Caos
y sombras por doquiera
revueltos en torbellinos,
luz que se enciende en la noche
que rodea los espacios.
Todo y Nada.
Sólo vagos
contornos de fantasías,
mil quimeras existentes
cual fantasmas que en el sueño
forma la mente intranquila.
Sólo existía un influjo
inactivo hasta el momento.
Dios miraba, somnoliento,
las discordias a sus plantas.
Dormitaba, así tratando
de pasar veloz el tiempo,
pero el tiempo transcurría
millón tras millón de años
y en el sueño se aburría.
No le llegaba el final
y pensaba en un quehacer.
En su mente luminosa
las ideas existían
del pasado y del futuro.
Allí estaban colocadas,
sin objeto y en desorden.
Una sonrisa vagó
por sus labios poderosos;
una idea resurgió
y los ángeles vinieron
para hacerle compañía.
Vio el Señor que eran felices
y quiso dar aún más dicha.
Desperezóse del sueño
y con sus manos divinas
la niebla oscura apartó.
Fue dando formas a un mundo,
puso luces en el cielo,
fue dando vida a los astros
observando su existir.
Todo era dicha en el Cosmos.
Seres felices vivían
en el amor más perfecto.
Miró con gesto apacible
su creación y, cansado,
reclinó su magno cuerpo
durmiendo en el lecho alado.
Mas un genio de maldad,
una figura engendrada
por la Ambición y el Orgullo,
tan pronto como miró
dormir al Divino Orfebre,
entró en el Cielo y robando
raras pócimas exóticas,
las llevó en su caminar
hasta el joven Universo.
En un paraje florido
vino a dar su hediondo cuerpo.
A su paso, los arbustos
se consumían en llamas
y una sonrisa terrible
se pintó en su torva cara.
Una pareja de seres,
un galán y una doncella,
se querían en el bosque.
Sus corazones tan puros
no conocían pecado
y buscaban el deleite
que les diera el Creador,
dándole gracias sus labios.
El genio, perverso y cruel,
les enseñó lo robado.
Ellos, incautos, tocaron
esos dones que les daba.
¡Y desgracia! Los fantasmas
más horrendos que la mente
haya podido crear
surgieron de la vasija.
Allí la Muerte, el Dolor,
el Odio, el Miedo, la Peste,
la Ambición y la Lujuria
y sus trágicos hermanos
se repartieron el mundo,
reinando desde aquel día.
Pero al cabo despertó
el Señor de su letargo
y vino a ver a sus hijos,
hallándolos en pecado.
Su faz serena turbóse
y la cólera en sus ojos
brilló como viva antorcha.
Su mano diestra se alzase
contra el mundo, pero entonces
vino a su mente una imagen:
Un varón que vivía pobre,
virtuoso y ofreciéndole
sus primicias y no quiso
castigar a aquel buen hombre.
Se alejó, tornando al Cielo
y miró otra vez la Tierra.
Vio la Lucha, el Descontento,
la Pasión y la Pobreza.
Y suspiró...
El suspiro
lo oyeron todos los seres.
¡Tan inmenso era el dolor
que su pecho atormentaba!
Y el mundo siguió rodando
como un punto en lo infinito.
Dentro rugían, furiosas,
las tormentas y el rencor.
El mundo siguió rodando...
Rodando pues que Él lo quiso.
A
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