Unos buscan los medios para hacer algo, otros la excusa para no hacer nada

Edici�n digital


N�m 34, II �poca  - Septiembre 2001
Edita FE  -   


El precio de la solidaridad

FE 27 avance

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Editorial FE

Editorial FE 26

Con pluma ajena Corrupci�n Antonio Mart�n Beaumont

Gandhi contra ETA
Manuel Parra

Del palo a Rusia al palo a Falange
Francisco Otazu

Corrupci�n en Barcelona
Redacci�n Catalu�a

Mujer y religi�n

Companys
Jos� M� G. de Tu��n

Tras los salvajes atentados terroristas del 11 de septiembre los espa�oles hemos conocido el terrible precio que hay que pagar para obtener la solidaridad internacional. Parece que el resorte que levanta el apoyo internacional para combatir el terrorismo, y que se nos ha negado a los espa�oles desde hace tantos a�os, radicaba en una cuesti�n de naturaleza matem�tico-geogr�fica: la solidaridad surge si el atentado origina miles de muertos y se efect�a en determinados lugares. Si los asesinatos se producen en atentados m�s o menos individualizados, en un chorreo incesante de muertos por todos los rincones de un pa�s llamado Espa�a, este terrorismo se interpreta como un problema dom�stico y los terroristas son considerados como simples miembros de un movimiento liberador. Los pa�ses de la Uni�n Europea, con una rapidez procedimental desconocida, aprueban leyes y medidas generosas que permiten la persecuci�n sin traba no s�lo de los terroristas sino tambi�n de quienes les apoyan. �Acaso los muertos duelen m�s cuando se producen lejos, en casa de los poderosos o en sus altos edificios? No obstante, confiemos en que el Gobierno de los Estados Unidos no cometa el error de imponer su �justicia infinita� sobre esas multitudes de rostro fam�lico, ancianos, mujeres y ni�os, que aparecen en las portadas de los peri�dicos de estos d�as encarnando la cara de un odio que otros les inocularon aprovechando su ignorancia y miseria. Una acci�n b�lica indiscriminada sobre �stos, aparte de constituir una terrible injusticia, significar�a un paso definitivo hacia un conflicto de dimensiones inimaginables, sin campo de batalla definido y donde un ej�rcito de combatientes �invisibles� actuar�a desde el temible convencimiento de que las mismas acciones suicidas con que provocar�an nuestros infiernos serv�an para abrirles las puertas de sus para�sos.

 

Miguel �ngel Loma

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