La segunda guerra fría


A comienzos de 1989 Mijail Gorbachov quitó la exclusividad al Partido Comunista de la ex URSS y retiró al Ejército de Afganistán. Las políticas de perestroika y glasnost (apertura y transparencia) eran visiblemente el fin del bloque soviético y de los países socialistas de Europa Oriental. La versión soviética y europea del marxismo leninismo se derrumbaba vertiginosamente. Los alemanes orientales hacían gigantescas colas en automóviles para llegar al lado occidental y ya no eran detenidos. El muro caería en semanas.

La ola liberal llegó alegremente a China e incendió las pasiones de miles de estudiantes tal como lo hizo entre los de Alemania Oriental y el resto de Europa del Este.

Cayó el muro y, sin embargo, el gobierno de Beijing pronto dejó en claro que en el país de la gran muralla las reglas de juego eran otras. Berlín fue en 1989 una fiesta, Beijing fue algo totalmente diferente. Mientras los estudiantes berlineses sacaban los ladrillos del muro, los asiáticos se vieron enfrentados en su reclamo democrático a tanques, en escenas similares a las que se vieron en América Latina a fines de los años de 1960.

No obstante, Occidente mantuvo el optimismo. Francis Fukuyama publicó un libro titulado El fin de la historia, proclamó el triunfo definitivo del liberalismo político y económico como sistema y vendió millones de ejemplares. Aun así, para los lectores atentos, la tesis de Fukuyama tenía un punto débil: eludía colocar a China en el análisis. En 1991 la guerra del golfo contra Irak mostró que Occidente era imbatible en el terreno militar. El Ejército iraquí fue aplastado en cuestión de horas por la alianza del mundo triunfante, EEUU resultaba un policía incuestionable en términos militares. Moscú, ávido del dinero occidental para intentar en vano reconstruir su economía y enredado en múltiples conflictos internos, pasaba a un papel pasivo en el plano internacional. El mundo se había vuelto unipolar.

A contrario a esta tendencia, la política exterior de China se trazaba dos objetivos: recuperar a Taiwan y lograr una distribución multipolar del poder mundial, lo que implicaba enfrentarse a EEUU. No era el fin de la historia, como pensaba Fukuyama.

Los dos grandes estados marxistas del siglo XX fueron enemigos acérrimos. China y la Unión Soviética tuvieron choques armados en sus fronteras, prácticamente ningún intercambio comercial y un acercamiento mínimo.

En 1971 el astuto Henry Kissinger, hombre de confianza del presidente estadounidense Richard Nixon, viajó en secreto a China y pactó una alianza entre ese país y EEUU. Un año después comenzaba una etapa de amistad que incluyó la apertura de embajadas en ambos países y un abundante intercambio comercial, además del aislamiento de los soviéticos.
Al mismo tiempo, y a pesar del acercamiento con los estadounidenses, hubo un tema que permaneció pendiente desde el triunfo de la revolución de Mao Zedong en 1949 y que llega asi hasta nuestros días.En los años de 1990 China inició un discreto distanciamiento de la política estadounidense y un acercamiento no sólo a Rusia, sino también a otros países importantes de Asia, tales como Irán, India y Pakistán.

La alianza se fortaleció decisivamente en la guerra de Kosovo en 1998-1999. Rusia y China se mantuvieron a favor de Serbia, unidas por una postura contraria a los bombardeos de la OTAN. Rusia lo hizo en forma explícita por una razón racial, además de geopolítica: los rusos y los serbios son eslavos. Los chinos discretamente favorecieron al bando opuesto a la OTAN. El enfrentamiento con EEUU alcanzó su punto máximo cuando los estadounidenses bombardearon la Embajada de China en Belgrado. La furia se desató entre la población de Beijing, que casi tira abajo las altas rejas de la embajada norteamericana.

Fuentes de Inteligencia europea asociaron el ataque con el hecho de que la defensa de Serbia frente a los ataques de la OTAN se organizaba a partir de información provista por los radares chinos. EEUU aseguró que el bombardeo fue un error. Para los chinos fue difícil creer que la Fuerza Aérea estadounidense, con toda su Inteligencia detrás, sacara del bolsillo una explicación de ese estilo. Las relaciones quedaron muy tensas desde esa mañana de mayo de 1999. Cuando Vladimir Putin fue electo presidente de Rusia, en marzo de 2000, la alianza entre el país eslavo y China se estrechó. China apoyó la campaña rusa en Chechenia, mientras Occidente criticó los duros métodos del Ejército ruso. Rusia defendió y defiende a China cada vez que se la cuestiona con relación a la violación de los derechos humanos. En abril Moscú cambió su doctrina militar, establecida en 1993. El énfasis en la cooperación con Occidente fue sustituido por postulados mucho más agresivos que autorizan el uso de armas nucleares en caso de invasión. "Responde al nuevo mapa estratégico, establecido luego de los bombardeos a Yugoslavia el año pasado", dijo Putin, exdirector de agencia de Inteligencia soviética KGB.

