TAL DÍA HIZO UN AÑO 


Rabal, como todas las tardes, encendió su PC y se conectó a Internet. Desde que cerró la revista que editaba y dirigía y en la cual puso todos sus empeños, esfuerzos que malgastó merced a la bebida, se limitaba a eso: Dejar pasar el tiempo en busca de tiempos mejores y esperar que surgiese algo. De dinero sí disponía aún suficiente, aunque quedasen por ahí unas deudas, grandes, que pagar. Y otras, pocas y pequeñas, por cobrar.
Su trabajo en la revista le había hecho conectarse a Internet, de donde sacaba muchas cosas que luego publicaba, artículos más o menos interesantes, chistes, anécdotas, etc...
Pero su vicio o adición era chatear. Y como tal, siempre estaba de un salón a otro del IRC, en donde era ampliamente conocido. Se carteaba con bastantes mujeres; les enviaba sus poesías y sus novelas y siempre procuraba mantener una postura correcta. No en vano, aquello le había servido para mantener dos relaciones personales e íntimas. Una hacía bien poco, en Sevilla y con una madrileña que allí residía, y la otra, hacía unos meses, con una interesantísima mujer oriunda del Mediterráneo. Y no es que su matrimonio fuera mal; simplemente es que no iba. Además, una vez fracasado el negocio, habiendo tenido alguna que otra polémica por culpa del alcohol con su familia, ésta no le prestaba el caso que, tal vez, él precisase o pretendía merecer.
Aquella tarde, ahora hace un año, entró a un salón de chat donde solía hacerlo habitualmente. Hacía días que había visto un nick, o apodo por el que son conocidos los internautas, Dinamita, que le desconcertaba. Todo apuntaba a que se trataba de un muchacho y como tal lo tomó. Pero en aquel momento, una amiga muy joven, primos que se llamaban porque ella llevaba el segundo apellido de él, le dirigió la siguiente pregunta: - ¿No conoces a Dinamita?
- No, no conozco a ese muchacho.
- No es un muchacho, es una chica.
Y Rabal se interesó.
Abrió la caja de susurros y se dirigió a ella.
- ¿De verdad eres una chica?
- No.- Fue la respuesta que obtuvo. -. Soy una mujer.
- Muy interesante. –. Susurró en privado Rabal. - ¿Y cuántos años tienes, si no es muy indiscreto preguntarlo. - Cuarenta y tres. -. Le respondió ella.
- Más interesante todavía. -. Aseguró él.- Y casada, supongo.
- En trámites de separación.
Rabal sí que, ahora, se sintió ampliamente interesado y comenzó a hablar con la muchacha. Le dijo su edad. Le llevaba once años. A ella no pareció importarle.
- ¿De dónde eres? -. Le preguntó.
- De Sevilla. Pero vivo en Cádiz. ¿Y tú?
- De Madrid.
Y comenzaron una charla interesante que tuvo que finalizar sobre las diez de la noche, cuando la esposa de Rabal le reclamó para la cena.
- ¿Volveremos a vernos? -. Le preguntó él.
- Dentro de un rato, cuando cenemos.
Y así quedaron.
Rabal se quedó intrigado. Muchas conversaciones intrascendentes había mantenido hasta aquél entonces en el chat, pero nunca ninguna le había llamado la atención como aquella. Y la mujer le había encantado. Algo en aquella Dinamita despertaba su interés.
Cenó a toda prisa, tragando más que masticando y, después de tomarse un café, se dispuso a meterse otra vez en el ordenador. Su esposa, mientras, recogía la cocina y se acostaba, alegando los dolores de costumbre que la retenían en la cama la mitad del día. Pero que no le quitaban de cumplir con sus obligaciones domésticas.
Volvió a conectar y entró de nuevo en el salón. Allí estaba ella esperándole.
La saludó en público y, muy pronto, retomaron el privado.
Ya sí se dijeron sus verdaderos nombres y comenzaron a contarse sus vidas. Ella le indicó que llevaba más de un año pidiendo la separación de su esposo, pero que ésta no era llevada a trámite por no sabía qué líos con su hija y la abogada de su marido. Su abogado tampoco parecía tomar mucho interés en el asunto. Así que la pobre Dinamita estaba sumida en un mar de confusiones.
Rabal le aconsejó, pero no pudo por menos de meterle un cuento. Según le refirió, él estaba casado en segundas nupcias con una novia de su juventud. Su esposa, aquella de la que había estado enamorado tantos años, había fallecido hacía quince y él se había vuelto a casar por tener alguien que cuidara de sus hijos. Aquello despertó, al parecer, la simpatía de Dinamita. Y la conversación se prolongó hasta las cuatro de la mañana. Tal vez más tarde, porque vieron amanecer juntos. Luego, Rabal se retiró a la cama, no sin haber quedado con la muchacha para el día siguiente. Aquél día había sido sábado y quedaron en la mañana del domingo.
