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Memorias… De un rompecabezas roto. CSI00 Sidle
Dedicado con muxos r3 anexos a Roser Santísimo en sus muxos (pero muxos) años de vida!!!
Instrucciones de uso.
-Amor, estás seguro que es lo único que podemos hacer? – le preguntó una joven a su novio quien se alistaba para salir a la madrugada. -No quiero que tú y el bebé mueran de hambre. Y como no tengo recomendaciones, no consigo un trabajo decente. -Y por eso tienes que recurrir a esto? – le dijo la chica sosteniéndolo del brazo – Por mí y el bebé no te preocupes, le diré a mamá que nos tenga en casa. El muchacho se sacudió violentamente, al escuchar eso último – No, que te quede claro, no irás con tu madre, no los voy a perder – luego, tomando aire, prosiguió un poco más calmado – Además, te juro que sólo será esta vez, y con lo que obtengamos, nos iremos de esta pocilga y viviremos honestamente. La chica asintió con su cabeza abajo. Luego, le tomó su mano y le dijo – prométeme que no le harás daño a nadie. Él la besó y la abrazó con fuerza – No lo haré, linda. De este modo salió. Llevaba un arma, pero sólo la usaría para intimidar al cajero. Además, no habría mucha gente a esas horas de la noche en ese supermercado lejos de los adorados casinos. El chico pensó incluso, dar el golpe y pasarse por uno de ellos para probar suerte. “Quizá gane algo más” pensó y se echó a andar por la avenida Sahara.
-Se puede saber qué rayos te sucede? – le dijo Catherine cerrándole la puerta de su casillero de un golpe seco – Esta vez tu comportamiento sobrepasó cualquier límite. Estoy harta de que sigas actuando como se te venga en gana sin que nadie haga nada para reprimirlo. Y eso te molesta, o me equivoco – respondió Sara encarándola con en el suficiente tono de voz para llamar la atención. Catherine resopló al ver los alcances de aquella mujer que tenía enfrente retándola como si no estuviese en ninguna desventaja – Si, me molesta que personas como tú se tomen por su cuenta asuntos que se tienen que resolver en un equipo. -Creo que lo que te molesta es mucho más personal. Te incomoda que él no haya hecho nada para ponerse de tu lado. -Cuida mucho lo que estás diciendo, Sara – dijo Catherine levantando su mano en señal de advertencia. -Digo, lo que veo, no más, no menos – replicó Sara – Y en estos momentos, estoy viendo a una mujer que usa su rango de la manera más baja. -Escúchame insolente – dijo Catherine con mucha más rabia – No estoy aquí para que me sigas faltando al respeto. Estoy aquí para intentar entender, cómo alguien como tú ha llegado tan lejos. Aquellas palabras dieron un vuelco en la mente de Sara quien perdió de inmediato sus límites – Te aseguro que no de la forma como tú has llegado a donde estás – le dijo forcejeando con la puerta que había quedado trabada luego del golpe que le propinó la rubia criminalista. -Sara, eres despreciable, no sé como Grissom te tolera – dijo permaneciendo en su sitio luego de la ofensa recibida. -Él es la única razón por la que no me dejas en paz, no es cierto. Te enferma que él haya despreciado tus “virtudes” de cabaretera barata -Suficiente! – le gritó Catherine propinándole una bofetada – Hasta aquí llega tu insolencia. Sara se llevó una mano al rostro para limitar el escozor provocado por el golpe y con la otra empujó a Catherine contra los casilleros usando su talla. – No! – le dijo enfáticamente mientras la sostenía contra los casilleros – No ha terminado, no porque ni siquiera ha empezado. Y tú estás en esta situación sólo por el hecho de meterte en mi vida, algo que la gente de tu clase no puede. Catherine se removió con la suficiente pericia para liberarse y volvieron a quedar en igualdad de condiciones – Mira, rechazada – le dijo usando la misma táctica de ofensa que su rival. – Tu estúpida vida me tiene sin cuidado, eres una solitaria que se mortifica viendo como los otros pueden ser felices excepto tú. Y crees que con eso llamas la atención. Simplemente, eres patética. -Puedo serlo, ante miradas como la tuya, pero sabes una cosa, al menos yo no tuve que renunciar a mi pasado para ser una dama. -No, tú no has