Quisiera reflejar aquí el
relato
que me contó un amigo en un aparte;
de si es verdad no puedo aseguraros,
mas desde luego es bien interesante.
Tal y cual me lo dijo, yo lo escribo,
con un poco de maña y gran esfuerzo.
Perdonéis los errores os suplico,
tampoco soy la pluma de Quevedo.
Él escribió la historia de Don
Pablos,
lo mismo de pendón que aqueste otro;
espero que ésta logre vuestro agrado
y premiéis al autor con vuestro voto.
"Si echando una mirada hacia el
pasado
pensara en las mujeres que en mi vida
tuvieron su momento, puede acaso
que alguna me dejara en la mochila.
Los años han pasado lentamente,
aunque a veces opino que muy raudos,
depende de si en unos tuve suerte
o si en otros fatal me fuera el Hado.
Veo fotos de antaño y me recuerdo
sin barba y sin bigote y buen flequillo.
Me pregunto que a dónde se fue el pelo.
Pues al mismo lugar de donde vino.
Recuerdo a la fulana de la calle
que me inició en las lides amorosas.
Bien malo que me puse; no hay detalles,
olvidaré esa lid tan escabrosa.
Mas repetí mas tarde y tomé el gusto.
Era bien mayorcita la señora.
La verdad, no ganó para los sustos.
Y se portó muy bien. Hasta a una copa
me convidó. Fue amable, cariñosa;
me entregó el alfiler de la corbata
que perdí aquella noche entre las sombras,
pues tuve que salir a cuatro patas.
Con veintidós tomé por vez primera
una doncella, de Ángela por nombre.
Fueron ratos de sexo y de quimeras
mas un día marchó y no sé a dónde.
Con ella comenzó mi aventurero
camino bien sembrado de mentiras:
Con la novia jugar a caballeros,
con las otras a darme la paliza.
A Soraya encontré, era una mora;
trabajaba sirviendo en una barra.
La vi, tomé una copa. - ¿Qué me cobras?-.
Y la noche pasamos hasta el alba.
Después conocí a Loli, mismo ambiente
de copas de las noches madrileñas.
La arranqué de aquel club, de aquellas gentes,
jugándome la cara ante la dueña.
Era menor de edad para esa época,
con veintitrés aún lo eran las mujeres.
Una noche la "pasma", como en broma,
la llevó de mi vida para siempre.
Nunca volví a saber ya jamás de ella
ni del niño pequeño que tenía.
Mas guardo buen recuerdo de esas bellas
caricias que me hiciera en esos días.
Me presentó, casado ya, un amigo
otra golfa de barra... ¡Qué elemento!
Prefiero, de verdad, los enemigos;
a colegas así casi les tiemblo.
La individua ya estaba un tanto vieja
en tanto yo tenía veinticuatro.
Mas no tienen peligro las pellejas...
¡Me dejó aquella noche hecho pedazos!
Bien conocido fui por la Ballesta
después de aquella insólita aventura.
Mejor era decir: - ¿Cuánto me cuestas? -,
que volver a ir de gratis con maduras.
A varias conocí, pero había una,
el nombre lo olvidé, pero me acuerdo
que me llevó a su casa. Las había tunas
que querían cazarme. ¡Qué recuerdos!
Entonces eran putas y señoras,
de señoras las putas hoy bien poco.
Todas andan metidas en la droga;
han cambiado los tiempos, como en todo.
Aquella me propuso el irnos fuera,
que millones guardados poseía;
mas las cosas no son como quisieras,
los hijos atan mucho si lo miras.
Acaso me perdiera una bicoca,
ni nunca lo sabré ni me interesa.
Aquello fueron sólo noches locas
y no iba yo muy en busca de sorpresas.
Se pasó el tiempo y al cabo di con
otra,
una mujer hermosa, inteligente.
La conocí igual que a tantas otras.
Su nombre casi tengo entre los dientes
pero no lo recuerdo; fueron muchas
y mi memoria un poco ya flaquea.
Lo que sí que recuerdo es que era ducha
en el arte de amar, buena ramera.