- Dinamita. -. Le musitó Rabal nada más verla. – Hay un medio más cómodo de hablar los dos a solas en privado. Y le indicó la existencia del messenger o servicio de mensajes instantáneos que hacía poco tiempo le había enseñado su amiga madrileña de Sevilla. Le enseñó cómo instalarlo en su PC y después, ya libres de agobios informáticos, continuaron hablando.
 A media mañana, ella tuvo que dejarlo porque tenía que hacer la comida. Rabal aprovechó para bajar por el periódico. Quedaron para por la tarde, ya funcionando con el nuevo sistema, y cada cual se dedicó a sus quehaceres, que para Rabal eran más bien pocos. Tenía la comida resuelta por parte de su esposa, así que nada le agobiaba.
Dinamita sí tenía qué hacer. No en vano, era ama de casa.
Comió y se echó un poco la siesta en el sofá mientras veía la televisión. ¡Un rollo, como siempre! Y se quedó dormido.
De aquél sueño profundo le sacó el sonido del móvil, pregonando que un mensaje acababa de llegar. Lo alcanzó, pulsó la tecla correspondiente y leyó: “Estoy en el nido”. Y, debajo, el nombre de Dinamita. El nido era la dirección que se habían puesto en el citado messenger y se apresuró a encender el PC y conectarse con la red. Poco tardó en hacerlo y, al instante, vio aparecer la deseada presencia de ella en la pantalla. Su nick estaba presente.
Se saludaron, le contó lo que había hecho, charlaron y se les fueron las horas muertas.
A eso de las ocho de la tarde, la mujer de Rabal dijo que se iba a Misa, como todos los domingos. A él le pareció muy bien y le deseó buen éxito en sus oraciones.
Nada más salir su esposa por la puerta, Rabal se apresuró a marcar el número del móvil de Dinamita. Nunca había escuchado su voz, ni ella la de él. Y se oyeron por vez primera.
Era un andaluz “cerrao” el que acariciaba sus oídos. Estuvieron un buen rato hablando y Rabal, alardeando de sus viejas facultades de cantante, hasta le dedicó un fragmento de romanza. Dinamita siempre dijo que aquello le había impresionado; sobre todo la frescura y la audacia con la que él le había dirigido la canción. - Un beso y hasta ahora, en el ordenador. -. El cual tenían conectado todavía, por cierto.
- Un beso.-. Fue la respuesta.
Y siguieron la charla, pero sin oírse ya.
Aquella noche también les dieron las tantas, aunque menos ya que ella tenía que hacer cosas por la mañana del lunes. Le hacía la compra a su madre, que estaba medio ciega, y visitaba al padre que estaba enfermo. Días más tarde le contó la enfermedad que padecía y que era irreversible.
Rabal como, lamentablemente, no tenía nada qué hacer, se dedicó a vagar y a leer. Atendió en lo que pudo a la esposa “fallecida” hacía años, según la mentira que le había dicho a ella, y bajó al Banco. Cuando llegó la hora de comer, vino su hijo y hablaron de fútbol. Era de lo que últimamente si apenas hablaban ya. El muchacho estaba muy quemado por el fracaso de la revista y porque veía la indolencia de Rabal esperándolas venir. También éste estaba algo molesto, por no decir demasiado, por la postura que, él, consideraba abusiva de sus hijos. Él sí metió dinero en casa siempre, hasta que las cosas vinieron mal dadas. Los muchachos, con buenos sueldos, se limitaron a vivir del momio. Y eso no lo veía justo.
Pero las cosas estaban planteadas de tal forma y ya era tarde para cambiarlas. El deterioro, no sólo con su esposa sino incluso con sus hijos, era total. Y estaba dispuesto a capear el temporal de la mejor forma posible.
A las seis de la tarde, hora en que daba comienzo la tarifa plana de Internet, acudió presuroso al “nido”. Había quedado con ella y sabía que, tarde o temprano, entraría. Y ya estaba esperándole.
Volvió la charla ansiada, al principio intranscendente y más tarde ya muy en serio. Y así un día y otro y una noche y otra. Dinamita nunca se conectaba por las mañanas, aunque fuera sábado y domingo, por el motivo antes expresado. Pero en las tardes era puntual como ella sola.
Por las mañanas se daban los buenos días a través del móvil. Los mensajes, apagado el timbre para que nadie los oyera, se sucedían uno tras otro. Y a través de ellos y de las conversaciones a través del medio cibernético que les unía, Dinamita sintió surgir el amor dentro de su pecho. Rabal, aún no. Se sentía ampliamente halagado por el cariño que la muchacha le demostraba y le dirigía ardientes cartas a través de su correo electrónico, pero todavía no podía decirse que la quisiera. Hasta hubo una ocasión en la que se preguntó: - ¿Qué locura estoy yo cometiendo con esta mujer? ¿No la estaré llevando a un falso engaño?
