V CONFERENCIA ANUAL
de la situación actual del sordo y sordociego en Colombia

PERSPECTIVA SOCIOLINGÜÍSTICA APLICADA A LA LENGUA DE SEÑAS COLOMBIANA

Ponencia No14

Presentada por :   Mgr. Liones Antonio Tovar
 

El lenguaje es un hecho social.  Existe, por lo tanto, una estrecha relación entre el comportamiento social en general y el comportamiento lingüístico.  Así, la posición delas diferentes lenguas del mundo, el estatus relativo que tienen unas con respecto a otras, las funciones para las cuales se utilizan, las formas que asumen en le habla, la influencia de los contactos interlingüisticos y las actitudes que tienen los individuos hacia su propia lengua y las lenguas de los demás, no  pueden estudiarse sin referencia a las sociedades  en que se untilizan.

La ciencia que estudia esta interrelación es la sociolingüística.  En esta conferencia, se examinan los principales aspectos de la relación lenguaj-sociedad referidos en particular al caso de la lengua de señas colombiana (LSC).  Se dará así,. Respuesta a interrogantes como:  ¿cómo podemos saber si la  LSC es una verdadera lengua natural, igual  que el castellano? Si  la  LSC es una lengua natural ¿porqué no se comunican en ella todo lo que se puede comunicar en castellano? ¿Se puede decir que existe una verdadera comunicación de señantes de la LSC? ¿Cuándo se puede decir si un sordo es bilingüe? ¿Cómo podemos hablar de  una “lengua de señas colombiana”, si en la práctica se ven tantas variedades? ¿Qué se debe hacer para que la LSC  sea un instrumento apto, no sólo para la comunicación cotidiana, sino también para muchas otras esferas de la vida diaria? .  Se espera que, al terminar la conferencia, la audiencia tenga una idea más clara de la real posición de la  LSC en la sociedad colombiana, desde el punto de vista sociolingüístico.

La lengua de señas colombiana: una perspectiva sociolingüística

Se me ha pedido que les hable de las lenguas de señas y de sus señantes desde una perspectiva sociolingüística. Comencemos, entonces, dando una justificación a esta charla y poniéndonos de acuerdo sobre el significado de algunos términos.

Todos sabemos que el hombre es un animal social. Nuestro comportamiento refleja nuestra posición dentro de una determinada comunidad que, a su vez, ocupa un lugar entre muchas otras comunidades dentro de un mismo país y en el mundo. Dentro de un marco de restricciones que vienen dadas por las características genéticas de nuestra especie, la mayor parte de ese comportamiento es, por consiguiente, social, es decir aprendido de lo que experimentamos en nuestra interacción social en la comunidad o comunidades en las que nos desenvolvemos desde la infancia: la forma en que nos alimentamos, nos vestimos, nos organizamos para el trabajo, la manera en que nos tratamos, la sexualidad, las cosas a las que les damos más importancia, etc. Todas estas varían de una comunidad a otra y, a menudo, reciben influencia de otras comunidades con las que se entra en contacto. Así como nuestro comportamiento se ve influido por la sociedad, ese mismo comportamiento da información a los demás sobre nosotros mismos y sobre la comunidad a la que pertenecemos. Cuando hablamos de una comunidad desde una perspectiva sociolingüística, estamos refiriéndonos a un aspecto de ese comportamiento social, es decir, el comportamiento lingüístico.

Pero decir que el comportamiento lingüístico es un comportamiento social es poco. En realidad, el comportamiento lingüístico es quizás el comportamiento central de los seres humanos como individuos sociales, porque el lenguaje es hilo que hace posible el entramado social; es lo que permite que nos integremos con los demás miembros de una sociedad. Y refleja, por consiguiente, nuestra posición en una comunidad y en el mundo.

