Primer Congreso Internacional
de Astrología
en Capilla del Monte
 

 

 

 

 

 


ASTROLOGIA  Y  FILOSOFIA

Lectura de la potencia o interpretación del poder.

Una aproximación a partir de Spinoza

 

La astrología y la filosofía comparten un interrogante: ¿Qué produce no responder definitivamente a una pregunta? Ambas disciplinas siguen preguntando acerca de su origen. Más allá de fechas, dataciones y hallazgos arqueológicos, la pregunta acerca de cómo se originaron permanece viva, es decir, es una pregunta que sigue produciendo respuestas.

Por otro lado, la respuesta definitiva, si bien tranquiliza, la consideramos sólo como un cierre. En cambio, el otro tipo de respuestas, el que no cierra, mantiene una potencia, la de mutar hacia una nueva pregunta, hacia un nuevo concepto: la intensidad que el pensamiento necesita para aventurarse en un camino creador.

Aventuremos una respuesta: la filosofía, al preguntar por el ser se dio origen a sí misma. En términos históricos, en una Grecia desprovista de monoteísmos religiosos, concepciones que ya tienen todas las respuestas dadas definitivamente, se produjo un campo de posibilidades donde el ser no era aquello dado por un padre caritativo al que sólo quedaba venerar sin nunca cuestionar.

En cambio podemos preguntar: El ser: ¿Viene de algún lugar y va hacia otro?; ¿dónde se ubica?, ¿en la cabeza?, ¿en el corazón?, ¿en todo el cuerpo?; ¿qué función cumple?, ¿pensar?, ¿sentir?, ¿ver?, ¿intuir?; ¿es el alma o el espíritu?; ¿de qué está compuesto?, ¿fuego?, ¿tierra?, ¿aire?, ¿agua?, ¿éter?, ¿átomos? Algunas preguntas que nos venimos haciendo por más de veinticinco siglos de historia  aún siguen vigentes. El ser es aquello que sólo puede ser pensado, intuido, y por lo tanto ¡es un motor para el pensamiento!

A lo largo de la historia se dieron muchas respuestas a estos interrogantes. De tantas respuestas dadas, hubo dos que marcaron una fuerte tendencia en el desarrollo del pensamiento occidental. Podemos decir que todavía hoy convivimos con dos hipótesis: de Parménides, y la de Heráclito.

El ser parmenídeo es un ser que fue, es y será. Un ser ya determinado de antemano. Por su parte, Heráclito piensa un ser no preconcebido sino uno que se determina a cada instante, en la participación de un devenir que lo somete a torbellinos, a mutaciones. El ser del primero es inmutable, trascendente al mundo que habita; el del segundo es mutable, participando de la inmanencia del devenir. Nos preguntamos entonces: ¿Qué efectos derivan de estas concepciones?

Entendemos que si lo que somos ya está determinado, es decir posee una forma y cualidad inmutables, saberlo eso es descubrirlo y serlo es imitarlo. De hecho, identidad es ser idéntico. En línea con este pensamiento reconocemos al platonismo: el verdadero ser de las cosas pertenece  al mundo de las Ideas y el mundo sensible que habitamos es mera copia de copia de ese único original.

También podemos reconocer a Aristóteles, Cicerón, Santo Tomás, Descartes, Hegel: el hombre deberá cumplir con su esencia, deberá ser.     

En cambio, si lo que somos participa de un devenir que lo determina en cada mutación, saberlo y serlo se unen en la experimentación. En este sentido hay una tradición donde aparecen los atomistas, los místicos medievales, Spinoza, Nietzsche, Deleuze: forma y cualidad son sólo efectos de un encuentro entre el ser y la Naturaleza.

¿De qué ser hablamos? Hablamos de un ser desprovisto de cualidad y forma, de un ser que es en acto, mejor dicho, es acto. Es una potencia cuantificable que en cada acto realiza todo lo que puede, afirmando su intensidad. No es un ser en potencia que se realizará en sus actos, es acto, es en la medida en que se expresa.

