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Nunca has
querido escucharme...
Nunca has querido escucharme
ni atendido mi gemir,
no has consolado mi pena
que volaba hacia los aires
en forma de triste queja...
Mas, pese a todo, ¡creo en Ti!
No has empañado mis lágrimas
ni aliviado mi dolor,
no has escuchado mi súplica
que, como rezo del alma,
sonaba en callada música...
Y, pese a todo, ¡eres Dios!
¿Qué me importa que te calles,
que a mi llanto no des voz?
Es que otra vida me guardas
y, pues que Tú me lo mandas,
acato Tu decisión.
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