La centralidad del comportamiento lingüístico se hace particularmente notable, cuando consideramos que, si alguien controla, directa o indirectamente, nuestro comportamiento lingüístico, está por consiguiente teniendo un control muy importante sobre nuestras vidas. Veamos un ejemplo: Hubo un tiempo en el cual el latín era la lengua oficial de todo un imperio, el Imperio Romano. Pero no era cualquier latín: era un latín en cierto modo artificial, muy cuidado, muy sistematizado por las clases más altas, que eran las que tenían más tiempo para aprenderlo y cultivarlo, y eran también las que tenían el poder y vivían generalmente en la metrópolis, Roma, o las sedes provinciales muy en contacto con ésta. Eso significaba que, quienes no manejaban ese código tan elaborado, no tenían las mismas oportunidades que la élite con el poder, eran el vulgo y su lengua era el latín vulgar. Tampoco este latín vulgar se podía utilizar para todas las funciones sociales. Cuando el Imperio Romano cayó y se fragmentó en numerosos reinos más pequeños, se perdió ese control que la metrópoli tenía sobre la lengua, y las variedades vulgares que se hablaban en cada uno de esos lugares, fueron utilizadas crecientemente por quienes estaban en el poder y fueron asumiendo cada vez más funciones, se fueron cultivando y sistematizando y dieron origen a las lenguas romances de hoy día.

En cada una de ellas, se repitió la historia: las formas que elegían quienes estaban en el poder como la lengua oficial, se convirtieron en la regla o norma. Con base en ellas, se escribieron gramáticas y diccionarios y se determinaron códigos, a menudo no escritos, de lo que se consideraba una manera de expresarse correcta o incorrecta. De allí en adelante, quienes no manejen esas formas de comunicarse, son considerados vulgares y se les dificultan muchas cosas en la vida: por ejemplo, se espera que las relaciones de poder entre los individuos que se comunican, o sea los interlocutores, se manifiesten en su habla; se considera que las formas que se utilizan en las grandes ciudades son más finas que las utilizadas en los pueblos; se considera que ciertos modos de expresarse son típicos de hombre o de mujer exclusivamente; se considera que las formas más tradicionales, que concuerdan con lo que aparece en los libros de los grandes autores, son preferibles a las utilizadas por los miembros más jóvenes; se cree que utilizar expresiones que tienen origen en otras lenguas es intrínsecamente malo y, si un individuo mezcla formas de dos o más lenguas, es más censurable. En peor estima están, por supuesto, quienes se comunican ya ni siquiera en una variedad no estándar de la lengua oficial, sino en una lengua completamente diferente.

Entonces, vemos cómo hay una estrecha relación entre lo que sucede en las sociedades y el comportamiento lingüístico. El estudio de esta relación es lo que ha dado origen al campo de la sociolingüística, la ciencia que se ocupa de estudiar la relación que se da entre el lenguaje y la sociedad o, más concretamente, entre las lenguas y las sociedades.

La forma en que he estructurado esta charla es la de tratar de dar respuesta a preguntas básicas relacionadas específicamente con el comportamiento lingüístico de la comunidad de sordos colombiana y el contexto de mayorías lingüísticas oyentes en que se desenvuelven sus vidas. Las preguntas básicas (pero no las únicas posibles, por supuesto) son:

¨      ¿Es la lengua de señas colombiana una lengua natural de verdad, igual que el castellano o el inglés o el francés?

¨      Si la lengua de señas colombiana es una verdadera lengua, ¿por qué no sirve para todos los usos para los que sirve el castellano?

¨      ¿Cómo se pueden explicar las actitudes que se han tenido históricamente hacia la lengua de señas colombiana y los sordos?

¨      ¿Qué podemos decir de la lengua de señas colombiana empleada por oyentes o del castellano empleado por los sordos?

¨      ¿Se puede hablar de una sola lengua de señas colombiana, cuando se ve tanta variación en ella?

¨      ¿Qué se debe hacer para que la lengua de señas colombiana sea apta, no sólo para la comunicación cotidiana, sino también para muchas otras esferas de la vida diaria?

Espero que, al final de esta charla, les quede una idea más clara de la lengua de señas colombiana y de la comunidad sorda desde una perspectiva sociolingüística. Es decir, que entiendan por qué la comunidad sorda está, en general, en el estatus actual y que, para poder cambiar el estado de cosas, tenemos que hacer un esfuerzo por cambiar nuestra maneras tradicionales de pensar y de actuar que los mantienen en ese estatus y lograr que éstas se vuelvan efectivamente políticas oficiales.

¿Es la lengua de señas colombiana una lengua natural de verdad,

igual que el castellano o el inglés o el francés?

