Mi amigo, el tenor

Eran las siete de la tarde y tenía prisa. Parecía como si la cajera del supermercado estuviera dormida o eran los clientes los que iban lentos. El caso es que parecía que nunca me iba a tocar el turno de pagar las cuatro tonterías que acababa de introducir en el carro. Murmuré dos tacos en voz baja y me acodé sobre la barra metálica del mismo, dispuesto a hartarme de paciencia.

Por fin me llegó la vez y deposité las compras sobre la cinta de donde la señorita, (¡no está gorda la pobre ni nada y bien joven que es!), fue recogiendo los artículos para pasarlos por el visor que marcaba el precio. Me dijo la cantidad en tanto yo los iba devolviendo al carrillo y le pagué con un billete de 50 euros.

- ¿No lo tiene usted más pequeño?-. Preguntó, como es costumbre en ese establecimiento, en el cual parece que les cuesta darte cambio.

- No. Los de 50 tienen todos el mismo tamaño. -. Le respondí.

Percibió mi socarrona e irónica respuesta y, recogiendo la vuelta que me dio de mala gana, me dirigí a la salida, en donde había depositado mi viejo carro de la compra.

- ¡A ver si compro otro, demonios, que éste está para el desguace!

Coloqué todo dentro, me despedí de mi amigo el frutero y salí a la calle. En efecto, ya casi era de noche. Esto del horario europeo hace que en diciembre las noches lleguen pronto.

Crucé la acera y subí camino de casa. A mitad de camino, cerca ya de la esquina, llegó a mi oído una potente voz de tenor cantando Santa Lucía. Miré hacia la acera de enfrente. Sabía que por una de aquella casas vivía hace tiempo un barítono de hermosa voz. Tal vez se tratase de alguien que estaba tomando clases de canto con él...

Pero no. La voz surgía de la calle misma. Apresuré el paso y, al doblar la esquina, me hallé con un individuo rubio, de aspecto nórdico, tocando una especie de acordeón, mientras otro muchacho, moreno, micrófono en mano, entonaba los últimos acordes de la canción.

- ¡Bravo! -. Pensé para mí mismo. - ¡Hermosa voz!

Me acerqué a ellos y me dirigí al tenor.

- ¡Muy bien!

- ¡Molto grace! -. Me respondió en un italiano legítimo, no como con el que yo le respondí.

Me explicó que era cantante, que había intervenido dos veces en Traviata y en Pagliacci, en La Scala de Milán. Verdaderamente tenía una voz preciosa, limpia y pura, pero me sorprendió la variedad de obras que mencionaba, ya que cada una corresponde a dos tipos de voz un tanto diferentes; la primera está escrita para un tenor lírico y la segunda para un sprinto o dramático. Claro que, con una buena voz, todos los grandes tenores han interpretado ambos papeles.

Comenzó a cantar un bolero, esta vez en español, y yo tuve que despedirme. Tenía que depositar la compra en el frigorífico. Antes de irme, observé que, a su espalda y en el suelo, tenía depositado unos CDs con su foto. Lo tomé en las manos y estuve leyendo el contenido. Canciones napolitanas, las clásicas de todo tenor, como Core ingrato, O sole mío, La Mattinata, La tarantela, Funiculí, funiculá, etc. Le pregunté el precio y me respondió que doce euros.

- Dos mil pesetas.-. Traduje para mí.-. - No es que sea caro, pero las tengo muy escuchadas y por grandes tenores. Además, los "manteros" venden sus discos a mucho mejor precio.-. Pensé.

Claro está que no tuve en cuenta que aquella era una grabación incunable de un artista y me dejé llevar por un espíritu meramente comercial. Así que lo dejé en su sitio y renuncié a su compra. Me despedí y subí a casa

Cuando, al rato, bajé otra vez a la calle, seguía cantando el Santa Lucía. Se ve que el músico, según me había explicado en nuestra rápida charla, tenía un repertorio bastante escaso.

- ¡Buona sera! ¡A domani! -. Me despedí. Y continué mi marcha.

Me dirigió un saludo con la mano y continuó su interpretación.

Ayer, volviendo del trabajo, sobre las ocho de la noche, le vi más o menos en el mismo sitio y entonando el bolero del día anterior. Yo iba para casa y sin ninguna prisa, por la otra acera, y crucé, yendo a su encuentro.

- ¡Buona sera! ¿Come vai? -. Le saludé. Y me respondió con las mismas palabras, ya que acababa de terminar la canción.

