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ASESINOS DE
UNIFORME
Recordemos el asunto: un ciudadano guineano muere
el 20 de mayo pasado en
una comisaría de Lanzarote, horas después de ser detenido, y hay quien
pretende escaquearse diciendo que "el negro era un traficante que
se tragó
su propia droga". Ahora, gracias a varias circunstancias (testigo
de una
agresión policial sobre el muerto, interés de la hermana del
fallecido,
médico forense que cumple con su trabajo, repercusión en la prensa),
puede
que los culpables reciban su merecido. ¿Y quiénes serán los
culpables?
Alguien que aquel día estaba en esa comisaría. ¿Y quiénes estarían
por allí?
O los detenidos por sus presuntos delitos, o los miembros de la Policía
que
en ella trabajaban. Unos y otros, tanto detenidos como policías, con
nombres
y apellidos.
Así que el asunto parece sencillo: el juez llama
a declarar a quienes
asistieron a la muerte del guineano para explicar cómo murió: si se
tragó
una bola de droga (primera versión policial), si le dio un espasmo
(segunda
versión policial), si se golpeó con el retrovisor de un coche (tercera
y
actual versión policial), o si al muerto le pegaron una paliza (primera
y
única versión de la acusación).
El juez, en posesión del informe de una autopsia
que deja claro que al
muerto le dieron una paliza justo antes de morir y que en sus restos no
hay
rastro de droga, no tendrá más que preguntar a los policías quién le
pegó
dicha paliza; si nadie se declara culpable, los detiene a todos y a
esperar
que alguno cante... Pero, claro, como hasta ahora no se ha hecho lo
anterior, muy pronto veremos al ministro del Interior explicando que el
impacto contra el retrovisor de un automóvil estacionado es tan
violento
como los porrazos de varios policías, o, lo que es lo mismo, que un
automóvil aparcado es (técnicamente, claro está) capaz de matar a un
hombre
de un metro ochenta y 75 kilos de peso.
Sinceramente, no sé si, además de unos asesinos
a los que pagamos con
nuestros impuestos, esos policías son gilipollas. O quizás crean que
lo
somos nosotros...
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