Por tanto la caída del muro de Berlín en 1989 no fue el fin de la historia porque faltaba incluir a China. El paso del tiempo ha ido dibujando gradualmente un panorama bien distinto de aquellas ilusiones. Con una economía floreciente durante 20 años seguidos, que atravesó inmutable la crisis de todas las economías del Sudeste asiático, el país más poblado del mundo (1.200 millones de habitantes en un territorio levemente mayor al de EEUU) y un sector tecnológico pujante, no está dispuesto a aceptar la hegemonía occidental. El gobierno de China resistió los vientos liberales que derribaron el muro de Berlín, pero el Partido Comunista tiene varias razones para estar preocupado. Las semillas de la disidencia germinaron y no es claro hasta dónde pueden socavar los cimientos del actual sistema. La represión a las expresiones religiosas son habituales en China. En ese contexto de represión la lucha del Dalai Lama por los derechos religiosos y civiles de la población tibetana es muy conocida en Occidente y le ha valido el premio Nobel de la Paz y también el exilio. En otro orden de amenazas, en el Noroeste los chinos enfrentan una incipiente guerrilla islámica. De momento los ímpetus secesionistas no parecen tener chance ni en el terreno político ni en el militar. Sin embargo, fueron políticamente importantes porque cimentaron la cooperación con Rusia, que cuenta con sus propias guerrillas. El liberalismo es una amenaza siempre presente para el monolítico poder chino. La liberalización económica, la irrupción de una clase trabajadora vinculada a Internet y con mayor capacidad de cuestionar, resulta inquietante para las autoridades, al menos en el largo plazo. El Estado chino hace esfuerzos por controlar los contenidos de Internet en su país, pero no resulta sencillo desde el punto de vista técnico. Por otra parte, la liberalización de la economía y su propia tecnificación han generado mayor desigualdad social que en las épocas de Mao. Por un lado, la desigualdad entre los trabajadores rurales y los de las ciudades es inédita. Por otro, la desocupación, aunque muy baja (para un país de 1.200 millones de habitantes), es creciente. Entre 11 millones y 14 millones de chinos no tienen empleo.

Mientras tanto la evolución de la disputa por Taiwan fue subiendo de tono. Por otro lado Taiwan, una isla ubicada a 200 kilómetros de la costa de China continental, constituye el principal punto de fricción con Estados Unidos. El Partido Comunista chino considera a la isla, cuya superficie equivale a un quinto de la de Uruguay, con 22 millones de habitantes, una provincia rebelde y parte de un principio irrenunciable conocido como el de "una sola China".
La isla, a la que los portugueses llamaron Formosa cuando la descubrieron en 1590, tuvo una historia agitada en el último siglo, y ha cambiado con frecuencia de status y de manos.

Japón arrebató la isla a China en la primera guerra chino japonesa en 1895, conflicto que además dio la independencia a Corea. La resistencia contra las tropas japonesas fortificó a las guerrillas comunistas de Mao, que cuatro años más tarde, en 1949, se hacían con el poder obligando al líder Chiang Kai-shek, hasta entonces cabeza de gobierno, a refugiarse en Taiwan.

El gobierno de Taiwan obtuvo el respaldo militar, diplomático y económico de EEUU. Los estadounidenses acordaron US$ 1.500 millones de ayuda anual desde 1951 hasta mediados de la década de 1960, enviaron a la Séptima Flota a proteger a la isla e impidieron que China comunista tuviera representación en la Asamblea de Naciones Unidas.

Los años de 1950 estuvieron marcados por ataques militares de China comunista a la isla y la guerra de Corea, en la que tropas chinas y estadounidenses se enfrentaron directamente. Tras ese período turbulento, en la década de 1960 se produjo el despegue económico de Taiwan. El desarrollo industrial permitió a la isla una mayor independencia económica de EEUU.

La política estadounidense tuvo un viraje en 1971. El secretario de Estado Henry Kissinger visitó secretamente China por orden del presidente Nixon y Taiwan fue expulsado de las Naciones Unidas, dejando su asiento a China continental. El principio de una sola China impide a cualquier país tener representación diplomática de los dos países a la vez. Tras la decisión de EEUU con respecto a Taiwan, la mayor parte de los países se volcó por reconocer diplomáticamente a China continental. En 1979 EEUU terminó su relación diplomática oficial con la isla, aunque permaneció como su sostén militar.

Chiang Kai-shek gobernó la isla hasta morir en 1975 y fue sucedido por su hijo, quien se mantuvo en el poder hasta 1991. Desde ese entonces es una democracia pluripartidista.

El intento de unificación de China llevado adelante por el gobierno del Partido Comunista dio un salto adelante en 1996. Al celebrarse elecciones en la isla, China lanzó una serie de ejercicios militares que fueron considerados intimidatorios y EEUU hizo el mayor envío de tropas desde la guerra de Vietnam.

El relacionamiento entre ambos países alcanzó su punto más bajo en mayo de 1999. En esa fecha, al bombardeo estadounidense a la embajada china en Belgrado se agregó la acusación por parte del Congreso de que China había robado secretos nucleares durante 20 años, en parte gracias al trabajo de un ciudadano taiwanés. En julio, el gobierno de Taiwan abandonó el principio de una China y reclamó conversaciones con las autoridades comunistas "de Estado a Estado". En las elecciones celebradas el año pasado, el gobierno de la isla pasó a manos del Partido Democrático Progresista, de corte independentista, lo que hizo temer que estallara el conflicto bélico.

La tensión entre Taiwan y China tiene a EEUU como protagonista fundamental. La provisión de equipos militares a la isla es vista como una injerencia por parte de China. En estos momentos EEUU debe decidir si vende a la isla los sofisticados equipos antimisiles Aegis, que interceptarían un ataque misilístico desde China.

Si la venta es aprobada la tensión crecerá nuevamente. Mientras tanto el gobierno continental asegura que jamás aceptará una secesión de la isla y propone la integración bajo el concepto de "un único país con dos sistemas". Con ese formato incorporó en los últimos dos años a las ex colonias Hong Kong y Macao, pero la oferta no seduce a los taiwaneses. Encuestas recientes revelan que 70% de los habitantes de la isla desea la independencia. Si se llegara a dar ese paso, el gobierno de Jiang Zemin asegura que habrá guerra.

 

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