En el contexto de la Astrología, ¿La carta natal astrológica es el gráfico de una identidad ya dada y a cumplir que nos muestra una esencia inmutable?, o bien, ¿es el mapa del impacto del primer instante de la vida individual de un ser que se encuentra con su mundo, con otros seres en un continuo devenir?

Al respecto, Spinoza comenta que nacemos cuando están dadas las condiciones para que la potencia entre en una relación característica para su expresión.

Tal vez, por ser el primer impacto que recibimos, el primer modo de expresión del ser que da comienzo a nuestra subjetividad, su primera modelización, más que tomarlo sólo como el primer pliegue del mundo sobre nosotros lo tomamos como una marca indeleble, como cualidades “de” una esencia que se repetirá en cada ciclo planetario. No es el retorno que confirma una esencia, sino el retornar que afirma la posibilidad de su expresión, de la expresión de la potencia. 

Después de Nietzsche podemos pensar el eterno retorno ya no como el retorno de lo Mismo, sino como el retornar en sí, para que el ser realice su potencia y alcance una intensidad, que como tal es siempre diferencia, pues el mundo ya no es el mismo. ¿Cómo afirmar la diferencia que somos, nuestras singularidades en una continua línea recta?

Sin embargo, todavía hay una pregunta que quiere retornar, una pregunta que nos sobrevuela y que habíamos planteado a un comienzo: ¿Y el origen de la astrología? Pues es más incierto aún. Por lo cual en lugar de suponer una respuesta, aventuremos una resonancia estética con su gran símbolo, el Zodíaco.

Algo de lo maravilloso se juega en él, un encuentro, una matrimonio: Cosmos y Naturaleza aparecen, como realmente están, juntos. Aunque luego, en la historia, nos encargaríamos de separarlos, de separarnos y divorciarnos de aquellos mesopotámicos que la inventaron. Aquellos que concibieron un cuerpo formado por una franja de estrellas que rodeaba y cuidaba su mundo, un inmenso dique que conjuraba toda posibilidad de diluvios. Doce portales estelares que configuraban imágenes de animales y humanos; el cosmos y la naturaleza componían una rueda de la vida. Este símbolo unificador da cuenta de cómo concebían su mundo, el cosmos y la naturaleza eran un cuerpo que habitaban, muy cercano. A tal punto es así, que se considera que el límite del universo para los babilonios era de 6000 Km., la distancia que existe entre la superficie y el centro de la tierra.

Retomando, el cielo y la tierra se fueron separando y se alejaron demasiado. ¿Es posible volver a pensarlos unidos? Pensamos que vale la pena el intento de conjugarlos nuevamente, para que podamos recuperarles la potencia de ser un cuerpo.

Tengamos en cuenta que para Aristóteles las esferas celestes y sus astros eran inteligencias puras, divinas, un nous (intelecto) impasible. Aquella persona que podía entender ese movimiento perfecto que tenían los astros, entendía las razones de dios. Y el lugar de la naturaleza, el lugar de la experiencia quedaba del lado del mundo sensible, el cual nos desviaba de ese saber y de Dios Padre.

Giorgio Agamben en su libro Infancia e historia, traza una muy buena cartografía de esta cuestión, dice: “Haber puesto en relación los ‘cielos’ de la inteligencia pura con la ‘tierra’ de la experiencia individual es el gran descubrimiento de la astrología...”

Es una frase que nos alegra. Sin embargo, por otro lado, ¿qué a pasado con esto? En la historia, aquellos astrólogos que no eran atrapados por la inquisición eran los partidarios de la concepción aristotélica. Claramente hemos quedado mucho más del lado del cosmos que del lado de la naturaleza, más del lado de la inteligencia, del intelecto impasible, que del lado de la experiencia.