renunciado a nada. Eso se nota, en especial cuando llegas escondiendo infructuosamente el olor a alcohol que destilas de tus poros. Los gritos se habían hecho demasiado evidentes en los pasillos, que empezaban a caminar como orientados por un morbo proveniente de los casilleros. Mucha gente iba en esa dirección, aunque el más interesado, se abrió camino justo para llegar y detener lo que estaba sucediendo. -Basta! – gritó y con su brazo sujetó la mano de Sara que se había enroscado con la suficiente fuerza de una constrictora sobre el cuello de Catherine – Me pueden explicar qué demonios está sucediendo aquí? Sara se hizo a un lado y se disponía a marcharse cuando Grissom la retuvo asiéndola de su brazo – De aquí no te mueves – le dijo y levantando la mirada para localizar a Catherine que recobraba el aliento – Ninguna de las dos. Entendido? Catherine consiguió hablar con voz ronca – Pregúntale a tu maniática subordinada. -Eso, pórtate como la víctima de siempre – replicó Sara. -Se callan, ambas – dijo Grissom como un general austero impartiendo sus órdenes. Luego, tomó a Sara por los dos brazos para que le viera de frente. -Lo que yo vi, Sara, te deja en una muy mala posición. Podrías explicarme qué te llevó a agredir a Catherine? Sara movió su cabeza de un lado al otro, vio que Grissom estaba parcializado, y no precisamente de su lado. – No lo puedo creer, Grissom, tú que siempre dices que hay que ver el rompecabezas completo, me juzgas por la última pieza? -Trato de armar mi propia versión, Sara, eso es todo. – respondió Grissom. -Bien – dijo ella lanzándole una sonrisa sarcástica y se liberó de sus brazos – Ordena lo que quieras bajo tu conveniencia. -Tendré que suspenderte por esto – le dijo él con tono calmado. -Entonces, no veo la razón por la cual seguimos aquí – respondió Sara dando media vuelta y caminando hacia la salida. -Sara! – gritó Grissom, pero Catherine lo tomó del brazo – No alientes su comportamiento – le dijo – Quizá de ese modo no se salga de control cada vez que sus hormonas estén a flor de piel. Aquellas palabras hicieron que él se detuviera y dejara que se fuera.
Había rondado el minisupermercado, era ya la quinta vez que pasaba por la cuadra. El frío del invierno se estaba colando por dentro de su chaqueta y hacía que sus dientes castañearan con cada paso. Debía hacerlo. Era lo único que tenía claro. Una patrulla pasó lentamente por el vecindario. Estaría haciendo una inspección de rutina. Mark, el joven padre, giró su cabeza con sigilo para evitar que lo vieran. Y lo consiguió, puesto que los dos oficiales, en su confortable auto, pasaron sin tenerlo en cuenta. Sin lugar a dudas, esa era la mejor señal de continuar. Pasó la calle y se escoltó en un auto negro que estaba aparcado en la salida. Había un cliente. El chico esperó por algunos minutos, hasta que su ansiedad terminó por convencerlo que, con o sin cliente, daría el golpe. Se enfundó un pasamontañas sobre el rostro y alistó el arma. Luego, entró.
-Quieto todo el mundo! – habían sido las palabras que escuchó Sara dentro del supermercado. Las mismas que provocaron que sacara su arma y caminara despacio hacia la caja. Lo intentó sorprender, pero la sorprendida fue ella. Justo en el cuello. Por un proyectil que salió de golpe. Sólo sintió un fuerte fogonazo que la atravesaba. Luego, silencio. Sólo eso.
La sangre de Sara quedó esparcida por el mostrador y algunas cajas de cereal que yacían junto a su cuerpo. Sin vida y con su arma empuñada. No tuvo tiempo para reaccionar, ni siquiera para decir adiós.
Perspectivas
El hecho acontecido en el supermercado de la avenida Sahara en la madrugada del día anterior, había dejado sin aliento al laboratorio de criminalística. Incluso, Ecklie había demostrado un lado humano al permitirles a todos, asistir a darle un último adiós al cuerpo de la que en vida fuera su compañera.
Greg había llorado desconsoladamente con la noticia, y había pedido el caso para sí. Y aunque llevaba tres madrugadas sin proporcionarse un descanso. Fue el primero en estar de rodillas al lado del féretro. En donde le había jurado que encontraría a quien le hizo eso.
