|
El jardín de la
alegría
Volvíamos del colegio sobre las seis y media de
la tarde. Yo, a veces, enrabietado, porque a mis trece años, casi a
punto de cumplir catorce, todavía subía mi abuela la calle Torrijos
para recogerme a las puertas del Calasancio, mientras mis compañeros
venían solos. - ¡Que ya soy mayor! -. Clamaba a mi madre, ante aquel
agravio comparativo que se me hacía con mis colegas. Colegas... Aquella
palabra entonces no se usaba, aunque existiese. Eran amigos o
compañeros.
La consabida onza de chocolate y el cacho de pan eran la merienda. Y
luego a jugar allí en casa. Una vez quise bajar a hacerlo en la calle y
mi madre puso el grito en el cielo. Mas al cabo lo conseguí y ya me lo
permitía de vez en cuando. Así conocí a Juanito, que luego trabajó
conmigo hasta que murió a temprana edad víctima de un cáncer. Y a
Pepito, al cual veo muchas mañanas tomar el Metro en dirección
contraria a la mía. Ellos me llevaron a un chalet abandonado, en Ayala
antes de llegar a Hermanos Miralles. Le llamaban el jardín de la
alegría porque en él se daban cita niños y niñas de mi edad, con la
pubertad en ciernes.
Allí, una tarde, una desconocida a la que no volví a ver, se ocupó
con manos hábiles de hurgar en mis pantalones cortos y abrirme el
camino al mundo de los mayores. Los jóvenes de ahora dicen que éramos
unos reprimidos sexuales pero ya ven que no. Le dábamos menos aire al
asunto, pero el resultado era el mismo. Allí, en el jardín de la
alegría, entre las calles hoy llamadas Conde de Peñalver y General
Díaz Porlier por el aquél de los cambios políticos, concluyó para
siempre mi inocencia. Corría la primavera de 1960...
A
portada |