Y es que, en verdad, si bien Rabal sentía por ella algo que nunca había sentido a través de la pantalla del ordenador, tampoco podía definirlo como amor. Ternura y afecto, muchos. Pero, amor, lo que podemos decir amor, decididamente, aún no.
Los días fueron pasando y ambos ardían en ansias de conocerse. Otras mujeres habían pasado por la vida de Rabal, pero en aquella chiquilla – de cuarenta y tres años, pero a él le parecía una niña – veía un algo especial que nunca había sentido ante el PC. Eran como dos novios en la distancia y así se denominaron: Unidos en la distancia. Ella le contaba sus problemas con el aún marido que, afortunadamente para su convivencia, trabajaba fuera de su ciudad y tan sólo iba cada quince días o tres semanas y por el cual nada sentía.
Él le relataba relatos de cuando dirigía la revista, de sus pasos por el periodismo, de su empresa familiar arruinada y, en suma, de su vida real, mezclándola con la mentira que no se atrevía a contar: Que estaba casado con la madre de sus hijos.
Y a tanto llegaron en esa pasión que el Cielo o el Infierno supieron desatar entre los dos que decidieron conocerse. Y la cita no fue en otro lugar que en Sevilla, ciudad de fácil acceso para ambos. Para ella, por la distancia. Para él, por la comodidad y rapidez del moderno AVE.
- Pequeña, tú tienes cuarenta y tres años. Si, y estamos hablando como adultos y no como niños, la cosa resulta, corres el riesgo de que nuestro encuentro tenga consecuencias que no deseamos, o seáse...
No tuvo que repetirlo. Dinamita comenzó a tomar la píldora anticonceptiva cuando le vino la regla ese mes. Su decisión estaba tomada y bien tomada. Rabal se quedó muy tranquilo. No iba a conocer a una tonta, sino a una mujer con los pies muy bien asentados y las ideas muy claras.
Y, casualmente, aunque luego pensaron que no, que no había sido el destino sino el cálculo de probabilidades, quedaron en conocerse justo al mes de haberse “conocido” en el chat. - ¿Será bonito? ¿No te parece? -. Le preguntó él.
- La verdad es que no había caído, pero sí, será bonito.
Pero si para Dinamita la cosa era sencilla, para Rabal no lo era tanto. Hablamos del desplazamiento a una ciudad extraña. ¿Qué pretexto podía poner, qué excusa podía alegar? A ella le era fácil. Estaba a una hora de viaje, no vivía con su marido y a su hija le podía contar cualquier camelo, desde que iba a acompañar a una amiga como que quería echar una solicitud de trabajo.
La verdad es que Rabal nunca supo cuál fue la que ella usó, ni si tan siquiera tuvo necesidad de usarla. Pero a él sí le fue complicado.
- Esta clienta que me debe dinero – eso sí era cierto – me ha propuesto un negocio que veo interesante. Pero exige que me desplace con ella a Barcelona a conocer a unos señores. Era verdad lo de la deuda, como lo era que días antes había estado con la que él denominaba “bruja”, la dueña arruinada de una academia que se había anunciado en la desaparecida revista de Rabal y que era una de las dos pellas que le habían dejado. Esta mujer, ansiosa por levantar su fenecido negocio, buscaba un “caballo blanco” que se prestase a hacer de capitalista. Rabal, recién cobrada una importante cantidad por la venta de un piso, propiedad de su esposa, se había prestado al juego de hacer ver que podía invertir en algo que viera ventajoso y que, a la vez, le proporcionase un puesto digno de trabajo. Quería jugar con ella una partida de póker y no sabía cómo. El caso era cobrar porque, aunque el asunto pudiera ser interesante, que no lo era, no quería tratar con aquél tipo de personas como la denominada “bruja”. Pero el asunto se prestaba a una buena excusa y así lo expuso.
Convencida su familia de que su viaje era, pues, a Cataluña, se aprestó a sacar su billete de AVE para Sevilla y dispuso una pequeña maleta con la ropa propia del caso de un viaje de negocios. Aunque corría el mes de agosto, se pertrechó de traje con chaleco, ya que era la forma correcta de acudir a ciertas citas.
Aquella mañana, a las once y media, tomó el tren y cambió un mensaje de móvil con Dinamita. Ella saldría de su ciudad a la una. La cita era en la estación del ferrocarril.