Quizá una forma muy rápida y directa de contestar a esta pregunta (porque todavía hay quienes se la hacen) es la de examinar cuáles son las funciones del lenguaje humano, tal como las vemos reflejadas en las diferentes lenguas del mundo (de las cuales no tenemos dudas que lo sean) y ver si se puede decir lo mismo de la lengua de señas colombiana (y de otras lenguas de señas).

Jakobson (en Dardano y Trifone, 1985), por ejemplo, uno de los lingüistas más eminentes del Siglo XX, distingue en el lenguaje seis funciones principales, que se ven reflejadas en las lenguas. La primera es la función "referencial", es decir la de comunicar o decir algo sobre una persona, un objeto o un evento. Yo puedo decir entonces en castellano, "La intérprete es muy bonita" o "La lengua escrita es útil para los sordos y para los oyentes" o "Me gusta esta conferencia sobre los sordos". Si igualmente puedo hacer este tipo de afirmaciones en lengua de señas colombiana, quiere decir que en ella también se cumple la función referencial.

La segunda es la función emotiva, es decir, la de expresar el estado de ánimo de quien habla: rabia, satisfacción, entusiasmo, desánimo, seguridad en sí mismo, etc. En nuestra lengua oral utilizamos para esta función no sólo determinadas palabras, sino también la elevación y modulación del tono de la voz, alargamiento de vocales acentuadas, alteración del orden de las palabras, etc. Así, decimos: En la lengua de señas colombiana, se utilizan sobre todo la expresión facial y corporal. Así, "¡Huy no, invitar a esa vieja, qué jartera!" podría ser en lengua de señas...

La tercera es la función conativa, la de influir intencionalmente en la persona que nos escucha: "¡Siéntense y póngase a trabajar!" o "Si no vienes mañana no te vuelvo a invitar".

Una cuarta función es la fática, mediante la cual llamamos la atención del otro para demostrar que no nos es completamente indiferente. "¡Buenos días!" o "Hace mucho frío hoy, ¿verdad?" o "¡Qué bonito ese vestido".

Hay, asimismo, una función metalingüística, utilizar el lenguaje para hablar del lenguaje: "Yo diría que yo estoy dando una 'conferencia' sino una 'charla'" o "Cuando el profesor dice que 'lean' quiere decir que 'estudien'".

Por último, hay una función poética, que se refiere, por supuesto a la creación de textos literarios, pero también a los usos diarios de la lengua en los cuales es importante no sólo el mensaje sino la forma en que lo comunicamos. Así, no causa la misma impresión decir "Se murió" que "Pasó a mejor vida". En lengua de señas, se puede dar como ejemplo...

Como se pueden dar cuenta, estas funciones rara vez se dan aisladas y un mismo enunciado puede cumplir más de una función. Lo importante es constatar que la lengua de señas colombiana cumple las mismas funciones que la lengua castellana y que, por consiguiente, es igualmente una lengua natural. Sin embargo, entonces nos queda la siguiente pregunta:


Si la lengua de señas colombiana es una verdadera lengua,

¿por qué no sirve para todos los usos para los que sirve el castellano?

La respuesta es obvia: porque los sordos, por razones sociales, no están haciendo las mismas cosas que los oyentes que hablamos castellano: no gobiernan, por consiguiente no expiden leyes y decretos en lengua de señas colombiana; no se les ha dado la oportunidad de ser científicos, en consecuencia su lengua no tiene referentes para muchos conceptos de la ciencia y tampoco han tenido que darle nombre a descubrimientos propios; no son dueños de grandes empresas, en consecuencia no han visto la necesidad de vocabulario para hablar de negocios de una manera técnica. Pero fíjense que, en la medida en que se les abren puertas a los sordos, su lengua necesariamente se va adaptando a las nuevas necesidades de comunicación. Así, si se les predica la fe cristiana, poco a poco en su lengua aparecen palabras para conceptos religiosos y nombres para personajes bíblicos o del mundo cristiano; si entran a hacer estudios superiores en la universidad, se ven en la necesidad de crear nuevas palabras para poder manejar conocimientos que normalmente estaban por fuera de la experiencia diaria de los sordos. En otras palabras, las lenguas varían en sus funciones porque varían las funciones de sus hablantes (o señantes) en la sociedad.

