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V CONFERENCIA ANUAL |
PERSPECTIVA SOCIOLINGÜÍSTICA APLICADA A LA LENGUA DE SEÑAS COLOMBIANA
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El
lenguaje es un hecho social. Existe,
por lo tanto, una estrecha relación entre el comportamiento social en
general y el comportamiento lingüístico.
Así, la posición delas diferentes lenguas del mundo, el estatus
relativo que tienen unas con respecto a otras, las funciones para las
cuales se utilizan, las formas que asumen en le habla, la influencia de
los contactos interlingüisticos y las actitudes que tienen los individuos
hacia su propia lengua y las lenguas de los demás, no
pueden estudiarse sin referencia a las sociedades
en que se untilizan. La
ciencia que estudia esta interrelación es la sociolingüística.
En esta conferencia, se examinan los principales aspectos de la
relación lenguaj-sociedad referidos en particular al caso de la lengua de
señas colombiana (LSC). Se
dará así,. Respuesta a interrogantes como: ¿cómo podemos saber si la
LSC es una verdadera lengua natural, igual que el castellano? Si la
LSC es una lengua natural ¿porqué no se comunican en ella todo lo
que se puede comunicar en castellano? ¿Se puede decir que existe una
verdadera comunicación de señantes de la LSC? ¿Cuándo se puede decir
si un sordo es bilingüe? ¿Cómo podemos hablar de
una “lengua de señas colombiana”, si en la práctica se ven
tantas variedades? ¿Qué se debe hacer para que la LSC
sea un instrumento apto, no sólo para la comunicación cotidiana,
sino también para muchas otras esferas de la vida diaria? .
Se espera que, al terminar la conferencia, la audiencia tenga una
idea más clara de la real posición de la
LSC en la sociedad colombiana, desde el punto de vista sociolingüístico. La lengua de señas colombiana: una perspectiva sociolingüísticaSe
me ha pedido que les hable de las lenguas de señas y de sus señantes
desde una perspectiva sociolingüística. Comencemos, entonces, dando una
justificación a esta charla y poniéndonos de acuerdo sobre el
significado de algunos términos. Todos
sabemos que el hombre es un animal social. Nuestro comportamiento refleja
nuestra posición dentro de una determinada comunidad que, a su vez, ocupa
un lugar entre muchas otras comunidades dentro de un mismo país y en el
mundo. Dentro de un marco de restricciones que vienen dadas por las
características genéticas de nuestra especie, la mayor parte de ese
comportamiento es, por consiguiente, social, es decir aprendido de lo que
experimentamos en nuestra interacción social en la comunidad o
comunidades en las que nos desenvolvemos desde la infancia: la forma en
que nos alimentamos, nos vestimos, nos organizamos para el trabajo, la
manera en que nos tratamos, la sexualidad, las cosas a las que les damos más
importancia, etc. Todas estas varían de una comunidad a otra y, a menudo,
reciben influencia de otras comunidades con las que se entra en contacto.
Así como nuestro comportamiento se ve influido por la sociedad, ese mismo
comportamiento da información a los demás sobre nosotros mismos y sobre
la comunidad a la que pertenecemos. Cuando hablamos de una comunidad desde
una perspectiva sociolingüística, estamos refiriéndonos a un aspecto de
ese comportamiento social, es decir, el comportamiento lingüístico. Pero
decir que el comportamiento lingüístico es un comportamiento social es
poco. En realidad, el comportamiento lingüístico es quizás el
comportamiento central de los seres humanos como individuos sociales,
porque el lenguaje es hilo que hace posible el entramado social; es lo que
permite que nos integremos con los demás miembros de una sociedad. Y
refleja, por consiguiente, nuestra posición en una comunidad y en el
mundo. La
centralidad del comportamiento lingüístico se hace particularmente
notable, cuando consideramos que, si alguien controla, directa o
indirectamente, nuestro comportamiento lingüístico, está por
consiguiente teniendo un control muy importante sobre nuestras vidas.