Buscaba mi dinero, estaba claro,
pero su encanto alegre concedía.
Mas decidí acabar con ella al cabo,
que vi asuntos que no me concernían.
Con ella repetía hasta dos veces
en el espacio cortito de una hora,
pero había peligro. No merece
que cuente más detalles a estas horas.
Después hubo una chica en mi oficina.
No diré el nombre, no sea que el marido
lea algún día el poema y me persiga.
No me agrada pelear con consentidos.
Unos años pasé con calma chicha
y no porque faltaran ocasiones.
Dueño de un bar y un pub, bien tuve fichas
para apostar mas no busqué más goces.
Me dejé de tirar canas al viento,
que no me veía yo ya para bromas;
empecé a ver pasar cosas, sucesos,
y no presté atención a las pendonas.
Me sumergí en los medios informáticos
por azares del mundo de la Prensa;
me hallé con un sistema diplomático
de enrollarme sin casi darme cuenta.
Me encontré con que pronto fui famoso,
mi nick era gracioso y divertido;
saber escribir bien da fabulosos
matices a piropos bien vertidos.
Así conocí a Tere, levantina,
una linda mujer aunque casada.
Escribía también muy bellas rimas
e historias de niñez bien relatadas.
Que si no le iba bien con el esposo,
que si él se encontraba en Inglaterra...
Me ofrecía relatos muy hermosos,
devoraba con gusto mis poemas.
Su voz era atractiva, aguardentosa;
su risa era vital y cantarina.
Más me impactó, aparte de esas cosas,
escucharla llorar como a una niña.
Rondando, comenzó los dientes largos
a ponerme su ardor y su osadía.
Comencé a sentir un poso amargo
de escucharla sin verla. ¡Qué agonías!
Un día me llamó. Y tan sonriente,
anunció que ese sábado llegaba.
Que si a un Museo... - Mas yo quisiera verte...-.
Las manos como locas me temblaban.
Y claro que me vio. ¡Qué guapa era!
Una mujer sin par, la mar de hermosa.
Elegante, educada en sus maneras
que, por cierto, ya estaban bien nerviosas.
Tomamos una copa y, decidido,
la mano la besé con gran esmero.
Tornó el beso a mis labios y, ya unidos,
esa tarde pasamos en el Cielo.
Lo cierto es que fue un Cielo un poco
triste,
un sitio para putas y rameras,
parejas clandestinas que sus tristes
amores disimulan cara afuera.
Hubo muchos reparos por su parte
Pero yo no tenía gran fortuna.
- No cobro las facturas hasta el martes.
Tú te mereces más, no tengo dudas.-.
Pero no le importó en cuanto un beso
planté con ansiedad sobre su boca,
se desnudó y tal que dos posesos
saciamos nuestro ardor sobre la colcha.
Que las sábanas no quiso ni mirarlas,
diciendo que a saber lo que tendrían.
A mí me dio lo mismo el abrazarla
sobre saco de arpilla o lencería.
La señora brotó de su letargo
y cuando yo pensé que estaba ahíta
me pidió repetir y, en mi descanso,
ella sola calmó todas sus cuitas.
Aquello me ofendió sobremanera,
¿Para qué pues de mí necesitaba?
Me sentí utilizado, mi cabeza
sorprendida se vio con su algarada.
Mas lo cortés no quita lo valiente,
con otra luz volví de nuevo a verla,
anduvimos por calles diferentes
llegando a mi cubil, que estaba cerca.
Allí, en la Redacción, le enseñé
cómo
se hacía la revista que editaba.
Mas ella, nuevamente ante mi asombro,
volvió a buscar debajo de sus bragas.
- ¡Que te den por el saco! -.
Dije presto.-.
- Para hacerte gayolas tú solita
te vas a tu lugar para los restos;
de mí nadie se ríe, huertanica.
Y así se terminó la bella historia
que si bien pudo haber sido dichosa,
en mí sólo dejó malas memorias
de escarnios, de vergüenzas y de mofas.