Durante aquellas intensas charlas que habían mantenido a través del ordenador, en el transcurso de las cuales habían hablado más en un mes que en muchos años de matrimonio con sus respectivos cónyuges, ella le había dicho que tenía un defecto físico, pero no había querido indicarle cuál. Mencionó, no sabía si en bromas o en serio, algo de que era coja. Rabal no supo a qué atenerse. Solamente sabía que iba al encuentro de una mujer de la cual presentía que no era una aventura más, aunque ignoraba hasta qué punto llegaría el asunto. Se conocían a través de fotografías, de las cuales, por cierto, en la primera le había parecido poco atractiva. Pero cuando recibió la segunda, en verdad que se quedó prendado de ella.
Había hecho una reserva de hotel que, afortunadamente, no le costó ni un duro. El otro cliente moroso, que era una agencia de viajes, se lo proporcionó y, como es lógico, no le cobró. Iban a un hotel de cuatro estrellas que estaba en oferta.
El AVE volaba por lo raíles y a la una recibió un mensaje en el móvil: “He tomado el autocar”. La cita estaba en marcha y ni el tren podía retroceder ni el autobús detenerse. No había marcha atrás.
La verdad es que estaba nervioso y quiso ir al coche bar a tomar una cerveza pero, y de esto sí era responsable Dinamita, desde seis días después de conocerla, había dejado de beber alcohol. Ella se lo había sugerido y, por primera vez en muchos años, Rabal había hecho caso de tal consejo. Eso sería un detalle que le produciría otro trastorno futuro en su vida conyugal, ya que su esposa siempre diría que había dejado de beber a causa de Dinamita y a ella nunca la hizo caso cuando le dijo lo mismo.
Así que optó por tomar un refresco y, eso sí, fumó cigarrillo tras cigarrillo.
A la hora fijada, la ciudad andaluza se presentó ante sus ojos. Apenas si había puesto atención a la película que habían pasado durante el trayecto. Los nervios atenazaban su estómago.
Cuando se detuvo el tren, tomó su pequeña maleta y se dirigió al lugar de la cita: El bar de la estación. Aún conociéndose por fotografía, la realidad podía ser muy otra. Siempre quedaba la duda.
Confundido, aturdido e intranquilo, - ¿habría acudido de verdad ella al encuentro? – se dirigió a la cafetería. No vio a nadie de sus características y tiró de móvil. Le respondió al instante: - Te estoy viendo desde dentro. Entra, y al fondo.
Y así lo hizo.
De repente se hallaron frente a frente. Ella estaba sentada y él se agachó para depositar uno de aquellos ansiados besos que tanto habían soñado a través del PC. Luego, se sentó enfrente.
Pidieron de comer y, mientras lo hacían, hablaron. Ella, apenas si tenía hambre. Él, una poca, aunque la sensación que sentía en el estómago le atenazaba. Y no hacía más que observarla a ver si descubría aquél defecto que ella mencionase. Por fin, harto de no ver ninguno, se lo preguntó directamente.
- El pecho. -. Le respondió. -. Lo tengo caído.
Pues no lo parecía, ¡vive Dios!, pensó Rabal, porque Dinamita estaba bien provista de busto.
Terminaron de comer y se dispusieron ir al hotel. Al ponerse de pie, Rabal no dejó de observar sus andares. ¡Aquello de la cojera todavía bullía en su mente! Pero no. ¡Pues menudos andares tenía la niña!
En la puerta de la estación y a punto de tomar un taxi, Rabal le consultó:
- ¿Decidida? -. Si ella hubiera dudado, él hubiera vuelto sobre sus pasos a Madrid.
- ¡Vamos, ea! ¡Tira pa lante! -. Le dijo con el más típico acento sevillano.
Y así se dirigieron al hotel que tenía contratado.
Ya a solas en la habitación, ella notó la reacción de virilidad de él. Y él sintió la ternura de sus besos. Aquellos besos que, en principio, fueron cibernéticos pero que ahora eran reales.
Aquella noche durmieron juntos y el despertar fue un tanto extraño: Cada uno amaneció en el lado opuesto al que se habían acostado. ¿Cómo? No se lo pudieron explicar.
Pasaron dos días y tres noches maravillosos. Poco conocieron de Sevilla, aunque a ella le molestó que el hotel estaba justo enfrente del Estadio del Betis. Dinamita era una furibunda sevillista.
- ¡Casi se me corta el gusto, ojú! -. Dijo en una de las ocasiones en las que, a través de las persianas entornadas, se vislumbraba el campo del Benito Villamarín.
Rabal se rió.
- No será para tanto. A mí no me produce ningún corte estar enfrente del Santiago Bernabeu y soy del Atleti....
Aquella mañana, Rabal se afeitó delante de ella. Ambos estaban desnudos y, a través del espejo, él pudo ver la cara de bobalicona que ponía ella viendo como la cuchilla corría hábilmente por su rostro. Se volvió a ella y le preguntó:
- ¿Me quieres?