Veamos un ejemplo: Hubo un tiempo en el cual el latín era la lengua
oficial de todo un imperio, el Imperio Romano. Pero no era cualquier latín:
era un latín en cierto modo artificial, muy cuidado, muy sistematizado
por las clases más altas, que eran las que tenían más tiempo para
aprenderlo y cultivarlo, y eran también las que tenían el poder y vivían
generalmente en la metrópolis, Roma, o las sedes provinciales muy en
contacto con ésta. Eso significaba que, quienes no manejaban ese código
tan elaborado, no tenían las mismas oportunidades que la élite con el
poder, eran el vulgo y su lengua era el latín vulgar. Tampoco este latín
vulgar se podía utilizar para todas las funciones sociales. Cuando el
Imperio Romano cayó y se fragmentó en numerosos reinos más pequeños,
se perdió ese control que la metrópoli tenía sobre la lengua, y las
variedades vulgares que se hablaban en cada uno de esos lugares, fueron
utilizadas crecientemente por quienes estaban en el poder y fueron
asumiendo cada vez más funciones, se fueron cultivando y sistematizando y
dieron origen a las lenguas romances de hoy día. En
cada una de ellas, se repitió la historia: las formas que elegían
quienes estaban en el poder como la lengua oficial, se convirtieron en la
regla o norma. Con base en ellas, se escribieron gramáticas y
diccionarios y se determinaron códigos, a menudo no escritos, de lo que
se consideraba una manera de expresarse correcta o incorrecta. De allí en
adelante, quienes no manejen esas formas de comunicarse, son considerados
vulgares y se les dificultan muchas cosas en la vida: por ejemplo, se
espera que las relaciones de poder entre los individuos que se comunican,
o sea los interlocutores, se manifiesten en su habla; se considera que las
formas que se utilizan en las grandes ciudades son más finas que las
utilizadas en los pueblos; se considera que ciertos modos de expresarse
son típicos de hombre o de mujer exclusivamente; se considera que las
formas más tradicionales, que concuerdan con lo que aparece en los libros
de los grandes autores, son preferibles a las utilizadas por los miembros
más jóvenes; se cree que utilizar expresiones que tienen origen en otras
lenguas es intrínsecamente malo y, si un individuo mezcla formas de dos o
más lenguas, es más censurable. En peor estima están, por supuesto,
quienes se comunican ya ni siquiera en una variedad no estándar de la
lengua oficial, sino en una lengua completamente diferente. Entonces,
vemos cómo hay una estrecha relación entre lo que sucede en las
sociedades y el comportamiento lingüístico. El estudio de esta relación
es lo que ha dado origen al campo de la sociolingüística, la ciencia que
se ocupa de estudiar la relación que se da entre el lenguaje y la
sociedad o, más concretamente, entre las lenguas y las sociedades. La
forma en que he estructurado esta charla es la de tratar de dar respuesta
a preguntas básicas relacionadas específicamente con el comportamiento
lingüístico de la comunidad de sordos colombiana y el contexto de mayorías
lingüísticas oyentes en que se desenvuelven sus vidas. Las preguntas básicas
(pero no las únicas posibles, por supuesto) son: ¨
¿Es la lengua de señas colombiana una lengua
natural de verdad, igual que el castellano o el inglés o el francés? ¨
Si la lengua de señas colombiana es una verdadera
lengua, ¿por qué no sirve para todos los usos para los que sirve el
castellano? ¨
¿Cómo se pueden explicar las actitudes que se han
tenido históricamente hacia la lengua de señas colombiana y los sordos? ¨
¿Qué podemos decir de la lengua de señas
colombiana empleada por oyentes o del castellano empleado por los sordos? ¨
¿Se puede hablar de una sola lengua de señas
colombiana, cuando se ve tanta variación en ella? ¨
¿Qué se debe hacer para que la lengua de señas
colombiana sea apta, no sólo para la comunicación cotidiana, sino también
para muchas otras esferas de la vida diaria? Espero
que, al final de esta charla, les quede una idea más clara de la lengua
de señas colombiana y de la comunidad sorda desde una perspectiva