No hay que olvidar que estas diferencias de capacidad de comunicación de temas y conceptos subsisten entre las diferentes lenguas orales (ver UNESCO, 1953): hay lenguas aborígenes que no son tan ricas en vocabulario como las lenguas oficiales, sobre todo las lenguas mundiales de mayor prestigio, pero tienen todo el potencial de lograrlo; hay lenguas como el castellano, que están más limitadas en algunos campos científicos o tecnológicos que lenguas como el inglés, el alemán o el japonés pero que, en la medida en que nuestros países se desarrollen, irán avanzando en este campo; hay lenguas pidgin, o sea lenguas que surgen del contacto entre dos comunidades, una con poder y otra aborígen, y que presentan una gramática muy simple, pero que rápidamente, al cabo de dos generaciones, ya tienen una gramática sistemática, o sea que se vuelven una lengua criolla.

En definitiva, las supuestas limitaciones de la lengua de señas colombiana no son limitaciones de la lengua en sí, sino las limitaciones que el grupo mayoritario oyente les ha impuesto a los sordos de manera consciente o inconsciente. Esto nos da luces para contestar la siguiente pregunta:


¿Cómo se pueden explicar las actitudes que se han tenido históricamente

hacia la lengua de señas colombiana y los sordos?

Todos somos conscientes, a menudo porque lo hemos experimentado en carne propia, que los diferentes grupos humanos varían en la percepción que tienen de sí mismos y de los demás. Así, por ejemplo, aunque ha habido siempre excepciones, el grueso de la población colombiana a menudo se ha considerado "superior" a las comunidades indígenas y ha ridiculizado y rechazado sus costumbres, sus creencias y, por supuesto, sus lenguas, que muchos aún califican de "dialectos". Del mismo modo, es probable que, sobre todo en épocas anteriores, ese mismo grueso de la población haya creído en la "superioridad" de otros pueblos como los "europeos" o los "norteamericanos" (hasta que los conocen de cerca). En otras palabras, nuestra percepción de nosotros mismos y de los demás, así como de aspectos de su cultura, está viciada por prejuicios, generados y alimentados por actitudes positivas o negativas.

Los estudiosos de las actitudes han detectado cómo, por regla general, los individuos pertenecientes a comunidades en desventaja económica y social, tienden a valorar y hasta querer imitar aspectos de la cultura de los grupos de prestigio. Esto pasa a menudo por un autofustigamiento y autodesprecio. Los sordos, al igual que otras minorías desfavorecidas, han tendido a considerar en el pasado que son menos que el grupo de prestigio y que, por lo tanto, aspectos como su propia lengua son de menos valía. Si a esto unimos, como vimos antes, que efectivamente hay mayor dificultad en expresar la realidad diaria a través de su lengua minoritaria, se comprende por qué durante mucho tiempo los sordos consideraban el castellano una mejor lengua y a los sordos que lograban comunicarse con éxito en la misma como personas "superiores" o "inteligentes". Otro tanto, pero en dirección opuesta, hacían los oyentes, sobre todo porque la visión clínica tradicional del sordo hacía que los vieran como unos pobres "discapacitados" que, como actitud positiva, obtenían tan sólo la lástima o la simpatía.

Ya hoy en día tanto sordos como oyentes están comenzando a cambiar. Pero es evidente, como lo hace ver el estudio de una de mis alumnas (Mora, 2001) que todavía se considera a los sordos como gente pobre, inculta, a la que hay que mantener a distancia, sobre todo en ciertos ambientes de estrato socioeconómico medio-alto. Asimismo, a pesar de que cada vez más y más personas oyentes en contacto con los sordos reconocen la lengua de señas como un medio apto para la comunicación, todavía se percibe en la práctica, incluso en maestros de sordos y hasta en intérpretes, la actitud de que la lengua de señas requiere menos esfuerzo para su dominio real. Es más fácil, por ejemplo, encontrar maestros convencidos de que dominan la lengua de señas colombiana, que encontrar personas que crean tener conocimientos de inglés suficientes para trabajar como maestros en un colegio bilingüe, lo cual, evidentemente, es una ilusión. Es muy probable que lo que muchos de ellos manejan esté muy lejos de ser la lengua de señas colombiana real que utilizan los sordos profundos en su interacción diaria. Todo esto es producto de las mismas actitudes que llevan a creer que las lenguas de los pueblos "primitivos", de los "salvajes" o de los "indios", son más simples, cuando en realidad suele suceder lo contrario.

