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Resuenan los tambores,
se escuchan alaridos
y en medio de clamores,
con rostro contraído
a causa de dolores,
el manto ya raído,
avanza el Nazareno
hundiéndose en el cieno
que encharca la ciudad.
Su hermosa faz serena,
resplandeciente antaño,
me mira con gran pena,
marcándose los daños
que causa la cadena
que atada va a su cuello
cortándole el resuello
e hiriéndole la faz.
Esbirros que le hieren,
muchachos que le escupen,
insultos que le infieren
personas que le rugen...
De golpes que le dieren
los huesos ya le crujen;
la espalda se le encorva,
la túnica le estorba
sus llagas al rozar.
Por sucia vía le llevan
que al Gólgota conduce
y latigazos pegan
que sus espaldas crucen;
su sangre las anegan;
al suelo cae de bruces;
le aplasta la madera
y esbirros le laceran
con látigo mordaz.
Su cuerpo se levanta
a impulsos de malvados
que, mientras sufre, cantan
burlones, despiadados,
mirando su faz santa
de ojos arrasados
en llanto, y le maltratan
y en tosca serenata
le insultan con crueldad.
Ya logran se levante
con golpes un alud.
Su cuerpo vacilante
al peso de la cruz
ya marcha hacia delante,
camino de la Luz,
final de su tarea.
Las piernas le flaquean
mas tiene que llegar.
Ya acaba la calleja
que avanza tortuosa
y a infiernos se semeja.
Una mujer hermosa,
las burlas y las vejas
las llora dolorosa
mirándole a los ojos.
Después rueda de hinojos.
¡Qué hermosa la su faz!
Podrían su hermosura
las ninfas envidiar;
tendrían su ternura
las madres que anhelar;
su gracia casta y pura
doncellas desear.
Su cálida mirada
podría la nevada
en flores transformar.
Los hombres se interrogan
mirándose entre sí.
Preguntan por qué llora
con dulce frenesí.
- ¿Por qué, dinos, Señora,
por qué gimes así?
Tu faz llorosa veo
a causa de ese reo
que van a ajusticiar.-.
Su voz dulce y serena
contesta vacilante:
- El hijo que me adora
lo llevan ahí delante...-.
Las voces se aminoran
de ver la madre amante.
La sangre galilea
del hombre, que gotea,
les viene a avergonzar.
Se alejan silenciosos
en medio de los llantos
que brotan, torrentosos,
de sus dolores santos.
Sus rasgos tan hermosos
aumentan sus encantos
con el dolor que mana
de su ternura humana,
cariño maternal.
Jesús sigue el camino
llorando los pecados;
se enfrenta a los rabinos
que observan encantados,
con aire de asesinos,
llamándole malvado.
Su aspecto justiciero,
de falsedades lleno,
oculta su verdad.
Jesús les mira, tierno,
y les perdona, humilde;
mas sabe que el Averno
las puertas se les rinde.
Conoce que al infierno
sus almas se dirigen...
Tal vez por eso llora
mas no por los dolores
que sufre sin hablar.
Con el madero a cuestas,
de golpes a un rosario,
por la llanura muerta,
camino necesario
de vueltas y revueltas,
se acercan al Calvario.
En la peñasca dura
destacan las figuras
que actúan para el Mal.
Las cruces de madera,
de un hombre más altura,
clavadas en la tierra,
destacan su negrura
al pie de la ladera,
borrando la hermosura
del día que ilumina
persona tan divina
al barro degradar.
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Ya llegan al suplicio,
mandato fariseo,
del pueblo maleficio
según a sus deseos:
¡Caerán al precipicio
matando al Galileo,
su sangre habrá de hacer
sufrir, por mano cruel,
al pueblo de Jehová!
De ropas le desnudan,
de Roma, los soldados.
A las miradas crudas
que observan el pecado
sus carnes quedan, puras,
expuestas, sin cuidado
de su pudor innato
y observa sin recato
el público solaz.
Le tienden en el suelo
y dócil, obediente,
encima del madero
nuestro Señor se asiente
le manda el carnicero
soldado: - ¡Diligente!
Y el buen Jesús le mira
sin que en su faz la ira
se intente retratar.
Desátanle los grillos,
los brazos le colocan,
resuena ya el martillo
con furia y ansia locas;
rompiendo huesecillos,
mientras los nervios tocan,
penétranle los hierros
que sufre por los yerros
de loca Humanidad.
Le hienden la muñeca,
los nervios le torturan,
sus labios finos truecan
tan eternal dulzura
en dolorosa mueca
repleta de amargura.
La sangre, generosa,
le brota de las fosas
abiertas al clavar.
Clavado está al pequeño,
le suben al mayor;
arrúgasele el ceño
a causa del tirón.
¡Y clavan a su dueño,
Divino Redentor,
con clavos las Sus plantas
tan finas y tan santas
con cruel obscenidad.
Izado ya le han
arriba; tiene sed.
Amarga hiel le dan
para poder beber;
que calme ése su afán
no cáusales placer.
Jesús, empero, quiere
beber, pues si no muere
su meta sin lograr.
Contémplale María
desde la cruz los pies
y mira su faz fría
que apenas si la ve.
Su Hijo la confía
a Juan quien allí es.
Su voz sonora dijo:
- ¡Ahí, Madre, está tu hijo!
A Juan le dijo igual.
Su voz grita, potente,
callándose el rumor
que brota de las gentes
que en todo el monte son:
- ¡Me dejas en la muerte
desamparado, Dios!
¿Por qué, Señor, me dejas? -.
Al ruido de esta quejas
se burlan con maldad.
¡Dispón, vate, tu lira!
¡Prepárate a cantar!
El Justo ya respira
con gran dificultad.
Cansado ya, suspira
Su vida al exhalar.
Sus miembros se distienden...
¡Relámpagos se encienden
el crimen a anunciar!
El monte queda triste,
desnudo, desolado,
cuando que, lanza en ristre,
acércase un soldado.
que con furor embiste
el cuerpo inanimado.
La punta le penetra
en cavidad secreta,
haciéndole sangrar.
- ¡El hombre estaba muerto! -,
exclama un centurión.
- ¡Tal vez sí fuese cierto
que el hijo era de Dios!-.
Jesús queda cubierto
por manto del temor
que inunda a los romanos
en tanto a sus hermanos
inspira la piedad.
¡Has muerto, Jesús mío!
Tu cuerpo está sangrante.
Tu corazón, ya frío,
no late como antes.
Di, Dios, ¿Tu poderío
no fuérate bastante
para salvar Tu vida,
curando las heridas
Tu excelsa voluntad?
¿Por qué moriste, pues,
Señor, sino por mí,
indigno y pobre ser
que bofetadas di
sobre tu Santa Tez,
haciéndote sufrir?
Perdona mis ofensas.
Tu alma, noble, extensa,
de mí tenga piedad.
La espina ésa que tienes
clavada en la cabeza,
pinchándote las sienes,
¿de qué abrupta maleza
saliera de los bienes
que dióme tu Grandeza?
Mirar Tu rostro quiero.
Transpórtame a Tu Cielo
por larga Eternidad.
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