sociolingüística. Es decir, que entiendan por qué la comunidad sorda
está, en general, en el estatus actual y que, para poder cambiar el
estado de cosas, tenemos que hacer un esfuerzo por cambiar nuestra maneras
tradicionales de pensar y de actuar que los mantienen en ese estatus y
lograr que éstas se vuelvan efectivamente políticas oficiales. ¿Es
la lengua de señas colombiana una lengua natural de verdad, igual
que el castellano o el inglés o el francés? Quizá
una forma muy rápida y directa de contestar a esta pregunta (porque todavía
hay quienes se la hacen) es la de examinar cuáles son las funciones del
lenguaje humano, tal como las vemos reflejadas en las diferentes lenguas
del mundo (de las cuales no tenemos dudas que lo sean) y ver si se puede
decir lo mismo de la lengua de señas colombiana (y de otras lenguas de señas). Jakobson
(en Dardano y Trifone, 1985), por ejemplo, uno de los lingüistas más
eminentes del Siglo XX, distingue en el lenguaje seis funciones
principales, que se ven reflejadas en las lenguas. La primera es la función
"referencial", es decir la de comunicar o decir algo sobre una
persona, un objeto o un evento. Yo puedo decir entonces en castellano,
"La intérprete es muy bonita" o "La lengua escrita es útil
para los sordos y para los oyentes" o "Me gusta esta conferencia
sobre los sordos". Si igualmente puedo hacer este tipo de
afirmaciones en lengua de señas colombiana, quiere decir que en ella
también se cumple la función referencial. La
segunda es la función emotiva, es decir, la de expresar el estado de ánimo
de quien habla: rabia, satisfacción, entusiasmo, desánimo, seguridad en
sí mismo, etc. En nuestra lengua oral utilizamos para esta función no sólo
determinadas palabras, sino también la elevación y modulación del tono
de la voz, alargamiento de vocales acentuadas, alteración del orden de
las palabras, etc. Así, decimos: En la lengua de señas colombiana, se
utilizan sobre todo la expresión facial y corporal. Así, "¡Huy no,
invitar a esa vieja, qué jartera!" podría ser en lengua de señas... La
tercera es la función conativa, la de influir intencionalmente en la
persona que nos escucha: "¡Siéntense y póngase a trabajar!" o
"Si no vienes mañana no te vuelvo a invitar". Una
cuarta función es la fática, mediante la cual llamamos la atención del
otro para demostrar que no nos es completamente indiferente. "¡Buenos
días!" o "Hace mucho frío hoy, ¿verdad?" o "¡Qué
bonito ese vestido". Hay,
asimismo, una función metalingüística, utilizar el lenguaje para hablar
del lenguaje: "Yo diría que yo estoy dando una 'conferencia' sino
una 'charla'" o "Cuando el profesor dice que 'lean' quiere decir
que 'estudien'". Por
último, hay una función poética, que se refiere, por supuesto a la
creación de textos literarios, pero también a los usos diarios de la
lengua en los cuales es importante no sólo el mensaje sino la forma en
que lo comunicamos. Así, no causa la misma impresión decir "Se murió"
que "Pasó a mejor vida". En lengua de señas, se puede dar como
ejemplo... Como
se pueden dar cuenta, estas funciones rara vez se dan aisladas y un mismo
enunciado puede cumplir más de una función. Lo importante es constatar
que la lengua de señas colombiana cumple las mismas funciones que la
lengua castellana y que, por consiguiente, es igualmente una lengua
natural. Sin embargo, entonces nos queda la siguiente pregunta: Si
la lengua de señas colombiana es una verdadera lengua, ¿por
qué no sirve para todos los usos para los que sirve el castellano? La
respuesta es obvia: porque los sordos, por razones sociales, no están
haciendo las mismas cosas que los oyentes que hablamos castellano: no
gobiernan, por consiguiente no expiden leyes y decretos en lengua de señas
colombiana; no se les ha dado la oportunidad de ser científicos, en
consecuencia su lengua no tiene referentes para muchos conceptos de la
ciencia y tampoco han tenido que darle nombre a descubrimientos propios;
no son dueños de grandes empresas, en consecuencia no han visto la
necesidad de vocabulario para hablar de negocios de una manera técnica.