Ella se abrazó a él, manchándose la cara de jabón, y depositando un espléndido beso sobre sus labios. No hacía falta más respuesta.
Era jueves por la mañana y había que partir. Se dieron un beso, tornaron a la cama e hicieron el amor y luego, ya repuestos y con el corazón alegre, ambos tomaron diferentes caminos. Ella hacia su autobús y él a la estación de ferrocarril.
Durante el trayecto hacia Madrid, a Rabal le surgió la vena poética largamente apagada. Y sobre unas cuartillas que llevaba en la maleta, escribió cuatro poemas de amor. Se acordaba de su pequeña Dinamita y sentía nostalgia de ella.
El tren les separaba rápidamente pero sus corazones seguían unidos.
Llegó a la hora de comer a su casa y dio las explicaciones oportunas. Mintió como un bellaco, pero el caso es que a las seis de la tarde estaba ante el ordenador. Y ella también.
Se saludaron con un cariño y un ansia como si hiciera siglos que no se veían, cuando tan sólo unas horas les apartaban. Y así comenzó la verdadera historia de Rabal y de Dinamita.
Él ya sí sentía por ella lo que nunca soñó sentir: Amor. Y las tardes y las noches pasaban en continuas charlas y en apasionado romance.
Por aquel entonces, Rabal se puso en contacto con un antiguo jefe que tuvo hacía diez años. Éste le pidió que le enviara un curriculum y le aseguró que haría cuanto en su mano pudiera. Se pusieron en contacto a través del correo electrónico y Rabal se lo envió. Obtuvo una vaga respuesta.
Todos sus planes eran forzar una segunda cita y esta vez Dinamita quiso que fuera en Madrid. Además, él ya no tenía excusa posible para otro desplazamiento.
Mientras, la situación familiar de Rabal se seguía deteriorando. Dos veces intentó hacer el amor con su mujer y en las dos fracasó.
- Mi marido sufre de impotencia. -. Aseguró su esposa al urólogo.- Será debido al alcohol.
Rabal aseguró que hacía más de un mes que no bebía y se rió para sí mismo pensando en cómo había funcionado con Dinamita.
- ¡Impotente yo! ¡Y una mierda!
Hasta se habló de tomar viagra. Él aseguró que no lo necesitaba. ¡Bien que lo sabía por su experiencia reciente!
A mediados de septiembre, Dinamita vino a Madrid. Rabal fue a esperarla a la Estación de Autobuses. Había planeado bien su medio ausencia, exceptuando las noches, con un cursillo que iba a realizar para la empresa donde le habían prometido trabajo. Por eso pudo disponer de las mañanas y hasta bien entrada la tarde noche para estar al lado de su amada. Porque ya sí sentía verdadero amor por aquella mujer con cuerpo de chiquilla y busto de hembra completa.
Las cosas económicas andaban mal ya y, encima, Dinamita no quiso en ningún momento que él corriera con los gastos. Así que eligieron un pequeño hostal, en el centro de Madrid y allí transcurrieron dos días. La última tarde, él se fue para casa, sufriendo de dejarla sola. Al llegar, observó que su esposa había irrumpido en el ordenador y lo había descabalado todo. Ella ya sospechaba de la existencia de una mujer en su vida y quería buscarla en la red informática, sin tener idea de cómo hacerlo.
Rabal se airó cuando vio el ordenador conectado y abierto a la red por quince sitios.
- ¿Qué leches es esto?
Y vino la consiguiente discusión.
- ¡Estoy buscando quién es ésa con la que tanto hablas y que te tiene comido el coco!
- Pues así poco vas a encontrarla.
Y llevaba razón porque acababa de dejarla sola en la pensión...
La discusión subió de tono e intervino el hijo de Rabal.
- ¡Vete a un cibercafé si quieres chatear!
- ¡A un cibercafé no, pero a dormir fuera de casa, ahora mismo!
Y se marchó, dando un portazo.
Se lo acababan de servir en bandeja. Telefoneó desde el móvil a Dinamita y le avisó de su inminente llegada. Pocos minutos después estaban juntos y juntos se quedaron dormidos dulcemente.
Les despertó el zumbido de un helicóptero. Encendieron la televisión y un nuevo atentado había conmovido la capital de España. Pero ellos se dedicaron a su amor, que es el que les embebía.
Dinamita partió aquella tarde y Rabal la acompañó a la estación. Comieron juntos y se separaron con lágrimas en los ojos. No sabían cuándo ni dónde volverían a encontrarse.
Las charlas a través del PC continuaron. Rabal ya estaba bien seguro de lo que sentía por la muchacha. Ya no era un simple capricho carnal ni un sentimiento de cariño. Era amor. Aquel amor que, desde un principio, ella había sentido y que él tardó en reconocer.
