Chechenia; claves para entender un drama


Eres esclavo del destino, de la casualidad, de los reyes y de los hombres desesperados.
Jhon done

 

La República Chechena de Ichkeria, todavía no reconocida internacionalmente, con una extensión de 19,300 km² clama una independencia por la que lleva más de dos siglos luchando, desde que el imperialismo zarista la incorporó a sus dominios. Diversos intereses internacionales frenan por la fuerza la autodeterminación de este pueblo de un millón de habitantes, 53% chechenos, 29% rusos, 12% ingush. Los chechenos, uno de los pueblos más antiguos y aguerridos del norte del Cáucaso, ya se enfrentaron al Imperio Ruso sobre todo durante el siglo XIX. Entre 1855 y 1859, Shamil, un religioso unificó a todas las etnias musulmanas de la región, que incluso llegaron a ser independientes. De aquella época proviene la fundación de la capital, Grozni ('terrible' en ruso), un bastión de los cosacos. En febrero de 1944, en plena Segunda Guerra Mundial, ocurre otro episodio que exacerbará durante lustros el odio de los chechenos hacia los rusos. Stalin les acusa de colaborar con Hitler y ordena su deportación masiva. Decenas de miles de hombres, mujeres y niños son trasladados por la fuerza a Asia Central y a Siberia. El 50% de ellos muere de tifoidea por el camino. Sólo en 1957, con Nikita Jruschov, son amnistiados y pueden regresar a su hogar.

Cuando la URSS daba sus últimos estertores, Dzojar Dudaev, un general soviético, es elegido presidente de la república chechena. Poco después, proclama la independencia de la región, Moscú no reacciona e incluso se olvida del armamento soviético que allí había estacionado. Chechenia se transforma en la base de numerosos clanes mafiosos que actúan en la nueva Rusia. La gestión de Dudaev es un rotundo fracaso: no se pagan las pensiones y la productividad es nula. En diciembre de 1994, Boris Yeltsin decide atacar la región, frenar las tendencias separatistas en la Federación y garantizar seguridad de los oleoductos rusos que cruzan por el Cáucaso. Los chechenos se repliegan hacia las montañas y lanzan una eficaz guerra de guerrillas, acompañada de espectaculares acciones terroristas. El desgaste ruso es imparable. En agosto de 1996 se firman los Acuerdos de Jasaviurt que establecen la retirada del Ejército Rojo y una moratoria de cinco años sobre el estatuto político de Chechenia. El plan supone, de facto, la autonomía total,
Aslan Masjadov, nuevo presidente checheno comete el mismo error que Dudaev, no frenar las diferencias internas.

En 1999 el país es libre pero está al borde de la guerra civil. Los secuestros, el tráfico de armas y el robo de petróleo son moneda corriente. Los grupos más radicales, capitaneados por el comandante Shamil Basaev, toman el control. En septiembre, Rusia desata una amplia operación antiterrorista que aún no ha concluido. Simultáneamente, el Gobierno de Putin apoyó la campaña bélica norteamericana contra Al Qaeda en Afganistán, a cambio de que Estados Unidos, líder de la lucha antiterrorista internacional, acabara sus relaciones con los rebeldes chechenos, entre otros puntos de un sustancioso paquete de acuerdos. Sin embargo, una vez finiquitado el régimen talibán, los norteamericanos olvidaron sus promesas.

El presidente ruso, Vladimir Putin, vio en el 11 de Septiembre de 2001 una ocasión de oro para acabar con el cáncer separatista más indomable que sufre su país desde el siglo XVIII. Confundiendo y mezclando deliberadamente la guerra secular de Rusia con los chechenos y la guerra global de EEUU contra Al Qaeda y los talibán, se convirtió en el primer aliado de Bush. Compartió información secreta con la CIA y el FBI, abrió corredores aéreos a suministros humanitarios y facilitó la instalación del Ejército estadounidense en antiguas bases militares soviéticas en Asia Central. Dio 72 horas a los rebeldes chechenos para desarmarse y amenazó con «acciones sin precedentes» si no lo hacían, iniciando nuevamente la violencia. El presidente rebelde checheno, Masjadov, contestó a varias llamadas de Putin, muy pronto se comprobó que entre los chechenos, los dirigentes civiles siguen sin controlar a los militares y carecen de autoridad para negociar una paz justa.