Para Catherine, fue como un baldazo de agua helada que le esparcieron sin previo aviso. Aún temblaba al recordar las cosas que se habían dicho ambas. Y se reprochaba el hecho de impedirle a Grissom que fuera tras ella. -Si no hubieses estado tan ofuscada – murmuraba para sí en el salón funerario. Se fue caminando despacio hasta ver el cajón y cerró sus ojos para no imaginar el rostro de ella. Y mentalmente, le dijo – Quizá si, tenías razón, muy pocos podían entrar en tu vida. Pero muchos vamos a formar parte de tu muerte.
Brass había llamado a declarar al cajero. Por cuarta vez. Sin obtener nada diferente. Sólo la misma historia. En la que al final, el cuerpo de Sara se desplomaba en cámara lenta sobre el pasillo, mientras que la borrosa figura del asaltante desaparecía de la vista. Al principio, el hombre, con voz fingida lo había amenazado a él. Y lo obligó a guardar silencio para localizar al cliente. Hasta que la vio, moviéndose entre las secciones para no revelarse. Había sido entonces cuando el cajero accionó la alarma.
Mark había llegado sin el botín prometido y con un excesivo silencio. Se metió en el cuarto de baño y con la regadera abierta lloró hasta que sus propias lágrimas lavaron algunas gotitas de sangre que habían alcanzado a tocarlo. Gina lo había visto entrar tembloroso. Y había escuchado cuando puso el cerrojo de la puerta de baño. También lo oyó llorando. Sonrió porque, aquellas lágrimas sólo significaban que se había arrepentido. Aunque en sus adentros, sabía que algo andaba mal.
Grissom había dejado que Greg se encargara del caso. El chico estaba muy dolido y había querido bien a Sara. De seguro que haría bien su trabajo encontrando al culpable. Sin embargo, esa misma noche, él había asistido a la escena. Intentando construir su propia versión. Esa, que, de haberla hecho a tiempo, no habría tenido aquella imagen que podía contemplar. Se había ido hacia atrás, motivado por retomar los últimos momentos en la vida de Sara. Llevado quizá por un sentimiento que lo hacía ver irremediablemente culpable. Aunque ella había contribuido mucho. Quizá demasiado para que las cosas terminaran ahí. Aún así, no era justo, menos para ella.
Tan sólo el laboratorio de criminalística de Las Vegas y unos cuantos detectives que la conocían y apreciaban asistió a su despedida. No fue como ella la habría deseado. Su cuerpo no fue transformado en cenizas. Y el viento no se la llevaría lejos. No había podido dejar sus cosas en orden. Ni tampoco había dejado aquella mirada triste que llevaba consigo. Aún le faltaba mucho, pero el tiempo le negó la oportunidad de redimirlo. Y mientras su cuerpo descendía inerme para ser sepultado. Su alma observaba con impotencia. Hoy era un féretro, mañana, un caso, en una semana, un recuerdo. Y luego… un número quizá?
Álbum de fotografías
“Amor, lo siento, vuelve con tu madre…” eso era lo único que decía la nota. Mark se había ido, la había dejado, abandonando con eso, todos los planes que tenían. Gina estaba quieta, contemplando una y otra vez aquella única línea que reposaba en un trozo de papel. Simplemente, no podía creer que algo así sucediera. Aunque de todas maneras, lo pudo adivinar desde aquella noche en la que lo había escuchado llorando en la ducha. Era el final. Con unas cuantas lágrimas en los ojos, repasó por última vez, su hogar. Aquel juego que no había durado demasiado. Con su bebé en brazos, apagó la luz y dejó aquel recuerdo en la penumbra.
Catherine estaba echándole una mano a Greg al ver al joven criminalista a punto de sufrir un colapso, no sólo por el cansancio, sino, por la impresión que había experimentado desde que supo la noticia. Más aún, cuando vio el cuerpo. Las evidencias habían sido traídas de la escena más cercana. Casi todas ellas tenían gotas de la sangre de Sara; otras, estaban tan borrosas que no daban fe. Como las palabras del cajero que temblaba al recordar, la forma como había sentido la sangre tibia salpicándole su rostro. Se había echado de rodillas al piso clamando por su vida. Sin importar que había alguien que en realidad necesitaba más que una plegaria. El calibre del arma, una 45, hacía que la búsqueda sea un tanto engorrosa. Pero aún así, se había comprometido a conseguir un resultado. En el proyectil que se tomó la molestia de atravesar el delgado cuello de Sara, había terminado su viaje en una caja de cereal. Y no había llegado solo. Tenía una huella, que, para Catherine, fue como el premio del día.