Pero fíjense que, en la medida en que se les abren puertas a los sordos,
su lengua necesariamente se va adaptando a las nuevas necesidades de
comunicación. Así, si se les predica la fe cristiana, poco a poco en su
lengua aparecen palabras para conceptos religiosos y nombres para
personajes bíblicos o del mundo cristiano; si entran a hacer estudios
superiores en la universidad, se ven en la necesidad de crear nuevas
palabras para poder manejar conocimientos que normalmente estaban por
fuera de la experiencia diaria de los sordos. En otras palabras, las
lenguas varían en sus funciones porque varían las funciones de sus
hablantes (o señantes) en la sociedad. No
hay que olvidar que estas diferencias de capacidad de comunicación de
temas y conceptos subsisten entre las diferentes lenguas orales (ver
UNESCO, 1953): hay lenguas aborígenes que no son tan ricas en vocabulario
como las lenguas oficiales, sobre todo las lenguas mundiales de mayor
prestigio, pero tienen todo el potencial de lograrlo; hay lenguas como el
castellano, que están más limitadas en algunos campos científicos o
tecnológicos que lenguas como el inglés, el alemán o el japonés pero
que, en la medida en que nuestros países se desarrollen, irán avanzando
en este campo; hay lenguas pidgin, o sea lenguas que surgen del contacto
entre dos comunidades, una con poder y otra aborígen, y que presentan una
gramática muy simple, pero que rápidamente, al cabo de dos generaciones,
ya tienen una gramática sistemática, o sea que se vuelven una lengua
criolla. En
definitiva, las supuestas limitaciones de la lengua de señas colombiana
no son limitaciones de la lengua en sí, sino las limitaciones que el
grupo mayoritario oyente les ha impuesto a los sordos de manera consciente
o inconsciente. Esto nos da luces para contestar la siguiente pregunta: ¿Cómo
se pueden explicar las actitudes que se han tenido históricamente hacia
la lengua de señas colombiana y los sordos? Todos
somos conscientes, a menudo porque lo hemos experimentado en carne propia,
que los diferentes grupos humanos varían en la percepción que tienen de
sí mismos y de los demás. Así, por ejemplo, aunque ha habido siempre
excepciones, el grueso de la población colombiana a menudo se ha
considerado "superior" a las comunidades indígenas y ha
ridiculizado y rechazado sus costumbres, sus creencias y, por supuesto,
sus lenguas, que muchos aún califican de "dialectos". Del mismo
modo, es probable que, sobre todo en épocas anteriores, ese mismo grueso
de la población haya creído en la "superioridad" de otros
pueblos como los "europeos" o los "norteamericanos"
(hasta que los conocen de cerca). En otras palabras, nuestra percepción
de nosotros mismos y de los demás, así como de aspectos de su cultura,
está viciada por prejuicios, generados y alimentados por actitudes
positivas o negativas. Los
estudiosos de las actitudes han detectado cómo, por regla general, los
individuos pertenecientes a comunidades en desventaja económica y social,
tienden a valorar y hasta querer imitar aspectos de la cultura de los
grupos de prestigio. Esto pasa a menudo por un autofustigamiento y
autodesprecio. Los sordos, al igual que otras minorías desfavorecidas,
han tendido a considerar en el pasado que son menos que el grupo de
prestigio y que, por lo tanto, aspectos como su propia lengua son de menos
valía. Si a esto unimos, como vimos antes, que efectivamente hay mayor
dificultad en expresar la realidad diaria a través de su lengua
minoritaria, se comprende por qué durante mucho tiempo los sordos
consideraban el castellano una mejor lengua y a los sordos que lograban
comunicarse con éxito en la misma como personas "superiores" o
"inteligentes". Otro tanto, pero en dirección opuesta, hacían
los oyentes, sobre todo porque la visión clínica tradicional del sordo
hacía que los vieran como unos pobres "discapacitados" que,
como actitud positiva, obtenían tan sólo la lástima o la simpatía. Ya
hoy en día tanto sordos como oyentes están comenzando a cambiar. Pero es
evidente, como lo hace ver el estudio de una de mis alumnas (Mora, 2001)
que todavía se considera a los sordos como gente pobre, inculta, a la que
hay que mantener a distancia, sobre todo en ciertos ambientes de estrato
socioeconómico medio-alto. Asimismo, a pesar de que cada vez más y más
personas oyentes en contacto con los sordos reconocen la lengua de señas
como un medio apto para la comunicación, todavía se percibe en la práctica,
incluso en maestros de sordos y hasta en intérpretes, la actitud de que
la lengua de señas requiere menos esfuerzo para su dominio real. Es más
fácil, por ejemplo, encontrar maestros convencidos de que dominan la