Había anteriormente conocido
a una de los Madriles, que en Sevilla
vivía su viudez, ahí sí hilé fino:
La engatusé con dos cosas bien dichas.
A poco de partir la infiel huertana
apareció en Madrid la chulapona.
Venía en plan ardiente y grandes ganas
de aliviar en la Villa sus lloronas.
Estaba un poco obesa, mas no obstante
resultó ser amante generosa.
Me regaló un anillo de brillantes
y yo correspondí con cinco "rosas".
Considero que no es ni necesario
decir que ya en mi casa sospechaban,
los roces eran bruscos y los diarios
chillidos condujeron a las armas.
La situación se volvía insoportable,
de todo me acusaban con razones,
yo no quise saber nada de nadie
y adelante tiré con mis amores.
Estábamos en junio, iba a hacer años
y mantuve una bronca impresionante.
Sin pensar que podría hacer más daño
me fui para Sevilla a ver el AVE.
Me atendió de verdad la madrileña
como nunca me habían atendido,
pero fue tan consciente, tan serena,
que en mi día me señaló el camino.
- Vuelve a casa, a tu gente. Y hazme
caso,
la tuya es la mujer a la que quieres.
- Te quiero a ti también. - Dije borracho. -.
- Mas tu familia está allí. Allí los tienes. -.
Y me vine de vuelta, pesaroso
mas contento a la vez, no cabe duda,
pensando en que los líos amorosos
no conducen jamás a la ventura.
Me propuse ser bueno y no dejaron
que mostrase mi amor, mis sentimientos.
Al cuarto día ya estaban murmurando,
que si fui y que si vine, maldiciendo.
Me refugié en Internet para evadirme
y entonces, un buen día, di con Ella.
Para mí fue agradable, era otro ligue...
Pero no era lo escrito en las estrellas.
Marisol se llamaba y nos pasamos
hablando sin temor la tarde entera.
De pronto comprendí que era su amo,
que su interés por mí era de veras.
¿Qué pasó aquellos días por mi
mente?
Me sentí superior, como más joven.
La llevaba diez años y las gentes
podrían maldecir ese amor torpe.
Que llenó mi cabeza la locura
tengo claro pasados ya los tiempos,
mas no obstante me queda la pregunta...
¿No sería el afán de no ser viejo?
El caso es que quedamos y nos vimos
en aquella Sevilla conocida.
Perdimos la noción de los sentidos,
jurando vivir juntos nuestras vidas.
Volví a Madrid lo mismo que el que
vuelve
a aquel lugar del cual le despidieron,
sin ilusión, pensando en mil memeces.
Ella a Huelva. Tenía allí sus fueros.
Aquel marido al cual odiaba tanto,
sus dos hijos que allí la retenían,
su viejo padre, el hombre agonizando,
a rodearse de toda la familia.
¿Estaba enamorado en ese instante?
Juraría que no, que era el deseo:
mas del alma en el fondo vi bastantes
indicios de que no era sólo aquello.
A Madrid justo al mes se vino a verme
y entonces ya cambió mucho la cosa.
Pasamos desde un martes hasta un viernes.
Yo estaba idiotizado. Y ella tonta.
Ya todo se produjo de improviso,
me pillaron de lleno y me dejaron;
se ve que lo tenían muy previsto
y me encontré muy solo, abandonado.
Ella se vino pronto a consolarme,
a hacerme compañía y a quererme.
Fueron días de amor incomparables,
fueron noches de amor suaves y leves.
Se marchaba y volvía al poco tiempo,
era un ir y venir más que constante,
dejaba preparados alimentos,
se preocupó de mí como una madre.
Que se iba a venir pronto me decía,
que abandonaba su casa y a los suyos,
que junto a mí vibraba en armonías,
que sentía muy dentro aquel arrullo.
Pero estaba su padre de por medio,
muriendo cada día muy despacio;
los médicos no usaban ya remedios,
la Muerte ya flotaba en los espacios.
Y la volvieron loca unos y otros,
los celos nunca son recomendables.
