Y seré de tu amor al fin yo dueño
cuando sangre en mi rostro se refleje.
Y podré ser feliz con tu cariño
aunque sea la lucha cruel y agreste.

Ni a morir ni al dolor le tengo miedo
que más miedo produce en mí perderte.
Si cayera en la lucha, ¡qué más diera?
Si venciera... ¡qué gloria el poseerte!

¡Qué dichoso tormento se produce
en mi pecho, dispuesto ya a la muerte!
¡Qué dicha de pensar que serás mía
cuando sangre en mi rostro se refleje..!

 

 

 

 

 

 

 

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