Pasaban los días y su cariño a través del chat y del messenger crecía cada vez más. Él desatendió totalmente a su familia, aunque fingía y se escudaba en el trabajo que estaba esperando. Los mensajes de móvil seguían y la situación se hacía cada día más difícil. Pero todas las tardes, a las seis en punto, se “veían” en su nido particular. A Rabal había una cosa que ya le pesaba en el alma. No podía tenerla engañada por más tiempo respecto de su situación familiar. Y aquel sábado decidió contárselo. Se armó de valor y conectó el ordenador. En esto, su hijo le solicitó ver unas páginas de fútbol.
- ¿Lo necesitas ahora?
- Es sólo un momento.
Y le dejó entrar en Internet.
Su esposa hacía rato que había bajado a la calle. Había dicho que quería ver unas prendas de ropa o no sé qué.
El muchacho estuvo un rato husmeando páginas deportivas y, mientras, Rabal esperaba ansioso. Pero sabía que ella le esperaría.
Cuando su hijo terminó, se conectó, entró al nido y vio que estaba vacío.
Extrañado, telefoneó a Dinamita y vio que estaba comunicando. Así varias veces hasta que ya, en una de éstas, consiguió hablar con ella.
- ¿Dónde estabas y qué hacías tanto tiempo comunicando?
- Hablando con tu mujer... ¡La que murió hace quince años!
¡Dios! Por sólo unos minutos se le habían adelantado en relatar la verdad. Quiso excusarse, explicó, pero la muchacha no se atuvo a razones.
Rabal salió como un loco a la calle y buscó a su esposa. La halló en un supermercado, enfrente de su antigua oficina. La interpeló.
- ¿Qué has hecho?
- ¿Muerta y enterrada hace quince años?
Volvió a casa a paso acelerado y con la desesperación reflejada en el rostro.
Volvió a llamar a Dinamita.
- ¡Entra al nido!
Ella dijo que sí y al rato estaban platicando a través de las ondas.
Le explicó que tan sólo por unos momentos no le había dicho la verdad. Ella, al principio, no le creyó, pero ya, su poder de convicción venció sobre todas sus dudas.
De cómo su esposa había conseguido el número de la sevillana no se hacía idea. Días más tarde lo supo. En un bloc de trabajo de la antigua revista tenía apuntados muchos teléfonos, entre los que estaba el de ella. Y su mujer se dedicó, en sus ratos de ausencia, a llamar a los que tenían un nombre de mujer, aunque se tratase de comerciales de publicidad, como eran la mayoría. Pero el de Dinamita estaba aparte y con ella, aquella tarde, acertó a la primera.
- ¡Maldita mala suerte!
Ya, los acontecimientos se dispararon. Un mediodía, comiendo, su hijo le contestó con una grosería y le aseguró que, cuando se acabase el dinero, él no aportaba ni un duro y que se iba de casa. Rabal no pudo más y le dijo que no sabía a qué estaba esperando. Y que puestos así, que esperaba que dentro de quince días, a primeros de noviembre, ya no estuviese.
Entonces fue cuando su esposa le habló de separarse. Él se quedó atónito. No entendía aquella postura que, si bien por su parte no había sido correcta, estaba siendo llevada a límites insostenibles.
- ¿Todo por el maldito dinero, no? Toda una vida chupando de la teta y, cuando ésta se acaba, las ratas abandonan el barco.
Y se lo contó a Dinamita.
La verdad es que no creyó nunca que las cosas fueran tan lejos, pero sí fueron. Su mujer preparó los papeles y le hizo prepararlos a él. Nada tenían y nada podían repartir, como no fueran las deudas. ¡Y pensar que había gastado millones y millones en ellos, en educarles, en criarles, en mantenerles y en hacerles adquirir una formación completa! Reconocía su culpa y no le dolía la separación, pero sí el abandono.
A espaldas suyas, su esposa y sus hijos tuvieron unas reuniones y planearon todo. Y un buen día, a primeros de noviembre, como él mismo había mencionado, los chicos se fueron y su esposa aguantó un poco más. Pero, al cabo, también se marchó con ellos al piso que habían alquilado y cuya dirección no le dijeron.
Aquella noche, solo en la inmensa casa, ante el PC encendido y esperando la entrada de ella, lloró. No por otra cosa que por verse solo. ¡Solo después de tantos años!
Cuando ella se conectó, ambos lloraron juntos. Y ella le prometió que el próximo fin de semana estaría a su lado.
- Y esta vez en casa. Solos y juntos. -. Aseguró él.
Estaba solo; solo y sin dinero. Tuvo que pedir ayuda a sus hermanos. Estos, apenas si se la concedieron, exceptuando el mayor, que sí que le proveyó de buenos billetes. Y el otro, que le prometió buscarle un trabajo.