Nos estrechamos la mano.

- ¿Quieres tú cantar? -. Me preguntó, con su difícil castellano, pero mucho más fluido que mi italiano torpe.

- ¿Y por qué no? Pero un dúo, de tenor y barítono.

La verdad es que intenté recordar alguno y no me salía. De zarzuela u ópera española, sí, el de Marina, sin ir más lejos. Pero en italiano...

- ¿Te sabes el de Il barbiere..? -. Le pregunté.

- No mi ramentto... -. Se excusó.

- ¡Sí, hombre! ¡Vas a ver! Lo habrás escuchado miles de veces.

Y rompí a entonar los milagros que el sonido y la sola idea del dinero causan en la inteligencia del pícaro Fígaro:

- ¡Al iddea di quel metallo, portentoso, omnipossente..!

Rápidamente sonrió y se dispuso a contestarme en cuanto acabase mi primera intervención, cosa que efectuó sin demora.

A todo esto, yo me estaba partiendo literalmente de risa ya que, la gente, que hasta aquel momento había pasado a su lado sin prestarle demasiada atención, se había detenido a escucharnos y nos empezaba a hacer corro. Y no era, por supuesto, porque mi ya cascada voz les agradase más que la del joven tenor italiano, sino porque muchos eran vecinos míos y me conocían, al menos, de vista. Les sorprendía que aquel barbudo que se cruzaba con ellos por las mañanas o por las tardes estuviera allí, interpretando a Rossini.

Continuamos con nuestro dúo hasta que le vi las orejas al lobo viendo acercarse los últimos y agudos compases. Después de paquete y medio de tabaco que llevaba fumado aquel día, ¿mi voz iba a ser capaz de alcanzar y mantener el fa sostenido con el que acaba mi intervención? Mucho lo dudaba. Al otro le veía cómodo y seguro en su tesitura, aún conociendo peor que yo la partichella, pero yo estaba temblando. No sé si serían los nervios o el calor que, a pesar de la época del año, hacía en la calle, pero el caso es que el sudor comenzó a perlar mi frente. Me vacilaron las piernas y tuve que hacer un gran esfuerzo para mantenerme en pie, mientras procuraba dominar los músculos de mi diafragma. Me asenté firmemente, dispuesto a hacer un socavón en el firme de losetas si era preciso, y tomé el aire necesario.
Y lo largué. Brillante y esplendoroso, como ni yo mismo hubiese pensado que me iba a salir. Parece que todavía estoy escuchando el agudo retumbando claro y sonoro en mitad de la calle.

Como nuestras respectivas potencias de voz eran muy similares, (yo todavía mantengo restos de la que un día tuve), las dos elevadas notas resonaron a la par, sin destacar la una sobre la otra.

Nos quedamos en silencio y, repentinamente, fuimos interrumpidos por una salva de aplausos espontáneos. Nos miramos los dos, sonrientes, el uno al otro y luego nos inclinamos ante el improvisado público.

- ¡Bravo, bravo! -. Escuché exclamar con ardor a un anciano que se encontraba en primera fila. - ¡Canta usted mejor que Pavarotti, me le recuerda mucho!

- ¡Por Dios, señor! Eso, si acaso, este joven que es tenor, como él. Yo, quizás le recuerde al Marcos Redondo de sus viejos tiempos, que usted habrá escuchado, sin duda alguna.

- ¡Es verdad, es verdad!

El hombre, estaba claro, había escuchado y, seguramente, visto mucha zarzuela pero no distinguía unas voces de otras, como tantos otros de los allí presentes.

El caso es que las monedas comenzaron a caer en la gorrilla que los artistas callejeros habían colocado en el suelo y que hasta aquel instante había estado más vacía que la andorga de un hambriento. El italiano no salía de su asombro y el del acordeón no digamos.

- ¡Maraviglioso..! -. Casi me gritó al oído.-. Dos tardes así y nos hacemos de oro...

- ¡No, mio caro! -. Le respondí, abrazándole efusivamente, en tanto que ya la gente desfilaba por la calle.-. Mis días de cantante pasaron a mejor vida. Este dinero es para vosotros, para ti y para el músico.

- ¡Ma..! ¿Per che?-. Inició una protesta que interrumpí con un decidido gesto.

- Está todo dicho. El oro ha sido la letra del aria que he interpretado, no el motivo de haberlo hecho. Yo no lo necesito, vosotros sí.