Una noche de aquellas fue y, de pronto,
me dijo que ya no podía amarme.
Quedé como de piedra y asombrado.
- ¿Qué ocurrió, si tanto me querías?
- Me han dicho que tú me andas engañando,
que dices que me quieres y es mentira.
Le juré no ser cierta esa falsía,
por mis hijos juré, cayeran muertos;
mas se ve que pudieron las insidias
y se creyó el engaño como cierto.
Me dejó, como había ya anunciado.
Ya no volvió a venir jamás de Huelva.
Dos o tres veces más intercambiamos
unas frases quizás, alguna idea.
El timbre resonó en la madrugada
del móvil que dejaba aún encendido.
Un mensaje de texto me informaba
que su padre no estaba entre los vivos.
La llamé sollozando y sólo dijo
que hacía unos minutos que era muerto.
Todavía siquiera si me explico
como pude decir más que: - Lo siento.
Sí que llegué a decirle que si me iba
y me dijo que no, que no lo hiciera,
que no habría ni entierro; las cenizas
dejó muy bien escrito que se fueran
Guadalquivir abajo hacia los mares,
para tomar el rumbo que soñara
cuando se halló sin fe ni libertades
encerrado en la cárcel sevillana.
Así que así murió nuestro cariño,
de forma tan brutal y de repente.
La Fortuna fue vil y mi destino
pareció ser tan sólo el de la muerte.
Pero morir de amor es sólo un cuento
inventado por locos y poetas,
varios días después salí resuelto
caminito de Jaén por una apuesta.
La apuesta era mujer, qué duda cabe;
otra aventura, un loco desvarío.
Un modo de olvidar, locos afanes
por alejar mi mente de mil ruidos.
Y me llevó a la Sierra de Cazorla,
durmiendo en un hostal en compañía;
perdí el Norte, la pena y la zozobra
se adueñaron de mí cual dos arpías.
Ciertamente que hablé con mi adorada
antes de comenzar ese camino,
pero me contestó que ya eran vanas
mis súplicas, que así lo hube querido.
A la ruina me echó, pues a la ruina,
tomaría venganza de su agravio.
¿Envenenó mi sangre con pamplinas?
Pues mentira feroz dirán mis labios.
De Cazorla volví y al poco rato
conocí una mujer inenarrable;
no voy a dar ninguno de sus datos
porque por mí veló mejor que un ángel.
Mas estaba el "fantasma" en mi
cerebro,
aquella a la que ya ahora yo maldigo;
me persiguió en mis goces y en mis sueños
privándome de estar feliz, tranquilo.
No me causó ya daño suficiente
que en medio de las noches retornaba
haciéndome decir hasta incoherentes
palabras que turbaron a mi amada.
Y se marchó cual vino, otra vez solo
vagando por la vida dando tumbos,
como caza en la noche el feroz lobo,
sin amor, sin destinos y sin rumbo.
A Santiago marché en aquel verano
una dama por ver, muy presumida
y me volví cual gato bien quemado
tras de clavar dos buenas banderillas.
La estúpida mujer era una abuela
y de joven ardor se pregonaba;
el caso es que pasé una noche buena
mas tras desayunar di la espantada.
Para locas tenía ya bastante
con tantas que encontraba molestando
en el chat, que decían: - Yo, de amantes
no quiero saber nada, sólo hablo.
- Pues yo no pierdo el tiempo, amiga
mía.
O hay cama de por medio o si no nada,
no estamos para muchas tonterías,
que los días transcurren y se acaban.
Y conocí a otra bella, buena gente,
castiza y madrileña, salerosa;
me quiso de verdad y aún me quiere;
una mujer de curvas generosas.
Ella me quiso y yo sí la añoraba
pero tenía el mismo impedimento:
Otro hijo y su marido que estorbaban
para gozar felices los encuentros.
De esta forma ocurrió lo que debía,
que el asunto no pudo ir adelante;
queda amistad entre ambos mas se olvidan
los besos, la pasión y los instantes.
