Se murió mi vecino

Ayer me contaron que se había muerto el que fuera mi vecino desde hacía la infinidad de años. Me lo dijo una de sus hermanas, a la que apenas reconocí en el primer instante. A la otra, más mayor que ésta, no la había conocido al entrar en el portal de la finca.

El caso es que vi a dos hombres bajando un electrodoméstico, una lavadora me pareció, por las escaleras del rellano y, a pesar de venir cargado como venía, a punto estuve de echarles una mano. Luego salió la mujer, creo que es de mi edad aproximadamente, y me saludó. Al pronto, me quedé un poco extrañado, con la cabeza en el limbo, pero al cabo vine en reconocerla.

- ¡Cuánto tiempo sin veros! -. Exclamé. - ¿Cómo vosotras por aquí? Porque ésa - señalé a la que estaba sujetando la puerta mientras los dos individuos sacaban la lavadora - es tu hermana. Ni la había conocido.

- Bueno, ya sabes lo de mi hermano...

- Ni idea... ¿Qué ha pasado?

Y así me relataron que había fallecido hacía poco más de un mes, de no sé qué enfermedad del páncreas.

La verdad es que yo con ese muchacho, (le denomino muchacho porque le conocí siendo yo crío, pero la verdad es que ya debía rozar los sesenta años), nunca había mantenido una amistad ni grande ni pequeña. Me había sido totalmente indiferente. Empezando porque era un tanto raro, se comentaba que perdía más aceite que un coche con carter reventado, siempre se había mantenido al margen de la amistad más bien pequeña que me había unido a sus hermanas. Ellas eran enfermeras, (o auxiliar una y enfermera la otra, nunca lo supe bien ni me interesa ponerme al tanto), y sí habíamos tenido trato. Con la pequeña, al ser de mi edad, por los bailes que organizaba en el cuchitril donde vivían, en el sótano de mi casa, había tenido más contacto, en el más casto sentido de la palabra aunque no todos mis amigos de aquella época pudieran afirmar lo mismo. Se conoce que, la chiquilla, en su afán de buscar un novio de una clase dijéramos pudiente, en la cual se podían encuadrar la mayor parte de mis compañeros, animada por su madre, viuda al parecer de un guardia civil, lanzaba el anzuelo con tal ansia de pescar pretendiente que se le notaba demasiado y, normalmente, todos pasaban el rato con ella y luego partían hacia otros lares. Yo, no tuve ni que hacer eso. Advertido por mi madre, pero conocedor desde el principio de cómo iba el asunto, me limité a ignorarla por completo y a bailar con las chicas que yo llevaba o con las que me presentaban los colegas.

La hermana mayor, mientras, vivía en otra parte; al parecer con un novio que tenía; casado él, naturalmente. De vez en cuando aparecía por allí y fue cuando tuve ocasión de conocerla.

Y al hermano, José Antonio, el ahora difunto, poco se le veía cuando íbamos. Y cuando hablaba era para decir tonterías, con un tono de suficiencia impropio de su edad, aunque creo haber dicho que era unos años mayor que yo. La verdad es que eso de la edad sí se nota cuando se tienen 16 y 19 años, pero ya entre 56 y 59 no hay apenas diferencia.

Trabajaba de electricista, de aprendiz, en un comercio de lámparas de la calle Serrano, es lo único que supe de él. Luego, ya, cuando se acabaron los guateques, le perdí totalmente la pista y apenas si le veía.

Al casarme yo, a los 23 años, desde luego que no supe más de ellos hasta que mi madre me dijo que habían alquilado el piso contiguo al muestro, el 5º Izquierda, donde habían vivido mis padrinos hasta que les llegó su hora. Se ve que el trabajo de las dos hermanas, como enfermeras o de lo que fuese, les había proporcionado mejores medios de vida y habían conseguido ascender en la escala social al menos lo que media entre un sótano bajo hasta el nivel de una quinta planta. No era poco.

La hermana pequeña se había colocado bastante bien. Por lo visto estaba de enfermera (o de auxiliar, repito que no lo sé a ciencia cierta) cuando a Franco le tocó en suerte estar enfermo y se había hecho un hueco en aquel "equipo médico habitual". No como doctora, claro está, pero sí limpiando y atendiendo al ilustre enfermo. El caso es que se enchufó.

Y la mayor trabajaba en el Hospital Gregorio Marañón, en esa época, casualidades, llamado Francisco Franco. Se ve que la fortuna de la familia iba ligada al nombre del Dictador.

La vi una vez, cuando uno de los hermanos de mi madre, mi tío, buen hombre él y bravo de apellido y de costumbres, cayó fatalmente enfermo. Fui a visitarle y ella me abrió las puertas y pude permanecer a su lado el tiempo que quise. Luego, ya, no volví a verla.