Una vez le había dicho Grissom que no se puede contextualizar sin tener al menos un amplio punto de vista. Y eso era lo que lo mantenía en pie a pesar de sus escasas fuerzas. Había llevado el auto de Sara al laboratorio intentando ampliar su panorama. Aunque en realidad, lo que no deseaba era toparse de nuevo con sangre. Al menos, Catherine tenía la mente más clara y le apoyaría con eso. Luego de una inspección interna minuciosa que le llevó a concluir que, luego de su paso por el supermercado, quizá iría a cargar gasolina. Mientras escuchaba el compacto que él le acaba de regalar que yacía en el reproductor. Un gran nudo se hizo en la garganta de Greg, quien cerró con fuerza el auto y fue a apoyar sus manos cerca de la farola trasera. Descubriendo algo, que quizá ella misma quiso que viera. Un trozo de mano replicado perfectamente en el cromado del auto parecía saludarlo, y de paso, devolverle la sonrisa.
Usando la borrosa imagen proporcionada por la cámara de seguridad, Archie intentó aclararla. La magia era su fuerte, y esta ocasión no fue una excepción. Ahí estaba, un hombre alto y delgado con una curiosa pulsera. Que se pondría de moda si alguien la reconociera en los noticieros.
Para Mark, lo más difícil había sido esperar a que ambos se quedaran profundamente dormidos. Ya no los vería más. Si hubiese dejado que Gina se fuera con su madre, quizá los vería en cuanto consiguiera un empleo. Pero ahora, sólo le quedaba un vano recordatorio de su felicidad. Un pequeño chupón que colgaba de su muñeca derecha. Aunque también se había teñido de rojo, no ardería como el resto de aquella pesadilla, porque era lo único que le quedaba. Eso lo tenía muy en claro.
En medio de la oscuridad, Grissom accionó la llave adecuada y la puerta se abrió. Un aroma fresco se esparció sobre su rostro. Encendió las luces y penetró. En sus manos llevaba, lo que sin duda hubiese sido la compra de Sara. Las seis botellas de cerveza, habían sido colocadas en el piso, muy despacio, y ella había caminado empuñando su arma. Como siempre lo hacía. Un instante lo llevó a una retrospectiva de lo que ella sintió justo al verse abatida. “le temería a la muerte?”. “Estaría tan abatida para pensar en eso?”. Con los ojos aún cerrados escuchó un sonido que se filtraba demasiado lejos de los límites de lo que había cruzado antes. Sus pies temblaron antes de proseguir, pero, aquel sonido, era como una invitación. Quizá ella estaría ahí. Y él despertaría justo antes de que todo pasara.
Su adorada planta. Era lo único que podía ver desde donde estaba. No podía tocarla y hablarle, de ella, de él, de lo cada hoja representaba en su vida. Ya no podía, sólo la observaba, suspendida en el techo como una mota de polvo. No tenía idea del porque podía viajar con sólo pensar en su movimiento. Y aunque eso podría parecer maravilloso, era en realidad una tortura. Ella podía ver, pero no sentir. Podía estar, pero no intervenir. Era como una fotografía que alguien descolgaría muy pronto de la pared.
Vista preeliminar
Catherine estrelló su rostro contra la pantalla. De nada le servía una huella parcial, si su registro no coincidía con nada. El AFIS no tenía ningún registro que coincidiese con aquel hallazgo. Y buscarlo entre los ciudadanos del condado le llevaría un tiempo demasiado prolongado. Y no podría hacerlo. Y que decir si no se trataba del condado, sino, del estado, o del país. Eso era sin duda, un callejón sin salida. Sin embargo, tenía algo más con lo que podía combinar sus hallazgos. No se hace una buena búsqueda si no se colocan los parámetros adecuados. Y eso fue lo que hizo, buscó en el estado, y luego en el país. Ya no a todos los buenos ciudadanos que podrían estar dormidos a la hora que un mal nacido le había atravesado el cuello de un disparo a una de sus compañeras. No, esta vez, buscaría entre el selecto grupo de ciudadanos, alguien que tuviese permiso para portar una calibre 45. Lo único malo, es que no todos son buenos ciudadanos y se registran ante el estado. Ese era el riesgo que debía correr.