Entonces conocí a "Vientos del
Norte",
la diremos así por no ofenderla,
usaré para tal el sobrenombre;
ella lo sabe bien, mi montañesa.
Solicitó mi web y al ver mi foto
me aseguró que mis ojos transmitían
la luz y que brillaban en mi rostro
los ecos de mi ardiente Poesía.
Desesperado yo estaba, no lo dudo
y su risa alumbró mis soledades.
- Te he de escribir mil versos, te lo juro. -.
Le dije por teléfono una tarde.
Y bien cierto y verdad que los he
escrito,
que en su mente los lleva bien grabados,
pagué con Poesía aquellos gritos
que exhalaba feliz en sus orgasmos.
Porque fue puro sexo solamente
lo que viví con ella esa semana,
nos perdimos los dos en los ambientes
más plácidos que caben en el alma.
Se trató de un encuentro, por mi lado,
a ciegas, sin siquiera conocerla.
Al alba se llegó y allí, buscando,
por el andén anduve a la carrera.
De pronto me tocaron en la espalda.
- Soy yo. -. Dijo bajito, estremecida
de miedo que quizás no me gustara.
Le di un beso brutal : - ¡Vamos deprisa !
Tomando su maleta, salí andando
pensando yo en que ya me seguiría.
Se quedó estupefacta mas sus pasos
muy pronto pude oír que me seguían.
Y se puso a mi lado. - ¿Tanta prisa
por qué, mi amor? Espérame, di algo.
- Lo que te he de decir será allí arriba,
en la alcoba del nido reservado.
Y a rastras me siguió por la escalera
de la estación y a un taxi nos subimos.
Cité la dirección. - No sé a qué esperas
para darme ese beso prometido.
- ¿No es mejor que esperemos donde
dices,
ajenos a miradas indiscretas?
La verdad, ni me acuerdo de qué hice.
Sólo sé que la espera se hizo eterna.
Llegamos y subimos prontamente,
nuestras ansias de amar nos acuciaban.
La escena del sofá; después, calientes,
al lecho. Doña Inés allí no estaba.
No precisé rendirla con mis versos
lo mismo que el Tenorio a su novicia;
ni hizo falta contarle varios cuentos,
sabía de memoria hasta la Biblia.
Nuestra vida esos días sólo fue eso:
Desayunar, comer y buena cena.
Preciso a reponer de los excesos
por poco si me como hasta la mesa.
Una tarde dejó que descansara
y al teatro nos marchamos del bracero,
parecía una novia enamorada
de tan sólo quince años, quizás menos.
Se quejaba que el sueño me envolvía
después de retozar fogosamente.
- Déjame renovar las energías,
para hacer el amor hay que estar fuerte.
Una tarde, despierto de la siesta,
a los pies de la cama sollozaba.
- ¿A cuento de que son las pataletas?
- Lloraba cavilando si me amabas.
- Pues claro que te quiero,
cantabresa,
¿o es que acaso lo dudas todavía?
- Yo no dudo de nada, es la tristeza
de pensar en sin mí qué es lo que harías.
- Pues morirme de pena, eso es
seguro;
o quizás olvidarte, más probable,
igual que olvidarás tú allí en tu mundo
al final de estos días memorables.
Y con estas palabras insensatas
yo mismo pronuncié nuestra sentencia.
El amor dura poco y cuando acaba
se agolpan en la mente las violencias.
Para el Norte marchóse un mediodía,
y yo torné a mi casa solitaria.
Me juró en su partir que volvería
y me quedé creyendo en su palabra.
Y sí que retornó... Para decirme
que aquello era imposible, que locuras
podía cometer, pero los chismes
con gran velocidad siempre circulan.
Que me quería mucho, que era enorme
aquella intensidad con que me amaba;
que sí, que mi cariño... Pero entonces
tendría gran problema allá en su casa.
No es lógico perder a un ingeniero
por sólo conseguir algún poema;
valen más en el saco los dineros
que puedan escribirte mil endechas.