lengua de señas colombiana, que encontrar personas que crean tener
conocimientos de inglés suficientes para trabajar como maestros en un
colegio bilingüe, lo cual, evidentemente, es una ilusión. Es muy
probable que lo que muchos de ellos manejan esté muy lejos de ser la
lengua de señas colombiana real que utilizan los sordos profundos en su
interacción diaria. Todo esto es producto de las mismas actitudes que
llevan a creer que las lenguas de los pueblos "primitivos", de
los "salvajes" o de los "indios", son más simples,
cuando en realidad suele suceder lo contrario. Esto
nos lleva al tema de la siguiente pregunta ¿Qué podemos decir de la
lengua de señas colombiana empleada por oyentes o del castellano empleado
por los sordos? Dijimos
en un principio que, en general, el comportamiento de una comunidad puede
verse influido por el comportamiento de otros grupos con los cuales entra
en contacto. El comportamiento lingüístico, es decir, la manera en que
se usa la lengua y sus formas, no es excepción. Se adquiere en la medida
en que se incurre en él, lo cual depende de las circunstancias de vida y
de las oportunidades que se busquen para interactuar en la otra lengua,
consciente o inconscientemente. Es
evidente, entonces, que no podemos esperar que los oyentes, por lo menos
no la mayoría de ellos, tengan un acceso a la lengua de señas colombiana
como si fueran nativos. Esto lo logran en grado apreciable quienes, por
razón de familia o de contacto diario, se ven forzados naturalmente a
interactuar con los sordos. Más a menudo, lo que se dan son sistemas
intermedios. Así, aunque no tengo evidencia para probarlo, es muy
probable que cuando los sordos se comunican en señas con los oyentes,
sobre todo los menos proficientes (como yo), no empleen una verdadera
lengua de señas sino una en la cual utilizan elementos de la gramática
del español que ya conozcan. Podría tratarse, en efecto, de variedades
afines a las que se utilizan cuando uno habla con un extranjero que está
aprendiendo el castellano o a las que utilizan los profesores de idiomas
para hacerse entender de los alumnos. Y cuando los sordos aprenden a
comunicarse por escrito, si no tienen oyentes concientes que los quieran
ayudar a mejorar su comunicación dándoles corrección o bastante
oportunidad de intercambio, pueden terminar desarrollando una forma de
escritura que no es estándar, similar a las variedades étnicas que
desarrollan entre sí las minorías oyentes de las lenguas orales de
prestigio. También se da que los oyentes, al tratar de comunicarse en señas
con los sordos, utilicen en realidad el español signado, que es un
sistema artificial inventado por personas bien intencionadas que creían
que, de esa manera, se facilitaban tanto la comunicación con el sordo
como su adquisición del español. Esto es particularmente grave en el
caso de los maestros, pues puede tener consecuencias en el desarrollo
cognitivo-académico de los escolares sordos y en la percepción de la
estructura de su propia lengua. Lo ideal es aspirar a un bilingüismo
funcional en el cual el sordo conserve y desarrolle su propia lengua de señas
colombiana al tiempo que aprende la lengua mayoritaria, aunque sea en sus
formas escritas, como una segunda lengua y que utilice cada una para
diferentes funciones según sea necesario. Estos
contactos interlingüísticos también se dan entre lenguas de señas. Así
por ejemplo, hoy se considera que la lengua de señas norteamericana se
originó cuando la lengua de señas francesa fue importada a los Estados
Unidos, aprendida por una generación de maestros, quienes la expandieron
por todo el país, donde se fundió con señas locales. Igualmente, hace
apenas unos veinte años, se vio nacer el idioma de signos nicaragüense
en una institución escolar que reunió en la capital a niños sordos de
todo el país, cada uno con su variedad de señas. Sea
que el contacto de lenguas se de entre una lengua oral y una lengua de señas
o entre dos lenguas de señas, los hablantes de la lengua minoritaria, en
este caso los sordos señantes, se ven forzados a elegir qué lengua
utilizar. Algunos, en parte por presión del entorno, resultan oralizándose
con mayor o menor éxito, es decir, abandonando la lengua más natural en
el caso de un sordo. Otros adquieren un determinado grado de bilingüismo
y utilizan una y otra lengua según el contexto, el interlocutor o la
situación. Así, en determinados momentos echan mano de la oralización o
de la lengua escrita o del deletreo manual (con o sin articulación) o de
señas icónicas; en otras ocasiones excluyen a los oyentes utilizando su