Y Dinamita vino. Fue a buscarla y juntos marcharon hacia la casa. Allí pasaron unos días felices. Al cabo, el lunes, ella tuvo que irse. No podía desatender a su madre.
Días más tarde volvió. Celebraron anticipadamente las fiestas navideñas y hubo su intercambio de regalos. Fueron felices, nuevamente, pero ella empezaba a trabajar en un hospital el día 22. No se verían hasta casi pasado Reyes.
Las Navidades fueron tristes. Abandonado por todos y Dinamita trabajando de noche. Hablaron por teléfono y brindó con agua. Vio el concierto de los tres tenores y se acostó. La Nochevieja se repitió la misma historia. A las doce y un minuto el teléfono sonó. Era Dinamita. La primera llamada del siglo y la efectuaba ella. Había comido las doce uvas y lloró mientras lo hacía. Las palabras de la muchacha le sirvieron de consuelo y le llenaron de alegría.
El día 2 de enero amaneció con una buena noticia. Le llamó el amigo de su hermano, el que le dijo que le buscaría trabajo, y le citó para una entrevista. A las doce de la mañana estaba a verle.
Le contrataron por un sueldo miserable y por muchas horas de trabajo al día. Pero tuvo que aceptar. No podía seguir viviendo a costa de su hermano generoso.
Ella vino y pasaron los Reyes juntos. Aquella tarde partió y él se preparó para comenzar su trabajo el día 8, lunes.
De jefe y director se vio convertido en un trabajador sometido a un horario riguroso, con un desplazamiento largo. Su único consuelo eran las horas de las comidas, durante las cuales intercambiaba mensajes de móvil con ella. Y luego, a las nueve y media, cuando llegaba a casa, hablaban un rato por el ordenador.
Llegó la tarde del 6 de febrero y sin saber por qué, Rabal se vio despedido de la empresa. No se lo explicaba. Él había intentado cumplir en todo y había puesto totalmente su empeño en conseguirlo. Pero no había superado la prueba, según los jefes. No quiso discutir sobre el asunto porque estaba su hermano de por medio. Tomó la carta de despido, la firmó y aceptó el cheque de la liquidación. Y llamó a Dinamita y se lo dijo. Ella le recomendó tranquilidad.
A los pocos días la tuvo nuevamente en casa. Fueron felices como siempre, dentro de la penuria, aunque, una vez más, su hermano le ayudó económicamente. El otro, el del trabajo, ése no quiso saber nada y no volvió a hablarle. Al parecer, los informes que le habían dado eran muy malos. Rabal optó por olvidarle. Era del parecer de que mejor es no hacer aprecio que el desprecio. Sobre todo, cuando no había habido razón alguna que lo justificase.
Dinamita vino dos veces más. Rabal tuvo que aceptar como huéspedes a dos muchachos jóvenes. No quería sangrar más a su hermano. En estas visitas, la intimidad de la pareja se vio turbada por la presencia de los muchachos, pero aún así y todo, supieron amarse. La Semana Santa fue maravillosa. Pasaron nueve días juntos, como marido y mujer. Le hizo engordar con sus guisos, de los cuales también participaron los inquilinos. Pero estos se marcharon de vacaciones y pudieron estar en su nido, pero ya no a través del PC sino en carne y hueso.
La salud del padre de Dinamita iba en deterioro. El mal cada vez hacía más estragos y el final se veía cercano. Aquella no fue la última vez que vino. pero cuando fue a recogerla, en plena estación le sonó el móvil. Su madre decía que el enfermo reclamaba su presencia. Tuvo que cambiar el billete para un día antes.
Aquel fin de semana lo vivieron tensamente, a la espera de que en cualquier instante sonara el teléfono o el móvil. Pero tuvieron suerte. No les llamaron y ella pudo irse tranquilamente. Al marchar, le dejó una nota debajo de la almohada. Eran unas palabras de amor: “Duerme tranquilo, mi amor, yo velaré tus sueños. Tu pequeña Dinamita”. A los quince días quedaron en Sevilla. La verdad es que se hospedaron en un hostal de mala muerte, acompañados de unos huéspedes jaraneros y borrachos. Pero para ellos fueron un palacio aquellas cuatro paredes. Junto a su amada, recorrió el Barrio de Santa Cruz y la Plaza de España. Visitaron la Catedral y él no se atrevió a subir a la Giralda. Ella estaba contenta y feliz de estar nuevamente en su ciudad natal. Fue un fin de semana maravilloso.
Rabal había ido sembrando el mundo laboral de faxes, solicitando trabajo para ambos, en sus distintas categorías. Una tarde, ella le dijo que aquella misma noche se venía para Madrid. Acababan de llamarla de una clínica privada. Contento y feliz, se dispuso a ir a recogerla, pero ella prefirió venirse sola en un taxi. Él estuvo despierto y le abrió el portal. ¡Su niña estaba con él!