Esto nos lleva al tema de la siguiente pregunta

¿Qué podemos decir de la lengua de señas colombiana empleada por oyentes o del castellano empleado por los sordos?

Dijimos en un principio que, en general, el comportamiento de una comunidad puede verse influido por el comportamiento de otros grupos con los cuales entra en contacto. El comportamiento lingüístico, es decir, la manera en que se usa la lengua y sus formas, no es excepción. Se adquiere en la medida en que se incurre en él, lo cual depende de las circunstancias de vida y de las oportunidades que se busquen para interactuar en la otra lengua, consciente o inconscientemente.

Es evidente, entonces, que no podemos esperar que los oyentes, por lo menos no la mayoría de ellos, tengan un acceso a la lengua de señas colombiana como si fueran nativos. Esto lo logran en grado apreciable quienes, por razón de familia o de contacto diario, se ven forzados naturalmente a interactuar con los sordos. Más a menudo, lo que se dan son sistemas intermedios. Así, aunque no tengo evidencia para probarlo, es muy probable que cuando los sordos se comunican en señas con los oyentes, sobre todo los menos proficientes (como yo), no empleen una verdadera lengua de señas sino una en la cual utilizan elementos de la gramática del español que ya conozcan. Podría tratarse, en efecto, de variedades afines a las que se utilizan cuando uno habla con un extranjero que está aprendiendo el castellano o a las que utilizan los profesores de idiomas para hacerse entender de los alumnos. Y cuando los sordos aprenden a comunicarse por escrito, si no tienen oyentes concientes que los quieran ayudar a mejorar su comunicación dándoles corrección o bastante oportunidad de intercambio, pueden terminar desarrollando una forma de escritura que no es estándar, similar a las variedades étnicas que desarrollan entre sí las minorías oyentes de las lenguas orales de prestigio. También se da que los oyentes, al tratar de comunicarse en señas con los sordos, utilicen en realidad el español signado, que es un sistema artificial inventado por personas bien intencionadas que creían que, de esa manera, se facilitaban tanto la comunicación con el sordo como su adquisición del español. Esto es particularmente grave en el caso de los maestros, pues puede tener consecuencias en el desarrollo cognitivo-académico de los escolares sordos y en la percepción de la estructura de su propia lengua. Lo ideal es aspirar a un bilingüismo funcional en el cual el sordo conserve y desarrolle su propia lengua de señas colombiana al tiempo que aprende la lengua mayoritaria, aunque sea en sus formas escritas, como una segunda lengua y que utilice cada una para diferentes funciones según sea necesario.

Estos contactos interlingüísticos también se dan entre lenguas de señas. Así por ejemplo, hoy se considera que la lengua de señas norteamericana se originó cuando la lengua de señas francesa fue importada a los Estados Unidos, aprendida por una generación de maestros, quienes la expandieron por todo el país, donde se fundió con señas locales. Igualmente, hace apenas unos veinte años, se vio nacer el idioma de signos nicaragüense en una institución escolar que reunió en la capital a niños sordos de todo el país, cada uno con su variedad de señas.

Sea que el contacto de lenguas se de entre una lengua oral y una lengua de señas o entre dos lenguas de señas, los hablantes de la lengua minoritaria, en este caso los sordos señantes, se ven forzados a elegir qué lengua utilizar. Algunos, en parte por presión del entorno, resultan oralizándose con mayor o menor éxito, es decir, abandonando la lengua más natural en el caso de un sordo. Otros adquieren un determinado grado de bilingüismo y utilizan una y otra lengua según el contexto, el interlocutor o la situación. Así, en determinados momentos echan mano de la oralización o de la lengua escrita o del deletreo manual (con o sin articulación) o de señas icónicas; en otras ocasiones excluyen a los oyentes utilizando su lengua de señas exclusivamente; los sordos oralizados que tienen también manejo de la lengua de señas, pueden optar por utilizar ésta si se encuentran con sordos señantes, etc.

