Por Miguel Ángel Espinosa Silva. Publicista

Lo que nadie quiere escribir sobre esteroides. Hasta qué punto vale la pena ganar al costo que sea.

Mis apuntes de suplementación deportiva definen a los esteroides como una familia de compuestos orgánicos caracterizados por una estructura básica conocida como ciclopentanoperhidrofenantreno. Sin embargo, y sin afán de subestimar a nadie, apostaría lo que fuera a que no existe un solo instructor de pesas en este país que pueda describir de pies a cabeza la composición de dicha estructura química.

Aquí es cuando la práctica, pesa más que la teoría. Lo que sí existe por otro lado, es el uso irracional y desmedido de los esteroides anabólicos dentro y fuera de los gimnasios, los cuales son vendidos por usuarios o instructores cuya preparación deportiva no reúne por desgracia los conocimientos más avanzados de la medicina, concretamente de la endocrinología y la farmacobiología.

Vender esteroides puede no ser precisamente un negocio para nadie. Sus principales consumidores son básicamente principiantes desorientados, amantes de los concursos, atletas de condición elevada, modelos de pasarela y chavos de chippendale.

En conjunto, representan una minoría apenas perceptible. Pero la venta, constituye una parte esencial de los servicios personalizados que ofrece un entrenador. Frascos, inyecciones, jeringas y alcohol son cosas que hay saber guardar con mucha discreción en los vestidores.

En una ocasión le pregunte abiertamente a un instructor: “Oye, ¿por qué le recetaste esteroides a ese muchacho?” Recuerdo que me contestó: “Bueno, es que tú sabes que los esteroides también se hicieron para curar a la gente.” “¿Y quién te dijo que el muchacho está enfermo? Y por cierto, ¿qué no sabes que antes de meterle chochos debes disminuir su porcentaje de grasa y preparar su cuerpo suministrándole prehormonales?” Me di la vuelta y seguí con mi rutina.

Cuando se ha tomado la decisión de consumirlos sabiendo los riesgos que ello puede implicar, lo más recomendable es evitar la compra de productos sin marca o de mercado libre o bien, de todo aquello que no se sepa de donde proviene o cómo fueron previamente adquiridos.

La industria de los esteroides anabólicos se ha sofisticado demasiado que en todo el mundo se pueden conseguir una mayor gama de presentaciones, aunque no todas sean efectivas. Así pues, al día de hoy uno puede adquirir desde un gel o crema para dilatar ciertas zonas musculares hasta esteroides en gotas.

Recientemente, un famoso noticiario nocturno mexicano puso al descubierto en cadena nacional, el modus operandi de algunos preparadores físicos que tras recetar ciclos de esteroides sin medida, evaden posteriormente toda responsabilidad que pudieran tener sobre el entrenando en términos de salud.

Aunque en el fondo hay mucho de amarillismo sobre el uso de estas sustancias, sí es cierto que su uso prolongado puede acarrear consecuencias irreversibles desde el momento en que se desafía a las leyes de la naturaleza.

Sin embargo, los esteroides anabólicos se han posicionado entre los atletas como sustancias auxiliares a las que cuales ya se les trata o llama con cariño: “ponte un deca”, “pícate un soste”, “échate un primo” o “métete unos winnis, una testo, un diana, bla bla bla...”. Esto, francamente me parece irresponsable e imbécil.

Usar esteroides no es cosa de juego para nadie. Uno no puede desarrollar su plan de vida considerando cómo tendrá las pantorrillas o los tríceps en cinco años. No se puede pretender ser superman si antes no se tiene conciencia de lo que es, en esencia, ser hombre, ser humano.

Por años he sido testigo de los golpes dramáticos que a nivel físico padecen aquellos que alguna vez se han inyectado algo. Lucir enormes brazos con una playera ajustada y remangada o unos jeans ajustados no es más que una ilusión óptica pasajera que tarde o temprano termina, a menos que se tenga el tiempo y dinero suficientes para seguir inyectándose.

Quien alguna vez ha escuchado antes algo del asunto, tiene idea de algunos efectos secundarios, los cuales pueden ser controlados y algunos hasta erradicados por completo.

Pero mucho más que eso, sólo cuando se prueban estas sustancias sin control ni medida, se tiene ya la experiencia de narrar lo desagradable que es tener la nuca llena de un matorral de vellos, las tetas abultadas por ginecomastia, los testículos sumidos, los barros en el ombligo o el bigote inocultable y la vagina seca y sin lubricar, en el caso de una mujer.

En el fisicoculturismo he aprendido que sólo existen dos clases de atletas: los que se inyectan esteroides y los hipócritas.

Ambos, viven bajo el acoso de la crítica constante y una vida dependiente del uso de estas sustancias, cuyo trasfondo revela en los usuarios un pasado disfuncional que no les permite resolver un problema de inseguridad y complejo personal. Repito: un pasado disfuncional que no les permite resolver un problema de inseguridad y complejo personal. De ahí que los que ingieren esteroides están más ocupados en atenderse a sí mismos que atender otras cosas.

Muchos mitos han surgido en torno al fisicoculturismo. La envidia ajena se resiste a creer que esta puede ser una apasionante disciplina llena más de satisfacciones que de calamidades. El uso de esteroides no hace a nadie más ni menos hombre, puesto que las preferencias sexuales nada tienen que ver con levantar fierros.

El asunto del pene grande o pequeño es más leyenda que comprobación. Aunque las erecciones pueden disminuir o no generarse con el uso de estas sustancias, casi siempre este efecto es reversible una vez que se suspenden los ciclos.

Sea lo que sea, quien decida usar esteroides anabólicos para entrenar y verse mejor, jamás va a decir que los usa, aunque su voluminosa figura lo indique. Obviamente, por una cuestión de discreción absoluta e imagen propia, lo cual me parece muy lógico. El asunto es que no existe ningún tipo de excusa para que una persona sana los use.

En el planeta existen más de 3 millones de usuarios de estas sustancias los cuales alimentan una industria que genera miles de millones de dólares por año. Recuerdo que en una ocasión leí en el Boletín Nautillus de Arthur Jones sobre un campeón de fisicoculturismo, que tras haber ocupado la primera posición en un evento en Londres le preguntaron cuál de todas las marcas que existen de proteína de suero de leche de alta calidad consumía, a lo cual respondió: “-¿Proteína? Con Dianabol,¿quién necesita proteína?”

El desmedido abuso de los esteroides entre los atletas me parece criminal, comparable a drogar a un caballo de carreras para incrementar su capacidad.

Por ningún motivo estoy en contra del uso de esteroides anabólicos. Un ciclo de ocho semanas bien administrado por un profesional de la materia a nadie le hace mal y considero que los resultados visibles pondrán contento a cualquier persona delgada.

Sin embargo, pienso que en el fondo lo que más debe importar en el cuerpo humano es rendirle culto a los músculos de la cabeza, pues la estatura intelectual y moral se mide de ahí para arriba.

De nada sirve ver a una mujer escultural o un varón de atlética figura si al momento de articular palabra no tienen nada de qué hablar.

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