Los hallazgos de Greg hubiesen seguido la misma ruta que los de Catherine de no ser por una marca en particular. La genética era traicionera y podía ser de gran utilidad, en especial, si las huellas que tenía Greg en su mano mostraban un meñique bifurcado. Falla en el cromosoma 8, quizá, su madre era una consumidora de crack, quizá si tenía hijos varones, les transmitiría aquella herencia. Al fin y al cabo, en Las Vegas, todo se limitaba a un quizá, como los dados, o las cartas.
Estaba cambiando al pequeño Ron, mientras veía la televisión. Su madre era una buena mujer y no le había hecho ningún reproche al verla aparecer con su hijo entre sus brazos. Y ahora, su vida era diferente. Aunque hubiese dado todo para regresar a donde en realidad quería. Hacía dos noches, con él. El televisor retransmitía las noticias de la mañana y la reportera anunciaba con voz austera que aún no se sabía nada del brutal asesinato de una de las criminalistas del turno de la noche de Las Vegas. La descripción detallada iba acompañada de la obra de arte de Archie, en la que se resaltaba la presencia de un minúsculo chupón que colgaba de la muñeca del asesino. El corazón de Gina pareció detenerse de repente. No podían ser tantas coincidencias.
Para Mark todo era como un mal sueño, que lo había despertado del hogar detrás de un contenedor de basura que se hizo luego de salir de su casa. En realidad había sucedido, y el mal que le negaba tener un trabajo, ahora se había llevado una vida. Tenía 17 años, un bebé de 4 meses, una mujer a la que amaba, y una mujer que a la que había asesinado. Que fea era esa palabra. Y más aún si tu ropa estaba llena de la sangre de aquella infortunada. La misma que había salido volando cuando aquel ensordecedor sonido escapó de su arma. Cómo le explicaría a Gina, cómo a Ron, cómo les diría que sus dedos habían temblado en el momento menos oportuno y que la maldita arma tenía desajustado el seguro. Cómo pediría perdón por su alma cuando salió corriendo, del supermercado, de su casa, de su propia vida. Mark pudo bien haber existido en la miseria, y anhelado lo que todo el mundo. Pero jamás del modo en el que se habían dado las cosas. Incluso, no tenía nada. Aquella mujer y su maligna arma, se habían interpuesto en todo lo que era sagrado. Y lo disiparon como el humo que salió luego de la detonación. Para dejarlo, solo, vacío, y con un sentimiento de inexistencia.
Inmóvil, sin dar un paso más. Así es como se había quedado Grissom luego de penetrar en aquel recinto sagrado. La habitación de Sara era sencilla, pero acogedora, como su sonrisa. Estaba llena de ella. Y ahora se quedaría sola, como ella. El sonido que lo había invitado, había cesado, se trataba del despertador que yacía junto a su mesita de noche. Había una pila de libros sobre la mesa y uno, reposando sobre la cama. Esperándola. Dio unos pasos hacia delante para poder verlo mejor. Era un libro de entomología. Ella no sabía mucho de eso, eran sus dominios. Y se sorprendió al ver que Sara estaba intentando aprender sobre su ciencia. Lo sostuvo entre sus manos y vio una dedicatoria garabateada en la primera hoja. Ni siquiera recordaba el momento, y de no ser por la fecha adjunta, ni siquiera el motivo. En realidad, había muchas cosas que no guardaba en su mente. Y esa, al parecer, era una de ellas.
Ahora observaba una mariposa deslizándose sobre la brisa. Parecía abatida por las ráfagas, aún así, no desistía en su intento de llegar a un rosal. Sara sabía de antemano que moriría en el afán, y no quiso verlo. Aunque tampoco deseo ver quien yacía sobre su cama. Porque eso no era más que su eterna condena. Fue cuando quiso moverse infructuosamente, que sintió algo tibio recorriendo su espectral figura. Era una caricia, hecha de lágrimas, del llanto de quien tanto había amado. Su alma empezaba a ser libre. Ya podía suspirar, aunque no fuese aire lo que saliera de su ser.
