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Noble
- Fui nacido en buen familia,
tuve rango y buen crianza
e impulsado por la gloria
nunca faltóme esperanza.
Todo a mi lado era oro.
A mis pies se arrodillaban
los placeres materiales
que yo conseguí sin traba.
Los honores me brindaron
personajes de la Corte;
grandes damas alababan
mi gentil y altivo porte.
Ante el filo de mi espada
y al paso de mis legiones
depusieron extranjeros
sus orgullosos pendones.
¿Yo la gloria ambicionaba?
¡Pues yo conseguí la gloria
al quedar con mis soldados
vencedor de mil victorias!
Con una dama caséme
de inigualada belleza.
Dióme cariño, dos hijos,
grande dote y gran riqueza.
Encantados de mi astucia,
Gran Mariscal me nombraron.
En este tan alto cargo
tuve amigos y regalos.
Mi vejez pasé tranquila
junto a mis nietos, alegre,
y en esta loca alegría
vínome al cabo la muerte.
Aquí me encuentro, por esto
corrompido y descarnado,
pues que a la muerte no importa
nuestro honor ni nuestro grado.
Que los honores y cargos
que gozamos en la vida
en la fosa se transforman
en cosa vana y perdida.
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Villano
- Yo nací en una cabaña
destartalada y sin techo,
entre sucia podredumbre,
encima de sucio lecho.
Desde pequeño, mis manos
a trabajar se amoldaron;
fui labriego, mesonero,
trotamundos y soldado.
Para comer, si podía,
robaba bolsas repletas
con astucia inigualada,
usando terribles tretas.
Fuera mi vida villana
y villana fue mi suerte,
por lo que fue, sin dudarlo,
villana
también mi muerte.
Fui detenido por robo
y sin piedad fui juzgado.
Como fui pobre no tuve
ni defensor ni abogado.
Me condenaron a muerte,
de la horca me colgaron,
me ajusticiaron con furia,
con desprecio me enterraron.
No tuve ni sacerdotes
que mi salvación pidieran
y ni enterrarme quisieron
en féretro de madera.
Me envolvieron en un saco
e hicieron un agujero.
Me metieron allí dentro,
lo taparon y se fueron.
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Doncella
- Educóme mi familia
en castidad y en pureza.
Mis padres no fueron nobles
mas tuvieron gran nobleza.
El santo temor de Dios
de pequeña me enseñaron.
Me dijeron cómo y cuánto
Jesucristo me había amado.
Siendo joven, Dios me quiso
como su virgen esposa,
inclinándome a tomar
el hábito de religiosa
Lo consulté con mis padres
que su permiso me dieron.
Después le pedí opinión
al sacerdote del pueblo.
Y así, entre rezos y loas,
me decidí al matrimonio
con el más Dulce Marido
de más grande patrimonio.
La víspera de la boda
el júbilo me llenaba.
Y así no pude dormir
en la mi incómoda cama.
Me levanté de mañana
para partir al convento.
A falta de buen caballo
montaba un pobre jumento.
Con un mi hermano marchaba,
mozalbete bueno y noble,
que muy serio parecía,
queriendo ya ser un hombre.
Entre charlas y sonrisas
marchamos los dos alegres
sin conocer que el Destino
nos deparaba la muerte.
Y así, tres hombres saltaron
sobre mi hermano pequeño;
a sobra de manos duras
atacaronle con leños.
Cayó el muchachito a tierra
y los hombres me cercaron.
Yo, inerme, sólo gritaba
con lamentos desgarrados.
Me descendieron del asno
y me empujaron al suelo.
Yo, desdichada, lloraba,
pidiendo la muerte al Cielo.
Y cuando aquellos malvados
cual fieras aves de presa
sobre mi cuerpo cayeron,
de la muerte fui posesa
pues quiso mi Dulce Amado
de la deshonra salvarme
y por tenerme a Su lado
más pronto, quiso llevarme.
Yo agradezco a aquellos hombres
que a la muerte me llevaran,
pues antes pude a mi Dueño
amarle y de Él ser amada.
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Pecadora
Yo nací por cruel Destino
a causa de mil pecados.
Fue mi madre mesonera
y mi padre... algún soldado.
Entre lujuria engendréme
y de ella después viviera,
pues mi madre, sin reparo,
pecaba con quisiera.
Los hombres que la trataban,
siendo niña me olvidaron,
mas siendo joven y hermosa
con deseo me buscaron.
Un día por fin cedí.
Desde entonces fui rodando,
dando traspiés por los mismos
caminos que me engendraron.
Dos años duró mi suerte,
que después fue la desgracia
quien se cebó en mi persona,
quedándome embarazada.
Al principio sólo miedo
sentí al notarme encinta,
mas después me remordió
la conciencia dar la vida.
Aquel hijo, como yo,
sin apellido y familia,
viviría entre los hombres
sin amores ni caricias.
Y pensé... Pensé en la muerte.
Y, sin temor al pecado,
colgué una soga del techo,
quedando de allí colgando.
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