Hemos pretendido salvar al ser otorgándole cualidades inmutables que lo terminan separando de un mundo que lo puede contagiar de devenires que lo harían mutar.

La astrología oficial ha tomado esta posta para salvarse de la inquisición. Unida a Aristóteles y al cristianismo no sólo sobrevive, sino que de alguna manera se refunda.

Si el astrólogo ha quedado más del lado del cosmos , cuando lee sus cartas astrales: ¿Qué ve?, ¿Dónde apoya su mirada para interpretar? Más aún, ¿cuál es su pretensión? Lo que pretende es leer el ser de las cosas. ¿Cuándo hablamos del ser de las cosas, de qué ser estamos hablando? O bien, ¿desde qué agenciamiento estamos pensando al ser?

Para seguir reflexionando tomemos a Gilles Deleuze, pues se trata de un filósofo contemporáneo que como nadie ha relanzado el pensamiento de Spinoza. Deleuze plantea dos modos de concebir el ser: como una esencia cualificable o como una potencia cuantitativa, que como tal, no posee cualidad en sí.

Si el ser es una esencia cualitativa, formalizada, lo que aparece en la carta es lo que se es, lo que se fue y lo que se deberá ser. Desde esta perspectiva el sujeto queda desapropiado de sí, parado ante una esencia a la que debe responder, no pudiendo ser otra cosa que eso.

Según Aristóteles, la esencia del hombre “animal racional”, determina que se debe ser racional en la mejor sociedad posible para llegar a serlo.

Desde una concepción más cercana a la línea que encarna Deleuze, si hablamos de potencia, uno es lo que puede, o todo lo que puede en cada encuentro, uno es expresión y no cumplimiento “de”; se “es” experimentación. Con esto volvemos sobre lo que decíamos al principio, el ser “es” en la experimentación.

Más que llegar a ser algo, a lo sumo podemos pensar que esa potencia se aventura en sus bordes intensivos, cuantitativos, es decir, nos lleva a tocar el borde de lo que podemos ser.

Por lo tanto, si bien hablamos de “racional” y “social”, y de hecho tenemos que serlo de alguna manera, mas que confirmarlos como esencias, los podemos pensar como devenires.

Aquí se plantea un problema ético: ¿Cómo devenir racional y social? También aparece otra pregunta: ¿Quién dice lo que uno es?

En torno a esto, Deleuze recurre a un personaje conceptual: el del Sabio competente, aquél que dictamina qué se debe ser, que conoce las esencias y conoce la sociedad posible para su realización.

A esta altura podemos decir que el problema no es tanto de la Astrología, sino de quien la produce y la interpreta: el astrólogo. Si la carta natal es tomada como una esencia inmutable, el astrólogo será quién develará sus cualidades y sus formas verdaderas, colocándose en el lugar de la verdad.

Si el ser es lo oculto, el astrólogo será quién develará el misterio, y se colocará en un lugar de poder. ¡Qué lejos de la potencia y del dios inmanente de Spinoza! Y ¡qué cerca de la figura del sacerdote!, quien dada su cercanía con Dios Padre, con aquél que determinó las esencias, conoce mejor que nadie los signos que han sido enviados y que se enviarán.

No es casual que el sacerdote siempre se haya ubicado al lado del déspota. “Serás lo que debas ser” es una de sus sentencias, y lo que debes ser ya está escrito y “yo te lo diré”.

Si la carta natal es leída respetando al ser, sin cualificarlo, yendo más allá de él, o mejor dicho, más acá, ésta se convierte en un mapa de las posibilidades de su expresión. Más que el sacerdote encerrado en el imperio, es el pastor nómada que conoce las posibles líneas de experimentación, las que su dios-naturaleza le brinda en cada ser. Más que el dueño de la palabra del otro, es quién permite expresar con nuevas palabras, para  que el otro pueda hablar en nombre propio. Más que el juez que dictamina lo que se debe ser, porque hay algo que no se “es”, es el artista que encuentra en cada acontecimiento la inventiva para “ser” lo máximo de esa potencia que ya “es”.