Todo esto ocasiona una gran variedad, que hace que muchas personas, sobre todo los oyentes, se sientan un poco confundidos. Pero, si se analiza bien, lo mismo sucede en nuestro caso, no sólo cuando hablamos con personas de otras lenguas orales, sino aun dentro de la misma lengua oral. Esto se debe a que la variación lingüística es una constante en el comportamiento lingüístico, como lo es en el resto de los comportamientos sociales. Esto hace que muchos se formulen la siguiente pregunta:

¿Se puede hablar de una sola lengua de señas colombiana,

cuando se ve tanta variación en ella?

Todas las lenguas exhiben variación, aun si se usan en un solo poblado, como sucede con algunas lenguas vernáculas, pero más aún si son lenguas expandidas en el territorio de todo un país o por varios países. Esta variación se da en todos los niveles de la lengua, desde el nivel de los sonidos, pasando por el de la forma de las palabras, la marcación de categorías gramaticales, el orden en la oración, la organización del significado, el uso de la lengua en diferentes contextos hasta llegar a la organización del discurso, conversacional o, cuando existe, escrito.

La forma de variación que se ha reconocido tradicionalmente es la variación geográfica, que ha dado lugar a los estudios de dialectología. Del mismo modo que en la lengua castellana hablada en Colombia notamos diferencias regionales, estas diferencias se ven también en la lengua de señas colombiana. Como ejemplo, miremos unas señas comunes, que difieren entre Cali y Bogotá: PAPÁ, MAMÁ, PREOCUPACIÓN, BUENOS DÍAS. Las lenguas exhiben variaciones debidas a diferencias de grupo étnico. Así, la mayoría de nosotros reconoce características que son típicas de las comunidades afrocolombianas. Aunque en Colombia no he visto casos, Aramburo (1989, en Valli y Lucas, 1995) reconoce diferencias léxicas entre los afronorteamericanos sordos, como en la seña COLEGIO. Las diferentes generaciones presentan también diferencias, sobre todo léxicas, esto porque las lenguas están en constante evolución y ello se debe a los cambios que les imprime cada nueva generación de hablantes. Todos hemos oído de las quejas de los sordos mayores respecto a señas utilizadas por los más jóvenes. En las lenguas orales se ven también diferencias en el grado de formalidad. Aunque no he visto ejemplos concretos en el caso de la lengua de señas colombiana, es muy posible que sus señantes tengan diferentes formas de expresar lo mismo según se trate de una persona con quien se tiene confianza o no: VETE o POR FAVOR VETE. Las diferencias que tienen que ver con el nivel socioeconómico y sociocultural, son quizás más difíciles de advertir en el caso de los sordos. Una encuesta informal entre sordos de Cali, aseguró que hay diferencias en el trato entre sordos de estrato medio-alto y los demás, pero ellos las perciben más como diferencias en el número, duración y lugar de las interacciones, que en las formas de la lengua misma. No sé si en Bogotá y otros lugares del país sea lo mismo. En las lenguas se ven variaciones incluso de género. Por lo menos en mi variedad de castellano, hay ciertas expresiones que no quedan bien dichas por un hombre, como "Anda, ¡uso!" como expresión de fastidio, o el adjetivo "malvado", expresiones que se esperan sólo en mujeres. Una encuesta informal en Cali tampoco dio ejemplos de esta variación en la variedad local de lengua de señas colombiana, fuera de una supuesta mayor rapidez en la forma de señar de los varones, aunque éstos sí aseguraron que las mujeres son más chismosas y que lo cuentan todo a sus amigas, por lo que hay que tener cuidado cuando se habla con ellas.

Hay, desde luego, diferencias en el grado en que se da la variación en las lenguas, pues todo depende de cuánto se haya avanzado en la propuesta de una norma que todos utilicen como referencia. Así, la lengua de señas norteamericana está hoy en día mucho más homogénea, gracias a la centralización en la formación de maestros para sordos que durante mucho tiempo se dio. Se espera que a medida que se den pasos en la planeación de la lengua de señas colombianas, las variaciones no desaparecerán del todo, pero sí habrá cada vez más claramente una norma a la que todos los sordos puedan recurrir, particularmente para las funciones más formales de la lengua. Así se corregirían las diferencias de vocabulario que están causando malestar en la comunidad de los sordos, a medida que los jóvenes sordos ven la necesidad de crear nuevas señas o modificar las existentes. Pero esto nos lleva, precisamente a una última pregunta:

¿Qué se debe hacer para que la lengua de señas colombiana sea apta, no sólo

para la comunicación cotidiana, sino también para muchas otras esferas de la vida diaria?

