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En cónclave cerrado a cal y
canto
están los Cardenales ya reunidos.
Ancianos en gran parte, están ungidos
por la sabia intuición que brinda el Santo
Espíritu de Dios. Y mientras tanto,
los hombres continúan sumergidos
en su quehacer diario, en estos ruidos
que borran de la vida los encantos.
La vida no se para ante suceso
tan grande e importante para el mundo;
cada cual su cruz porta y ese peso
aplasta al ser humano como inmundo
reptil. El pecador, quizá por eso,
no logra hacer jamás nada fecundo. |
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