Desde el punto de vista de la potencia no hay necesidad del Sabio competente, porque no es necesario que alguien diga de antemano quiénes somos. Al ser una potencia desprovista de cualidad y que “es” en la expresión, nadie puede saber por nosotros. A lo sumo podemos consenso, en cuanto a los modos más propicios para la expresión de la potencia.

Esta puede ser una buena imagen para pensar la función del astrólogo: más que preguntarnos acerca de lo que somos, nos podemos preguntar de qué somos capaces.

Retomando el problema de las esencias, otra característica de la esencia cualitativa es la de presentarse como finalidad. Eso que uno es, racional-social-Leo-Ascendente-sol, etc., es lo que debemos ser, y mientras no lo seamos del todo, se afirma una distancia que deriva irremediablemente en una captura valorativa. Al tener que saber cuánto vale uno o no con respecto a la lejanía o cercanía del cumplimiento de esa finalidad, se instala una moral, y en una moral se trata siempre de realizar la esencia. Eso implica que la esencia se halla en un estado en el que no está necesariamente realizada. La moral es el proceso de realización de la esencia humana.

Aquí aparece Hegel, y lo que un comentarista dice acerca de él y de su obra: “El Estado constituye una instancia superior a la familia y al individuo. Pero esto no significa que Hegel (según creen algunos intérpretes) sea un filósofo totalitario, es decir, que sostenga la total subordinación del individuo al Estado. Por el contrario, el verdadero Estado es el que armoniza lo universal con lo particular. En la medida en que el individuo obedece al Estado, obedece a la ley, a lo universal, a la razón; pero la razón no es nada distinto del individuo, sino lo que el individuo es en su fondo, lo que es en verdad... El Estado es la realización de la libertad y en él el individuo resulta determinado, no por algo ajeno a sí, sino por la racionalidad, que constituye su verdadero ser.”

Queda claro en qué agenciamiento hemos construido al hombre moderno y cómo seguimos atravesados por esta concepción. Hay un gran aparato de captura al que el astrólogo no ha sido ajeno, y como en toda captura existe una promesa, o bien, una doble promesa atenazante, surge otra pregunta: ¿Cuál es la promesa, que captura al astrólogo, que este agenciamiento propone y dispone?

Una ya la hemos visto, la del sabio; la otra, es cumplir la gran promesa, demostrar lo más fiel posible que llegamos a ser una buena copia, que podemos ser a imagen y semejanza. Ni más ni menos que ubicarse en el lugar de Dios Padre.

El astrólogo tradicional suele dictaminar a través de la carta astral cuál es la esencia, qué  se debe ser y qué no, a dónde se debe ir, en definitiva, se ubicará en un lugar del poder. La carta queda, entonces, reducida a un calco de “la” esencia; cuando podríamos pensarla como un mapa de los modos de expresión de la potencia. De esta última forma, no nos metemos con el ser, con la potencia, creer hacerlo sería una pretensión despótica. Si decimos “tú eres eso” estaríamos invadiendo tu ser, y esto es de una gran violencia. Sería el lugar de la Verdad, una verdad a imitar, a calcar e identificarse, donde el astrólogo se convierte en una especie de juez que nos desapropia de la posibilidad de devenir, de ser otro. Desde ya nos desapropia de nuestra palabra, él dice “quién soy”. Además, el astrólogo se ubica, finalmente, en el lugar de aquél que descubre un misterio, mis secretos. Esto es, otro de los dispositivos de poder.

Sin embargo, si leemos la carta como un mapa de los diversos modos de expresión, no invadiremos al ser; sólo indicaremos modos creativos de experimentación, vías de producción, y principalmente la posibilidad de diagramar los juegos de captura y el modo de fugar de ellos.

