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El desafío de la globalización frente a los Universitarios
Para los académicos abordar la problemática social de manera conjunta no constituye meramente un ejercicio académico. "Colocar en el centro del discurso político esta preocupación implica dejar de asumir la política como un acto responsabilidad de unos cuanto hombres para enmarcarla en la lucha histórica de los movimientos sociales en los que navega la universidad". La globalización es una realidad por cuanto hoy en día la integración, las finanzas y la información están creando una cultura y un mercado integral único. Nos encontramos en lo que Friedman (1998) llama "un tren sin freno". Vemos como en materia educativa, a escala mundial con respecto a otros sectores de la sociedad, los síntomas son alarmantes, para 1990 América Latina "solo participaba con el 2 % del Producto Interno Bruto total en inversiones para Ciencia y Tecnología, diez años más tarde, para el año 2000 baja a 1%, mientras que Asia subía de un 15% a un 21%". Esta participación se redujo ya que América Latina llegó a gastar a fines de esa década un monto fiscal promedio por alumno matriculado en la enseñanza superior, menos que en todas las regiones del mundo.
Hoy la vida académica en cualquier universidad latinoamericana, tanto privada como pública parece debatirse entre "el oportunismo teórico-ideológico, como ejercicio del pensamiento académico de vanguardia, el letargo intelectual y una necesidad de reproducir todas las estructuras productivas y sociales existentes", el profesor universitario que se suponía con una capacidad dada para realizar el cambio repite los conocimientos elaborados en espacios diferentes a las universidades y más aun en latitudes muy distantes de nuestros países. Se ha hablado así en forma cada vez más sistemática y frecuente de una situación de quiebra moral y estructural de las instituciones académicas que podría denominarse como el fin de todas las universidades, metáfora que contiene una mirada de dolor al observar que las funciones más intrínsecas a estas instituciones como son creación, preservación y transmisión de conocimientos, pueden ser perfectamente realizadas hoy en forma más amplias y mucho más eficientes por instancias que nada tienen que ver con el mundo académico. Las redes de telecomunicaciones (TV, cables, Internet) están concentrando una masa crítica de información y conocimientos en general que difícilmente podría ser generada y depositada en la universidad dadas las condiciones de estructuras cerradas y obsoletas que generalmente estas poseen.
En otras esferas sociales, que no son las que constituyen la Universidad, se están produciendo y almacenando los conocimientos de punta que permiten diseñar las palancas que movilizan la vida de hoy. La Universidad se ha convertido de esta forma en un mero centro de consumo y reproducción de conocimientos y saberes que provienen de instituciones privadas y gubernamentales de investigación. Ya en este momento no está claro que el lugar de donde se concibió la cuna de la cultura siga siendo el hábitat natural de la razón ilustrada por excelencia.
Ese conocimiento que hay que construir, no es solo un producto, es también una forma de construir nuevas realidades. Pero ¿Cuál es nuestra responsabilidad concreta? ¿Qué hacer para que la política económica sea también una política de integración social? El problema está en romper con las trabas que conforman esa forma de pensar, para solucionar los grandes retos de este entorno porque en ellas está el futuro del desarrollo del continente. El estado, por tanto, debe ser el responsable de dirigir y fijar las prioridades de toda la Educación Superior, en beneficio de la propia sociedad y esta a su vez debe desempeñar la función de garantizar la seguridad humana de manera que podamos vincular con éxito las esferas de la vida diaria en el plano individual y local y de la vida económica en el plano regional y mundial. La situación de la Educación Superior Pública es muy peculiar, tiene una función de extraordinaria importancia dentro de la sociedad, cuando trasmite información para la sociedad y prepara una gran cantidad de profesionales que irán luego al mercado de trabajo para satisfacer sus necesidades, esto le hace que tenga en realidad un valor social extremadamente alto, tan alto como la educación básica, la media o más en ocasiones. Por tanto la educación superior merece todo el apoyo gubernamental. Las universidades publicas son piezas básicas de nuestra sociedad que requieren dinamismo y flexibilidad para adaptarse –y adelantarse, en lo posible- a los cambios que nos rodean.
Se necesitan hoy universidades públicas, dotadas de un buen sistema de vinculación académica, económica y social y con los medios suficientes para crear, producir y difundir el conocimiento, tanto el científico y humanístico como el tecnológico. Universidades para formar hoy y mañana de manera permanente a nuestros hombres y mujeres, con el fin de que puedan desarrollar una tarea que les permita conseguir una calidad de vida digna, dentro del marco de una sociedad justa y de progreso. Hoy, tienen que cumplir su función crítica dentro de la sociedad y debe cumplir su misión pública -el desarrollo de la educación ciudadana- para poder enfrentarse a los desafíos actuales de la Educación Superior de mundialización o globalización, regionalización, marginalización, y fragmentación sobre la sociedad".
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