Acudieron a la cita con el médico que la había llamado y ella mantuvo su entrevista. Salió contenta y contagió de optimismo a Rabal. E hicieron planes para una vida futura en común porque, casualmente y por aquellos días, a él le acababan de decir que en breve empezaría el trabajo prometido por su antiguo jefe.
Y aquella madrugada, Dinamita partió para su lejana Cádiz. No quiso que él la acompañase y se besaron tiernamente. A Rabal le dio un vuelco el corazón. Algo le decía que iba a pasar lo inesperado.
Y, efectivamente, así fue. La enfermedad del padre de Dinamita se agravó y ella se perturbó más de lo debido. Ya, sus citas ante el PC eran diferentes.
- Pero, ¿qué pasa, vida mía? -. Le preguntaba él.
- Nada, que estoy muy nerviosa.
Y así pasaron los días y a ella nunca le llamaron del trabajo de Madrid. Se había roto una esperanza.
Una noche, habló con ella y le aseguró que se quedaba en casa del padre enfermo, a cuidarle. A él le pareció muy bien y antes de acostarse quiso entrar al salón de chat donde habitualmente ambos entraban juntos siempre. Quería saludar a los conocidos. De repente, un nick desconocido, al cual no había prestado atención, cambió de nombre y surgió el de Dinamita. Rabal se sorprendió.
- ¿No estabas en casa de tu padre?
- Eso te lo dije para ver si era verdad lo que me habían contado.
- ¿Y qué es lo que te han contado?
- Que entras por las noches a ligar con las mujeres.
Él se quedó atónito y rechazó la mentira. Pero ella se amparó en que le había descubierto por sí misma, que ya no era lo que le hubiesen dicho.
Rabal no supo qué hacer. Tomó el teléfono y estuvo una hora hablando con ella. Pero no pudo convencerla.
La mentira y la envidia eran más poderosas que su amor sincero. A Dinamita le habían susurrado, le habían comentado, le habían ido con dimes y diretes y aquél era el resultado: La ruptura.
Durante dos meses estuvo intentando hablar en serio con ella. Mil veces le recalcó su amor y la mentira que le habían dicho. Pero algo más poderoso que él mismo vencía todo su ardor y su verdad: Ella y su amor propio obcecado. Y contra ella no podía luchar.
- Al menos, ya que no quieres hablar conmigo, me dirás qué ocurre con tu padre.
- Serás el primero en saberlo.- Le prometió ella.
La noche del 6 de julio, Rabal, que nunca lo hacía, tuvo un presentimiento y dejó encendido el móvil, mientras cargaba de la batería. A las 6,23 de la madrugada del día de San Fermín, sonó un mensaje. “Mi padre acaba de fallecer”. Dinamita cumplía su palabra. La llamó y le expresó, llorando, su dolor. Querría estar a su lado en aquellos momentos. Pero ni podía ser, porque estaba el marido, ni ella quiso consentirlo.
A él sólo se le ocurrió conectar el ordenador y entrar al salón de costumbre y comunicar el fallecimiento del padre de ella y pedir una oración por su alma.
¡Qué clase de mentiras no le habrían contado a la muchacha que, días después, hasta le reprochó que hubiese pedido que le diesen el pésame a él! La habían trastornados con embustes.
Ya todo estaba visto para sentencia. Varias veces insistió nuevamente. Otra vez su vena poética vino a visitarle y escribió unos desgarrados versos de amor. Y se los envió. Pero ella no quiso ni leerlos o poco caso hizo de ellos.
La suerte estaba totalmente echada. A su pasión sin límites se oponía un muro creado por no sabía quién ni los motivos. Y ella había caído en el ardid del engaño.
Rabal esperó al 22 de julio, fecha en que se conocieron y le envió una misiva. Ella ni respondió. Días más tarde hablaron en el nido. Dinamita le pidió le recordase la dirección. Ya ni la tenía. Y, al mes siguiente, el día 22, justo cuando se cumplía el año de aquella fecha mágica en que se encontraran a orillas del Guadalquivir, la telefoneó.
Ella no dio su brazo a torcer para nada. Ambos vivirían sus vidas por separado.
Y Rabal, convencido de que el Destino así lo ordenaba y lo quería, exclamó:
- Sí. Acaso, tal día hizo un año.
Y le mandó un email en el que copiaba uno de sus antiguos versos:


“Será como el que acaba una novela 

y la deja tirada en un rincón.

Las hojas, con el tiempo, se harán polvo

Y, después, sobre todo, estará Dios.” 

Ella no le respondió. Prestaba su asentimiento con su silencio. A él se le rompió el alma y cerró el libro de sus amores con Dinamita. Nunca volvería a abrirse.

Fin

Hosted by www.Geocities.ws

1