Le dejé a un compañero mi
tarjeta
pensando me trajese algún dinero.
Decir como quedé mejor no quiero
cuando vi que no había una peseta.
La verdad es que me hizo la puñeta,
pero más que la plata, y soy sincero,
me dolió conocer que el verdadero
amigo tan leal sólo era un jeta.
Desde entonces mil cosas he aprendido,
mas de todas acaso la importante
es no fiarme de nadie que galante
se preste a hacer favor que no he
pedido.
Bien dicen de los gatos escaldados
que hasta del hielo escapan aterrados. |