Cuando años después nos fuimos a vivir con mi madre, ellas ocupaban ya el piso contiguo, en el que también habitaban su anciana madre y José Antonio. Mejor dicho, la pequeña no vivía allí, sino que solamente venía los fines de semana a dormir. El resto... Hablaban de un amigo, pero no tuve el mínimo interés por averiguarlo, aunque ella sí quiso explicármelo un tanto cariñosamente una tarde en que pasé a consultar algo a su hermano el electricista, (ya lo era y muy bueno, por cierto). Habían arreglado la casa perfectamente y él mismo había renovado toda la instalación eléctrica de manera portentosa. El caso es que acabó colocándome el dispositivo que yo había ido a preguntarle cómo se instalaba. Y mientras, la hermana me dio palique.

Me olvidaba de que también hubo un contacto ligero, pero doloroso, cuando me operaron de la molesta fístula anal que me atormentaba. Teniendo que pasar unos días en reposo, dejamos a nuestros hijos en el camping y mi mujer y yo nos fuimos a vivir allí unos días, junto con mi madre. Hubo necesidad de ponerme una inyección y como la mayor no podía hacerlo por ser alérgica al simple contacto con los antibióticos, me la clavó la hermana pequeña. No exagero al decir tal cosa. Me la clavó y bien clavada, la muy... No debía haber puesto muchas inyecciones y si lo había hecho, así aceleró la muerte del anciano general, de puro dolor.

Durante nuestra vida de vecinos, ya del quinto, el contacto era mínimo. Era gente si no rara sí un tanto peculiar. Por ejemplo, la finca dispone de gas natural desde siempre. Limpio y cómodo, como dice el anuncio. Pues ellas, por no sé cuales motivos, instalaron el butano, con la pesadez que es estar pendiente del repartidor y la molestia de almacenar y cambiar las botellas. Se ve que discutieron con la compañía del gas y optaron por ese otro combustible. Y la madre estaba loca. Locura senil tal vez, pero ida totalmente. El caso es que, aparte del trabajo que ya he mencionado que nos hizo José Antonio y que me obligó a pasar a su casa, no volví a hacerlo nunca más.

Al fallecer mi madre, en marzo de 1994, yo me subrogué en el alquiler de la vivienda. No tuve el menor problema. Meses más tarde, salió la nueva Ley, la L. A. U. y quisieron subirme la renta. Reclamé, basándome en mis conocimientos, y me tuvieron que dejar el mismo precio, tan sólo incrementado anualmente por el I. P. C. sobre el valor de la renta. ¡Ridículo!

Pero a ellos no. Al ser contrato de Renta Nueva, les pillaba de lleno la subida. Y optaron por comprar un piso en propiedad, no sé dónde aunque me lo dijeron diez veces, y abandonar nuestra vecindad. ¡En buena hora partieron porque, aunque no molestos, la verdad es que la madre a veces se ponía muy pesada por su cretinismo!

José Antonio siguió manteniendo la titularidad del sótano, (no lo habían dejado), y allí guardaba sus materiales de trabajo y aún creo que dormía o pasaba largas temporadas. Una vez, de las pocas que hablamos, me contó cosas de sus hermanas que no le gustaban y me dijo que él prefería vivir solo.

El caso es que en los últimos años no le había visto más que un par de veces. Y precisamente por la mañana, saliendo yo hacia el trabajo, casi de madrugada. Apenas si intercambiamos un saludo y no me preocupé de preguntarle nada.

La última, si no estoy confundido, fue hace menos de tres meses, aunque yo creyera que había sido posteriormente. Pero no, porque al parecer falleció el 22 de octubre; luego poco más de un mes hace.

Es curioso... Una persona ha convivido cerca de ti, muy próxima, le has visto crecer y envejecer, aunque estaba hecho un chaval por estar muy delgado, y de repente te enteras de que ha muerto. No ha influido para nada en tu vida; ha sido un mero testigo de tu pasar por este mundo y tú lo mismo respecto de él y nada más. Y, sin embargo, lo lamentas. No es que llores, porque dolor no se siente. Pero sí un cierto vacío de que allí, en los sitios que pisaste y que habitualmente pisas, hubo una persona que ya no está en este mundo.

Filosofaba estas cosas mientras vertía el vino blanco sobre la paletilla de cordero que estaba asando y cuya compra (la del vino) era la que había motivado mi salida a la calle, mi encuentro con sus hermanas y que me pusieran al tanto de su muerte.

La verdad es que el cordero me quedó fabuloso y me lo comí entero. Luego tomé una taza de café.

Francisco Escobar Bravo
(2 de diciembre de 2002)

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