lengua de señas exclusivamente; los sordos oralizados que tienen también
manejo de la lengua de señas, pueden optar por utilizar ésta si se
encuentran con sordos señantes, etc. Todo
esto ocasiona una gran variedad, que hace que muchas personas, sobre todo
los oyentes, se sientan un poco confundidos. Pero, si se analiza bien, lo
mismo sucede en nuestro caso, no sólo cuando hablamos con personas de
otras lenguas orales, sino aun dentro de la misma lengua oral. Esto se
debe a que la variación lingüística es una constante en el
comportamiento lingüístico, como lo es en el resto de los
comportamientos sociales. Esto hace que muchos se formulen la siguiente
pregunta: ¿Se
puede hablar de una sola lengua de señas colombiana, cuando
se ve tanta variación en ella? Todas
las lenguas exhiben variación, aun si se usan en un solo poblado, como
sucede con algunas lenguas vernáculas, pero más aún si son lenguas
expandidas en el territorio de todo un país o por varios países. Esta
variación se da en todos los niveles de la lengua, desde el nivel de los
sonidos, pasando por el de la forma de las palabras, la marcación de
categorías gramaticales, el orden en la oración, la organización del
significado, el uso de la lengua en diferentes contextos hasta llegar a la
organización del discurso, conversacional o, cuando existe, escrito. La
forma de variación que se ha reconocido tradicionalmente es la variación
geográfica, que ha dado lugar a los estudios de dialectología. Del mismo
modo que en la lengua castellana hablada en Colombia notamos diferencias
regionales, estas diferencias se ven también en la lengua de señas
colombiana. Como ejemplo, miremos unas señas comunes, que difieren entre
Cali y Bogotá: PAPÁ, MAMÁ, PREOCUPACIÓN, BUENOS DÍAS. Las lenguas
exhiben variaciones debidas a diferencias de grupo étnico. Así, la mayoría
de nosotros reconoce características que son típicas de las comunidades
afrocolombianas. Aunque en Colombia no he visto casos, Aramburo (1989, en
Valli y Lucas, 1995) reconoce diferencias léxicas entre los
afronorteamericanos sordos, como en la seña COLEGIO. Las diferentes
generaciones presentan también diferencias, sobre todo léxicas, esto
porque las lenguas están en constante evolución y ello se debe a los
cambios que les imprime cada nueva generación de hablantes. Todos hemos oído
de las quejas de los sordos mayores respecto a señas utilizadas por los más
jóvenes. En las lenguas orales se ven también diferencias en el grado de
formalidad. Aunque no he visto ejemplos concretos en el caso de la lengua
de señas colombiana, es muy posible que sus señantes tengan diferentes
formas de expresar lo mismo según se trate de una persona con quien se
tiene confianza o no: VETE o POR FAVOR VETE. Las diferencias que tienen
que ver con el nivel socioeconómico y sociocultural, son quizás más difíciles
de advertir en el caso de los sordos. Una encuesta informal entre sordos
de Cali, aseguró que hay diferencias en el trato entre sordos de estrato
medio-alto y los demás, pero ellos las perciben más como diferencias en
el número, duración y lugar de las interacciones, que en las formas de
la lengua misma. No sé si en Bogotá y otros lugares del país sea lo
mismo. En las lenguas se ven variaciones incluso de género. Por lo menos
en mi variedad de castellano, hay ciertas expresiones que no quedan bien
dichas por un hombre, como "Anda, ¡uso!" como expresión de
fastidio, o el adjetivo "malvado", expresiones que se esperan sólo
en mujeres. Una encuesta informal en Cali tampoco dio ejemplos de esta
variación en la variedad local de lengua de señas colombiana, fuera de
una supuesta mayor rapidez en la forma de señar de los varones, aunque éstos
sí aseguraron que las mujeres son más chismosas y que lo cuentan todo a
sus amigas, por lo que hay que tener cuidado cuando se habla con ellas. Hay,
desde luego, diferencias en el grado en que se da la variación en las
lenguas, pues todo depende de cuánto se haya avanzado en la propuesta de
una norma que todos utilicen como referencia. Así, la lengua de señas
norteamericana está hoy en día mucho más homogénea, gracias a la
centralización en la formación de maestros para sordos que durante mucho
tiempo se dio. Se espera que a medida que se den pasos en la planeación
de la lengua de señas colombianas, las variaciones no desaparecerán del
todo, pero sí habrá cada vez más claramente una norma a la que todos
los sordos puedan recurrir, particularmente para las funciones más
formales de la lengua. Así se corregirían las diferencias de vocabulario
que están causando malestar en la comunidad de los sordos, a medida que