Con la esperanza de ganarse el apoyo occidental a su guerra en Chechenia, Putin no sólo ayudó a preparar la guerra de Afganistán, también aceptó la anulación del tratado antimisiles de 1972, cerró las últimas bases rusas en Cuba y Vietnam, firmó con Bush el tratado más desigual para los rusos sobre reducción de armas nucleares y aceptó el despliegue de unos 150 asesores militares estadounidenses en Georgia. Liquidado el régimen talibán, EEUU dejó de necesitar a los rusos. Putin esperaba también la aceleración del ingreso de Rusia en la Unión Europea, la Organización del Tratado Atlántico del Norte y la Organización Mundial de Comercio, condonación de una parte importante de su deuda exterior, un aumento de las inversiones directas de Occidente, luz verde para sus negocios nucleares en Irán y energéticos en Irak, y el reconocimiento, por fin, como economía de libre mercado. Salvo este último reconocimiento y el consejo Rusia-OTAN establecido en mayo de 2002 para cooperar, sobre todo, en la lucha contra el terrorismo, Occidente no ha respondido a las peticiones rusas. Tal vez su mayor logro fue que durante cuatro o cinco meses los dirigentes de las principales democracias dejaron de criticar la destrucción de Chechenia.

El 22 de octubre de 2002, el fracaso de las tácticas militares de los rusos y de la estrategia de Putin quedó confirmado con el asalto y masacre en el teatro Dubrovka de Moscú. Entre las 650 personas que tuvieron que ser hospitalizadas, sólo cinco presentaban heridas de bala. El balance de la incursión de los servicios especiales, que duró dos horas, provocó un elevado resultado de víctimas. Cerca de 170 muertos. 119 de ellos entre el público que asistía a la representación del musical, más 50 rebeldes, 18 mujeres y 32 hombres. El gas utilizado -derivado de un opiáceo- causó más del 90% tanto de las muertes como de las afecciones. La polémica en torno al método empleado fue enorme. Y la confusión con que el Gobierno ruso fue revelando datos, contradictorios según la fuente oficial de que provinieran, no ayudó demasiado a esclarecer los hechos.

Más de 100.000 civiles han fallecido en la sangrienta contienda que enfrenta a Rusia y Chechenia desde 1994. La principal reivindicación de los asaltantes era el fin del conflicto en Chechenia y la rápida salida de las fuerzas rusas de esa república independentista en la que entraron, tras diversas ofensivas anteriores, el 1 de octubre de 1999. Desde ese momento considerado la segunda parte de la guerra que cinco años antes iniciara Yeltsin, los atentados de los guerrilleros se han sucedido.

La toma de rehenes en la escuela de Beslán, terminó en el peor de los escenarios posibles. Del testimonio de las victimas se desprenden algunos matices muy importantes para la interpretación de lo ocurrido la semana pasada, como el hecho de que los terroristas querían negociar y las autoridades no; la versión oficial de los hechos siguió, desde el principio, una trayectoria alternativa a la de la realidad; los guerrilleros no tenían la intención de matar a tantas personas, pero descubrieron que los iban a atacar desde fuera y, así, comenzó el trágico desenlace.

Una inclinación frecuente e inercial ante las violencias después del 11 de Septiembre, consiste en juzgarlas dentro de un mismo marco Terrorismo es sinónimo de lucha, guerrilla, delincuencia común, pandillerismo, cultura mafiosa, sicariato, etc. Vladimir Putin coloca en un mismo nivel a los terroristas chechenos y al Qaeda. Y como deferencia con el presidente Bush, a los acontecimientos de Beslán los pone en línea con el 11 de Septiembre. Si los marcos de referencia previstos por el Kremlin, tienen un formato igual a la guerra contra el terrorismo de Bush, debemos prepararnos para una explosión diseminada por la región del Cáucaso y toda Europa, de comandos integrados de asaltos suicidas como en la escuela de Beslán.

El petróleo, siempre en el fondo de los conflictos más sangrientos e interminables, asoma la cabeza también en el caso de Chechenia, El control de los oleoductos que atraviesan la ex-república rusa transportando el petróleo de los campos de la región del Mar Caspio protagonizan un tira y afloja entre Estados Unidos, más los países occidentales con intereses en la zona, y naturalmente los de Rusia

Se equivoca Putin gravemente con la embestida violenta, porque la salida contraria le puede traer mejores beneficios políticos de mediano y largo plazo. Devolverle a los chechenos la oportunidad de reorganizar su país, como ya lo hiciera Khrushchev, sería un esfuerzo formidable histórico y humanísticamente. Si se miden los daños irreparables para toda Rusia con una agudización de ataques chechenos, lo que está en juego es propiamente el fin de un estilo que los rusos no comparten. Una vida en permanente temor. Es trasladar la Zona Cero a Moscú. En tal caso, Putin semejaría no sólo a Bush en su obstinado autoengaño, sino a Stalin, en su férrea determinación de imponer su voluntad. Al final, Chechenia no es más que un peón al que cada cual utiliza en base a sus necesidades, sin plantearse los cadáveres que quedan en el camino. La doble moral sirve para ocultar hechos más que reprobables.


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