Leyendo allí en la noche...

Leyendo allí en la noche, quedamente,
una rima de amor que yo había hecho,
sentí que había una llama, nuevamente,
que en fuego abrasador quemaba el pecho.

Tus ojos recorrían las palabras
en éxtasis devoto de silencio
y mis labios rezaban la plegaria
con una voz extraña, como un eco.

Llegamos al final y nada dije.
Tú callaste también. Dijiste luego:
- ¿Dónde está la belleza que aquí dices?
Y repuse: - ¡Mis ojos la están viendo!


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