los jóvenes sordos ven la necesidad de crear nuevas señas o modificar
las existentes. Pero esto nos lleva, precisamente a una última pregunta: ¿Qué
se debe hacer para que la lengua de señas colombiana sea apta, no sólo para
la comunicación cotidiana, sino también para muchas otras esferas de la
vida diaria? Cualquier
lengua tiene el mismo potencial de comunicación que todas las demás,
pero normalmente su desarrollo va de la mano con las funciones que les
corresponde realizar. Fishman (1987) considera que hay cuatro funciones básicas
que una lengua cumple en una sociedad, que son el ser la lengua del hogar,
del vecindario, de la escuela primaria y del culto religioso. Según él,
si se garantiza el uso de la lengua en estos cuatro dominios, la lengua se
conservará de una generación a otra. Sin embargo, para que una lengua se
desarrolle y sus hablantes tengan las mejores oportunidades para funcionar
en una sociedad utilizándola a diario, es necesario que su uso se
extiende a funciones consideradas más del dominio público, como la
educación superior, el comercio y las relaciones intergrupales. En la
medida en que se lleven a cabo actividades para extender las funciones de
la lengua de señas colombiana, se está trabajando en la planeación de
su estatus. Pero
para poder servir en todos estos ámbitos, es necesario que haya primero
una planeación lingüística, es decir una toma de decisiones sobre políticas
que, en últimas, van a afectar el comportamiento lingüístico de sus
hablantes. Es lo que ha pasado en lenguas como el castellano, donde al
lado de variedades del hogar, de un estrato social, de una determinada
ciudad o región, existe una norma aceptada universalmente como la
"oficial" o "correcta", sin cuyo dominio los hablantes
probablemente no estén en igualdad de oportunidades para participar en
una gama más amplia de actividades de la sociedad. Esta planeación es lo
que se denomina planeación del corpus, y consiste en normalizar y adecuar
la lengua para su uso en la sociedad moderna. La forma más urgente que
asume es la creación de nuevo vocabulario y su difusión para que, poco a
poco, se consolide una norma. Es
importante anotar mi sugerencia de que el vocabulario muy específico de
las diferentes ramas del conocimiento, así como vocabulario que tiene que
ver con escuelas de pensamiento, etapas de la historia, nombres propios
históricos y geográficos, etc., debería ser unificado en todas las
lenguas de señas, del mismo modo que la inmensa mayoría de las lenguas
orales recurre a las mismas raíces griegas y latinas (y, recientemente,
¡inglesas!) para la creación de nuevas palabras. De este modo se
facilitaría enormemente el progreso científico, cultural y tecnológico
de los sordos y sus intercambios en esas áreas a nivel mundial. Esta
norma, por su parte, tiene que ser difundida, es decir hay que planear su
adquisición. El instrumento más eficaz para difundir una norma lingüística
es, indudablemente, la educación, ayudada por su uso en medios masivos de
comunicación. Por ello, el ideal de educación para los sordos es una
educación bilingüe que se inicie en su lengua de señas colombiana y la
conserve de modo que, cada vez más, la lengua sea tan apta para la vida
moderna como lo es la lengua mayoritaria oral, así subsistan diferencias
de grado, inevitables. Es lo que se llama una educación bilingüe de
mantenimiento y desarrollo que permite tanto la conservación de la
identidad cultural propia, como la interculturalidad. Creo
que, alrededor de estas seis preguntas básicas que nos hemos formulados,
se ha presentado una visión global de la lengua de señas colombiana y de
la comunidad de sordos que la utiliza, desde una perspectiva sociolingüística.
Ahora sólo me resta escuchar sus comentarios o preguntas, las cuales
gustosamente atenderé en la medida en que lo permiten mis conocimientos y
mi experiencia. Referencias Aramburo,
A. J. 1989. "Sociolinguistic
aspects of the Black Deaf community", en Lucas, C. 1995. "The
sociolinguistics of sign", Encyclopedia
of Language and Linguistics. Dardano,
M. y P. Trifone. 1985. La lingua
italiana. Bologna: Zanichelli. Fishman, J. 1987. "Language spread and language
policy for endangered languages", en Fishman, J. 1989. Language
and ethnicity in minority sociolinguistic perspective. Clevedon, Avon:
Multilingual Matters. Mora,
B. Actitudes de la comunidad oyente de Cali hacia los sordos y sus formas
de comunicación. Trabajo de grado sin publicar (Universidad del Valle). Valli,
C. y C. Lucas. 1995. Linguistics of the
American Sign Language: An introduction. Washington, D.C.: Gallaudet
University Press.
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