntas quedan abiertas y nos llaman a la reflexión.
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