Campos obligatorios
A veces, la suerte puede jugarte por partida doble, era eso lo que concluyeron Greg y Catherine, que, uniendo su talento, habían encontrado a un usuario, un buen ciudadano registrado que tenía una calibre 45 y una malformación en su mano derecha. Congénita. Había trabajado 10 de sus 45 años como un guarda de seguridad de una fábrica de textiles, hasta que un grupo de asaltantes, lo tomó por sorpresa y le dejó una parálisis total como recuerdo. Su mujer lo había abandonado con su hijo de un año. –Mark – ese era el nombre que le habían puesto al pequeño que ahora tendría unos 17 años. Catherine se quedó en silencio al escuchar la historia. Greg, le había pedido algunas fotos de su juventud que el señor Norris no se negó en proporcionar. – Miren – les dijo con sus ojos hundidos en ellos – No lo he visto desde que era una criatura, pero créanme, es un buen chico. -Eso esperamos – dijo Catherine y los dos salieron del lugar.
Gina había salido corriendo de la casa de su madre argumentando una mentira. Le dejó a Ron con ella y se echó a andar en búsqueda de Mark. No podía creer en lo que sus ojos habían visto. En verdad lo conocía y no le cabía en la cabeza que un hombre tan tierno como él, haya sido capaz de hacer semejante cosa. Pero debía encararlo. Debía mirarlo a los ojos y si él le decía que era inocente, ella le creería. Y se irían lejos, sin importar lo que tuviesen que afrontar después. Volvió a su abandonado hogar con la esperanza de encontrarlo. Pero no fue así. En su lugar, sólo encontró unos trozos de chaqueta chamuscados que habían salido de un bote que estaba cerca. Su ropa, la que había usado aquella noche. Una a una, habían ardido hasta consumirse. En realidad, eso no era más que una confirmación.
Mark se la había pasado huyendo, de todos, pero en especial, de sí mismo, y de los recuerdos. No podía borrar lo sucedido y hacer como si nada. Sus manos seguían sucias y temblorosas. Al igual que su mente, que le repetía paso a paso lo que debía hacer. Todo resumido en una sola frase: acaba con todo esto, quítate la vida.
Miles y miles de imágenes habían llegado de la nada para armar una historia. Plagada de reminiscencias. El sólo hecho de levantar aquel libro le abrió la puerta a un mundo que no le era del todo ajeno. Era el mundo de Sara desde sus ojos. Y pudo verla sentada devorando libros en una banca hacía ya mucho tiempo. Y la vio de nuevo a su lado brindándole una sonrisa, cubriéndolo con una manta… sintió su perfume al evocar su respiración acelerada cuando él sólo trataba de encajar las piezas. Y se la encontró nerviosa con un obsequio tras su espalda parada en la puerta de su casa. Y se echó a llorar como un niño pequeño esperando a ser consolado.
Su alma poco a poco era un halo brillante de luz. Dejaba de ser un espectro inmóvil para transformarse en una esencia. Sin embargo, no quería irse. Y tampoco podía. Ahora, lo veía todo, lo sentía todo, y finalmente, lo comprendía todo. Él no iba a amarla, no en vida, tampoco en muerte. Pero al menos podía entenderla. Y eso era suficiente para ella.
Parámetros de búsqueda
La fotografía era mucho más verás que cualquier otro tipo de sistemas de identificación. Y no se tardaron demasiado en aparecer los primeros informantes. Se trataba de Mark Bailey, un joven rehabilitado, que, estuvo viviendo en la comunidad de una iglesia cristiana que lo acogió por 5 años. Luego, se había ido, a probar, suerte. Hacía menos de un año, al comprobar que una de las chicas voluntarias, su novia, Gina Taylor tendría un hijo suyo. La madre de Gina había contado que el chico había abandonado a Gina y por eso ella regresó a su casa. Sin embargo, se esfumó tan pronto vio las noticias. -Lo está encubriendo – dijo Greg – Será una cómplice de la muerte de Sara. -Quizá no – dijo enfáticamente Catherine – Ella ahora tiene un hijo. Y en realidad, Catherine tenía razón. Y Gina no se tardó en aparecer. Con suficientes evidencias. Ahora Mark era un fugitivo de la justicia que no tardaría en ser encontrado.
El lugar lo recordaba como si hubiese sido ayer. Ahí estaba, su gente, su pasado, su presente, y lo que le quedara de futuro. Mark caminó por el callejón y encontró lo que estaba buscando. Uno de los hombres que estaban ahí, se pagó con la pulsera y le dio “crédito” hasta la mañana siguiente para que pagara el resto. Mark le devolvió una cansina sonrisa y se introdujo en la oscuridad. Como en los viejos tiempos. Con la jeringa en una mano, caminó dándose tumbos hasta llegar al fondo del callejón. Y se ató con fuerza. Y usó su dedo asesino para cerciorarse que la aguja penetrara donde debía.