No era cierto del todo, porque todavía no había cobrado la paga extraordinaria y unos dineros me hubiesen venido no poco bien mientras tanto, pero decidí que ésa debía ser mi actitud. Para ellos se trataba de un trabajo y para mí solamente de un divertimento. Aparte, y eso lo pensé más tarde, ¿qué hubiera pensado mi conserje si me ve repartirme los cuartos con aquellos mendigos pedigüeños, por muy buenos artistas que fuesen?

Pero eso no se lo podía explicar al joven italiano. No lo hubiese, o quizás sí, comprendido. Hay veces que más vale ceñirse el cinturón y mantener la estampa que no hacer todo lo contrario.

El hombre estaba aturdido. Se le veía que no sabía como agradecerme el rasgo. De repente, debió caer en la cuenta de mi gesto del día anterior y, volviéndose, se agachó a tomar el disco que tenía allí depositado, como el día anterior, y me lo depositó en las manos.

- Per te. É la sola cosa con que io ti posso pagar.

No se me ocurrió protestar ni rechazar el obsequio. El hombre me estaba ofreciendo lo que para él tenía que ser más querido, su obra.

- Gracias. ¿Ves? Esto sí que lo acepto con cariño y todo mi agradecimiento. Me servirá, además, para recordar siempre este momento.

Le brindé un abrazo y marché. Entre unas cosas y otras se me había hecho demasiado tarde.

Ya en mi salón, mientras hurgaba entre mis discos, leía el correo en el ordenador y encendía el televisor, escuché nuevamente su armoniosa voz en la calle.

- ¡Pobre sujeto! Si es cierto que debutó en La Scala con esas óperas y no tuvo éxito, debe ser muy triste verse por las calles pidiendo limosna de este modo.

Y me puse a escuchar las últimas noticias sobre la "marea negra" del Prestige.

Dos o tres días más tarde volví a verle y, al pasar a su lado, le saludé con la mano. Él me sonrió efusivamente, mientras continuaba cantando. Mientras, el nórdico rubio seguía haciendo sonar más mal que bien su acordeón, acompañándole en las dos únicas melodías que, al parecer, se sabía de memoria.

Noches después volví a pasar por el mismo sitio, yendo de compras o, simplemente, de paseo. Al principio, ni el músico estaba y luego, días más tarde, ya sí le pude ver en compañía de una joven violinista. Le quise preguntar por el cantante pero no hubo forma de entendernos. Éste no hablaba ni italiano. Y si lo hablaba, yo desde luego que no le entendí ni una palabra. Así que ignoro que habrá sido de mi amigo el tenor, de aquel joven, no ya promesa sino realidad del bel canto al cual no le había sonreído la fortuna. Y aunque aún era joven y en cualquier instante le podía llegar el éxito, ya que en la lírica raro es el que triunfa antes de los treinta años, lo veía difícil. Subir a un escenario por vez primera es harto difícil. Pero volver a hacerlo después de haber descendido de él al anonimato de la calle es mucho más arduo.

Durante días estuve pensando en qué sería de su vida y cómo se las apañaría, a dónde podría haber ido. Hasta que decidí dar por zanjada la cuestión.
Entonces, una vez más, conecté el equipo de música y pude escuchar su lírica voz entonando una napolitana.

- ¡Cosas de la vida! Unos valen y no triunfan y otros, sin comerlo ni beberlo, alcanzan la fama inmerecidamente. Así es. Como en el amor. Un día lo tienes y al otro lo has perdido. O cuando menos lo esperas, surge de repente...

Y después de este monólogo filosófico, me tumbé en el sofá, dispuesto a dejarme embrutecer por uno de los tantos programas basura que emite nuestra televisión. La verdad es que son el mejor somnífero que he encontrado para conciliar el sueño. Y, encima, no cuesta más que la electricidad que consume el aparato. Daños al organismo no sé si causarán; a la mente, desde luego que si te dejas llevar por ellos, estoy seguro que sí. Pero como a mí me duermen, no creo que me afecten en mucho.

Francisco Escobar Bravo
(10-01-2003)

Nota del autor: Ruego a los lectores perdonen mi italiano macarrónico. Lo he escrito según los recuerdos que la lectura de viejas partituras de ópera me han infundido. Sírvanse disculpar estos pecadillos. Lo mío es escribir en español, en el cual no seré verdaderamente ducho, pero al menos lo intento.

 

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