LA JUSTICIA NO ES UN CACHONDEO.

Todos recordamos aquella frase que el entonces alcalde andaluz, Pedro Pacheco, profirió. Y creo recordar que le costó cara. Yo, ni puedo ni debo repetirla, porque la Justicia no es ningún cachondeo, ni hay que tomarla a chacota. Otro aspecto es que las Leyes, promulgadas por el Congreso de Diputados, sean más o menos malas. Pero no puedo poner en duda la honestidad y el celo con los que la Magistratura española, en sus diversas facetas y grados, las pone en juego y aplica. Nuestros jueces, sus Señorías, se basan en el Derecho vigente y lo sancionan con los conocimientos adquiridos y su mejor buena voluntad.

Pero don Pedro Pacheco se debió referir, o al menos eso sí lo suscribo, a que el "procedimiento" legal, o sea, la forma en que se realiza un juicio, está francamente mal diseñado. Yo no voy a hablar de cómo ejerce el Tribunal Supremo ni las Audiencias; eso lo desconozco. Pero sí he tratado en ocasiones, y a cualquiera de ustedes, amables lectores, puede ocurrirles, con los Juzgados de Primera Instancia y con los de lo Social.

En ambos casos, los juicios se citan con un tiempo máximo de cinco o de diez minutos de duración. Es decir, se presupone que en tan breve espacio de tiempo, las partes van a poder declarar, presentar sus pruebas y hasta sus testigos si es que los aportan. Claro está que no es así. Entonces, sus Señorías se ven agobiados de tiempo y de cansancio y no pueden digerir todo y cuanto los litigantes ofrezcan. Ya empezamos a funcionar mal.

El proceso es muy ladino, por no decir incomprensible. Un Letrado pregunta a una parte; ésta declara y, a su vez, presta su testimonio. También suele someterse a preguntas de su defensor y, acaso, a alguna que le haga el Juez. Después es la otra parte la que sigue el mismo procedimiento. En ambos casos, vale mentir si se quiere, afirmar o negar cosas que son evidentes sin que haya ningún tipo de confirmación. Ni tan siquiera se puede rebatir lo que la parte contraria haya asegurado. Es su Señoría quién indica cuándo y cuánto se puede hablar.

Más tarde entran los testigos, a los cuales sí se les somete a juramento. Pero estos testigos pueden engañar o contar las cosas que les apetezcan, aunque sean una mentira más grande que la copa de un pino, sin que nadie pueda rebatirles. ¿Existe presunción de credibilidad o, más bien, de todo lo contrario? Y eso que se les recuerda que están bajo juramento... Pero pueden cometer perjurio, que nadie se lo va a reclamar.

Y, por último, unas veces el Magistrado pregunta a las partes si desean añadir algo más ante de que quede visto para sentencia. Pero, como van agobiados de tiempo, no es muy usual que lo hagan. Así que, si usted ha tenido que escuchar la mentira más grande jamás contada, tanto por la otra parte como por uno de los testigos, se tiene que callar porque no le dejan ni decir palabra.

Quedan, eso sí, unas pruebas documentales que, debo creer, el Juez las examina y es en las que se basa para emitir su veredicto. Entonces, ¿a qué viene el anterior paripé, comparecencia, molestias a sus Señorías y a los declarantes, o sea, toda la parafernalia que se organiza? No sirve para nada.

Me agradaría que algún lector, Letrado, Abogado o experto en Derecho, me lo explicase y me diese buenas razones; en serio, las estoy esperando. Mientras tanto, seguiré opinando que, si bien la Justicia no es ningún cachondeo sino una cosa muy seria y que ha costado mucho esfuerzo y años que impere, el procedimiento y la forma que se emplean para aplicarla no dejan de ser absurdos.


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