Gina recordaba todo sobre la rehabilitación de Mark, y si había huido luego de cometer aquel crimen, estaría en el lugar de siempre. Y no se equivocó. Los paramédicos llegaron a tiempo para salvarle su vida. Luego habría tiempo para que pagara por sus errores.
Catherine y Greg estaban satisfechos por lo que hicieron, aunque en realidad, eso no les había devuelto la paz. Ahora tenían tras las rejas a un chico que pasaría más de la mitad de su vida a la sombra. Mientras su hijo crecía sabiendo lo que había hecho su padre. Eso no traería a Sara de vuelta a la vida. Y tuvieron que aprenderlo a través de las lágrimas de Gina que miraba quieta como se llevaban a su amado Mark. Quizá, para él, la historia se había detenido, pero para ella, quizá habría un nuevo comienzo. Como para ellos. Catherine le dio una palmada en la espalda a Greg para felicitarlo por el gran trabajo que había hecho. Él le devolvió la atención con un abrazo y los dos se fueron a un merecido descanso.
Grissom se había quedado dormido, ahí en las mantas de Sara. Arropado por un viejo cobertor de invierno, sosteniendo en su pecho un libro de entomología que despertó sus recuerdos. Que le ayudó a reparar su rompecabezas. Al despertar, sentía una terrible migraña, pero, eso no fue un impedimento para que pudiera contemplar lo que sus ojos le mostraban. Veía el mundo como ella. Y los primeros rayos de la mañana la hacían sentirse animada. Al igual que una planta que ocupaba un sitial de honor junto a la ventana. La misma que él le había obsequiado para evitar que se marchara. Para ese entonces, un acto de cortesía. En esos momentos, un preciado tesoro. El recuerdo vivo de su sonrisa. Se puso en pie y la tomó entre sus dedos. Se la llevaría consigo, la cuidaría como si fuese única, como ella. Y leería cada día antes de cerrar sus ojos, un parlamento de un texto demasiado simplificado de entomología para su gusto. Pero demasiado importante, para su vida. Luego, inspeccionó por última vez su habitación y dio media vuelta.
Su alma era libre, podía acercarse a él, podía sentirlo. También podía llorar. Pero no de tristeza. Sino de felicidad. Vio como su cuerpo salía de una lápida fría y se llenaba de brasas que la transformaban en viento fino. Y pudo volar. Revoloteó entre sus dedos como una mariposa. Se posó en su frente, en su pecho, rozó sus labios y se mezcló con el cielo. Se marchó con una sonrisa.
Epílogo
Sara movió su cabeza de un lado al otro, vio que Grissom estaba parcializado, y no precisamente de su lado. – No lo puedo creer, Grissom, tú que siempre dices que hay que ver el rompecabezas completo, me juzgas por la última pieza? -Trato de armar mi propia versión, Sara, eso es todo. – respondió Grissom. -Bien – dijo ella lanzándole una sonrisa sarcástica y se liberó de sus brazos – Ordena lo que quieras bajo tu conveniencia. -Tendré que suspenderte por esto – le dijo él con tono calmado. -Entonces, no veo la razón por la cual seguimos aquí – respondió Sara dando media vuelta y caminando hacia la salida. -Sara! – gritó Grissom y fue tras ella. La encontró camino al estacionamiento y le detuvo el paso – No quiero que estés así, te lastimas. -Y eso te importa? – replicó ella con rabia. Grissom sacó de su bolsillo un obsequio que ella le había dado hace tiempo y se lo puso en su mano. Apretándola con fuerza. Luego, mirándola a los ojos le dijo – No sabes cuanto. Ella sintió el pequeño escarabajo que tenía entre sus dedos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Grissom tembló antes de poner su mano sobre el hombro de ella. Y su corazón casi se detiene al verla replegarse hacia su torso y aferrarse a él. -Sara, no puedo darte, lo que deseas – le dijo sujetándola con fuerza a su pecho. -Créeme, ya lo hiciste – le dijo ella esbozándole una sonrisa. Luego, empezó a elevarse hasta desaparecer de la vista de unos ojos azules que la contemplaban como si fuese la maravilla más hermosa que hubiesen visto en toda su existencia.
FIN
CSI00 Sidle 04/17/05
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