Cualquier lengua tiene el mismo potencial de comunicación que todas las demás, pero normalmente su desarrollo va de la mano con las funciones que les corresponde realizar. Fishman (1987) considera que hay cuatro funciones básicas que una lengua cumple en una sociedad, que son el ser la lengua del hogar, del vecindario, de la escuela primaria y del culto religioso. Según él, si se garantiza el uso de la lengua en estos cuatro dominios, la lengua se conservará de una generación a otra. Sin embargo, para que una lengua se desarrolle y sus hablantes tengan las mejores oportunidades para funcionar en una sociedad utilizándola a diario, es necesario que su uso se extiende a funciones consideradas más del dominio público, como la educación superior, el comercio y las relaciones intergrupales. En la medida en que se lleven a cabo actividades para extender las funciones de la lengua de señas colombiana, se está trabajando en la planeación de su estatus.

Pero para poder servir en todos estos ámbitos, es necesario que haya primero una planeación lingüística, es decir una toma de decisiones sobre políticas que, en últimas, van a afectar el comportamiento lingüístico de sus hablantes. Es lo que ha pasado en lenguas como el castellano, donde al lado de variedades del hogar, de un estrato social, de una determinada ciudad o región, existe una norma aceptada universalmente como la "oficial" o "correcta", sin cuyo dominio los hablantes probablemente no estén en igualdad de oportunidades para participar en una gama más amplia de actividades de la sociedad. Esta planeación es lo que se denomina planeación del corpus, y consiste en normalizar y adecuar la lengua para su uso en la sociedad moderna. La forma más urgente que asume es la creación de nuevo vocabulario y su difusión para que, poco a poco, se consolide una norma.

Es importante anotar mi sugerencia de que el vocabulario muy específico de las diferentes ramas del conocimiento, así como vocabulario que tiene que ver con escuelas de pensamiento, etapas de la historia, nombres propios históricos y geográficos, etc., debería ser unificado en todas las lenguas de señas, del mismo modo que la inmensa mayoría de las lenguas orales recurre a las mismas raíces griegas y latinas (y, recientemente, ¡inglesas!) para la creación de nuevas palabras. De este modo se facilitaría enormemente el progreso científico, cultural y tecnológico de los sordos y sus intercambios en esas áreas a nivel mundial.

Esta norma, por su parte, tiene que ser difundida, es decir hay que planear su adquisición. El instrumento más eficaz para difundir una norma lingüística es, indudablemente, la educación, ayudada por su uso en medios masivos de comunicación. Por ello, el ideal de educación para los sordos es una educación bilingüe que se inicie en su lengua de señas colombiana y la conserve de modo que, cada vez más, la lengua sea tan apta para la vida moderna como lo es la lengua mayoritaria oral, así subsistan diferencias de grado, inevitables. Es lo que se llama una educación bilingüe de mantenimiento y desarrollo que permite tanto la conservación de la identidad cultural propia, como la interculturalidad.

Creo que, alrededor de estas seis preguntas básicas que nos hemos formulados, se ha presentado una visión global de la lengua de señas colombiana y de la comunidad de sordos que la utiliza, desde una perspectiva sociolingüística. Ahora sólo me resta escuchar sus comentarios o preguntas, las cuales gustosamente atenderé en la medida en que lo permiten mis conocimientos y mi experiencia.

Referencias

Aramburo, A. J. 1989. "Sociolinguistic aspects of the Black Deaf community", en Lucas, C. 1995. "The sociolinguistics of sign", Encyclopedia of Language and Linguistics.

Dardano, M. y P. Trifone. 1985. La lingua italiana. Bologna: Zanichelli.

Fishman, J. 1987. "Language spread and language policy for endangered languages", en Fishman, J. 1989. Language and ethnicity in minority sociolinguistic perspective. Clevedon, Avon: Multilingual Matters.

Mora, B. Actitudes de la comunidad oyente de Cali hacia los sordos y sus formas de comunicación. Trabajo de grado sin publicar (Universidad del Valle).

Valli, C. y C. Lucas. 1995. Linguistics of the American Sign Language: An introduction. Washington, D.C.: Gallaudet University Press.

 

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