Yo le dije que sí, que comprendía,
que, como dijo Bécquer, un buen verso
si al dorso de un billete lo escribías
sin duda que llegaba a ser perfecto.
Y a Cantabria marchó con buenos vientos
para no retornar ya jamás nunca.
¡Adiós, vientos del Norte, el pensamiento
se fue detrás de ti tras tus cosucas!
Como un Don Juan, logré cambiarla en
breve,
apenas unos días en tan sólo,
por una alicantina que, muy alegre,
se vino a acompañarme. Pero flojo
me tuvo que encontrar tras la pelea
que había mantenido con la ingrata
que se alejó de mí. Así que: - Prenda,
-. fui y le dije. -, más vale que te vayas.
Que dicen que el buey solo bien se lame
y para estar en malas compañías
me encuentro yo mejor sin que me alarme
ninguna con su idiota tontería.
Más tarde conocí una cacereña,
que se vino de allí a consolarse
de su pasado amor y de sus penas.
Y yo la recibí con buen donaire.
Fue cosa solamente de una noche,
al alba la encontré muy sollozante.
- No me quieres. - Me dijo entre reproches.
- ¿Y quién te habló de amores a ti antes?
Nunca jamás dijera que te amara
y nunca te amaré, ¿está aclarado?
Ya sé que fueron rudas mis palabras
pero no soy muy amigo del engaño.
Y se marchó llorando por la puerta,
a casa de un hermano que aquí vive.
Si la causó gran daño mi respuesta
romper de esa manera es preferible.
Después ya me calmé y únicamente
venía una muchacha colombiana
a limpiarme los suelos y los muebles.
Y a veces "me limpió" también la cama.
Se casó un hijo mío y fui a la boda,
como es lógico en un segundo plano,
y allí estaba brillando más que todas,
allí estaba, luciendo sus encantos.
Entonces comprendí que a quien quería,
la mujer que en mis sueños recordaba,
a la cual di más penas que alegrías,
era sólo a mi bella toledana.
Ella, sí, a la madre de mis hijos,
la que siempre mi vida compartiera,
aquella cuya boda Dios bendijo
y aquella que engañé con mis faenas.
Y me apresté a la lucha, que un anciano
con un ardor sin par la retenía;
por poco si llegamos a las manos,
mas supe bien triunfar de esas porfías.
Que a mí bien me conoces, compañero,
que nada se me pone por delante,
obstáculo que observo lo doblego
con fuerza y con vigor y con buen arte.
Con esto llego al fin de mi memoria.
Como pendón viví, siendo sincero.
Podría relatarte más historias
mas no serían ya hechos verdaderos.
¿Qué conocí a otras muchas? Ni lo
dudes.
Mas que llevé a la cama, más ninguna.
No quiero hacer alardes, aunque tuve
a punto de llevar a otras algunas.
El número no sé, pero la cuentas
me salen muy cabales y bien hechas.
Si quieres poner más llego y se inventa,
pero no ha habido más hasta la fecha."
Y se pagó las copas que tomamos
y se marchó cantando una romanza.
Algo que hablaba de amores olvidados
y de nuevas y gratas esperanzas.
Como él me lo contara, lo he contado.
Si es cierto o no, depende lo que creas.
Mas no quiero lectores preocupados,
acaso una mentira todo sea.
Pendones en el mundo existen muchos
y algunos de su don hacen alarde.
Yo en todos los programas los escucho,
por el día, en las noches y en las tardes.
Si mi amigo quisiera a Salsa Rosa
presentarse, o quizás al Gran Hermano...
Lo malo es que jamás fueron famosas
aquellas que él amara, que digamos.
Si lo fuesen se haría millonario
igual que los hermanos Matamoros;
mas postines así de estrafalarios
no busca este señor ni por asomo.
Y hasta aquí llega el cuento relatado,
es posible que se hayan aburrido
de escuchar tanta voz de enamorados
y de pensar en gritos y en gemidos.
Si fue así, perdón les suplicara.
Ya dije que Quevedo soy tampoco.
No quisiera que con él me compararan,
aunque los dos buscones fueran locos. |