Tengamos presente que para este tipo de lectura se hace necesario un “cuerpo a cuerpo” en el que se tendrá que aventurar principalmente el astrólogo para poder producir un nuevo cuerpo.

Aquellos astrólogos alquimistas, astrónomos, médicos, artistas, que trataron de mantener la unión entre naturaleza y cosmos, fueron tomados por el poder,  sufriendo persecución por lo subversivo que era y es mantener las cosas unidas.

Actualmente, es posible que el dispositivo que el poder ejecuta para desapropiar a la astrología tenga dos vías: una trata de hacerla popular, de integrarla al sistema dándole cierto carácter oficial a costa de forzarla a entrar en cantidad de sobrecodificaciones que le expropian su espíritu de unión. La otra vía es incluir el acontecimiento hasta hacerlo predecible, y al querer intentarlo, justamente se lo desapropia de su carácter acontecimental. Cuando, por el contrario, al acontecimiento hay que dejarlo acontecer, y a lo sumo lo que se puede hacer es tratar de estar a su altura.

Si nos ubicamos del lado de las esencias inmutables, de lo que se trata es de estar a la altura de sí mismo, de esa cualidad. Si lo que hay es potencia, de lo que se trata es de estar a la altura de los acontecimientos,  como ya dijeron los estoicos hace mucho tiempo.

Nos hemos hecho preguntas acerca de la astrología y de la función del astrólogo, preguntas que no dejan de incomodar y de ubicarnos en un borde. Pero también descubrimos que el borde es el lugar de la pregunta y que el lugar de las respuestas definitivas es central y despótico. Tal vez se trate de recuperar la potencia de la pregunta como salud, para lo centrado y cerrado que puede llegar a ser la práctica astrológica.

A lo largo de la historia, la astrología ha corrido sus peligros, a tal punto que algunos vieron su vida jugada por el temor paranoico de los sistemas imperantes. Quienes arriesgaron su vida, pusieron en juego su ser, fueron al máximo de su potencia y mantuvieron el espíritu creador.

Sabemos que de diversos modos fueron neutralizados, desapropiados de lo que podían, por que el único que puede es el Poder.

Hoy, este desafío continúa con distintos nombres y métodos. En lugar de excluirla a la Astrología en una hoguera, se la incluye en una falsa popularidad y oficialidad que la termina banalizando, haciéndole perder su espíritu.

El astrólogo puede ser parte de este juego, fascinado por ocupar el lugar del sacerdote, tan cerca del poder; o puede habitar el lugar de la potencia, el borde que le permite fugar del juego y a la vez provocarlo para su mutación.

El borde es el lugar del encuentro con lo absolutamente otro, el lugar de la expresión, el lugar donde en definitiva todo sucede, como el lugar de la pregunta. Se pregunta cuando se alcanza el borde, y en su borde se vuelve a preguntar. Esta es la tarea del filósofo que no separó su vida de su ser, y del astrólogo que ha mantenido su integridad, el astrólogo filósofo artista que no han separado de su potencia.  

 

 

 

 

                                                                                                   Humberto Sabatini    

 

 

Bibliografía consultada:

Spinoza, Baruj, Ética, Barcelona, Hyspamérica ediciones, 1980.

Nietzsche, Friedrich, La Gaya Ciencia, México, Editores mexicanos unidos, 1994.

Deleuze, Gilles, Curso sobre Spinoza, en www.webdeleuze.com

Morey, Miguel, Los presocráticos, del mito al logos, Barcelona, Montesinos Editor, 1988.

Vernet, Juan, Astrología y astronomía en el Renacimiento, Barcelona, El Acantilado, 2000.

Agamben, Giorgio, Infancia e historia, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2001.

Carpio, Adolfo, Principios de filosofía, Buenos Aires, Glauco, 1981.

Sabatini, Humberto, Paisajes Astrológicos, Buenos Aires, Escorpio ediciones, 2002.

 

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